MIGRACIÓN VENEZOLANA EN COLOMBIA: Los otros infiernos de los Canache Amaíz

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I

Las formas de la indolencia

Cuando se lo pregunto a Norbey, un Ingeniero de Sistemas que transita todos los días por la variante La Romelia- El Pollo, que da salida desde Medellín y Manizales hacia el Valle del Cauca, el hombre sólo atina a levantar los hombros.

Casi siempre, ese gesto puede traducirse por: No sé, ni me interesa.

Es el mismo gesto de la elegante mujer que va al volante de un lujoso automóvil color cereza, detenido en la estación de gasolina del sector.

Ante la pregunta, me mira con una expresión de estupor, como si le estuviera preguntando si hay vida en Marte.

Fotografía, Martha Alzate

Por este sitio, donde hace unas décadas funcionó una granja avícola que le dio nombre a un restaurante ubicado allí durante muchos años, pasan cada día miles de conductores de autos y motocicletas que van y vienen entre Cartago, La Virginia y Cerritos rumbo a sus lugares de trabajo o de estudio.

O los viajeros que se mueven entre los municipios del occidente de Risaralda y el Área Metropolitana Pereira- Dosquebradas.

Le hago idéntica pregunta a otra decena de conductores, pero el resultado es el mismo.

Todos los miran, pero nadie los ve.

Foto: Daniel Reina Romero

Y eso, a pesar de que son cada vez más numerosas las familias venezolanas instaladas en campamentos improvisados, a la espera de una oportunidad para seguir con rumbo a Cali, a Popayán, a Pasto, a Ecuador, a Perú… o a la nada, según leo en el rostro apagado de un niño de tres años que tira de la falda ya astrosa de su madre, una mujer  que no llega a los veinte y ya se ve vieja, muy vieja.

El hambre, el sol, la lluvia, la violencia y la indolencia ajena consiguen esas cosas.

Luego me dirá que se llama Karen, Karen Canache Amaíz y que nació en Valle de la Pascua, una población de los llanos de Venezuela, un lugar en otro tiempo próspero al que fueron a parar sus abuelos y donde se conocieron sus padres.

Por ahora, Karen, de rasgos acentuadamente indígenas mira a Maicol-  ese es el nombre del pequeño- con una mezcla de impotencia y rabia. Impotencia frente al mundo, rabia contra ella misma. “No me cuidé y quedé en embarazo”, dirá.

Cuando me le acerco, tiende la mano en un gesto instintivo de supervivencia, así que le alargo un billete de veinte  mil pesos que le servirá de algo y de nada: la moneda colombiana no es que alcance para gran cosa.

Lo recibe con un guiño de gratitud y vergüenza. Con un silbido que resulta ser una clave secreta, llama al resto del clan, que empieza a desgranarse de la multitud y se acerca hasta donde nos encontramos.

Está la madre, Carmen Araíz, los cuatro hermanos Canache Amaíz y los cinco hijos de tres de ellos.

Todos con idénticos rasgos indígenas  y con esa sombra de vencidos ensuciándoles la mirada.

Dicen que con el billete comprarán una gaseosa dos litros, pan tajado y salchichón en un Kiosco vecino, que ha visto incrementar sus ventas desde que los venezolanos empezaron a llegar.

Hombres y mujeres, jóvenes y viejos se agolpan en el sector, como acabados de brotar de la tierra. Nadie repara en que la población se renueva en cosa de días: unos se van en busca de un destino cada vez más incierto y otros llegan empujados por la necesidad y la desesperación.

Foto: AFP

Efraín, el dueño del Kiosco, no puede precisar el momento en que aparecieron, pero sí tiene claro que los grupos no han parado de crecer.

“Se bajan de buses, de camiones y hasta de volquetas. Luego empiezan a armar sus toldos con planos y plásticos. Allí duermen y se alimentan con lo que pueden conseguir. Al mismo tiempo tratan de reunir algo de plata para seguir el camino. Cuando lo consiguen, desaparecen  y son remplazados por otros grupos”, declara este tendero  bendecido por  la creciente marea de venezolanos.

Ahora son enjambre estos exiliados, a los que la hipocresía generalizada se refiere con el calificativo de hermanos.

Pero nadie los ve.

