La crónica: entre la Historia y las historias. 3 de 4 partes.

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Una historia por entregas. Encuentra la parte 2 haciendo clic aquí.

VI

LATINOAMÉRICA: MORADA AL SUR

Llegados a esta tierra donde 300 millones de personas se ocupan de forjar un destino que les permita superar la paradoja de la riqueza inagotable al lado de miserias sin cuento, nos acogemos a la idea de la escritora Susana Rotker: la crónica es un invento latinoamericano que después adquirió su tono particular en otros lugares, hasta el punto de que son los escritores norteamericanos quienes ostentan la paternidad del llamado Periodismo Literario. Pero se trata de un invento que, como todos, no obedece al capricho, sino a la necesidad.

Despojados de las grandes sagas fundacionales por el influjo de la colonización europea, los nacidos en este lado del mundo experimentamos el imperativo de narrarnos a nosotros mismos para comprender por fin lo que somos, ahora que desde los grandes centros de poder político y académico nos aseguran que la Historia terminó, cuando no hemos empezado siquiera a edificarla. Frente a esa perspectiva no quedaba salida distinta a la de reconstruir nuestra Historia, valiéndonos de las pequeñas historias. Las del argentino Roberto Arlt buceando en las aguas profundas del gran Buenos Aires para compartirnos en sus Aguafuertes porteñas la visión de mundo de unos hombres despojados hasta de la propia memoria. 

Luis Tejada

Las del nicaragüense Rubén Darío, oculto tras el velo de un europeísmo que nunca dejó de ser expresión del refinamiento estético de un hombre convencido en lo más hondo de pertenecer a la más reciente legión de desplazados, humillados y ofendidos. Las del cubano José Martí, ubicado en las antípodas del autor de Azul, que en lugar de consolarse entre cisnes y cristales de bohemia decidió asumir hasta las últimas consecuencias su condición de animal político y para ello se valió de lo que más amaba y conocía: la palabra escrita. Las del colombiano Luis Tejada, que en los albores del siglo XX y desde las  pequeñas ciudades donde ejerció su oficio de contador de historias supo conectarse con las grandes corrientes del lenguaje y el pensamiento para dejarnos en sus textos impecables y breves el testimonio de lo que estaba sucediendo en su país y de las tormentas que se agitaban en su interior como resultado de los cambios experimentados por el mundo.

A propósito, apunta Susana Rotker, señalando a José Martí: “La conciencia de la modernidad hace caer los sistemas de percepción y las formas de expresión van a ser otras. El periodismo será un medio ideal para palpar día a día el fluir de la nueva sociedad, para tratar de conocer a los hombres: el escritor interroga lo inmediato e interroga a la vez su subjetividad.

El yo y la experiencia personal sustituyen de algún modo a la ciencia: solo lo subjetivo y vivido aparece como seguro.

Al fin de cuentas, escribe Martí: ‘¿ Y por dónde  hemos de empezar a  estudiar, sino por nosotros mismos? Hay que meterse la mano en las entrañas, y mirar la sangre al sol: si no, no se adelanta’” (Susana Rotker – La invención de la crónica- Fondo de Cultura Económica –página 143).

La crónica fue pues, desde el advenimiento mismo de lo que unos llaman diálogo cultural y otros prefieren nombrar como invasión a secas, el instrumento a través del cual nos propusimos pensar y narrar lo que empezó a suceder entre California y La Patagonia después del 12 de octubre de 1492.

Nos sirvió para clasificar y cantar un paisaje que cambia con la prontitud de un caleidoscopio sin necesidad de recorrer  muchos kilómetros. De su mano aprendimos que en el Caribe la marihuana es  “La hierba del olvido” y en el Amazonas profundo el Yagé es la planta que permite hablar con los dioses. Siguiendo su rastro descubrimos que el tango le debe tanto a Europa como a los ritmos de los negros asentados en Brasil y Uruguay. Que la salsa es apenas la marca comercial de un género alimentado con los acordes del son, el mambo, la charanga y el jazz, todos ellos llegados desde el corazón del África milenaria. Avanzando un poco más allá alguien se encargó de contar -siempre hay alguien que se encarga de contar- que unos músicos colombianos llevaron el  bambuco a la península de Yucatán y apenas unos años después los mexicanos devolvieron el favor convertido en el bambuco yucateco.

Resulta claro entonces que en la crónica hay una voluntad de documentar y añadirle valor a la realidad a través de la experiencia estética.

