Las voces que el tiempo apagó

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Como una manera de aproximarnos al rumor de voces callejeras silenciado por la cuarentena, rescatamos la siguiente crónica  escrita años atrás.

Entre el personaje callejero que exorciza sus demonios narrando un interminable partido de fútbol que se reinicia una y otra vez en su imaginación y los locutores millonarios que al mismo tiempo ponen a prueba sus cuerdas vocales y los tímpanos de sus oyentes, existe una línea de sombra habitada por hombres que un día soñaron con ser los reyes del dial y acabaron anunciando los números en un salón de bingo, pregonando telas en un almacén céntrico o promocionando platos populares en un restaurante donde ofrecen pollos de cuatro muslos.

Foto por PXHere

De goles y canciones

Pedro Pablo Uribe es uno de ellos. Desde que una tarde de diciembre se le fue la mano en las copas y lo despidieron de La Voz de Anserma, la emisora de su pueblo natal, anduvo como un alma en pena, tocando las puertas de las estaciones de radio de lo que entonces se llamaba El Viejo Caldas, hasta que un locutor del Grupo Radial Colombiano le dio una palomita en su programa de tango y al final le dijo que su manera de pronunciar las erres lo aproximaba más a la condición de un general prusiano dando órdenes a un ejército de hombretones rubios, que a las cadencias de un presentador de ritmos que invitan a la danza y a la seducción.

Yo no soy como tantos compañeros, que se consideran unos genios incomprendidos, porque no son capaces de reconocer que sus voces  no sirven ni  para narrar una pelea de borrachos en la esquina y se la pasan toda la vida en la amargura, echándole  la culpa a la mala suerte, dice, parado en la puerta de un almacén de confecciones de la carrera octava con calle dieciséis.

Acaba de hacer buches con una mezcla de aguapanela, limón y miel de abejas, que según él es capaz de obrar prodigios hasta en una de esas gargantas que parecen hechas de papel de lija. Mejor dicho: este brebaje es capaz de aclararle la voz hasta a don Juan Gossaín, sentencia con una muestra de humor que lo pone a salvo de todo posible patetismo.

Como cierta clase de flacos saludables, aparenta tener varios años menos de los que cuenta en realidad. Dice que nació en San  José de Risaralda pero que desde los dos años se nacionalizó en Anserma, por obra y gracia del espíritu errante de su padre, un pintor de brocha gorda que acabó sus días con el cerebro estropeado por los químicos de las pinturas, reclamándole al gobierno la pensión que le adeudaba por su participación en una guerra en la que nunca estuvo.

Anserma – Paisaje Cultural Cafetero

En realidad fue el quien me metió en la cabeza el cuento de que tenía buena voz. Como los viejos de antes, no iba a ninguna parte sin un radio Sanyo terciado a la espalda con una correa de cuero. En ese aparato escuchaba las noticias leídas por   Eucario Bermúdez, las narraciones de fútbol y ciclismo en la voz del campeón Carlos Arturo Rueda  C. y, claro, las radionovelas en las que Gaspar Ospina y Erica Krum nos hacían imaginar personajes que vivían sus aventuras en lugares llenos de peligros. A ese paso es imposible que uno no acabe  con la cabeza de cucarachas ¿no cree?

A los diez años hizo su estreno narrando una carrera de balineras protagonizada por sus compañeros de escuela. Recuerda que el ganador llegó a ser alcalde de Belálcazar veinti cinco años después, pero no cree que eso signifique algo especial, pues en ese caso el habría terminado narrando los partidos del mundial de fútbol o animando un programa como los de Jorge Barón.

Animado por mi padre, terminé metido en cuanta competencia tuviera que ver con el uso de la voz: concursos de canto en los que interpretaba canciones de Chucho Avellanet, encuentros de declamadores en los que al  final ganaba el que más llorara recitando el Seminarista de los ojos negros, así como torneos de oratoria y narración de los campeonatos de fútbol que se realizaban en los potreros. 

A ese ritmo, no tardaron en llamarme “El  locutor” Uribe. Con ese dato en la hoja de vida una señora llamada Miriam me dio chance en la Voz de Anserma, haciendo un programa para niños, donde leíamos poemas de Rafael Pombo y sonábamos canciones infantiles.

