La crónica: entre la Historia y las historias. 4 de 4 partes.

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Una historia por entregas. Encuentra la parte 3 haciendo clic aquí.

VIII

LOS MISTERIOS DEL OFICIO

Hay un texto del citado Kapuscinski, publicado inicialmente en la revista The New Yorker, donde el maestro polaco describe, en ese estilo suyo preciso y directo que no renuncia sin embargo a los milagros de la imagen poética, el estado de conciencia de los habitantes de una aldea moribunda situada en el centro de África. El recurso es tan sencillo como contundente: para recrear el sopor sin remedio que los carcome, el autor de El emperador detalla con minuciosidad obsesiva la manera como la búsqueda de un poco de sombra que les garantice una jornada más de vida se convierte en la única actividad diaria de los pobladores de ese caserío sin nombre. Para conseguirlo, se arrastran pegados a  las  paredes hasta alcanzar el lugar adonde todavía no llega el lengüetazo calcinante del sol. De ese modo, sus movimientos los convierten en una suerte de reloj viviente, al punto de que para calcular la hora basta con mirar hacia el sitio donde se encuentra instalado el abuelo o la niña que se inicia en los ritos de la fertilidad. El margen de error puede alcanzar solo un par de minutos.

Idéntico camino, aunque con distintas técnicas y en tiempos y momentos diferentes, han seguido virtuosos del periodismo narrativo como el norteamericano Gay Talese para relatar los avatares de la construcción del puente Verrazano en Nueva  York, el argentino Martín Caparrrós en su aventura de adentrarse en las entrañas de la otra Argentina que nadie nombra o el colombiano Carlos Sánchez Ocampo en su viaje a los infiernos para relatarnos los pormenores de ese ritual de autodestrucción que es el consumo de bazuco en el casi desaparecido sector de Niquitao en la ciudad de Medellín.

En cualquiera de los casos mencionados, aparte del virtuosismo en el manejo del lenguaje, que de entrada le da una dimensión estética a sus propuestas, los autores saben que los retos de la crónica van mucho más allá de la relación de sucesos, porque los suyo es en últimas un intento de desnudar el alma de los seres humanos y con ella la de los tiempos y lugares en los que acontece su aventura vital. Lo supo Bernal Díaz del Castillo, el cronista de Hernán Cortés, cuando descubrió el carácter indómito de unos pueblos que ofrecían a sus dioses los corazones palpitantes de las doncellas, con el propósito de aplacar una furia milenaria cuyos motivos nadie parecía recordar. Lo sabía también Pedro Cieza de León, en su tránsito por tierras de Incas y Chibchas, en el momento de comprobar que los guerreros españoles experimentaban una especie de sagrado pavor ante la sola visión de los guaduales donde los aborígenes parecían volverse invulnerables. Y lo supo -y de qué manera- Fray Junípero Serra, el hombre que llevó la cruz de los católicos a todo ese territorio entre Florida y California que hoy forma parte de los Estados Unidos de América, pero que entonces era poco menos que una tierra de nadie habitada a trechos por seres que rendían culto a las divinidades del viento y la lluvia y en noches de plenilunio enloquecían de dicha y pavor ante la visión de la piel de cobre de sus muchachas desnudas.

Puestos a desnudar almas y cuerpos, disfrutemos la estampa que Cieza de León nos ofrece de Huayna Capac, uno de los herederos del trono del Inca Tupac Yupanqui: “Era Guayna Capac, según dicen muchos indios que le vieron y conocieron, de no muy grande cuerpo, pero doblado y bien hecho; de buen rostro y muy grave, de pocas palabras, de muchos hechos, era justiciero y castigaba sin  templanza. Quería ser tan temido que de noche le soñaran los indios. Comía como ellos usan y así vivía vicioso de mujeres, si así se le puede decir; oía a los que le hablaban bien y creíase muy de ligero; privaron con el mucho los aduladores y lisonjeros, que entre ellos no faltaban ni hoy dejan de haber; y daba oídos a mentiras, que fue causa que muchos murieran sin culpa …”   ( Cronistas de Indias- Antología.- Pedro Cieza de León- El Áncora Editores- página 121

Y la desnudez es, en todas sus acepciones, el gran leit-motiv de los cronistas. En la primera de ellas lo que se busca es descorrer el velo que los poderes del mundo arrojan sobre la realidad, en su afán de mantenerla bajo control. Las falacias de los políticos, los tejemanejes de los especuladores, los fuegos de artificio de los seductores, la retórica de los clérigos y la venalidad de los jueces devienen desafío para quienes decidieron contar la historia propia y la ajena, mediante los recursos que brinda esa especie de criatura de fábula, resultado de un cruce incestuoso entre el periodismo, la Historia y la literatura.

