La tecnología puede esperar

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Otra es la historia cuando la bibliotecaria es reemplazada por un computador, y cuando “La hora del cuento” se convierte en la simple reproducción de un video de YouTube.


 

La hora del cuento”, una actividad para niños que se ofrece en más de una biblioteca de la ciudad, constituye un espacio ideal para compartir con los pequeños, en tanto se trata de una actividad lúdica que fomenta la lectura.

Tan pronto como la bibliotecaria –o la persona que ha sido invitada a leer– se ubica en medio de la sala con un libro en mano, es repentinamente rodeada de pequeñas personitas que, con energía y curiosidad, preguntan cuál es el cuento esta vez seleccionado.

Tan pronto como empieza el relato, se puede ser testigo de cómo los niños, según las inflexiones de voz y los gestos de la narradora, se ríen –a veces a carcajadas– y emocionan con ciertos pasajes, comentan algunos sucesos, y se sorprenden con determinados fragmentos.

Por momentos parece imposible que los niños pudiesen abrir más los ojos, maravillados como se encuentran al escuchar narraciones ciertamente inolvidables, e imaginar mundos hasta entonces desconocidos.

 

 

Otra es la historia cuando la bibliotecaria es reemplazada por un computador, y cuando “La hora del cuento” se convierte en la simple reproducción de un video de YouTube. Esta vez los niños, sentados frente a un televisor, ven en la pantalla a una mujer contar un par de cuentos, y si bien se puede decir que aún prestan atención, el abanico de emociones que solían expresar sus rostros se ve mermado.

La magia se desvanece.

Esta anécdota se relaciona con una discusión que se ha venido dando desde hace relativamente poco tiempo sobre la real importancia –o no– de dotar a los centros educativos de herramientas digitales de última generación.

Conexión a internet en cada salón de clase, aulas provistas de tableros interactivos, computadores y/o Tabletas para cada estudiante, libros digitales y acceso online a los mejores recursos educativos en el mundo parecen ser algunas de las características de un modelo educativo preparado para los desafíos de la era digital.

No obstante, existe un enfoque distinto, una mirada que, a diferencia de aquella que pondera el uso de herramientas tecnológicas en entornos educativos, considera que la tecnología podría tener un impacto no necesariamente favorable en el desarrollo social y psicológico de los niños.

 

 

Y son los ejecutivos de alto nivel que trabajan en gigantes tecnológicos como Google, Apple y Yahoo quienes comparten este punto de vista.

Hace un año, en febrero de 2018, el artículo de Business Insider “Silicon Valley Parents are Raising their Kids Tech-Free – And It Should Be a Red Flag” explicó cómo aquellos profesionales del área digital consideraban que cierto tipo de tecnología no era adecuada para los cerebros aún en formación de los niños y adolescentes, y por lo tanto, establecían límites estrictos a sus hijos en el empleo de aparatos tecnológicos.

Chris Weller, autor del artículo, advertía que esta idea derivaba de la visión de los grandes líderes del mundo tecnológico: la hija de Bill Gates, por ejemplo, tuvo permiso de adquirir su primer smartphone recién a los 14 años; mientras que a los hijos de Steve Jobs no se les permitió obtener el último modelo de Ipad.

Esta aproximación cautelosa hacia el uso de productos tecnológicos se extiende más allá de las paredes del hogar. En efecto, muchos de los ejecutivos de alto rango mencionados optan por inscribir a sus hijos en colegios cuyo enfoque metodológico evita a toda costa el uso de tecnologías en los procesos de aprendizaje.

Se trata de escuelas que al ceñirse a la metodología Waldorf –basada en los principios del filósofo austríaco Rudolf Steiner– hacen énfasis tanto en ejercicios prácticos como en el fomento de la creatividad en ambientes en los cuales los computadores, Ipads y tableros interactivos brillan por su ausencia.

 

 

Se trata pues de salones de clase en donde el docente sigue usando tizas y enciclopedias, y en donde las matemáticas se enseñan con ejemplos de la vida cotidiana. En el 2013, el artículo del New York Times “A Silicon Valley School That Doesn’t Compute” resaltaba el hecho de que una de las profesoras explicaba el concepto de fracciones partiendo –y luego, comiendo– manzanas, quesadillas y tortas.

Hoy en día no solo estamos acostumbrados a ver a los pequeños “conectados” desde edades cada vez más tempranas, sino que encontrarnos bebés entretenidos por pantallas en diversos establecimientos comerciales, y a toparnos con niños caminando al lado de sus padres con el celular en mano.

En la actualidad, muchas veces pensamos que los mejores regalos implican tecnología, y que para las nuevas generaciones el conocimiento está a un clic de distancia. Tengo la impresión sobre este último punto que la vasta información disponible en la red no implica necesariamente la apropiación del conocimiento ni mucho menos el desarrollo de la tan necesaria capacidad crítica.

Al parecer son las interacciones entre seres humanos y el contacto cara a cara las bases que permitirían no solo la adquisición del conocimiento, sino también las que posibilitarían el cuestionamiento de aquella información supuestamente verídica cuyas fuentes resultan ser muchas veces ficticias.

De momento, no creo que se trate de demonizar la tecnología, sino de establecer límites adecuados de uso para niños y adolescentes. Eso sí, en cuanto al fomento de la lectura en casa, colegio o biblioteca, es mejor hacerlo sin videos de YouTube.

 

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