Leyendas de La Macuira: entre el Pájaro Bobo y la diosa devoradora de intrusos

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Caminando por el sendero que desciende de la Serranía de La Macuira, con la respiración al límite, procurando seguir el paso rítmico que llevaba nuestro guía, caminante hecho de zancadas certeras y continuas, escuchaba su relato sobre el Pájaro Bobo, una especie que abunda en el lugar.

Aquel seguimiento magnífico es un compendio de pasos, que se iban posando uno tras otro mientras, descendiendo, al fondo se oían los quejidos de los chivos, animales domesticados que se encuentran dispersos como los habitantes de la sierra, sueltos en los alrededores de las escasas viviendas.

La musicalidad de la narración mitológica que me iba tendiendo, como la madeja de un hilo tosco pero firme, dejaba por momentos su fondo de pisadas, sólidas las suyas, acechantes las mías, pues nos fue obligado detenernos varias veces a la espera de nuestros otros compañeros de caminata.

El andar se reanudaba, y por ratos la distancia entre él y yo se hacía más grande, igual que la separación existente entre su mundo, instalado en las referencias a dioses que regentan todo en la naturaleza de la cual él es parte, y el mío, que torpemente lo seguía, no solo en el caminar sino en el transcurso de la reconstrucción, en el hacerme una idea de la figuración mitológica que él trataba de trasmitirme.

Jadeaba, por instantes, porque él no daba tregua, lo perdía a ratos, y el sonido del audio que acompaña estas notas por eso se vuelve más tenue. Esforzándome lograba recuperarlo. Su voz, las imágenes que me estaba compartiendo, mientras mi mente estructurada en otras tradiciones trabajaba velozmente apenas en el intento de comprender cada frase, cada imagen.

La historia que me contó era la del primer palabrero, la del Pájaro Bobo.

Descendíamos, levemente, porque la pendiente que habíamos ganado se fue logrando despacio, en el trasegar de pequeños ascensos.

Sus palabras continuaban deslizándose serenas. Me explicaba pausado la formación de los apellidos en Wayuunaiki, ancestralmente conformados como combinaciones de fonemas que significaban plantas o elementos de la naturaleza, individuales para cada familia y a la vez relacionados en su etnia, pues compartían una única terminación. Proseguía, y me dejaba entrever la razón por la cual estas costumbres cambiaron, después de que llegaron los misioneros religiosos capuchinos, italianos, hace ciento nuevo años.

Fueron ellos quienes al mando del internado en Nazareth, enseñaron el catolicismo y el idioma español, haciendo que muchos de los raízales perdieran su cultura y sus creencias.

Ese fue el momento en que tanta intriga me suscitaba la pregunta que dio origen a la explicación sobre la conformación de los apellidos: la oportunidad y el porqué de la adopción de nombres occidentales, y el correlativo registro de los mismos ante las autoridades locales.

De repente se interrumpió, y seguro de sí, dijo: “hoy en día, cada quién aquí está libre, por ejemplo ya nosotros aquí nuestra comunidad Wayuú, hay muchas religiones, hay religiones de diferentes partes del mundo, está el testigo de Jehová, el católico, otras iglesias más”.

Entonces, me remonté a las piedras, a esas inmensas rocas delante de las cuales nuestro guía nos refirió la historia de la diosa Pulowi, aquella inquietante divinidad femenina con dientes en la vulva, la devoradora de intrusos, la bella protectora de la naturaleza, la majestad aliada de los vientos, las arenas del desierto, y del mar.

Se dice que los lugares de la diosa Pulowi están bien definidos, y son aquellos donde el agua se estrella con violencia contra diversas superficies.

Allí, en el piedemonte de la Serranía de La Macuira, están los peñascos sagrados, esperando con ansias la violencia de los caudales, que dejaron de llegar para chocar contra ellos, perdiéndose en el tiempo de la sequía perpetua el espacio favorable para el renacimiento de la diosa.

Porque ya no hay corrientes que bajen estrepitosas por el cauce que albergaba las descargas. Ahora solo resta un arenal que, poblado de arbustos, atestigua la ausencia de agua durante casi siete años. Y en su sequedad, nostálgico evoca el lecho, y sus ausencias se estrellan de repente contra las rocas sagradas que solían servir de recinto a la deidad, que ya no encuentra lugar propicio desde el cual velar por el equilibrio de la naturaleza.

Así divagaba mi mente cuando escuchaba a Alex Santiago contar de las religiones foráneas que han invadido el desierto en el que vive su pueblo. Dioses ajenos que no saben del agua, y de sus regímenes, que furiosas solían descender por esas montañas; ni del ciclo de lluvias que fecundo hacía que el milagro ocurriera; ni del equilibrio del universo que los ancestros guardaron con tanto celo. Esos relatos ajenos no han animado el nacimiento de sus pájaros ni la emergencia de sus plantas, y en su idioma no habría sonado igual el canto del Pájaro Bobo, ganador orgulloso de su estatus al ser declarado vencedor del divertido concurso divino.

Solo el wayunaiki se extiende, asegura, al tiempo que orgulloso señala la manera como se conserva. Que se enseña en la escuela y se habla siempre, interrumpiéndose tan solo cuando se está en presencia de forasteros, con los cuales se intercambian experiencias, se comparten pasos, se cuentan historias, y todo ello en uso de un buen español.

Y yo, en silencio, me inquieto. Ay, si el idioma fuera tan solo un compendio de palabras, arsenal operativo con el cual canjear situaciones, prácticas, o destrezas. Las lenguas son reconstrucciones complejas de un cosmos único, cuya función operativa, la de comunicar, es tan solo el reverso de una configuración de mundo particular que se compendia en la cultura. Perdida ésta en sus costumbres y tradiciones, el habla repta moribunda esperando el agotamiento que, tarde o temprano, la vaciará hasta dejarla yerta como el polvo del cauce seco del río que ya no resbala por las laderas de la Serranía de La Macuira.

#Lacebraenimágenes


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