Situada en esa encrucijada, la venezolana Susana Rotker lo plantea así: “la identificación de lo estético con lo ficticio ha alejado y debilitado al discurso literario del mundo de los acontecimientos, haciendo que parezca una actividad suplementaria y prescindible.

El criterio de factualidad no debe incluir ni excluir a la crónica de la literatura o del periodismo. Lo que sí era y es un requisito de la crónica es su alta referencialidad -aunque esté expresada por un sujeto literario- y la temporalidad (la actualidad). Ortega y Gasset decía que el periodismo es “el arte del acontecimiento como tal”:

la crónica, entonces, era un relato de historia contemporánea, un relato de la historia de cada día” (Susana Rotker- La invención de la crónica– Fondo de Cultura Económica. Página 130).

De ese modo en Cabeza de turco, el alemán Gunter Walraff consiguió hacer visibles las pesadillas de los inmigrantes turcos en Alemania, contratados por las multinacionales de la industria química y farmacéutica para realizar los peores trabajos, incluso aquellos que representaban un peligro inmediato para sus vidas. No se puede olvidar tampoco a la argentina Leila Guerriero mostrándonos el abismo de tedio y frustración que alentaba en el corazón de los protagonistas de Los suicidas del fin del mundo. O al colombiano Germán Castro Caycedo viajando a Fredonia, Antioquia, un pueblo cafetero de su país, para denunciar desde la historia de la bruja Amanda la banalidad, la estulticia y la rapacidad de quienes detentaban el poder en ese momento, capaces de utilizar helicópteros oficiales para desplazarse hasta un pueblo de la cordillera con el fin de hacerse leer la palma de la mano mientras el mundo se desintegraba a su alrededor. Nada de qué extrañarse, en todo caso: al fin y al cabo hoy ese mismo país está gobernado por un hombre que toma goticas mágicas mientras firma decretos que hipotecan el destino de sus coterráneos muchas décadas hacia delante. En todos esos autores, más allá de las diferencias de estilo y de visiones del mundo, subyace una certeza común, consignada hace años en las lúcidas palabras del pensador Estanislao Zuleta: que en el fondo, toda lucha por la dignidad de los seres humanos es ante todo una lucha contra el poder, en cualquiera de sus manifestaciones: políticas, económicas, familiares, afectivas, sexuales o religiosas. En esa búsqueda de desnudez la crónicas es, sobre todo, una propuesta política, como bien lo pudo experimentar en la ciudad de Pereira el periodista y escritor Juan Miguel Álvarez, quien luego de publicar en la edición digital de la revista Semana en enero de 2008 un juicioso texto sobre la naturaleza y los protagonistas de la violencia en Pereira y Dosquebradas, vio como su nota desaparecía en menos de un día, como resultado de las presiones de los representantes del poder político, económico y policial, quienes consideraban que el informe representaba un riesgo para sus intereses, confirmando una vez más que al poder, con sobradas razones, nunca le ha gustado la verdad.

Ocupémonos ahora de la otra acepción de la palabra desnudez: aquella que lleva implícito el estremecimiento erótico, cuya condición natural es la de repetirse siempre ante un cuerpo nuevo, como si fuera la primera vez. De esa clase de desnudez si que conoce el cronista, pues es imposible llevar a buen término una historia sin desearla con el ahínco, con la desesperada obsesión que nos inspiran algunos cuerpos cuando doblan la esquina.

¿Quién será? ¿De dónde viene? ¿Hacia dónde irá? ¿Qué motivaciones lo guían ¿Con quién va a encontrarse?

