“Gloria Inés” a merced de la virgen

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Cuando vi el cuchillo encima agarré el manubrio de la máquina de moler el maíz para hacer arepas y se lo descargué en la cabeza.

Sonó  como un huevo cuando se quiebra.

No recuerdo nada más.

Por eso, no sé si es exacto el informe de los expertos que contaron diez golpes en su cabeza. “Afectación severa”  de la masa encefálica, pusieron en sus papeles.

Supongo que así fue. Para eso está la ciencia ¿No?

Cuando evoca  ese momento los recuerdos de Gloria Inés se hacen líquidos. Un llanto eterno  que le viene del tiempo la empapa y se abandona a un estremecimiento que  la acompañará  hasta el fin de sus días.

Eso dice, sentada en la sala de su casa en el municipio de Calarcá, Departamento del Quindío, Colombia.

Es una tierra donde abundan el café y los poetas.

Allí fue a parar con su familia, luego de atravesar varios círculos del  infierno a partir de la mañana  en que la vida  le dio una de esas volteretas que dejan a la gente hecha trizas.

Cada vez que me despierto en la madrugada y vuelvo a ver ese cuchillo sobre mí, les agradezco al Dios del cielo y la Virgen de las Mercedes el haberme dado el valor para defenderme. Solo por eso y por el trabajo de Óscar, un gran abogado  que nunca me desamparó, pude acompañar a  Leidy y Steven, mis hijos, en su crecimiento  hasta que terminaron el bachillerato y luego se pusieron a trabajar para pagarse los estudios en la  Universidad del Quindío.

Los informes judiciales dicen que sucedió el 12 de mayo de 1999 en el barrio Eduardo Santos de Ibagué Colombia. Gloria Inés se desempeñaba como secretaria en el despacho de un ingeniero de apellido Calvo, mientras Walter, su marido, era vendedor de repuestos en las grandes empresas arroceras del Tolima y el Huila.

Para entonces, Gloria Inés era una belleza morena de veintidós años, madre de dos pequeños que contaban uno y dos años.

Así que no pasaba desapercibida para las miradas codiciosas de los hombres que se le cruzaban el camino.

Y Walter, que en razón de su trabajo se ausentaba a menudo de casa, era presa de los celos, avivados por el chismorreo de los vecinos y de sus propios  compañeros de labores.

Por ese motivo las agresiones verbales, y más tarde los golpes, empezaron a abundar.

Lo dice Nelly, hermana mayor  de Gloria Inés, en una conversación telefónica.

Con frecuencia la encontrábamos llena de moretones en la cara y los brazos. Como hacemos todas las mujeres enamoradas, mi hermana siempre lo negaba y se inventaba cualquier pendejada: que se había golpeado con una puerta, que  uno de los niños le había arrojado un objeto en medio de un juego.

Bobadas así.

Mi mamá, mis otras hermanas y yo, le decíamos que se separara de Walter, que nosotros le ayudábamos a sacar los niños adelante, pero una mujer enamorada se vuelve como en la canción de Shakira: ciega, sorda y, para colmo, muda.

Ese 12 de mayo, lluvioso como corresponde a ese mes, Gloria Inés se levantó a las cinco de la mañana. Cada día antes de entrar a la ducha preparaba el desayuno y arreglaba los niños, que eran cuidados por una vecina llamada  Aurora.

La noche del 11 había tenido una discusión con su marido, que le reclamaba por una llamada telefónica que le resultaba sospechosa.

Bobadas tuyas, mi amor. Sabes bien que te quiero sólo a ti, recuerda Gloría Inés que le respondió y dejo el asunto así. En ese momento su marido dio un portazo y salió iracundo hacia no sabe dónde.

Amargo despertar

Los niños  dormían todavía en su cuarto, atiborrado de muñecos de  peluche comprados por sus padres.

En un radio transistor instalado en la alacena, el locutor de Caracol Radio en Ibagué leía las noticias matutinas.  Hablaba de una incursión de la guerrilla y del infaltable accidente en el Alto de la Línea, cuando su corazón le advirtió del peligro.

