Favor no tocar

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Ni se le ocurra tocar a esa puerta. Porque la que vive allí es una artista… una verdadera artista. Se llama Viviana Ángel y es huidiza.


 

 

Ni se le ocurra tocar a esa puerta.

 

Piense que lo de la aldaba forma parte de un simulacro y no de una posible intención tácita: quien habita esa casa espera visita. No se sorprenda de que la aldaba se haya instalado allí como un objeto decorativo, con resonancias medievales, conspirativas. Lo que sí puede hacer, si es curioso y piensa, al parafrasear a Borges que “quizá detrás de la puerta esté Dios”, es acercar su oído a esa superficie de metal y respirar profundo.

Estoy seguro que sentirá un mareo, un vaho de hierbas y especias, como si alguien en la cocina imaginaria de esa casa cerrada estuviera haciendo alquimia con el tomillo, el azafrán y el perejil. Como si al mezclar cebolla roja con casquitos de toronja y trozos de aguacate, bañados en aceite de oliva TreFòrt, el mundo del afuera se tornara más dinámico y sensible al asombro gustativo.
¿Qué clase de comida se prepara detrás de esa puerta? Preguntará usted, mientras su paladar saborea imágenes de infancia, como en Ratatouille. Tengo dudas. Quizá sea una mezcla de culturas, una suerte de bazar de confluencias. Sospecho que algo de esa cocina sabe a shawarma, a mejillones en escabeche, a crema de garbanzos, a plátano maduro, a kibbe crocantico, a cuscús y cordero con salsa de yogur.

Pero si usted es de esos curiosos impulsivos que suele percibir los rumores más allá de la cocina, no se altere si escucha golpeteos, si lo confunde el ruido estridente de un cincel, si lo invade el ronroneo de un taladro, si en medio de todo alcanza a escuchar la voz de una mujer que grita: “¡Este color naranja destruye la armonía de mi collage!”. Si respira hondo y cuenta hasta tres, lo dejará sin aliento el olor a yeso blando y a cemento gris aguado. Será testigo indirecto, por vía del olfato, de la génesis de una obra de arte. Porque la que vive allí es una artista. Lo cual no quiere decir nada si no agregamos un adjetivo: una verdadera artista. Y las artistas hablan de eso en su soledad habitada: de colores, de materiales duros, de objetos blandos, de resinas, de geometrías, de mayólicas, de pliegues y contornos.

Le ruego que no se confunda: en esa casa no vive Miró, ni Pollock, ni Gaudí.

Vive una mujer preocupada por las formas del mundo más allá de las preocupaciones de los hombres. Tal vez habiten allí, en armonioso contubernio, los lúdicos espíritus de sus maestros. Algo de su esencia experimental anidará, cómo dudarlo, en el molde de un objeto reciclado, en la rugosidad de un intaglio, en el brote inusual de una hoja de eucalipto tocada por la arena del Cabo de la Vela.

Se llama Viviana Ángel y es huidiza. Por eso presumo que lo de la aldaba es un simulacro, el artificio que se impone como muro: un tatequieto a los curiosos. La comprendo:

el artista habita el silencio y en él su obra adquiere cuerpo, supura piel. Sabe, además, lo que vaticinó Gómez Jattin en el nervio de su locura:

El artista tiene siempre un mortal enemigo
que lo extenúa en su trabajo interminable
y que cada noche lo perdona y lo ama: él mismo.

 

No es difícil declararle el amor a esta mujer, sobre todo si uno aún cree en la belleza como una revelación que no toca a la puerta con frecuencia. Bastará observar sus manos, advertir en la blancura de su dermis la manera sencilla en que esas manos prolongan lo sublime en la materialidad de las cosas.

No la mire a sus ojos moros, porque jamás cabrá en su mirada. Vive lela, obnubilada, recogiendo cosas, armando cosas, destrozando cosas, inventando cosas. La condición humana, lo pienso a veces, con rigor en horas de la tarde, le interesa poco. Tal vez tenga conciencia de la finitud, de la corrupción del cuerpo, de la memoria histórica de su padre y por eso insiste en prologar la vida en esos pequeños elementos de los que se ocupa en el silencio de su casa.

En lugar de tocar a su puerta admiremos su puerta, esto es, su mundo habitado por el sigilo. En ese ámbito, en ese útero blindado por la puerta con aldaba, imagino sus manos de orfebre ancestral siria prolongando una existencia, un querer ser en la composición de lo inefable.

Créanme: lo que ella forja para nosotros es lo más parecido a una felicidad agradecida, llena de colores y tonalidades preciosistas, un mosaico del deseo y la memoria.

En el principio está ella, con cara de ángel. En el final está su obra, untada de grafito en las partículas elementales de la urbe, como una mermelada de frutos rojos, como un collage que resume los colores de la vida.

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