El paga diario

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De ver pasar |

No es una transacción bancaria ni mucho menos un producto innovador del portafolio de servicios que presta el sistema financiero legal. Se trata más bien de una variante del ‘gota a gota’, del ‘prestadiario’: esas formas de la usura exprés, tan colombianas, tan marrulleras, surgidas en las afueras de los bancos y a ras de calles cuarteadas y atestadas de basura, mientras los clanes del crimen organizado controlan el microtráfico e imponen el silencio como higiene social.

Esta variante de lo anómalo suele aglutinarse en los centros de ciudades con sectores clandestinos, supurantes de miseria. El paga diario. Así se nombra esa modalidad con la que cientos de individuos y familias se hacen a un lugar de paso para afrontar la soledad temblorosa de la noche. Viene bien apartarse de la tribu trashumante por unas pocas horas. De vez en cuando viene bien o mal dormir. Viene mal. Viene bien.

En medio de la informalidad y los gritos del rebusque, de esa antigua economía descalza que hoy desnudan las urbes en el tiempo lento de la cuarentena, una casa de bahareque de dos pisos, con nueve cuartos diminutos; un taller de repuestos, un edificio en ruinas, un garaje, pueden convertirse en albergue temporal, en un hotel sin recepción ni mucama, en un hospedaje maloliente, en un refugio de la guerra, del no futuro.

Una regla transaccional, intimidatoria como los bancos, impera en el umbral de las puertas de entrada derruidas:  “El que no paga, desocupa”. La regla funciona bien, porque afuera siempre hay clientela: la familia numerosa de los embera katío; la pareja de jóvenes venezolanos famélicos, con un bebé en brazos; tres socios recicladores exhaustos y una trabajadora sexual varada, por estos días, en una esquina donde merodea el desaliento.

Ocurre que este doloroso cuadro de costumbres lo prefiguró J. A. Osorio Lizarazo en La casa de vecindad de 1930. Ocurre, además, que ya vimos algunas de sus imágenes en La estrategia del caracol de 1993. Solo que la de ahora es una versión gótica, sin ese final épico, irónico y festivo, condensado en un grafiti: “AHÍ TIENEN SU HIJUEPUTA CASA PINTADA”.

 “Seis mil pesos diarios pago yo”, dijo ante las cámaras un hombre aporreado por el sol, abatido por la contingencia de no tener dinero para pagar otro día en el albergue. Víctima del “aislamiento social”, a causa de la pandemia que ha conseguido detener los buses sin frenos de la historia, este hombre no tiene a quién venderle sus cachivaches. Porque los que pagan a diario el derecho a pasar la noche en aquellos cuchitriles, son vendedores. Ambulantes. Solitarios. Agradecidos. Dignos. El Dane, esa falacia estadística, los registra como trabajadores independientes. Son cientos de miles, son hordas que se aglomeran en las escalinatas del poeta Zalamea. Son ellos:

los vendedores de  tortillas;

Los vendedores de especias;

Los vendedores de hojas de betel;

Los vendedores de buñuelos en que se arraciman las abejas;

Los vendedores de pájaros;

Los vendedores de emplastos;

Los vendedores de bálsamos y laxantes;

Los vendedores de ceniza;

Los vendedores de sal;

Los vendedores de agua…

¡Oh delirante confusión de las cosas más nimias y necesarias!

Pero basta de poesía. Volvamos a la realidad, a la calle que se mete por mi ventana. Volvamos a los semáforos, a las canecas de basura, a la oscuridad de los puentes, a los caños, a los lotes baldíos, a las azoteas de edificios incompletos, a La Churria. Volvamos al silencio impuesto por el temor al contagio. ¿Por qué tanto silencio en el afuera de mi casa? ¿Por qué este silencio se atasca en la garganta e interrumpe el sueño en las madrugadas? No hay pregón en la ciudad. Nadie ofrece aguacates, mazamorra, mangos. Nadie nos acerca al misterio de un lulo maduro. ¿No es acaso un misterio religioso la cáscara peluda de un lulo maduro? Nadie ofrece mangostinos y chontaduros. No hay milagros.

A falta de una economía solidaria y de un decreto universal que ordene distribuir la riqueza que se esconde en las bóvedas impenetrables de Suiza, añoro ese bullicio, necesito esa algarabía descalza que le pone música al regalo de la vida. Cada quien pagará a diario ese silencio.

***

Coda: “los buses sin frenos de la historia” es un verso de la poeta Claudia Mónica Londoño.


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