No me pagaban ni un peso, pero me volví famoso, porque en las tiendas y almacenes nos regalaban dulces y juguetes para rifar entre los oyentes y entonces yo era el duro de los regalos. Eso fue por allá en el año setenta. Lo recuerdo porque fue el último  mundial de fútbol donde jugó Pelé y en el programa rifábamos paquetes con las laminitas de los jugadores. Entonces yo tenía  catorce años y cursaba segundo de bachillerato, porque fui buen estudiante hasta que me duraron las ganas.

Hasta que en 1973 lo dejaron narrar un partido entre las selecciones de fútbol de Anserma y Guática. Fue un domingo de mayo en el que no paró de llover y para colmo de males el equipo local se llevó una goleada que muchos ansermeños todavía  recuerdan con dolor. Cinco a uno es demasiado para una población que no pierde oportunidad de hacer ostentación de su pasado señorial. Sin embargo, al otro día la gente no hablaba del partido, si no de la forma en que Uribe narraba los goles como si fueran epitafios. 

Foto por formulario PxHere

Desde ese día, narró cuanto acontecimiento era susceptible de ser convertido en una sucesión de palabras trepidantes: cabalgatas, reinados de belleza, convites, peleas de gallos, desafíos boxísticos y hasta fiestas de San Isidro. De ahí a presentar programas de música popular no mediaba si no la voluntad de los responsables de la emisora, que dieron su visto bueno una tarde en que lo escucharon referirse al cantante Sandro como el hombre que tenía el corazón atado con una corona de espinas. Veleidades de la poesía popular. Ustedes saben.

Entre el 73 y el 76 presenté de todo: música vieja, baladas, tropical, guasca, lo que quiera. Pero de  todas esas canciones de José Miguel Class, Armando Moreno, Antonio Aguilar, Claudia de Colombia y Rodolfo Aicardi, lo que más recuerdo son esos programas del día de las madres, en los que la gente no paraba de llamar a la emisora para dedicarles canciones a las madres vivas y muertas.

Hasta  que llegó ese diciembre del 76 en el que  todo se lo llevó el putas. Las cosas estaban programadas como un relojito, pero como dice el dicho “Cuando uno va de culos, no hay barranco que lo ataje”. Teníamos un especial de música bailable de todos los tiempos y habíamos hecho una selección de lo mejor del repertorio: desde Lucho Bermúdez hasta Los Graduados de  Gustavo Quintero, pero sucede que yo andaba con una “Tusa” ni la verraca, pues la sardina de la que estaba enamorado se acababa de embarcar para los Estados Unidos en compañía de un primo que le arrastraba el ala.

Pensando en ella empecé a beber aguardiente desde el 23 de diciembre y el 24 a las cinco de la tarde no me podía tener en pie. De manera que con la suerte echada me acosté a dormir y  apenas el 26 resucité con mi cara de palo en la emisora. Por supuesto, me echaron con una patada en el culo y por eso puede decirse que la culpa de que esté aquí parado con un micrófono en la mano, ofreciendo promociones de tangas y telas a todo el que pasa la tiene esa muchacha  que me dejó  tirado en pleno diciembre para irse a buscar billetes verdes donde los gringos ¿Sí ve? Las mujeres siempre metidas en todo.

II

¿Te acuerdas del percal?

Bueno, en lo mío no hay nada romántico, si quiere que hablemos claro desde un comienzo.

Foto por formulario PxHere

En 1990, después de perder el empleo en una fábrica que confeccionaba camisas con telas de contrabando, me di al dolor y le acepté la oferta a un amigo que me lo dijo sin darle vueltas al asunto: Manuel, usted tiene una excelente voz para anunciar los números en los bingos. Tengo un amigo que le puede ayudar, pues la muchacha que le colaboraba se dejó embarazar y le figuró retirarse. Si quiere mañana mismo vamos a hacer la prueba.

