Postales de la migración centroamericana: las batallas sin cuartel de Douglas Oviedo

41
0

Primera postal migrante

Douglas Oviedo despertó en Tecún Umán por segunda vez. Era la mañana del sábado 27 de octubre de 2018 y de nuevo pernoctaba en las calles de la ciudad guatemalteca, la entrada a México por el litoral Pacífico. Tres días antes funcionarios de migración lo detuvieron en el estado de Chiapas, luego de pasar la frontera. No tuvo tiempo de reaccionar. De inmediato lo montaron en un avión rumbo a su país, Honduras.

Douglas despertó entonces consciente del mensaje del espíritu santo: “Prepárate porque vas a predicar hoy”. Algo estaba pasando. La noche anterior varios integrantes de la segunda caravana migrante agarraron a un hombre que al parecer cruzó a México con 350 personas. Según lo comentado, a todos los detuvieron, menos al tipo, quien volvió a Guatemala sin aclarar lo sucedido.

Se corrió la voz: existía un plan al interior de la caravana para entregar y deportar migrantes, y aquel tipo era el ejecutor.

– A ese man lo iban a matar -me dijo Douglas un martes de abril de 2019, en un café de Tijuana, en el estado de Baja California. Recordó que sus compañeros buscaban la forma de colgarlo de un árbol de un parque, pero la policía logró trasladar al inculpado a un centro de detención. Ahí Douglas comprendió la insistencia en el pedido divino. Faltaba organización en el grupo, faltaba un guía.

Por eso tomó un megáfono, alzó la voz y predicó.

– Muchos comenzaron a llorar, comenzaron a arrodillarse, a pedirle perdón a Dios cuando comencé a orar fuertemente –De inmediato la segunda caravana armó un comité, faltaba coordinación, y Douglas obtuvo cierto liderazgo, fue nombrado el ‘pastor de la caravana’.

A pesar de la organización, el siguiente domingo los migrantes rompieron el portón de la aduana guatemalteca y atravesaron el puente que pasa sobre el río Suchiate, la frontera natural de México y Guatemala. Hubo enfrentamientos entre la caravana y los antimotines, gases lacrimógenos, palos, rocas, botes de basura surcando los aires, heridos. Los medios de comunicación notificaron la muerte de un joven hondureño tras el impacto de una bala de goma.

Al menos cuatro mil personas esperaban bajo el sol, y a empujones se abrieron camino.

Algunos se lanzaron al río desde el puente y cruzaron a nado. Y aunque también encontraron la barrera de la policía mexicana, el lunes 29 de octubre se les permitió avanzar, quizá fue presión de la misma caravana, supuso Douglas, quizá el miedo a otra reacción donde la fuerza pública quedara mal parada frente las cámaras de televisión. Diez días antes cruzó la primera caravana, dos días después, una tercera, y a inicios de noviembre, una cuarta y quinta. El objetivo: escapar de la violencia y el abandono en sus lugares de origen en Centroamérica, recorrer México de sur a norte y llegar a Estados Unidos.

Las caravanas se conformaron en Honduras. La primera salió de la ciudad de San Pedro Sula el 13 de octubre de 2018. Una manera de enterarse del viaje fue su difusión a través del canal de televisión hondureño ‘Hable como habla’, además de las redes sociales, panfletos y rumores. Douglas en su casa observaba a la gente unirse al movimiento, y decidió participar. Pasó un tiempo con sus hijos antes de tomar la mochila. A finales del mes viajó sin despedirse de su familia y en Tecún Umán los llamó.

Ya llevaba 700 kilómetros en la ruta.

En el país de imaginarios prósperos un presidente pedía leyes migratorias radicales ante la incursión de los Bad Hombres. En su campaña electoral Donald Trump exigió levantar un muro en una frontera que va desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México y comprende 3.200 kilómetros. Lo exigió al gobierno mexicano, al congreso de los Estados Unidos.

El muro entrando en el Pacífico. Playas de Tijuana, México.

