35 años de la tragedia de Armero

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Un especial de relatos con testimonios de personas afectadas e involucradas en la tragedia natural del 13 de noviembre de 1985 en Armero.

Donde empezó todo

Transcurridas más de tres décadas la respuesta sigue enterrada en el lodo. Y uno puede desenterrar.

Por Camilo Alzate con Fotografías de Rodrigo Grajales. Publicado en La cola de rata

Nevado del Ruiz con la nieve completamente cubierta por las emisiones de ceniza a finales de 2015.

“Las autoridades en cambio dijeron que estaban creando alertas exageradas, luego los llamaron “obsesivos con el tema” y finalmente acusaron a los ambientalistas de causar pánico económico y terrorismo. Según los funcionarios oficiales, las advertencias sólo infundían miedo a la población. “Y que nosotros lo que estábamos haciendo era bajar los precios de la vivienda, que íbamos a quebrar la economía con tanto alarmismo”, asegura Guillermo Castaño, “nosotros éramos unos loquitos, nadie nos creía”. El secretario de gobierno de Pereira, Jonás Ochoa, dispuso un Jeep con agentes de inteligencia del F2 para que impidieran a Castaño denunciar la gravedad de la situación bloqueando su entrada a las comunidades, según comenta el viejo ecologista.” Encuentra la crónica completa aquí


‘Azufre en la piel’

Crónica sobre la tragedia de Armero que se publica en libro de la Cruz Roja. Tomada de elpais.com.co

En el libro hay crónicas de Fernando Quiroz, Darío Restrepo, Gustavo Gómez, Eduardo Arias, Fernando Gómez, Mauricio Silva, Paola Guevara, entre otros.
Foto: Archivo de El País

Por: Paola Guevara – editora de Ve

I. La llamada de Armero

El problema es que el teléfono estaba en el cuarto de su madre. Y ella era una profesora exigente, que no soportaba que a su hijo lo llamaran a las 11:30 de la noche cuando ya estaba dormido, y mucho menos que le apodaran “Pony”. “Necesitamos a Pony, urgente”, “Pásenos a Pony”, decían con voz agitada al otro lado de la línea, y ella, con los dedos rabiosos enredados en el cable del teléfono de disco, respondía “Aquí no vive ningún caballo. Aquí vive Henry Bejarano”.

Esa noche la madre, al percibir la gravedad en la voz del llamante desconocido, hizo una excepción y despertó a Henry, ese joven maestro del distrito, soltero y apuesto, quien cargó tres días a una compañera en su espalda en los entrenamientos de la Cruz Roja en Melgar, tierra de sol, diversión y piscinas azules, por lo que se ganó el mote equino de “Pony”.

Segundos después de colgar el teléfono, Pony se dio un duchazo rápido mientras su madre le reprochaba las horas de salir, y le advertía que no podía descuidar su trabajo en la escuela Santafereña II, y le recordaba el peligro más reciente que corrió, tan solo una semana atrás, cuando sirvió como voluntario de la Cruz Roja en la sangrienta toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla del M19.

Pony, quien solo tenía oídos en esos momentos para la noticia que acababa de escuchar, que Armero sucumbía por la erupción del volcán Nevado del Ruiz, desoyó las advertencias maternas. A toda velocidad se vistió, echó mano del maletín siempre preparado que contenía ropa interior, un pantalón azul de servicio, dos camisetas blancas con las insignias de la Cruz Roja en el pecho y un par de botas negras talla 43 de caña media, de dotación oficial de las Fuerzas Armadas, que le compró a un soldado por ser las mejores del mercado anterior a la apertura económica.

Porque Colombia en 1985 era un país protector de la industria nacional, cerrado a las importaciones, y la mejor forma de ilustrarlo eran los artículos de uso personal que contenía aquella maleta azul impermeable: un cepillo de dientes sin esa modernidad que luego llamarían “estuche”; un jabón para el cuerpo, envuelto en una bolsa plástica o en un trozo de papel periódico que dejaba adheridos trozos de noticias negras a la blancura de la pasta húmeda; talco para los pies, de un país que podía prescindir de todo lujo menos de la costumbre sana de usar Mexana contra el mal olor de las extremidades; máquina desechable de afeitar Gillette y un jabón de coco o de tierra negra para lavarse el pelo.

Como Pony, esa noche del martes 12 de noviembre más de 100 voluntarios de la Cruz Roja, muchos de ellos jóvenes que aún vivían en casa con sus padres y hermanos, fueron “activados” por la llamada de alerta a lo largo y ancho de Bogotá.