Sin esta última el cronista sería poco menos que un notario encargado de autenticar registros para los generaciones venideras. Esa belleza ya está presente en las páginas de Heródoto de Alicarnaso, que llegan hasta nosotros a través de muchas traducciones. Aparece, como un don imprevisto, en los comentarios de Pedro Cieza de León en su tránsito por tierras de Quimbayas en  lo que hoy es Colombia. Irrumpe en las memorias de los Jesuitas sobre el ascenso y caída de sus misiones en Paraguay. Alienta en los textos periodísticos de Jorge Enrique Rodó o en el Rómulo Gallegos más cercano a la literatura que a la política. Sin embargo, esto último no plantea una contradicción porque la crónica, en cuanto aspira mostrar facetas veladas o prohibidas de la realidad, es en sí misma un hecho político.

VII

LAS OTRAS VOCES

Al  tiempo que nosotros intentamos mirarnos, otros también nos miran desde el lenguaje de la crónica. Mientras los escritores estadounidenses que se ocupan de este género lo han hecho ante todo para dar cuenta de la fértil diversidad y de las contradicciones propias de un país de inmigrantes como el suyo, desde Europa un autor como Ryszard Kapuscinski ha dedicado buena parte de sus libros a explorar ese universo que tiempo atrás se conoció como el Tercer Mundo y que la corriente de la corrección política decidió rebautizar como Países en vía de desarrollo. No es casualidad que el propio autor sea oriundo de un país marginal y víctima de las disputas entre imperios como es Polonia. De hecho, el mismo Kapuscinski se ha encargado de precisar que en buena medida su obra es también un acto de solidaridad con pueblos que a pesar de las diferencias de lenguas y culturas han transitado caminos muy parecidos al de su tierra de origen.

Ryszard Kapuscinski

Fue a través de este autor como pudimos  percibir de otra manera los conflictos en América Central, que el simplismo de algunos reporteros quiso reducir a odios atávicos entre poblados fronterizos cuando no a disputas irracionales surgidas al calor de un partido de fútbol, ignorando la  importancia estratégica que esos países pequeños y empobrecidos  han tenido para el equilibrio de poderes entre Norteamérica y las otras potencias occidentales.

Como para Kapuscinski la crónica no es un mero accesorio de la Historia, entonces opta por presentarnos la Historia misma palpitando en los relatos de unos personajes anónimos capaces de pequeños actos de grandeza que por si solos pueden redimir la condición humana entera. Para probarlo está ese combatiente moribundo que le encomienda sus pequeños hijos al hombre que acaba de dispararle. Lo asombroso es que este último hace hasta lo imposible por cumplir su palabra. Para  conducirnos a la esencia de ese drama ignorado por los reporteros de guerra habituados a enviar inventarios de cadáveres, el escritor polaco emprende una paciente y detallada descripción del escenario donde el campesino salvadoreño agoniza rodeado de la indiferente belleza del paisaje: el sol que se filtra entre las ramas de una ceiba; el vuelo de los pájaros que repiten una rutina aprendida hace mil años; los cortejos sexuales de las pequeñas alimañas del bosque hasta que, de repente, se hace un silencio que lo rodea todo y se funde en un acto reverencial por ese hombre que se despide del mundo.

Aprehender momentos como ese requiere de un largo aprendizaje, que casi nunca pasa por las escuelas de periodismo, donde lo más importante parece ser enseñarles a los estudiantes lo que no debe hacer.

La clave, como en todo intento de creación literaria, pasa más bien por la poesía y su capacidad siempre renovada para develar los misterios del mundo en un puñado de palabras. Por la gran novela moderna y su manera de explorar los recintos más recónditos del alma humana. Pero está, sobre todo, la fina sensibilidad del que camina con los sentidos bien dispuestos a comprobar, una y otra vez, que detrás de su aparente carácter repetitivo el mundo es siempre nuevo. A ese hombre le llaman cronista.

Alma Guillermoprieto

Al  lado de  Kapuscinski, la mexicana Alma Guillermoprieto constituye otra de las grandes voces que desde un ámbito distinto, en este caso al anglosajón de las páginas de la revista New Yorker donde ha publicado buena parte de su trabajo, han contribuido no solo a que parte del mundo pueda tener una versión diferente de lo que ha sido el trasunto histórico de este lado del planeta, sino a que los nacidos al sur del Río Grande nos reconozcamos portadores y protagonistas de un destino que no tiene que ser necesariamente el diseñado para nosotros por los grandes centros de poder.

