Migrar siempre es de ida y vuelta

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El migrante nunca deja de serlo del todo…


 

 

“Después de todo, migrar es algo así como nostalgiar desde un presente que es o debería ser pleno, las muchas instancias y estancias que se dejaron allá y entonces”.

Antonio Cornejo Polar

Migrar es muchas veces volver, o volver muchas veces.

Volver es redescubrir casonas antiguas, jardines de la infancia y rincones olvidados. Es visitar espacios donde se celebraron matrimonios, cumpleaños, aniversarios (e incluso sesiones de espiritismo), y advertir que la inevitable desaparición de ciertas tradiciones lleva también consigo la formación de nuevos rituales y la injerencia de nuevos protagonistas.

Volver es deambular por habitaciones que cobijaron a más de una generación, cada una absorta en sus preocupaciones, proyectos e ideales, nunca exenta de frustraciones y estallidos de rabia, pero también llena de buenas noticias y momentos de alegría.

Volver es observar con prudencia la habitación que solía ser de la abuela, el dormitorio más amplio y bonito, donde se veía “Mi bella genio” en un televisor a blanco y negro, y donde en el verano se ponía el sol. Volver es subir por las escaleras, escuchar el crujir de la madera y recordar que por allí casi todos hemos rodado, para luego encontrar fotografías enmarcadas, y por fin entender a Gardel cuando dice que veinte años no es nada.

Volver es recorrer con los dedos las teclas de un viejo piano, y pensar en las tantas veces que allí se entonó un Happy birthday to you y un “Queremos que partan la torta”. Volver es tomarse la foto de rigor en el escenario de siempre, ocupado esta vez por figuras transitadas por el tiempo, infancias difuminadas en rostros de adultos, y ausencias que nunca se logran olvidar.

Volver es, al fin y al cabo, darse cuenta de que en aquellas rutinas aparentemente intrascendentes, en esa vida cotidiana sin mayores sobresaltos y en esas largas tardes sin mucho que hacer, se fueron gestando buena parte de las más preciadas memorias. Volver es no poder conciliar el sueño por las noches, porque los recuerdos te invaden a borbotones.

Volver es, muchas veces, consecuencia de migrar.

Migrar es haber perdido la cuenta de las veces que se ha empacado una maleta, y aun así seguir buscando en internet la forma más efectiva de hacerlo. Migrar es percatarse de que faltan regalos, y salir corriendo a última hora a comprar, dependiendo del lugar donde se esté, café, bocadillos y obleas, pisco, ají y panetón. Migrar es revisar permanentemente la documentación requerida, saberse de memoria la dinámica de los aeropuertos, rodearse de sonrisas y abrazos al llegar, y jamás terminarse de acostumbrar a las despedidas.

Migrar es también no haber podido decir adiós a quienes partieron de forma inesperada, y escuchar, inmóvil ante el teléfono (no se tiene suficiente estómago para realizar una videollamada), sollozos y frases entrecortadas.

El migrante nunca deja de serlo del todo, decía Cornejo Polar, porque por más que se haya instalado de modo definitivo en un nuevo territorio, está destinado a habitar un estado de tránsito permanente, a oscilar irremediablemente entre el ayer y el allá y el hoy y el aquí.

Migrar es entonces regresar y preguntarte adónde regresas, cuál de los dos países es tu verdadero hogar.

Es percibir que, de manera casi imperceptible, en algún momento empezaste a desarrollar cierto afecto por el lugar en donde formaste una familia, nacieron tus hijos, e hiciste buenos amigos. Es descubrir que, de manera paulatina e involuntaria, llegaste a incorporar en el habla cotidiana aquellos modismos que alguna vez se sintieron terriblemente ajenos, supremamente extraños.

Migrar es retornar al nuevo escenario donde vives, y escuchar aquel acento que si bien no es propio, se ha tornado con el tiempo familiar y entrañable.

Migrar es desempacar una vez más las maletas y descubrir, con sorpresa, que te sientes también en casa.


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