Pero el muro ya existe. Se puede ver y tocar. Es una barrera de tres a seis metros de alto y con una longitud de 1.200 kilómetros, cuya construcción inició en el periodo de Bill Clinton, década de los noventa. Y en los espacios donde no hay cercas, láminas, alambres y rejas, está la lejanía, el sol y la noche del desierto. El muro fortalece el discurso nacionalista de Trump y anima a sus seguidores: “Make American great again”.

Segunda postal migrante

Supe de Douglas Oviedo en el festival ‘Juntos somos más’. En su presentación, en el foro del parque La Ocho de Tijuana, vindicó y pidió respetar al migrante. Era un sábado 16 de marzo de 2019. Douglas ya había recorrido más de cuatro mil kilómetros con la caravana.

– No juzgues al migrante de la caravana cuando es deportado, porque si nunca viviste la historia del mojado, no puedes hablarlo, ni mucho menos contarlo.

A sus espaldas, a veinte minutos de caminata, a once cuadras de distancia, estaba el muro.

Luego, la ciudad de San Diego, California.

La gente lo escuchaba desde las escalinatas del foro. En un costado, cerca de una pequeña fuente, se improvisaron los puestos de comida haitiana, hondureña, salvadoreña y mexicana. Muchos de los asistentes al festival eran jóvenes gringos. Vinieron de Ohio, San Diego, Los Ángeles. Tomaban fotografías, bailaban las canciones del hip-hop haitiano y hondureño; comían y sonreían mientras hablaban en inglés o en un intento de español; servían comida a los asistentes tijuanenses, registraban en redes sociales sus opiniones del evento.

El parque de La Ocho se construyó en la calle Octava, a una esquina de la avenida Revolución. Esta es la zona de los bares, las discotecas, las tiendas de curiosidades, las farmacias, los restaurantes y las cervecerías artesanales en Tijuana. Además, es denominada el centro de la ciudad por el flujo de transeúntes, aunque en realidad es parte del lado norte, muy cerca de la garita de San Ysidro, una de las puertas de acceso de la frontera.

‘Juntos somos más’ surgió en un momento confuso para Douglas. En  enero de 2019 las caravanas contaban 60 días de estancia en Tijuana. Eran alrededor de seis mil centroamericanos ubicados en diferentes albergues. El martes 29 de ese mes el gobierno de Estados Unidos dio marcha a los ‘Protocolos de Protección a Migrantes’, o el programa ‘Quédate en México’. Los protocolos obligaban a los extranjeros en busca de asilo a esperar la resolución del caso en tierra mexicana, una medida criticada por activistas, pues los procesos demoraban y se exhibía una violación del principio de no-devolución amparado en el derecho internacional.

La vida en El Barretal, Tijuana. Albergue para los migrantes de la caravana.

Incluso, se volteó a mirar al presidente entrante de México, Andrés Manuel López Obrador, quien le dio continuidad a la iniciativa. Aquí es necesaria una nota al margen: en este 2020, sesenta mil personas con peticiones aguardan en México las notificaciones correspondientes. Sin embargo, los medios señalan que los protocolos fueron bloqueados por una corte de apelaciones de San Francisco en los estados sureños de California y Arizona, manteniéndose en Nuevo México y Texas.

Douglas fue uno de los inscritos en ‘Quédate en México’, y el mismo día de su activación cruzó a San Diego. Al ser devuelto a Tijuana creyó fracasar en su viaje, pero permanecer quieto sería peor, pensó. Entonces, de golpe, le llegó el nombre de una de sus composiciones, trabajada con el grupo en el cual participa desde su arribo a la frontera, porque Douglas es pastor y es cantante. Junto al músico estadounidense Adam Elfers integra el proyecto El Puente. Los dos se hicieron amigos el 11 de diciembre de 2018 en el albergue El Barretal y cinco días después dieron allí su primer concierto. La canción de lanzamiento, ‘Juntos somos más’:

Yo me despierto y me levanto pensando que era un sueño,

cuando veo por los medios la caravana de hondureños.