De manera que así empezó mi vida como locutor… o bueno, de todos modos así nos dicen a los que trabajamos en estos oficios. ¿Qué si un día soñé con ser  narrador deportivo o presentador de programas musicales? ¡Pues claro, hombre! Como todos los que han tenido radio o televisor alguna vez, pero las cosas no pasaron de ahí, pues desde muy pelao arranqué a trabajar de ayudante en los buses y luego como bodeguero en una fábrica. Después de todo, un tipo que se fuma un paquete de cigarrillos  diarios y se empaca media de guaro cada noche no puede aspirar a ser Gardel ¿No le parece?

Tiene la piel cetrina de los que están acostumbrados a vivir a la intemperie y a dormir menos horas de lo recomendado. Se llama Manuel Puerta, vive en el barrio Hernando Vélez y cuando anuncia las promociones de comidas típicas en un restaurante del centro de la ciudad imposta la voz, como si en lugar de ofrecer un plato de bandeja paisa que incluye aguacate y mazamorra por  “los mismos diez mil pesitos” estuviera anunciando el estreno de un joven artista destinado a ser famoso.

Sus amigos le dicen “El Tato”, por asociación con el célebre narrador deportivo que parece haber nacido con una dotación extra de pulmones. Como en el restaurante donde trabaja haciendo de pregonero no se alcanza a ganar el salario mínimo, se cuadra el sueldo promocionando desde reuniones comunales hasta préstamos de dinero gota a gota con la ayuda de un viejo megáfono que parece rescatado de algún naufragio.

Como le dije, empecé a trabajar anunciando las fichas en un bingo de El Lago Uribe, donde se laboraba desde las dos de la tarde hasta las diez de  la noche. A la gente le gustaba mi estilo, porque le ponía misterio a la voz cuando se acercaban los números más importantes, pero un día, uno de esos metidos que no faltan convenció al administrador de que las voces femeninas gustaban más. 

Entonces fui a parar al almacén de telas de unos turcos que todos los días me daban palmadas en la espalda, diciendo que mi  voz les ayudaba a aumentar las ventas, pero cuando les hablaba del aumento de mi propio sueldo se volvían sordos de repente. Lo bueno de ese trabajo fue que me volví un experto en telas. Así pude aprender a diferenciar el dacrón del dril, la seda del satín y además descubrí que el percal no sólo existía en las letras de los tangos.

Con esa experiencia, cuando necesitaba descansar la voz le ayudaba a las muchachas en los mostradores y en una de esas me enamoré de Gloria Inés, la que hoy es mi mujer y la madre de mis dos niños. Por eso y por muchas otras razones le doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado en la vida.

al estar parado en la puerta con un micrófono en la mano conoce mucha gente que un día le puede servir

A pesar de que alguna gente se burla de mí diciéndole que si me creo Edgar Perea, la verdad es que, a su manera, uno también es famoso, pues al estar parado en la puerta con un micrófono en la mano conoce mucha gente que un día le puede servir. Como el ingeniero que nos ayudó a conseguir la casa o el doctor que atendió los partos de mi mujer. Incluso hay locutores de verdad que me consiguen pases para ir a fútbol o a conciertos en el estadio. Hace unos tres meses me trajeron boletas de cortesía para ir a ver el circo de los hermanos Gasca. Es que eso de la gente que trabaja con la voz es una cosa bien rara ¿sabe? A veces uno mismo se asusta de ver como se arma un grupo de personas a escuchar a un tipo que anuncia calzones, cacharros o comidas con la ayuda de un micrófono. Es como si asistieran a un espectáculo, pero también creo que es por lo desocupada que vive la gente y entonces con tal de desaburrirse es capaz de pararse a ver tapar un hueco.

A las dos de la tarde, la banda sonora de quienes transitan el centro de la ciudad se configura con una mezcla digna de algún disc- jockey delirante: bocinas de automóviles, gritos de vendedores ambulantes, silbidos, madrazos, oraciones de los Hare Khrishna, tambores de un grupo de negros desplazados, silbatos de los guardas de tránsito, sonidos de reguetón provenientes de la camioneta blindada de un mafioso, y por encima de todo, las otras voces, las de los locutores en la sombra, que ante la imposibilidad de cantar  un gol o de presentar a una celebridad de la canción, se conforman con pregonar las bondades de una marca de sostenes  o  los inimaginables  poderes nutritivos del caldo de  ojo espolvoreado con  nuez moscada.

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