Baloncesto, deporte de amores y olvidos.

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Cada vez que Freddy salta a una cancha con sus 1.70  de estatura, asegura que llegan a su mente las palabras del profesor Guillermo Moreno Rumié, seleccionador de Colombia, que cuando chico le dijo: “A mí no me importa que sea grande de estatura, me interesa que sea grande en la cancha”.


 

 

 

Freddy Marín, igual que muchas de las personas que le han sabido encontrar el buen sabor al Baloncesto, comprendió que cada partido se constituye en un asunto arbitrario de victoria o derrota.

Es de aquellos deportes que no admiten al final de la jornada resultados de empate, como el tenis o el golf se juegan cuatro tiempos de 15 minutos en el que se mira cuál de los equipos convierte más puntos. De presentarse igualdad se juega un tiempo adicional definitorio más corto.

Por ese motivo la preparación para competir es ardua y requiere de disciplina, compromiso y voluntad cooperativa (recuerde el resultado es arbitrario), para “echar todos pa´lante o echar todos pa´tras”, como dice Freddy.

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El juego en donde todos defienden y  asumen posturas ofensivas.

Este principio bien valdría la pena llevarlo al entorno social colombiano. Así sería  fácil asumir la postura del otro y apoyarlo, sin una división invisible e impuesta de tareas en donde ahogados en especialidades decimos: eso no me toca a mí, eso es labor de aquel, yo soy defensor no poste, yo soy  abogado y no atiendo público, yo vivo en la ciudad y la dificultad está en el campo.

Y así vamos divididos en tareas y funciones, con la búsqueda de culpables individuales por los malos resultados. Que si el Polo o el Centro Democrático, que si Cambio Radical, que si la U, que los verdes. No nos damos cuenta que estamos en el mismo juego, en el mismo partido, donde el resultado es común a todos.

 

 

 

 

Volvamos al baloncesto.

Cada vez que Freddy salta a una cancha con sus 1.70  de estatura, asegura que llegan a su mente las palabras del profesor Guillermo Moreno Rumié, seleccionador de Colombia, que cuando chico le dijo: “A mí no me importa que sea grande de estatura, me interesa que sea grande en la cancha”

 

 

 

 

Será por eso que se dice que el baloncesto desde temprano en la vida invita a la grandeza tanto física como ética.

Ya en la cancha hay que saber que no hay reto liquidador. Pueden faltar solo 5 minutos para que la chicharra decrete el final del partido e ir por debajo en  más de 10 puntos, y el juego aún no está perdido, aún se puede resurgir de entre los escombros con seguidilla de canastas efectivas.

 

 

 

 

Para ello más que altura, agilidad y fuerza, lo que requiere el jugador de baloncesto es contar con claridad en su propósito, cohesión de equipo y una mente fortalecida en la victoria, para que los brazos no decaigan.

Nosotros en Pereira tenemos asuntos que nos agobian y parece que perdemos el partido.

Los altos índices de inseguridad, la constante  accidentalidad, demasiada gente habitando la calle, trabajo infantil, drogadicción y otras desdichas. Y al igual que en baloncesto en esta ocasión no tenemos posibilidad de empate, y debemos sobreponernos a ello. Estamos en tiempo adicional.

 

 

 

 

Por eso vuelvo a convocarlos para que miremos cada deporte, y en especial éste, como maestros de vida social.

Por desgracia el deporte al igual que la cultura son las cenicientas de los presupuestos públicos.

Y no es raro encontrar Freddys, Carlos o Yeisons, que se volvieron diseñadores gráficos, constructores o vendedores, olvidados de sus sueños de pelota.

 


 

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