Carlos Fernando Escobar, el diseñador que ha promovido por años la fiebre sobre ruedas en Pereira

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Un día, sin que nadie lo notara, brotó la fiebre. Los caminos empezaron a verse invadidos  por ciclistas. La historia de uno de ellos, que asumió el  pedaleo como rutina diaria  cuando el asunto era de unos  pocos.


 

Como un cardumen

Hasta hace poco más de una década solo se veía rodar en bicicleta a dos clases de personas: los mensajeros encargados de entregar los pedidos despachados por los comerciantes   y los ciclistas  aficionados  y profesionales que disputaban competencias o se preparaban para participar en ellas.

 

Fotografías: Jhon Edgar Linares

 

La segunda clase nos dejó en la memoria un pelotón completo de héroes, recordados por su capacidad para escalar montañas tan duras como  El Alto de la Línea y El Páramo de  Letras.

Otros pasaron  a la historia por  las velocidades inauditas  alcanzadas en terreno llano. A esas estirpes pertenecen hombres como Ramón Hoyos, “Cochise” Rodríguez, Rafael  Antonio Niño, Fabio Parra, Luis  Herrera y Alfonso Flórez, para mencionar solo a seis entre un centenar.

Y un día, sin que nadie lo notara, brotó la fiebre.

Las calles de las ciudades, los caminos vecinales y las carreteras intermunicipales  empezaron a verse invadidos por hombres, mujeres y niños vestidos  con uniformes coloridos a imitación de las grandes marcas europeas.

 A lomo de una bicicleta  escapaban de sus rutinas y  se aventuraban en terrenos hasta entonces vedados.

 

Foto archivo particular
Foto archivo particular

 

Para utilizar una expresión cara a los mundos digitales, el asunto se volvió viral.

Fue entonces cuando empezaron a multiplicarse los almacenes de venta de bicicletas, de uniformes y de accesorios, así como los talleres de reparación y venta de repuestos.

Y, claro, también se hicieron notorias las diferencias  económicas. En la vía uno encuentra  bicicletas que van de los doscientos mil a los veinticinco millones de pesos.

 

Fotografías: Jhon Edgar Linares

 

De cualquier manera los ciclistas se volvieron legión.  Unos buscaban aliviarse de las fatigas y tensiones propias del  trabajo diario. Otros atendían recomendaciones médicas. Un alto porcentaje buscaba recuperar o mantener la figura.

Otro tanto por admiración  hacia los grandes ciclistas del país  y del mundo.

Y unos cuantos más por el simple placer  de vencer distancias a pedalazos y, de paso contemplar los verdes del paisaje. Ah… y falta el grupo de quienes solo querían imitar a todos los  anteriores.

 

Fotografías: Jhon Edgar Linares

 

Lo que antes era la ocasional presencia de un ciclista solitario se volvió  un cardumen, una masa de colorido y sudor.

A alguno de  esos grupos- o a todos- pertenece Carlos Fernando Escobar, cuarenta y cinco años, diseñador, profesor en Areandina, padre de una niña llamada Renata  y fundador de la revista EnBici, en compañía del publicista Jorge Alberto Marín,  hoy presidente de la Cámara de Comercio de Santa Rosa de Cabal.

 

Cuesta arriba

“Soy de Manizales y  de niño aprendí a manejar la bici en esas calles empinadas en las que  me creí alguno de los grandes de la  época. Eran los días en que  de Europa llegaban noticias acerca de las  hazañas de Eddie Merckx o  Felice Gimondi. Fue en esas calles donde me pegué los primeros totazos que, sin embargo, nunca me hicieron desistir.

Al contrario: cada raspadura ardiendo en  los codos o las rodillas era un reto para seguir pedaleando con más ganas. Desde esos días pienso que quien aprende a montar bicicleta en Manizales puede hacerlo en cualquier parte”.

 

Foto Archivo Particular
Foto Archivo Particular

 

Y razones no le faltan, porque Carlos Fernando se sabe de memoria las rutas que rodean a Pereira, la ciudad  a la que llegó a vivir hace catorce años.

Algunas veces toma la carretera hacia  La Florida, que discurre apacible a orillas del  río  Otún, hasta que se empina en una pendiente que lleva hacia el sector de El Manzano.

Diestro como es, le imprime a cada pedalazo la dosis de fuerza apenas necesaria para   alcanzar la cima. En el recorrido deja en el camino, uno a uno, a un reguero de novatos que jadean, traspiran y se tocan  el vientre  a cada minuto: síntomas inconfundibles de quien está a punto de desfallecer.

Más  sabe el diablo por viejo, dicen.

 

Fotografías: Jhon Edgar Linares

 

“En este cuento es vital la dosificación de fuerzas. He visto cientos  de veces  a personas que salen disparadas como ráfagas y a  las tres cuadras las encuentro sentadas a la orilla del camino.

Es algo muy curioso: se supone que montan en bicicleta para escapar a los afanes del día o la semana y resulta que  en la ruta están igual de ansiosos por llegar a una meta que no existe.  Por eso hay que salir tranquilo, sin afanes y con la mejor disposición para disfrutar el recorrido. Si no se tiene eso claro es mejor quedarse en casa o dedicarse a otra cosa”.

 

Amor de estudiante

En sus tiempos de  universitario revoltoso, Carlos Fernando llegaba a  clases en su bici, cuando eso todavía no se  estilaba mucho. Incluso  había una cierta discriminación.

