Adiós Sol

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Yo nunca la ví entrar en casa. Como tantas otras cosas que he dejado de ver, por la lejanía. Llegó pegada al pecho de mi papá. Mi hermana dice que él la trajo, y él se la llevó. Fue el bálsamo para la tristeza impronunciable que sentía mi mamá ante la muerte de su perro. La última de sus bebés. La que se quedó en casa, cuando todos nos marchamos.

No podía darle otro nombre más que “Sol”. El todo. La vitalidad. La luz en esos días sombríos. La versión breve de soledad. Su antídoto. Yo, al otro lado del teléfono, me rehusaba a compartir la dicha. ¿Una gata? Los gatos son huraños y sus mordiscos dolorosos. Yo era de convivir con perros. Juguetones, obsecuentes y cariñosos. Pero la racionalidad y la eficiencia me impedían sentir ternura. Pronto volvería a casa y me negaba a que una gata me mostrara los dientes, me asaltara y me mirara con esos ojos inquisidores haciéndome notar la incomodidad que le producía yo, la que ahora era forastera para los suyos. Supongo que a mamá se le arrugó el corazón, pero al mismo tiempo sabía que yo iba de paso y que cedería por cansancio o por inteligencia, o por lo que fuera ante la situación.

Así fue. Todo ese malestar que mascullaba en el vuelo largo, larguísimo, desapareció cuando la vi. Contrario a todos los pronósticos, me acerqué y me pareció fascinante. Estaba rendida ante una gata elegante y amorosa. Una gata que supo que teníamos que darnos un espacio para poder querernos. Y la quise, la amé. La alimenté con especial cariño y con la reverencia que merece la gata primogénita en un reino que se empezó a poblar con otros gatos.

Cuando mi papá murió, Sol sufrió su ausencia. Se encerró durante semanas en el clóset oscuro, donde se había apropiado de uno de los entrepaños, como la niña que hace una carpa con sábanas, sillas y cojines para aislarse de los otros sin perderlos de vista completamente.

Se murió mi gata que no era mía. Se murió Sol y estos días de cuarentena hacen que el dolor sea más agudo. No hay abrazos. No hay vuelos largos, larguísimos, que permitan que mamá vuele hasta aquí para que la consintamos mientras pasa su duelo. Fue más que una gata. Era el símbolo de días felices, era la energía que impulsaba a mamá a levantarse cada mañana temprano para alimentarla, limpiar su arena, ponerle agua fresca. Mi mamá no pasa al teléfono. Yo sé que necesita, como Sol, su entrepaño. Su espacio para que el mundo se normalice, pese a que ya no tenemos certeza de lo que eso signifique ni cuándo suceda. Hay días tristes, y hoy es uno de ellos.

*Consulta más textos de la autora en  julianagonzalez.com

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