Las anteriores son también las preguntas que se hace el contador de historias, aunque se sepa derrotado de antemano, como todo buen enamorado que se respete. De ahí en adelante deberá estar dispuesto a utilizar todas las herramientas a su alcance para hilvanar un relato que en principio se entregará a sí mismo y después compartirá con los lectores, en ese ejercicio de voyerismo sobre el que se sustenta la dialéctica escritor-lector: cuéntame lo que viste que, a modo de recompensa, yo te contaré una historia para que me la cuentes, transfigurada. Es por eso que el contado de historias necesita tiempo, mucho tiempo: al fin y al cabo Cronos es la divinidad que rige su destino, y ya sabemos que la única manera de apaciguarlo es entregarle cada cierto tiempo, como a las divinidades Aztecas que estremecieron de pavor a Hernán Cortés hasta el día que tuvo a su alcance la piel trémula de “La Malinche”, el corazón palpitante de una historia, con todo y le escenario en el cual acaece: protagonistas, lugares, emociones y música de fondo, pero ante todo con las claves que permitan entender esos destinos rescatados del olvido por la palabra escrita.

El escritor de crónicas se aproxima entonces a los hechos y sus protagonistas con la mezcla de miedo y fascinación que tanto atormenta a los amantes primerizos. Tendrá que ser cauto y prolijo para no asustar al objeto de su deseo con modales de atarván de feria, pero a la vez deberá armarse de valor para no quedarse paralizado ante las incertidumbres que depara toda fuente de conocimiento; y el deseo, ya lo dijo el poeta, es la más incierta de todas. Hay que ver la dosis de ternura y respeto con la que un escritor como Alberto Salcedo Ramos aborda sus relatos para entender de qué estamos hablando: se trata de la ternura y el respeto de quien sabe que está invadiendo una parcela de intimidad ajena, pero a la vez está convencido de que esa invasión es necesaria para que esa vida, o al menos una parte de ella, no se diluya en el olvido, que es el otro nombre de la indiferencia. Indiferencia que no solo nos vuelve insensibles a las glorias y tribulaciones del prójimo, si no que nos niega de entrada la posibilidad de reconocernos en el diálogo con él, según se desprende de ese poema de Octavio Paz en el que se nos recuerda que “Para poder ser he de ser otro”.

Bajo esas premisas el cronista va por el mundo desnudando campos y ciudades. Sobre todo ciudades, que son los lugares donde se concentra hoy la mayor parte de los habitantes del planeta. En su trashumancia olfatea, interroga, escucha, palpa, contempla y lo que encuentra es el incesante palpitar de la vida, materializado en pequeños y grandes destinos que al cruzarse dan lugar a la otra Historia, la que insistimos en nombrar con mayúsculas, como si no fuera el resultado del ir y venir de las otras, las historias de los seres que intentan aprovechar de la mejor manera el milagro de su breve tránsito sobre la tierra. Es en ese punto donde descubre que su amor es a la vez erótico y político. Erótico porque le apasiona acariciar esa sustancia misteriosa con la que se amasa la vida. Político porque no tarda en descubrir que esa vida permanece en constante riesgo de ser manipulada, estropeada y sobre todo aniquilada por los dueños del mundo, que pueden dejarlo en un instante con el vacío del cuerpo amado entre las manos. En esa encrucijada no queda otra salida que narrar la desnudez, para que sea amada por otros en la momentánea comunión de la lectura, pero también para que esos otros tomen conciencia de lo frágil de su condición y de lo expuesta que está a toda clase de peligros. Así, cuando el cronista nos relata la historia de esos músicos callejeros conocidos como “ Los Calimenios” que aquí nada más, a la vuelta de la esquina, se ganan la vida interpretando con instrumentos precarios el cancionero del Chocó profundo, nos está diciendo cosas sobre el carácter insólito de la belleza que surge en cualquier parte, al tiempo que nos advierte sobre los riesgos que corren esas personas ante la agresividad latente en unas ciudades donde la exclusión y el rechazo a lo diferente parecen ser el único campo de coincidencia para muchos de sus habitantes.

