Postales anómalas

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 De ver pasar |

Congelados por el temor a este presente sin vacunas ni antídotos; frizados ante la propagación de la “distancia social” cara al totalitarismo, los madrideños acondicionaron El Palacio de hielo para una morgue. Es la guerra sanitaria, como recordó el chico Macron. Es la muerte que impone su propia arquitectura, que invade los sitios de recreo y ataca el optimismo. No sobra leer por estos días Velódromo de invierno de Juana Salabert. La arquitectura de la muerte es tan vieja como la peste. Lo supo Thomas Mann en Muerte en venecia, ahora que los bancos de peces, con sus escamas de plata, se pasean por los canales desolados como diminutas góndolas subacuáticas.

Dan Patrick, vicegobernador de Texas, educado en el college donde Trump pasó raspando la asignatura de Biología, expresó ufano que los viejos debían sacrificarse para privilegiar la economía y así garantizar la vida de los más jóvenes. Eludió decir que el imperio en que ejerce su mandato agencia un sistema de salud del tercer mundo. En su analfabetismo funcional de americano medio recordó, sin saberlo, la existencia de una novela de Cormac McCarthy, No es país para viejos: una suerte de western On the road sobre tráfico de drogas y asesino local sin escrúpulos. Si se aplicara la medida del sacrificio humano, McCarthy debería morir en breve a la edad de 87 años. Si Noam Chomski, un venerable lingüista de 92 abriles, liderara la campaña para escoger entre la vida de un vicegobernador republicano de 69 años y un escritor octogenario, sospecho que habría elecciones extraordianrias en los más de doscientos condados de Texas.

Mientras la economía del mundo se derrumba y la propagación del virus se hace imparable, una noticia triste pasó desaparcebida: el poeta Eduardo Escobar, una de las mentes más lúcidas en un país atestado de poetas propensos al discurso de autoayuda, fue atacado por tres perros que odian la santidad del Nadaísmo: “Dos hembras, una cosa hirsuta y famélica que daba lástima; una ‘collie’ más vieja que Matusalén plagada de llagas, que daba asco, y un macho pitbull que inspiraba terror en su inocencia asesina”, escribió con su dedo pulgar “convertido en un guiñapo”. Escobar es un anciano de 77 años. Está herido, tiene su cuerpo maltrecho y a pesar de que su denuncia recaba en el gesto insolidario conque el dueño del pitbull con pasado criminal asumió el impasse, su pudor de hombre digno le impide decir esto: está inerme y muy desprotegido. Don Eduardo es uno de esos tantos poetas que vive en la austeridad. Tan austero como el estilo genial de su escritura, como su poder de síntesis para comprender lo viral de otra pandemia: “La irrisoria adoración de las mascotas, que es una de las plagas de la modernidad”.

A falta de vehículos con motor diésel y tráfico habitual de transeúntes en aceras y puentes, deambulan por las calles de algunas ciudades jabalíes, venados, pumas y zorros. No es una versión urbanita de Jumanji ni creo que hayan salido de los bosques en plan turístico. El instinto de protección les recordaría que pueden terminar atrapados, exhibidos como bichos exóticos en un parque temático. Han venido a nosotros por otra cosa: buscan comida. Nada extraño que en las selvas las cosas tampoco anden bien por estos días de aire enrarecido. Las pocas tribus que aún habitan el Amazonas sí que saben del asunto.

Justo cuando las terminales aéreas se transforman en hangares desolados y tal vez se disponen a cambiar su razón social por albergues multiculturales, llegan a mi mente en cuarentena imágenes de una película, The Terminal, protagonizada por Thom Hanks. Es la historia de Viktor Navorski, un ciudadano de la imaginaria Krakozhia, que termina por convertir el F. Kennedy International Airport en su lugar de residencia. Su pasaporte lo señala ciudadano de un país del Este europeo en guerra, inexistente. La autoridad aeroportuaria detiene sus pasos de inmigrante festivo y lo declara en stand by: una forma de habitar el mundo, de detenerse en él, con un pie en el abismo fronterizo de la nada. ¿No es eso lo que nos pasa ahora?

Argentina recuerda por estos días lo que sucedió hace 30 años: la llegada al poder de una junta militar liderada por el general Videla, un hombre práctico, según refiere Piglia: “Era necesario operar sin anestesia, como decía el general Videla. Es necesario operar hasta el hueso, decía”. Se comprende por qué es imposible olvidar lo que se marca en el esqueleto, esa cosa perfecta compuesta por 206 piezas. Ni el avance del Covid-19 ha podido desviar la atención de las familias adoloridas. “Quédate en casa y hacé memoria”, “Nunca más”, “Son 30.000”, se lee en balcones y rejas. Aunque hoy esos balcones y rejas, esas fachadas escritas parecieran simulacros de otra arquitectura: la de los temidos Centros Clandestinos de Detención.

Una viróloga, acostumbrada a leer en las estadísticas los signos terribles del desastre, compartió por la radio este mensaje enigmático, de fábula: “Ni para adentro ni para afuera. Eso nos dice el virus”. Estar afuera es permanecer en riesgo de ser contagiados. Estar adentro después de haber estado afuera, es arriesgarse a domesticar el virus,  hacerlo casero, como el yogur y el dulce de guayabas. “¿Qué hacer con la salud mental de los encerrados?” Preguntó sin ironía un periodista. Preguntamos por animar el diálogo, solo eso, por llenar el vacío en una zona de detención domiciliaria. Como si no fuera suficiente con estar pensando todo el día dónde espera, agazapado, el enemigo invisible. Ya quisiéramos poder hablarle, saber de su paradero, qué le apetece, en fin: convertirlo en nuestro amigo imaginario.


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