“Uno casi dormía con el morral de 90 litros puesto”, dice Pony, quien pronto descubriría -por la inevitable comparación- que su maleta de voluntario era tan bienintencionada como incipiente en aquellos tiempos. Cuando días después llegaron a Colombia los rescatistas franceses y suizos, con sus flamantes trajes y arneses, zapatos especiales, dotaciones y herramientas, o los pilotos estadounidenses y rusos con sus helicópteros de doble hélice y sus soberbios equipos de rescate y raciones alimenticias, descubrieron los rescatistas colombianos lo que significa vivir en el tercer mundo y enfrentarse a las fauces de un volcán lleno de lava y azufre con una maleta donde la amorosa madre ha empacado huevos tibios como entremés.

Camisetas rasgadas servirían para inmovilizar a los fracturados, con sacos de fique se construirían arneses para sostenerse de los helicópteros, los brazos cansados servirían como sogas y las manos desnudas harían las veces de picas y palas. Los sacos de café construirían carreteras improvisadas sobre el lodo para llegar a los sumergidos que clamaban ayuda, y hasta los camiones volcados con yogurt salvarían de las quemaduras con azufre el rostro de centenares de damnificados.

Lejos aún de todas estas certezas que habían de llegar con la claridad del día, Pony salió de su casa muy cerca del popularísimo barrio 20 de julio, sitio de peregrinación de los devotos al Divino Niño, pródigo en primeros auxilios espirituales del creyente pueblo colombiano que, en aquellos tiempos, no tenía una entidad estatal dedicada a la prevención de desastres naturales pero estaba consagrado al Sagrado Corazón de Jesús.

Pony era el encargado de recibir las donaciones que llegaban a la antigua sede principal de la Cruz Roja, en la Calle 68 de Bogotá. Debía empacar, clasificar y descartar toneladas de alimentos, ropa, agua, colchones, cobijas y demás, que circularon sin cesar cuando la radio confirmó la noticia en la madrugada del miércoles: “Armero fue borrada del mapa”, “Armero es un mar de arena”.

Sin terminar de visualizar palabras que resultaban tan etéreas como inverosímiles, Pony ocupaba cada minuto en llevar la lista y direccionar a los voluntarios, médicos y personas del común que se acercaban a ofrecer su tiempo; en llenar tractomulas y despacharlas cargadas de ayudas y, en fin, coordinar desde Bogotá los auxilios que salían por tierra y por aire rumbo a los centros de acopio cercanos a la zona del desastre.
Reflexiona Pony, cabalgando sobre recuerdos lejanos pero nítidos: “Colombia podía ser un país pobre y atrasado en aquel entonces, pero fue el más rico de todos en generosidad. Pude comprobarlo esos días. Jamás olvidaré a un hombre mayor, que se acercó a la Cruz Roja en una bicicleta de panadería destartalada. Traía una pequeña bolsa de plástico que contenía una libra de arroz, una libra de azúcar y una panela. Era todo lo que tenía. Y dijo: ‘Quiero que le entreguen esto a la gente de Armero, que lo necesita más que yo’”.

II. “Tráigalos vivos” sigue leyendo aquí…

Armero, crónica de una tragedia amenazada por el olvido

A 300km/h por el cañón del Lagunilla, el río que baña a Armero, una avalancha de barro de 40 metros de altura se vertió sobre el valle. Tomada de elespectador.com

AFP

De la catástrofe de Armero, tragada por el lodo en 1985, queda la mirada de Omaira Sánchez, cuya agonía fue registrada por medios del mundo entero, aunque las ruinas de esta próspera ciudad de Colombia se hundan hoy en el olvido.

“Treinta años después, aún tengo pesadillas”, dice Olga Villalobo, quien para entonces aún no había cumplido 13 años, la edad de Omaira, símbolo de una tragedia que dejó más de 25.000 muertos y casi el mismo número de damnificados.

Como Omaira, cuyas fotos marcan un hito del desastre, Olga permaneció atrapada durante horas en el alud provocado por la erupción del volcán Nevado del Ruiz y el derretimiento de sus nieves perpetuas.

Atascada entre escombros, con una barra de metal clavada en su cadera, Omaira murió tras agonizar tres días. Olga sobrevivió.

La noche del 13 de noviembre de 1985 dice haber estado preocupada. “Llovían cenizas y piedras”, relata a la AFP. Su familia intentó huir en coche, pero no tuvo tiempo.

A 300km/h por el cañón del Lagunilla, el río que baña a Armero, una avalancha de barro de 40 metros de altura, el equivalente a un edificio de 12 pisos, se vertió sobre el valle, inundando todo en olas que se elevaron hasta 10 metros.

El despertar del “León dormido”

“Hubo un ruido fuerte, como un trueno. Y el agua, el lodo, entraron en el carro”, explica Olga.

Recuerda haberse sofocado, creerse muerta. “Solté a mi mamá, a mi hermanito y esto me salvó”, suspira al evocarlo. Con 43 años, traductora y madre de dos hijos, del horror no le ha quedado físicamente sino una minúscula cicatriz cerca de un ojo. Pero aún escucha “el canto de los gallos” que anunciaban el desastre.