IX

LA CRÓNICA, LA CIUDAD Y LA NOCHE

Pero como no se puede hablar de las ciudades en abstracto, así como no se puede amar a una mujer sin desear el cuerpo donde habita, tengo que hablar de Pereira, la ciudad donde he vivido, que a su modo ha sido intuida y reinventada por la palabra de sus cronistas. En la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX tuvo en Ricardo Sánchez el testigo irónico de unas transformaciones vividas al ritmo de los adelantos tecnológicos que cambiaron para siempre la imagen que la aldea tenía de si misma. La llegada del teléfono, el cinematógrafo, el automóvil y el fonógrafo, así como el descubrimiento de ritmos musicales. Importados de Argentina, España, México y Estados Unidos minaron los cimientos sobre los que se asentaba la seguridad de una comunidad que se sospechaba el centro del mundo, al recordarle que más allá de sus extramuros quedaba el universo. Más tarde sería el poeta Luis Carlos González quien diera cuenta de lo que significó el tránsito de pequeño pueblo a ciudad intermedia que había encontrado en los periódicos, el cine, la radio y más tarde la televisión, una manera distinta de conectarse con un planeta sacudido por la Segunda Guerra Mundial, las revueltas por los derechos sexuales y raciales y la revolución bolchevique.

“Porque se volvió ciudad/ murió mi pueblo pequeño”

se lamentaba el poeta, expresando así el contradictorio estado de ánimo de sus contemporáneos, que se maravillaban con el crecimiento de la ciudad, al tiempo que lloraban la pérdida de los que consideraban los valores verdaderos. La contraparte serían las crónicas, artículos y reportajes de Miguel Álvarez de los Ríos, un hombre que desde su condición de lector y viajero infatigable propuso una mirada en perspectiva de las relaciones entre la ciudad y el mundo, ajena a cualquier lamentación y anclada en la búsqueda de un diálogo en el que las ideas políticas y las corrientes artísticas jugaron un papel determinante.

Y entonces llegaron los años setentas del siglo XX, prefigurando la avanzada globalizadora que acabó por confinar esos valores en el cuarto de los trastos viejos y abrió las puertas a dos fenómenos que cambiaron la Historia de la región y del país: el narcotráfico y la violencia como dos caras de ver el mundo basada en  la negación de lo diferente, sumada al arribismo y el consumo sin límites como único credo posible. Los templos de esa cosmovisión serían los centros comerciales, los conjuntos residenciales, los estaderos campestres y las discotecas, todos ellos conectados por una red de avenidas y puentes que todo lo hacen parecer fácil, menos la existencia. En ese momento de transición se hizo necesaria la palabra del cronista para recoger y recomponer los fragmentos esparcidos en múltiples direcciones tras el estallido globalizador, como una manera de proponer reflexión sobre lo que estaba sucediendo.

Despuntando el año 2008, los habitantes de Pereira nos despertamos con la noticia del incendio de dos caseríos construidos con plástico y esterilla, bautizados por sus fundadores con nombres tan bucólicos como “La Laguna y La Florida”. Por eso mismo, al principio, muchos pensaron que el incendio estaba localizado en el parque natural de Los Nevados, hasta que un periodista complementó la noticia: los ranchos pertenecían a la comuna de Boston y estaban habitados por familias de negros provenientes de El Chocó ¿Cómo? ¿ Hay negros en Pereira? Gritaron, entre sorprendidos y asustados, varios expertos de esos que creen que el mundo cabe en la pantalla del computador, ignorantes de que las llamas estaban sacando a la luz uno de los muchos rostros que al entretejerse nos revelan las múltiples facetas de una ciudad que, como todas, está lejos de ser el territorio uniforme y sin fisuras soñado por quienes conciben el mundo como un gigantesco mercado en el que la gente tiene que limitarse a consumir y desechar, dependiendo de cómo le vayan las cosas. Esa mirada olvida un pequeño detalle: que mientras luchan por existir, las personas van construyendo lenguajes, códigos, mitos y símbolos que le dan sentido a la vida y por eso mismo les permiten afirmarse en el mundo y comunicarse con los otros. Tal vez por eso, y a lo mejor sin ser consciente de ello, ocho días después del incendio un cronista decidió contar la historia de “Los Calimenios”, un grupo de músicos negros desplazados por la violencia, que se ganan la vida interpretando en las calles los ritmos de sus antepasados. Justicia universal, llaman algunos a eso.