Se dio vuelta y vio  a su marido transfigurado. Tenía los ojos enrojecidos y el pelo enmarañado. Pero lo que la hizo reaccionar fue el resplandor del cuchillo en su mano derecha. Fue entonces cuando  tomó el manubrio de la máquina de moler maíz y se lo asestó  en la cabeza.

Ella insiste en que fue una vez. Los informes forenses registran más de diez golpes.

Para ella daba igual. Desde ese momento se convirtió en una asesina.

Sentada frente a una taza de café con leche acompañada de pandeyucas  en este mes de enero de 2020, siente que el llanto eterno regresa casi veintiún años después y la envuelve en una cortina fría de sudor, a pesar del verano mordiente que incendia el mundo por estos días.

Su voz tiene un dejo entre paisa y tolimense.  Anabeiba, su madre, nació en el Líbano y Ramón,  el padre, llegó desde Támesis, Antioquia.

¿Quién va a querer matar al padre de sus hijos, al hombre del que está enamorada? Eso es algo que   nunca he podido  ni podré  entender jamás. A partir de esa mañana los golpes me llegaron de todas partes. Primero estaba mi propia conciencia, luego las preguntas de los niños, a los que mi vecina  Aurora sacó de la casa antes de que pudieran  ver lo sucedido.

Luego estaban los señalamientos de   la familia de mi esposo que, aparte de asesina, me acusaban de prostituta. Muchos vecinos también se sumaron al coro: nosotros ya le habíamos advertido a Walter, decían.

Y luego vino la justicia: me acusaban de asesinato y sí: ahí estaban las evidencias, pero nadie hablaba de las motivaciones.

“Un nuevo capítulo en la historia de la esposa asesina”, dice mi hermana que leyó alguna vez en una noticia judicial.

Gloria Inés aprieta contra su pecho una medalla de la Virgen de las Mercedes. Se la entregó su madre  la tarde  de ese  12 de  mayo cuando la detuvieron. Dice que no tiene con qué pagarles a  quienes evitaron que sus hijos la vieran salir esposada y escoltada por dos hombres que la miraban con una mezcla de miedo, compasión y asco.

Viaje al calvario

Durante los meses de su detención nunca pudo distinguir entre día y noche: a su alrededor todo era negro. Su mente era un enorme hueco oscuro en el que se arremolinaban  imágenes de sus hijos desamparados. De Walter, a quien no solo seguía  amando: le resultaba imposible imaginarlo muerto, a pesar del persistente parpadeo en su mente del cuerpo muerto tirado en mitad de la cocina.

Durante  sus estudios de bachillerato, un profesor de literatura les explicó a sus estudiantes el sentido de los coros griegos.

Así se sentía Gloria Inés: señalada y acusada en voz alta por una multitud.

Todos nos sentíamos acusados, dice su madre Anabeiba, tomando el sol en un parque de Circasia, un pueblo cercano, célebre por albergar un cementerio laico en el que están enterrados suicidas, ateos  y librepensadores.

Tiene la piel tostada por el sol y unos ojos mansos que examinan con curiosidad cada detalle  a su alrededor.

De su voz emana esa paz conseguida después de muchos años de insomnios y luchas interiores.

Lo que suele conocerse con el nombre de resignación.

Buscando la paz  y el perdón  para mi hija y para nuestra familia intentamos por todos los medios acercarnos a los parientes y hermanos de Walter, pero nunca  quisieron  recibirnos. Peor todavía: jamás preguntaron por los niños  ni se interesaron por su suerte.

Era como si todos hubiéramos muerto para ellos.

Lo confirmo, cuando intento hablar a través del teléfono con doña Ofelia, la suegra de Gloria Inés, residente todavía en Ibagué.

Me escucha durante un minuto y cuando se entera del motivo de mi llamada, cuelga el aparato. Ya lo sabemos: el silencio puede provocar un ruido ensordecedor.

Gloria Inés remoja  su pandeyuca en el café ya tibio y se levanta a atender un cliente. En la parte baja de su casa tiene un taller donde fabrica muñecas de fique y otras artesanías. Aprendió ese oficio durante los meses de su detención en Ibagué y de eso ha vivido desde entonces. Con ese trabajo construyó  la casa y pagó el estudio de los hijos, hasta que  concluyeron el bachillerato.