El que se mueve en bicicleta no tiene ni para el bus, era más o menos el prejuicio dominante.

Sin embargo, gracias  a esa rutina adquirió unos músculos duros que le dan un aire de armazón de hierro a su contextura flaca. Alto, de  uno con ochenta y cinco de estatura, lleva los brazos tatuados a la usanza de una época proclive a decorar el cuerpo.

 

Fotografías: Jhon Edgar Linares

 

“Cuando uno se acostumbra a moverse en bicicleta, ésta se le vuelve una extensión del cuerpo. La bici  da una autonomía, una agilidad y una libertad de movimientos que no proporcionan otros vehículos. Es una especie de liviandad en medio de un tráfico siempre pesado.

Supongo que de ahí viene una asociación de imágenes que siempre me ha acompañado: la bicicleta y los amores de estudiante. Porque los amores de esos  tiempos poseen características similares: ligeros, pasajeros, sin compromisos. Como en bici ¿no?”.

 

Buenos vecinos

Ya instalado en Pereira en el año 2008 tuvo ocasión de participar en la creación de uno de esos periódicos sectoriales que cobraron fuerza al finalizar los años  ochenta, como respuesta a las necesidades de unas ciudades en  constante crecimiento y, por lo tanto, fragmentadas y dispersas.

“Esa condición  fragmentaria hace que la gente se sienta  desconectada. Entonces pide espejos, medios para reencontrarse. Es ahí donde los canales locales  de televisión  y los periódicos sectoriales  cobran importancia.

En mi caso se trató de ‘Vecinos’, una publicación impresa y digital enfocada   a registrar las noticias y a contar las historias relacionadas con el área de influencia de la Universidad Tecnológica y la Avenida  Circunvalar.

Desde mi condición de diseñador pude asomarme a distintas facetas de esas comunidades  cuya existencia no sospechaba. Descubrir, por ejemplo, que a  tres cuadras  de viejas mansiones viven familias enteras en cambuches constituye  toda una revelación.

Sobra decir que algunos lugares, descubiertos y reseñados en principio por los periodistas y fotógrafos del periódico  pude recorrerlos después montado en mi bici”.

Pero  Vecinos fue una de esa dichas efímeras  que se  desvaneció cuando quisieron abarcar la ciudad entera y el mercado no dio para tanto. Pero esa es otra historia.

 

Fotografías: Jhon Edgar Linares

 

Una revista en la vía

Con todo, Vecinos le dejó plantada una semilla: la de contar  historias. Un día, recorriendo en su bicicleta la carretera que lleva a Mundo Nuevo, se fijó en una familia entera- incluidos nietos y abuelos- que  pedaleaba por una pequeña cuesta.

Mientras avanzaban en medio de una nube de polvo compartían anécdotas y reían al recordar sus pequeñas – y para ellos importantísimas- aventuras caseras.

Y entonces brotó la chispa: no existía en el medio  una revista que contara historias como esa.

“Ese día me puse a pensar en  la cantidad y en la variedad de personas que montan en bicicleta. Si uno lo mira solo por el lado de las profesiones, hay de todo y de todas las condiciones sociales y económicas: médicos, abogados, profesores, oficinistas, políticos, empresarios,  vigilantes,  mecánicos, policías, amas de casa. Cada una de esas personas tiene una  historia que contar, más allá de los motivos que la  empujan a salir a la calle y a la carretera montada en una bicicleta.

Necesitamos una revista que   les hable a los que montan en bici, me dije.

A finales de 2015 le  compartí la idea  a mi amigo Jorge Alberto Marín.

El hombre de una  la agarró al vuelo y empezamos a pensar en el formato y en los contenidos. Es más, de entrada le puso el nombre:  ‘EnBici’.

 

 

Empezamos a indagar y  encontramos un montón de revistas  orientadas a vender bicicletas y a mercadear eventos, pero ninguna a  pensar el fenómeno de la masificación de la bici.

Fue en ese momento cuando le encontramos la otra cara: sería una revista que contara  las historias y se aproximara a las realidades de los ciclistas que salen al campo, pero también tendría que ocuparse de  reflexionar sobre el uso de la bicicleta como aporte para mejorar las condiciones de movilidad en el área  urbana.

Y esto último abarca tanto el equipamiento y la infraestructura como las políticas públicas. En esas andamos luego de año y medio”.

 

 

Premio de montaña

Como todos los domingos, Carlos Fernando ya está en la carretera.  En esta ocasión se impuso una jornada dura. Salió de su casa, compró su provisión de bananos y tomó la calle 19 hasta alcanzar la Avenida del Río.

Al llegar allí giró hacia la izquierda rumbo al puente sobre el río Otún que lleva hacia La Badea  y hacia la Ciudadela del Café. Luego de  pasar por Pedregales tomó  la ruta hacia el barrio Málaga. Antes de llegar allí se  desvió hacia una cuesta que poco a poco se convirtió en una pared: Por allí se alcanza el Alto del Nudo.

 

Fotografías: Jhon Edgar Linares

 

El hombre levantó la vista y lo encandiló el sol de julio. Dos ciclistas cuarentones se detuvieron a su lado. Lo miraron, examinaron la cuesta y prefirieron seguir de largo.

Carlos Fernando se sujetó los pedales y acometió su propio premio de montaña.

Por algo dio sus primeros pedalazos en las empinadas calles de Manizales.

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