Algunas de esas personas, las que hacen música y las que perdieron sus ranchos, se reúnen en una esquina de Pereira donde funciona un negocio conocido como “La gran esquina del Chontaduro”. Allí escuchan canciones de la orquesta Guayacán o de Joe Arroyo, amenizadas con aguardiente Blanco del Valle, mientras evocan los atardeceres rumorosos del río Atrato. A veces, cuando tiene alguna conquista femenina entre manos, se hacen servir una porción doble de jugo de chontaduro y borojó, una mezcla tropical famosa por sus efectos afrodisíacos, cuya fórmula secreta está rodeada de tantas protecciones como las establecidas por Coca Cola para su producto estrella.

En medio de la euforia producida por la música y el aguardiente, uno de ellos cuenta que dos semanas atrás, a una cuadra del lugar, fueron acribillados a tiros tres indigentes por un grupo de jóvenes que viajaban a bordo de una camioneta último modelo. La noticia nunca trascendió a las páginas de los periódicos locales, ni siquiera a las de aquellos destinados a registrar crímenes y accidentes.

Esas esquinas donde pueden coincidir la maravilla y el horror son el escenario natural del cronista, como bien lo demuestra el músico panameño Rubén Blades en esa obra maestra del periodismo narrativo titulada Pedro Navajas. De su capacidad para aproximarse a ellas y desnudarlas sin violentarlas dependerán los alcances de su propuesta que, no sobra insistir en ello, tendrá que encontrar el equilibrio entre lo estético, lo ético y lo político, si quiere contribuir de veras a esa reinvención de la ciudad y de la realidad misma, que se antoja indispensable para comprenderla y, por lo tanto, para amarla mejor.

X

EL CAMINO DESANDADO: EL MUNDO SEGÚN HERÓDOTO

En la introducción de Los nueve libros de la Historia, según la traducción de María Rosa Lida, se lee : “Esta es la exposición de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso, para que no se desvanezcan con el tiempo los hechos de los hombres, y para que no queden sin gloria grandes y maravillosas obras, así de los griegos como de los bárbaros, y, sobre todo, la causa por la que se hicieron guerra”.

Mas que una advertencia preliminar, la de Heródoto es una declaración de principios. Aquí no se menciona la presunción de verdad, tan cara a  la preceptiva del historiador, y mucho menos se alude a la noción de objetividad, gran obsesión y piedra angular de las casas periodísticas de nuestro tiempo. El autor -¿Cronista? ¿Historiador? ¿Fabulador?- recorrió el mundo conocido, que estaba situado entre la cuenca del Mediterráneo y los confines de la India. Sus biógrafos nos dicen que revisó documentos, conversó con viajeros, consultó testigos y a partir de  esos fragmentos armó sobre la marcha ese gran mural de los tiempos antiguos que de repente nos sorprende con visiones como esta : “Todos los egipcios sacrifican toros y terneros puros, pero no les es lícito sacrificar las hembras, por estar consagradas a Isis. La imagen de Isis es una mujer con astas de buey, tal como los griegos pintan a Ío; y los egipcios todos a una veneran a las vacas muchísimo más que a todas las bestias de ganado. Por ese motivo ningún egipcio ni egipcia besaría a un griego en la boca, ni se serviría de cuchillo, asador o caldero de un griego, ni probaría carne de buey trinchado con un cuchillo griego” (Editorial Oveja Negra, Libro Segundo. Página 87. Capítulo 41 ).

En ese párrafo podemos rastrear algunas de las claves simbólicas de la religiosidad egipcia, que remiten al buey Apis como símbolo de prosperidad. El relato nos proporciona además algunos elementos para comprender las estructuras económicas de esa sociedad: un pueblo de pastores debe preservar las hembras del ganado si no quiere sucumbir al hambre. No contento con eso, el autor nos brinda un paralelo de las prácticas culturales de griegos y egipcios, dos pueblos que, junto a los persas, se disputaron el dominio del mundo y, por lo tanto, de la Historia.

