Pedro el grande

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El santo de esta historia cayó a la tierra a bordo de una nave en llamas de la que salían peces. De ese modo se entronizó en los altares que sus fieles devotos labraron para él entre el sur del Río Grande y Buenos Aires, dando un rodeo por la España de Franco y su legión de damas enlutadas.

A sus ochenta y tres años, tres matrimonios, siete mozas, catorce hijos y otras proezas, don Eliécer Suárez, natural de Ebéjico, Antioquia, para servir a usted, es el sumo sacerdote de la cofradía en Pereira. Y acaso el último, porque de lejos es el más vital de los feligreses que – ayudados por sus nietos -se han congregado a través de Internet el miércoles 15 de abril de 2020.

Los objetos de culto están desplegados sobre una mesa de madera antigua ubicada en el patio de la casa: películas en blanco y negro, recortes de prensa, varias botellas de vino y muchos discos en vinilo que traen desde el otro mundo la voz del motivo de sus desvelos.

Uno a uno, y por distintos caminos, han llegado Oralia, de ochenta años; Bertina, de ochenta y dos; Obed, de setenta y ocho; Gabriel, de setenta y cinco; Carlina, de ochenta y tres; Jacinto, de ochenta y cinco; Doralba, de ochenta y Chucho, de ochenta y siete.

Como vienen haciéndolo desde que se pensionaron, los peregrinos hoy llegan a la casa de Eliécer a través de las webcam a las diez de la mañana y luego de hacerle una reverencia al anfitrión, ocupan los lugares de siempre.

Aunque esta vez se trate de una mesa virtual.

La pandemia, o “La peste”, como prefieren llamarla, les impuso esas reglas del juego.

Solo les falta santiguarse para que el rito alcance la cima de la religiosidad.

Todos tienen razones de sobra para acudir a la cita: un 15 de abril de 1957, Pedro Infante, el puro macho, el novio de América, el ídolo de los pobres, el que nunca cambió las tortillas por pan ni el tequila por whisky, volaba a bordo de un vetusto bombardero de la Segunda Guerra Mundial convertido en carguero de pescado.

Se acercaban a su destino en Mérida luego de una travesía sin contratiempos.

Y entonces el aparato se vino al suelo. Con el cantante murieron también el piloto, el mecánico y una muchacha que estaba tendiendo la ropa en el patio de su casa.

Caer a tierra en medio de una multitud de peces: como si le faltara algún detalle al mito que empezaba a nacer.

Don Eliécer, con una voz que intenta abrirse paso entre el estropicio dejado por setenta años de tabaco y aguardiente, da inicio a la homilía:

Todos los aquí presentes nos enamoramos, nos casamos, nos descasamos, engendramos hijos, rompimos corazones, nos rompieron el propio, enterramos a los padres, a las esposas, a los esposos y a los amigos al ritmo de las canciones de Pedro Infante. Muchas personas nos preguntan por qué mantener esta tontería durante tantos años. Yo callo, porque creo que no entienden: basta con ver películas como Dos tipos de cuidado, Nosotros los pobres, Ustedes los ricos o escuchar con atención las canciones para darse cuenta de que Pedro era distinto a otros grandes de la época y posteriores a él: ni Jorge Negrete, ni José Alfredo Jiménez ni Javier Solís supieron ser fieles al pueblo, al barrio, al amigo de la esquina. No sé, a medida que se vuelve famosa la gente toma distancia: cambian, aunque hacen lo posible para que no se les note, pero este hombre era otra cosa. Por eso estamos aquí.

Y yo, que nací tres años después de la muerte de Pedro el Grande, acudo a esta fiesta virtual por otras razones:

Mientras lavaba la ropa de sus diecisiete hijos, Mi abuela Ana María cantaba en un murmullo: Allá en el rancho grande/ allá donde viviaaaaaaa/ vivía una rancherita/ que alegre me decía /que alegre me decía.

Por su lado, cuando plantaba el maíz y el fríjol en su finca de El tigre, el abuelo Martiniano hacía vibrar el aire con su mejor voz de arriar mulas: Siento que no soy el de antes/ y a veces mi vida desprecio yo mismo/ siento que estoy en las nubes/ y a pesar de todo recuerdo el abismo.

Y si no bastaba con eso, mi mamá Amelia enhebraba la aguja y le daba pedal a su máquina Singer al tiempo que cantaba- a veces entre sollozos-:  Yo quiero ser/un solo ser/y estar contigo/te quiero ver en el querer/ para soñar.

Con esos tres recuerdos pagué la entrada virtual a la casa de don Eliécer Suárez este miércoles 15 de abril y de paso recuperé esos momentos quizá esenciales de mi infancia.

El demiurgo y razón de ser de la ceremonia era ese mexicano adoptado por toda Hispanoamérica, nacido en Mazatlán, Sinaloa, el 18 de noviembre de 1917 y caído- ya que no muerto- en tierra de Mérida en medio de una lluvia de peces el 15 de abril de 1957.

Así son las historias de algunos santos paganos: caen a tierra en lugar de subir al cielo. Por eso tardan más en sumirse en el olvido.


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