Sucedió en Guárico

Los libros de Historia de Venezuela relatan que Valle de la Pascua es la capital del municipio de Leonardo Infante, en el estado de Guárico. Anotan, además, que fue fundada en 1785 por el padre Mariano Martí. En sus alrededores tuvo lugar la Batalla del Valle de la Pascua, en febrero de 1814.

Valle de Pascua, Guaricó, Venezuela

En ese lugar fueron a encontrarse los padres de Ramón Canache y de Carmen Araíz en los años setentas del siglo XX. Eran jovencitos, atraídos por la fama de prosperidad de ese lugar, ubicado en un enclave agrícola y comercial de los prósperos Llanos venezolanos. Cuando el azar los juntó, se consagraron a reproducirse con una feracidad que pretendía competir con la  tierra.

Así que Carmen y Ramón nacieron en Valle de la Pascua y al despuntar la adolescencia ellos también se juntaron, siguiendo el ejemplo de  sus mayores.

De ese fervor bíblico les nacieron cinco hijos, entre ellos Karen, nacida con el nuevo siglo, el 3 de mayo del año 2000.

El Día de la Santa Cruz, según la liturgia cristiana. Así que la bautizaron Karen de la Cruz Canache Araíz

Había transcurrido un año desde la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela.

“Todos estábamos llenos de ilusiones. Tantas, que cuando nació Karen soñábamos con que la mandaríamos a estudiar medicina en Caracas, o a lo mejor en Cuba, porque el nuestro pueblo trabajaban varios médicos de ese país, que hacían maravillas entre los enfermos. Tantas, que se ganaron fama de santos”.

Carmen está sentada en un bulto de ropa que, en realidad, es todo el patrimonio familiar. Ha repartido la gaseosa en vasos desechables. El pan y el salchichón se sirven en la mano.

Al natural tono cobrizo de la piel se han sumado jornadas enteras caminando por carreteras venezolanas y colombianas bajo soles que no dan tregua.

“Creía que el sol de los llanos era el más picante de todos, hasta que, ya en Colombia, tuvimos que caminar desde Cúcuta a  Bucaramanga, pasando primero por un páramo que ni le cuento. Ya en Bucaramanga nos trajeron en camiones  hasta Manizales y desde allí nos repartieron en buses  que nos dejaron en este lugar donde nos encontramos ahora. Con la ayuda de Dios vamos a llegar hasta Guayaquil, Ecuador, donde esperamos encontrarnos con parientes que trabajan allí”.

¿Los trajeron quiénes? ¿Los dejaron quiénes? Les pregunto, y todos esquivan la mirada. Al pasar, noto que Karen putea en voz baja. Sospecho que algo terrible le pasó a su cuerpo y eso explica la expresión de furia contenida en la mirada. Luego, antes de despedirnos, su madre me dirá que la muchacha fue violada por los hombres que los transportaron por trochas desde Venezuela hasta Colombia.

Pero no cuenta más. Cuando utilizo la expresión traficantes de personas, prefiere mirar para otro lado, hacia el Alto  del Nudo, que al primer golpe de vista le arrancó una lágrima, porque la llevó a evocar la visión del Monte Ávila en las mañanas caraqueñas de tiempos mejores.

Pero fue años más tarde, porque al menos hasta 2010, los días de los Canache Araíz transcurrieron en medio de una modesta solvencia. Si hasta les alcanzó para salir un par de veces con su prole a bañarse en las playas del Mar Caribe en Santa Marta, Colombia.

“Ramón y yo trabajábamos en una distribuidora de abonos para las empresas agrícolas de Guárico. Todo iba bien, hasta que los dueños empezaron a atrasarse en los pagos. Decían que los dólares estaban escasos y que los productos no llegaban. Un día de  2015 cerraron el negocio y unas cincuenta familias nos quedamos sin trabajo. Ya había muerto Chávez y Maduro  llevaba dos años en el gobierno. Lo grave es que no había forma de buscar trabajo, porque otras empresas estaban cerrando”.

Con ese panorama, Ramón decidió que viajarían a Caracas. “Aquí ya no hay nada que  hacer. En una ciudad grande al menos alguna cosa se consigue”, les dijo a manera de motivación.

Ninguno estaba muy convencido, pero lo siguieron sin objetar. Al fin y al cabo, el hombre siempre los había conducido por el buen camino.