En el capítulo CXVIII del libro VIII se narra el siguiente episodio: en uno de sus viajes de regreso a Asia, el rey Jerjes, atrapado en medio de una tormenta, le preguntó al piloto de la embarcación si había alguna manera de salvarse, a lo que este repuso: “Ninguna, señor, como no haya medio de desembarazarse de estos numerosos tripulantes”. Cuentan que al oírlo dijo Jerjes: “Persa, cada uno de los otros muestre ahora cómo vela por el rey: en vuestras manos está mi salvación”. Ellos, haciéndole reverencia, saltaron al mar y el barco así aligerado llegó a salvo al Asia. No bien desembarcó Jerjes hizo lo que sigue: por haber salvado la vida de su rey, regaló al piloto una corona de oro, y por haber causado la muerte de muchos persas le cortó la cabeza.

La anécdota resume lo que era el concepto de justicia entre esos pueblos que, en su momento, expresaban los logros supremos de la civilización. En ese mismo tono lleno de ironía y de cuidadoso estilo, cada uno de los nueve libros nos pone en contacto con las costumbres, los modelos económicos, las pugnas entre monarcas, la vida cotidiana de esclavos y súbditos, las alianzas frente al enemigo común, todo ello relatado sobre el telón de fondo de los miedos y supersticiones propias de comunidades instaladas en el vórtice del pensamiento mágico. ¿Se puede pedir algo más a un buen cronista?.

A pesar de que, dos mil años después de Heródoto, el mundo conocido de hoy se extiende más allá de la galaxia y que los alcances de la ciencia y la tecnología han logrado descorrer velos y cuestionar verdades que parecían inamovibles un siglo atrás, a medida que se multiplican los descubrimientos se ensancha también el universo del misterio que, bien lo sabemos, es el padre natural de la curiosidad, esa fuerza que ha movido a  todo lo viviente desde los pantanos primordiales hasta la galaxia digital. Debe ser esa la razón por la cual, a pesar de que cada cierto tiempo alguien vaticina su extinción, la crónica reaparece renovada, dispuesta a asumir nuevos lenguajes y a utilizar técnicas  que se adapten al carácter cambiante de la realidad que le corresponde narrar. Es lo que hace el argentino Martín Caparrós para transmitirnos la manera como en el mundo moderno conviven el carácter crispado de las grandes ciudades con el ritmo de tiempo estancado de muchas poblaciones del interior o de aldeas africanas, cuyos habitantes contemplan los fetiches de la tecnología como quien se asoma al espejo de agua de un lago encantado.

Sucede también con los relatos trepidantes de su compatriota Leila Guerriero sobre la abnegación de un grupo de expertos forenses que se empeñan en  desenterrar los huesos de cientos de ciudadanos desaparecidos durante las dictaduras, mientras el resto, empezando por la memoria oficial, se empecina en olvidar. Escribe Guerriero, citando a una de sus  entrevistadas: “A mí lo que me sigue pareciendo tremendo es la ropa. Abrir una fosa y ver que está con vestimenta. Y las restituciones de los restos a los familiares. Acá una vez hubo una restitución a una madre. Ella tenía dos hijos desaparecidos, y los dos fueron identificados por el equipo. La llevamos donde estaban los restos. Antes de ponerlos en una urna los extendemos, en una mesa como esas. “Josecito”, decía, y tocaba los huesos. “Ay , Josecito, a él le gusta…”. La forma de tocar el hueso era tan empática. Y de repente dice “¿Le puedo dar un beso en la frente”? (Leila Guerriero-  Frutos Extraños.  Editorial Aguilar. Página 91- 2009).

XI

AHÍ ESTÁ EL DETALLE

“ … Tan resignado estaba Pambelé a su papel de perdedor que cuando volvieron a programarlo en Cartagena le apostó a su propia derrota. Dos días antes de la pelea fue contactado por unos desconocidos que le prometieron dinero si se arrojaba a la lona en el cuarto asalto. Y claro: aceptó en menos de lo que canta un gallo. Lo que no imaginaba era que su adversario, Chico González, le arruinaría el plan. En el segundo round, sin que Pambelé le rozara un pelo, el tipo se tiró al piso. Torció los ojos, estiró una pierna. El árbitro empezó entonces el conteo fatídico: uno, dos…” (El oro y la oscuridad. Alberto Salcedo Ramos-  Editorial Random House Mondadori. Página 57).