Las formas de la luz

La fuerza  que  te empujó a tomar el manubrio y golpear a tu marido hasta matarlo se llama instinto materno. Esa fuerza habita en   las hembras de todas las especies y es una de las cosas  que garantizan nuestra supervivencia.

No digo que un asesinato esté bien, pero reacciones como la tuya son naturales, después de todo.

Gloria Inés recita de memoria las palabras de Nelson, el sicólogo que  cada semana visitaba a las mujeres recluidas en la cárcel de  Picaleña.

En ese momento sentí una pequeña luz en mí pecho, afirma. Llevaba un año en esas condiciones y fue el propio Nelson quien me puso en contacto con un abogado de nombre Óscar, que trabajaba para una organización dedicada a la defensa de mujeres  madres de familia, acusadas de distintos delitos.

Había pasado un año  y fue Óscar quien nos hizo caer en la cuenta de  a Gloria se le estaban vulnerando los derechos, pues no solo se demostró que había obrado en  legítima defensa, sino que el hecho de  ser madre de dos hijos pequeños  le daba una  condición especial a su caso, asevera Nelly, que con el paso de los días se volvió experta en asuntos penales y aprendió  a esgrimir  argumentos jurídicos en cuanto despacho tenía que visitar.

Creo que fue la Virgen de las Mercedes la que nos envió a Nelson y a Óscar, segura Gloria con un tono de voz hecho todo plegaria y gratitud.

Esos dos hombres sacaban tiempo de sus labores para  escuchar y acompañar a las mujeres presas en Picaleña, siempre que  fuéramos madres de niños pequeños.  Había de todas clases: guerrilleras, maestras, funcionarias públicas, prostitutas, ladronas. Fueron ellos quienes, después de luchas y más luchas consiguieron mi libertad.

Eso fue el 15 de marzo de 2001.

 Esas fechas no se olvidan  nunca.

En abril de ese año, la familia en pleno, incluidas madre y hermanas, partió una madrugada de domingo rumbo a Calarcá, temerosas de que  la parentela de Walter pudiera perpetrar una venganza.

En realidad, Calarcá está situada a apenas dos horas de Ibagué, pero el viaje, aunque breve, suele darle a la gente una suerte de seguridad que la hace sentirse a salvo.

A  partir de esa época, Gloria Inés teje  con sus propias manos unos pectorales y manillas de fique pintado que envía por navidad a las hijas y esposas de  Nelson y Óscar. El primero vive en Valledupar, donde asiste a desplazados por la violencia.

El segundo se exilió hace una década en Canadá, luego de recibir repetidas amenazas por haber conseguido la liberación de  una guerrillera acusada de liderar la toma a un caserío de Génova, en el Quindío.

Leidy y Steven, los hijos de Gloria Inés son ahora dos veinteañeros que cursan sus estudios en la Universidad del Quindío. A  pesar  de sus ocupaciones, siempre encuentran el tiempo para ayudar a su mamá en la revisión de sus cuentas, en la consecución de materias primas y, en tiempos de vacas flacas, le echan una mano con el presupuesto de su pequeña empresa.

Todavía muy niños supieron de las circunstancias en las que murió su padre. Por eso saben que en el corazón de su mamá hay una línea de sombra, una cicatriz  que es mejor no reavivar.

Las cosas del ayer hay que dejarlas donde están, responden sin ponerse de acuerdo cada vez  que alguien intenta reavivar el rescoldo de esa parte de su historia familiar.

Esa forma de aceptar las cosas la aprendieron de su abuela Anabeiba, de la tía Nelly y, por encima de todo, de ver  día tras día a su madre  levantarse  a las cinco de la mañana para  despacharlos primero al colegio y más tarde al trabajo.

Y, cada vez con mayor frecuencia, sienten que  lo aprendieron de tanto ver esas manos teñir  y tejer el fique con un virtuosismo y una paciencia que se les antojan una forma suprema de la sabiduría.

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