Foto: Raúl Arboleda, AFP

Los círculos del infierno

En enero de 2016 llegaron a Los Magallanes, al oriente de Caracas. Con los ahorros pagaron por adelantado el arrendamiento del cuarto en un inquilinato donde se instalaron los integrantes de la familia. Carmen, Ramón y Karen salieron  a rebuscarse la vida en esas calles duras cantadas por el poeta Yordano.

Los sueños de estudiar medicina ya se habían desvanecido en el aire.

Muy pronto, supieron que en la capital la cosa estaba cada vez más difícil, excepto para quienes lograran colarse en   las filas del chavismo.

Pero esas puertas también estaban cerradas para los advenedizos.

“Solo nos quedaba agarrar unas bolsas de plástico y ponernos a recoger basura para conseguir la comida. Pero hasta la basura  estaba escasa en esos días. Hasta que una noche de septiembre, el 4 de ese mes, mi  marido regresaba caminando  hasta el cuarto que ocupábamos, con un poco de bolívares en el bolsillo para comprar algo de comida. Una cuadra antes de llegar, lo atracaron Los culebros, una de las bandas más peligrosas de Los Magallanes. Como la plata les pareció poquita, le dijeron que fuera a la casa por la niña,  que ya había cumplido los dieciséis, para que se las diera en pago”.

Todo lo que se sabe es que Ramón se enfrentó a la pandilla en pleno. De inmediato le descargaron en el cuerpo la munición de sus pistolas. No tuvieron tiempo ni de recogerlo: esa misma noche escaparon de Los Magallanes, uno de los sectores más violentos de Caracas y huyeron sin rumbo establecido: sólo los guiaba el pánico del animal acorralado.

Conversando con ellos  bajo un sol que muerde en este lugar de las afueras de Pereira entiendo por fin el miedo, el odio, el asco que alientan en esas miradas llenas de sombras.

Pero eso a ellos de nada les sirve.

De pronto, Karen recuerda:

“Fue en un enero cuando llegamos a Caracas, luego de atravesar la mitad de Venezuela. Y en  un enero llegamos a  Pereira, después de atravesar medio Colombia. Pero la diferencia es que  hace cuatro años mi padre estaba  con nosotros para darnos valor.

“Ahora  nos queda mi mamá, mis hermanos y los dos niños  que llevo en el vientre. Porque  estoy embarazada de mellizos ¿Sabe?”

Pero ni los vecinos del sector, ni los automovilistas que pasan raudos por aquí  los ven.

O no los quieren ver.

Solo a Efraín, el dueño del Kiosco, le interesan.

Guayaquil, allá a lo lejos

Efraín descubrió otra veta: la venta de minutos para llamadas a celular. El poco dinero recaudado por los venezolanos lo destinan a comprar alimentos escasos en nutrientes, a  reservar un poco para continuar el viaje y a  pagar llamadas telefónicas dirigidas al pasado y al futuro.

En el pasado están los familiares, amigos y vecinos dejados atrás, en algún lugar de la basta geografía venezolana. En el llano, en la sierra, en el asfalto de las ciudades, en  un  pueblito frente al  mar.

Para los Canache Amaíz, el pasado se llama Ramón y tiene la extensión de su cuerpo abandonado de la mano de Dios y de los hombres en una barriada violenta de Caracas.

El futuro, en cambio, tiene una suerte de sonoridad y en la ilusión se presenta como un lugar de sol y de sal.

Foto: EFE

Se llama Guayaquil, un puerto situado sobre el Mar Pacífico Ecuatoriano. Toma su nombre del río Guayas y se nutre de las aguas del mar vislumbrado por Vasco Núñez de Balboa.

Cuando marca ese número de teléfono, Carmen siente que cada uno de los dígitos puede ser un paso hacia la redención.

Como en esta tarde de enero de 2020, cuando el clan en pleno se congregó en el Kiosco de Efraín. Como pueden, se distribuyen los minutos que Karen mide en un reloj sobreviviente de los buenos tiempos.

Todos quieren escuchar la voz de la tía Elvía en Guayaquil. Es el aliento del futuro. La voz de la esperanza.

“¿Cuándo llegan a Ecuador?”  Pregunta la voz de la tía, viajando a través del prodigio digital del aparato.

“Ya  casi, ya casi”, le responde un coro entusiasta y nervioso.

Pero nadie los ve.

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