El Nevado del Ruiz, apodado el “León dormido” y ubicado a unos 45 km de Armero y de 5.321 metros de altura, se había despertado hacía varios meses. “Había temblores, las cenizas cubrían todo, el agua estaba contaminada. Pero la alcaldía solo decía de taparse la nariz”, asegura Alma Landínez, de 56 años.

Cada año, esta mujer, con 14 parientes muertos por la fatídica erupción, vuelve para despejar el lugar donde supuestamente estaba la casa familiar, en la parte más devastada de la zona. Allí no queda ni un muro. El fango lo cubrió todo y a lo largo de los años, la vegetación tropical se tomó el terreno.

“No teníamos las capacidades de hoy. Esta tragedia sirvió de ejemplo, y no solo para Colombia”, subraya el médico Harold Trujillo, de 50 años, entonces socorrista de la Cruz Roja y quien perdió a 70 de sus 90 colegas.

Cuando el Nevado del Ruiz rugió, los colombianos todavía se reponían de la sangrienta recuperación del Palacio de Justicia por parte de las fuerzas armadas, luego de que la sede de la Corte Suprema, en pleno centro de Bogotá y a solo 160 km de Armero, hubiera sido tomada por la guerrilla del M-19.

Tumbas de cuerpos sin sepultura

En la entrada de Armero, los árboles destriparon los pocos edificios que quedan en pie. El último piso del hospital, una ferretería y un restaurante se extienden sobre la ruta como fantasmas: vestigios de la “ciudad blanca”, otrora famosa por sus plantaciones de algodón y arroz.

El resto no es sino una inmensidad desolada e infestada de mosquitos. Lápidas y cruces corroídas por la humedad marcan, entre algunas rocas volcánicas, los sitios donde los sobrevivientes piensan que descansan sus muertos.

Algunos de quienes lograron escapar fueron reubicados en localidades vecinas como Guayabal. Otros no recibieron nada después de agotar, en dos años, los fondos públicos otorgados.

Hoy sobre el valle, donde vacas huesudas pastan a la sombra, flota un pesado aire de abandono y, como una isla, emerge la tumba de Omaira.

Cientos de devotos le rinden homenaje como si fuera una santa. “Uno le deja una nota para agradecerle o pedirle favores”, confía July Amezquita, de 29 años, cuyo marido dobla cuidadosamente un papel que deja entre las velas, juguetes y flores que acompañan la lápida.

En lo que era el centro de la ciudad, se dibuja en el cielo un arco de cemento de tres secciones, “símbolo de los que no están más”, explica su autor, Hernán Diario Nova.

Muy cerca, al pie de una cruz levantada durante la visita del papa Juan Pablo II en julio de 1986, este artista oriundo de Armero dejó 25.000 piedras, tantas como los desaparecidos.

En la antigua plaza pública, el único espacio liberado de la coraza de lodo, se aprecia la catedral y su campanario destrozado, recuperado 2km más lejos.

Es allí donde cada 13 de noviembre una lluvia de flores cae desde helicópteros sobre ese cementerio de tumbas de muertos sin sepultura para conmemorar lo ocurrido. 


La mujer que apagó el volcán

Esta crónica sobre la tragedia de Armero hace parte del libro ‘De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho’. De Alberto Salcedo Ramos. Tomada de semana.com

Todavía hoy, trece años después, Ana Cecilia Vargas no se explica por qué su casa quedó en pie, el día que la erupción del Volcán Nevado del Ruiz borró a Armero del mapa.

Un poco después de las once de la noche de aquel miércoles 13 de noviembre de 1985, se fue la luz en el pueblo. Richi, el perro pastor alemán de la familia Osorio Vargas, comenzó entonces a ladrar con más desespero que por la mañana, lo que sus amos interpretaron como una consecuencia de la luna llena.

“Hoy estoy convencida de que el perro presentía la tragedia”, afirma Ana Cecilia, mientras le quita la envoltura al helado que uno de sus nietos le acaba de regalar.

“Yo estaba en el primer piso”, dice a continuación, “y desde allí vi un cerro que saltaba por la Avenida 18, donde vivíamos nosotros. Yo no tenía mis lentes y pensé que tal vez por eso era que veía un cerro que venía brincando a toda prisa hacia mi casa”.

Como la visión le pareció absurda, Ana Cecilia no le prestó atención. Y hasta se alegró de ser la única persona de la casa que permanecía despierta a esa hora, porque así se salvaba de que le dijeran que no estaba ciega sino loca. En seguida se fue a la cama y durmió seis horas de un solo tirón.