El escritor Alberto Salcedo Ramos, junto a tres jóvenes boxeadores. DANIEL MORDZINSKI. Tomada de elpais.com

El escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos es el autor de ese libro que ya es referencia obligada para los estudiosos y amantes del periodismo narrativo: El oro y la oscuridad, un relato de ciento cincuenta y cinco páginas sobre los orígenes, ascenso y caída de una de las grandes leyendas del deporte colombiano, el boxeador cartagenero Antonio Cervantes, conocido en su momento de gloria como “Kid Pambelé”. La obra es el resultado de una paciente investigación que se remonta a la infancia y juventud del boxeador. La descripción de la pobreza de la familia nos ubica en la atmósfera de marginalidad y desesperanza donde, por lo general, surgen las grandes estrellas del deporte en los países subdesarrollados: barrios de calles sin pavimentar, con deficientes o nulos sistemas de servicios públicos, carentes de escuelas y de cualquier  alternativa de recreación, de modo que  las únicas opciones  de supervivencia son el trabajo informal, el delito o abrirse camino a puño o patada limpia en los terrenos del boxeo y el fútbol. Un día, un tanto empujado por el hambre y otro poco por quienes vieron en él una posibilidad, decidió que lo suyo sería el boxeo. Al principio fue lo de siempre: el escepticismo, el rechazo, la burla, hasta que una noche de octubre de 1972 en ciudad de Panamá se le abrieron las puertas de un éxito que contenía en sí mismo el germen de la futura destrucción. Lo que siguió es conocido y es común a muchos de quienes llegan a la cima en la industria del espectáculo: dinero, autos, mujeres, viajes, derroche, alcohol, drogas…. Y, por supuesto, el comienzo del fin: una derrota, un intento de recuperación, el renacer de las esperanzas, el descenso a los infiernos, y al final la burla y el escarnio de quienes una vez los idolatraron. Como tantos otros , “Kid Pambelé” acabó convertido en un bufón callejero que en noches de delirio cree ser todavía el campeón mundial vitoreado por los fanáticos, asediado por las mujeres y adulado por los poderosos.

Con ese material, muchos escritores pobres de recursos habrían construido un relato con moralejas y mensajes edificantes al final sobre los peligros de no seguir el buen camino. De hecho, antes de Salcedo Ramos se habían escrito crónicas, artículos y reportajes sobre Pambelé, donde no solo se le censura sino que se le compara con Rodrigo “Rocky” Valdez, otro boxeador cartagenero que llegó a ser campeón mundial de los pesos medianos en los años setentas del siglo XX y que logró amasar una considerable fortuna que hoy le permite vivir con holgura en su ciudad natal. Pero ahí está el detalle: para Salcedo, la historia del boxeador es, en lo más esencial, una parábola sobre la fragilidad de la condición humana en cualquiera de sus aspectos. Por eso se aproxima a su vida con el respeto y la prudencia de quien sabe que trata con ese material delicado que es todo hombre enfrentado a la derrota.

El escenario luce vacío, los reflectores se han apagado, el teléfono no suena, no hay fotógrafos a la vista, nadie solicita autógrafos y el sudor empieza a convertirse en algo pegajoso y nauseabundo que preludia las muchas noches de insomnio en las que el único visitante será el olvido. Y para eso y nada más está allí el cronista: para impedir, mediante el precario pero irremplazable recurso de las palabras, que esa pequeña epopeya se disuelva en la nada y con ella se pierda también una parte de nuestra historia personal y colectiva.

Por razones como esa, no puede considerarse la crónica como un género menor o como un subsidiario de la gran literatura. Ni es mayor ni menor: es apenas otro género que, con buena o mala fortuna ha conseguido rescatar, entre los escombros de los siglos, las marcas que deja el tiempo en la piel de los hombres.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

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