En una crónica titulada de manera escueta Lima 1992 Guillermoprieto nos suelta de entrada lo que vio del grupo guerrillero Sendero Luminoso y su particular manera de reflejar la realidad peruana  del momento: “Un periodista en Ayacucho, cuna del grupo revolucionario ultramaoísta Sendero Luminoso, me contó una historia sobre los guerrilleros que le escuchó a un amigo, un militar de la localidad. El oficial había capturado a  tres miembros del Partido Comunista del  Perú -que es el nombre oficial de Sendero-, y procedió a torturarlos según las normas. Eventualmente, uno de los tres torturados murió. Como el segundo cautivo parecía estar luchando por su vida, el tercero intervino. “Voy a cooperar, dijo. “Pero si dejan vivo a mi compañero correrá la voz de que hablé, y entonces soy hombre muerto. Mátenlo primero, que después yo hablo”. El oficial aceptó el trato y asesinó al segundo hombre, pero en ese momento el  prisionero que había prometido hablar empezó a insultar a sus captores con más fuerza que nunca, lanzando patadas y provocando los peores tratos. El oficial, asombrado, le recordó su promesa. “Nunca hablaré”, dijo el hombre. ‘Soy miembro del Partido Comunista del Perú. El otro era un colaborador nada más. Vi que estaba aflojando y ya iba a poner en peligro a nuestros compañeros. Ahora no hablaré. Pueden matarme.’”  (Alma Guillermoprieto—Al pie de un volcán te escribo- Editorial Norma. Página 331).

Aquí aparece entonces otro elemento:

la crónica como hecho narrativo no solo ostenta una condición documental y estética: también es política en tanto desvela aspectos de la realidad que muchos no quisieran nombrar.

A esa tarea se ha consagrado la autora con una tenacidad en la investigación que encuentra su punto de equilibrio en la riqueza del estilo, de modo que lo suyo no es solo un documento de denuncia sino también un ejercicio de creación narrativa.

En sus páginas encontramos las muchas caras de un Brasil insertado en el grupo de los países ricos, mientras buena parte de la población intenta sobrevivir en medio de la pobreza y la superstición. También pasa por allí el drama de una generación de muchachos de Medellín, Colombia, que creyeron ver en los ejércitos de traficantes y sicarios creados por los capos de la droga la oportunidad de redención que estaban esperando en medio de una sociedad tan excluyente como la antioqueña en particular y la colombiana en general. Y, claro, también se ocupa de mostrarnos las contradicciones de su país, manifestadas en el gigantismo del Distrito Federal en posición al olvidado de regiones como Chiapas, que no por casualidad vieron surgir un grupo guerrillero cuando ese fenómeno, a excepción de Colombia, había desaparecido en el resto del continente. Hay que leer el texto sobre el papel desempeñado por los pepenadores en la vida cotidiana de la Ciudad de México para tener un panorama del enorme tinglado poder político, económico y corrupción forjado por la dirigencia del Partido Revolucionario Institucional durante más de medio siglo de control total del poder en el país.

Marshall Berman

“Todo lo sólido se desvanece en el aire” escribió Karl Marx en una frase retomada por Marshall Berman como título para uno de sus libros. A ese carácter inasible de la realidad se han enfrentado los artistas de todos los tiempos en in intento por conjurarla. Mediante el  aprovechamiento de las palabras, los sonidos o las imágenes: esa ha sido la carta jugada por pintores, músicos, poetas, novelistas y cronistas, porque de lo que se trata aquí es de mostrar que la crónica no es un género menor, como algunos quieren hacerlo  ver: es simplemente otro género que utiliza elementos de los demás para aproximarse por otros caminos a esa criatura de mil caras que es la realidad. De hecho, durante mucho tiempo, hasta la irrupción de la novela moderna, fue el género narrativo por excelencia, hasta que acabó mudándose al lugar  intermedio entre  el periodismo y la literatura que hoy le asignan, dando lugar a un matrimonio que  ha conseguido dar frutos tan valiosos como el Diario del año de la peste, el siempre vigente relato de Daniel Defoe sobre la epidemia que asoló a Londres en el siglo XVII y o el más reciente Huesos en el desierto, del periodista mexicano Sergio González, un valiente retrato sobre el asesinato selectivo de mujeres en Ciudad Juárez.

La frase de Marx está lejos de ser solo un giro retórico. De hecho, con el carácter clarividente que siempre ha tenido la buena poesía, el pensador alemán estaba prefigurando los mundos por venir. Con el avance de las técnicas de producción, difusión y distribución en gran escala, el siglo XX fue testigo y protagonista de una sucesión de acontecimientos que superaron en mucho la intuición de que todo lo sólido se desvanecía ante los ojos de unos ciudadanos cada vez más desintegrados en el anonimato de las grandes urbes, huérfanos de mitos fundacionales y carentes de un lenguaje capaz de dar cuenta de su situación el mundo. Esa sensación de irrealidad fue captada con distintos niveles de nitidez por directores de cine como Fritz Lang, músicos de la estirpe de Louis Armstrong y novelistas como John Dos Passos o George Orwell. 

Por supuesto, el periodismo también fue llamado a atestiguar desde sus distintos géneros sobre la forma como el rostro y el alma del planeta se transforman al ritmo de los saltos y destellos de la técnica. Dos guerras mundiales, grandes bancarrotas, innumerables conflictos regionales y la entronización del consumo masivo como referente vital, demandaban mentes lúcidas y plumas ágiles capaces de mostrarle al mundo la dimensión exacta de las fuerzas que se agitaban tras el aparente esplendor.