“Yo creo que fuimos los únicos en Armero que pudimos darnos el lujo de dormir”, señala Ana Cecilia. Su boca, untada de crema de helado, contrasta con la seriedad de sus ojos. “Mientras nosotros roncábamos, un río de lodo hirviente sacaba a casi 30 mil personas de sus casas y las zarandeaba como juguetes, antes de dejarlas tiradas entre los escombros”.

A las cinco y media de la mañana del jueves 14 noviembre, Ariel Osorio, el esposo de Ana Cecilia, se levantó de la cama. Estaba descalzo y sintió que pisaba tizones prendidos, en vez del piso frío que palpaba todas las mañanas. Su mujer abrió los ojos y lo saludó con una sonrisa.

El hombre encendió el radio, fiel a una vieja costumbre, y fue como si el locutor, desde su cabina de Bogotá, hubiera abierto las compuertas de una desgracia que para ellos había estado represada. Fue como si apenas ahora, con seis horas de retraso, la fatalidad entrara en la alcoba de los Osorio Vargas, dispuesta a devorar el último bastión de felicidad que quedaba en el pueblo. Armero estaría sepultado en un alud de fango, decía el locutor, y tal vez no habría sobrevivientes.

Ana Cecilia saltó indignada de la cama, pues nada más que en su familia había siete personas vivas, y le preguntó a su marido por qué los periodistas tienen la maña de matar a la gente con sus cifras exageradas.

Mientras los dos caminaban angustiados hacia la azotea, ella recordó los rumores de los últimos días, que hablaban sobre la inminente erupción del volcán. A las ocho de la noche del miércoles 13, algunos vecinos le habían contado que vieron caer en el pueblo, en horas de la tarde, una menuda llovizna de ceniza.

Cuando llegaron a la azotea, Ana Cecilia y Ariel vieron por fin lo que aún hoy les parece un milagro: el lodo se había tragado las primeras cinco casas de la cuadra, pero se había detenido justo en la casa anterior a la suya. En la acera de enfrente, en cambio, la avalancha no se detuvo sino que continuó su marcha destructora, y las ruinas se extendían hasta perderse de vista. En el caldo de fango en que se había convertido lo que tan sólo ayer era una avenida sembrada de almendros y bordeada por casas de colores, había cadáveres humanos, animales muertos, carros volcados, camas destrozadas, rocas monstruosas, trastos de cocina, árboles arrancados de raíz.

Por primera vez desde la muerte de su hijo Carlos, ocurrida diez años atrás en un accidente de tránsito, Ana Cecilia estalló en llanto. Sus aullidos histéricos despertaron al resto de la familia.

Resultaba irónico que el desastre que les cambiaría la vida para siempre se hubiera conocido en el resto del país antes que en la casa de ellos. Era como si la criminal avalancha se hubiera permitido la debilidad de no dañarles el último sueño en Armero… Seguir leyendo


Compartimos unos podcast y artículos realizados por Radio Ambulante, tratan el tema de los niños perdidos en la tragedia y algunas de las historias que con el tiempo se han conocido y documentado…

Los niños perdidos parte I y II

En noviembre de 1985, una erupción volcánica arrasó con el pueblo colombiano de Armero y lo enterró debajo de toneladas de rocas y lodo. Entre los sobrevivientes había varios niños pero, en el caos, fueron trasladados a otros lugares y nunca se volvió a saber de ellos. Tres décadas han pasado y todavía queda una pregunta: ¿Qué pasó con los niños desaparecidos?


Esta segunda parte de la historia sigue la labor de Francisco González y su fundación Armando Armero para descubrir qué pasó con los niños desaparecidos…


Jenifer fue adoptada por una familia española después de la tragedia en Armero. Ahora quiere saber qué pasó.

Jenifer de la Rosa es una periodista española de 32 años. Creció en Valladolid y ahora vive en Madrid. Llegó a España cuando tenía un año y medio, pero nació en Manizales, Colombia, el 6 de noviembre de 1985. “O eso creo”, dice. Fue adoptada por una familia española y no tiene ningún recuerdo de su familia biológica. Según les dijeron a sus padres adoptivos, ella es sobreviviente de la avalancha del volcán Nevado del Ruiz.

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¿Cómo fue el reencuentro de esta familia separada después de la tragedia de Armero?

A Lorena Santos no le molesta que la llamen Sully Janeth Sánchez. Siente ambos nombres como propios y son parte de su identidad. Se llamó Sully Janeth cuando nació y cuando su mamá la registró. El nombre Lorena vino más tarde, cuando la avalancha de Armero le cambió su vida para siempre. 31 años después, gracias a las ganas de saber la verdad sobre su pasado, se reencontró con una hermana biológica que no sabía que tenía.

El caso de Lorena fue el primer reencuentro por ADN gestionado por la Fundación Armando Armero.

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