Entre todos, fueron los periodistas narrativos quienes descubrieron y les contaron a sus contemporáneos y a la posteridad que mientras los ciudadanos padecían los estragos de la guerra, multinacionales norteamericanas de las comunicaciones como ITT o del sector automotriz como la casa Ford le vendían bajo cuerda sus productos al régimen de Hitler, en una prueba más de la vigencia del proverbio aquél de “Donde está tu tesoro está tu corazón”.

Dos décadas más tarde les tocó el turno a los corresponsales de guerra, que desde los arrozales de las antípodas desnudaron los horrores del combate desigual entre la primera potencia del planeta y un pequeño país que, contra todo pronóstico, acabó expulsando al enemigo de su territorio, ante  el asombro de quienes  ni siquiera sospechaban lo que estaba sucediendo allí.

Esos mismos profesionales, curtidos en el tratamiento del las facetas más impredecibles y oscuras de la condición humana hicieron gala de la paciencia en los campos de batalla -aunque algunos no hubiesen estado allí de cuerpo presente- para desentrañar la urdimbre de intereses, chantajes y traiciones de los juegos del poder, que el mundo conoció con el nombre de Watergate. Como prueba de ello nos quedan los libros de gente como Tom Wolffe, Hunter Thompson, Gay Talese o Michael Herr, auténticos virtuosos al momento de separar el grano de la cizaña, que siempre se nos presentan mezclados a la hora de echar un primer vistazo a los acontecimientos. Las sagas de la mafia italiana o irlandesa en territorio estadounidense; los delirios y verdades entremezclados en las subculturas de la droga, el juego y el sexo; las pesadillas veladas por el glamour de los enroques financieros o el decadente paraíso de la industria del espectáculo aparecen ante nosotros bajo una luz distinta, aportada por el acopio de recursos investigativos y estilísticos de unos autores que, sin tenerlo muy claro, le estaban dando carta de ciudadanía a una corriente que desde entonces se conoce como periodismo literario, que en realidad había sido creada muchos siglos atrás por gente como Heródoto, los evangelistas o los cronistas de indias.

Larry Burrows y Michael Herr 

Al igual que Heródoto, los hombres de este tiempo siguen viajando hacia tierras remotas para contarnos sobre las maravillas todavía ocultas o para relatarnos los horrores de que es capaz el ser humano en su propósito siempre renovado de destruirse a si mismo.

Uno de esos hombres fue el periodista norteamericano Michael Herr, enviado a los campos de batalla de Vietnam en 1967 como corresponsal de la revista Esquire. Parte de lo que vio en ese viaje al que él mismo llamó Sorbos infernales en uno de sus artículos más célebres nos la cuenta en una selección de crónicas publicada años más tarde con el título de Despachos de Guerra.  “… Una de las enfermeras vietnamitas me dio un bote de cerveza fría y me pidió que lo bajase a la sala donde estaba operando uno de los cirujanos del ejército. La puerta de la sala de operaciones estaba entornada y entré. Debí mirar primero. En la mesa de operaciones había una muchachita, que miraba hacia la pared con unos ojos grandes y secos. Le había desaparecido la pierna izquierda y del muñón brotaba un trozo de hueso afilado de unos quince centímetros de largo. La pierna estaba en el suelo, medio envuelta en un papel. El  médico era un comandante, y había estado trabajando solo. Tenía peor aspecto que si hubiese estado toda la noche sumergido en un canal de sangre. Tenía las manos tan resbaladizas que tuve que sujetarle el bote en la boca y alzarlo cuando echó la cabeza hacia atrás. No me sentía capaz de mirar a la chica…” (Michael  Herr-  Despachos de guerra- Editorial Anagrama. Página 189. 1977).

El uso de la primera persona no es un simple recurso técnico utilizado por el periodista: lo que quiere decirnos es que lo suyo no es solo el reporte impersonal de un burócrata de la información.

Yo estuve allí y pude comprobar lo que tantos me habían advertido: que los humanos somos capaces de cualquier cosa, incluso de masacrar inocentes, cuando se trata de conquistar o defender el poder, es lo que quiere decirnos el narrador  de esa pesadilla desatada por países que se consideran así mismos emisores y defensores de los grandes valores de  la civilización.

El cronista se erige  así en testigo de un momento clave de su tiempo. Tanto que hoy, cuatro décadas después, muchos analistas políticos coinciden en que los textos enviados por los corresponsales fueron el punto de partida para que los ciudadanos de los Estados Unidos empezaran a tomar conciencia de lo que el ejército de su país estaba haciendo en el lejano oriente. Esa toma de conciencia fue el germen de los movimientos sociales que acabaron por obligar al gobierno de Richard Nixon a retirar las tropas y poner así fin a una conflagración originada después de la Segunda Guerra Mundial.

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