Veo niños, mujeres, hombres y ancianos

dispuestos contra todo por el sueño americano.

La letra del tema alude a la experiencia del migrante de la caravana, y su nombre impulsó a Douglas a pensar un festival. De inmediato buscó ayuda. El evento debía ser antes del 19 de marzo. En esa fecha iría a una corte de San Diego, le daría seguimiento a su trámite y tal vez podría quedarse en condición de espera, o sería devuelto otra vez.

Por ello contactó a una amiga gringa, y junto a ella buscó las organizaciones y colectivos centrados en la defensa de los derechos humanos del migrante en Tijuana. Así se unieron Espacio migrante, Border Angels, Enclave Caracol, Ópera de la calle y el comedor comunitario Contra viento y marea. Hubo apoyo de grupos de haitianos, llegados a la ciudad en 2016 y 2017.

Douglas se convirtió en una figura mediática terminado el festival. Los periodistas locales querían entrevistarlo, reportear su petición de asilo. Participó en la realización del documental ‘La tierra que habitamos’, fundó el albergue El Puente, la Universidad de San Diego utilizó su poema ‘El último paso’ en una pieza audiovisual, y a finales de 2019 fue uno de los personajes del año de Baja California según el periódico InfoBaja. En nuestra charla mencionó uno de sus poemas más directos.

– Ese sí va a estar bien fuerte. Se llama ‘El migrante de la caravana’.

Tercera postal migrante

En el café Aether, Douglas me relató su experiencia migratoria y estadía en Tijuana. Lo contacté por Facebook tras su participación en el festival ‘Juntos somos más’. Quedamos en vernos el martes nueve de abril de 2019.

El café Aether se encuentra en el Pasaje Rodríguez, un corredor comercial para necesitados de cerveza artesanal, café orgánico, ropa de marcas locales o de segunda mano, cultura pop japonesa y librerías con precios bajos. El Pasaje conecta las avenidas Constitución y Revolución. Es un espacio cultural. Sus paredes son murales que ofrecen una idea de lo tijuanense y el norte mexicano, y los fines de semana una banda o cantante emergente musicalizan la visita de los tijuanenses.

Pasaje Rodríguez. Centro de Tijuana

Douglas llegó al café pasadas las ocho de la mañana, cuando apenas los locales del Pasaje estaban abriendo. Nos sentamos en una de las mesas del corredor. Pedimos dos tazas de café americano. Douglas, de 35 años y padre de tres hijos, tenía una barba prominente, similar a la de un rabino. vestía una gorra negra de Los Angeles Dodgers, un pantalón caqui y un buzo con capota. Parecía cargar pocas horas de sueño, sus ojos de mapache suponían la pesadez de la incertidumbre.

Luego de la entrevista iría de nuevo a San Diego a revisar su caso de asilo. Llevaba seis meses de vivir en Tijuana y ese día, quizá, tendría la respuesta esperada. Las noticias de sus abogados insinuaban la posibilidad de ser aceptado.

Antes de unirse a la caravana en 2018, este pastor y músico hondureño había logrado entrar a Estados Unidos en 2007. Era un joven de 24 años que emprendió un recorrido de 47 días. La ruta, del sur al norte mexicano, era trazada por el sistema de trenes cargueros conocido como ‘La bestia’.

Al término de la primera década del siglo XXI, el desplazamiento de migrantes  a bordo de ‘La bestia’ se transformó en un fenómeno mediático y de redes. Las grandes empresas periodísticas enviaban a los reporteros más avezados. La encomienda: experimentar, describir y narrar las condiciones del migrante. Tal interés radicó en la situación de orden público en México a partir del anuncio de la ‘Guerra contra el narco’ del expresidente Felipe Calderón en 2006. Fue el surgimiento de una violencia evidente y directa en los estados del sur, de guerra entre carteles y el gobierno federal. El temor creció en los municipios alejados del centro del país. Los carteles se tomaron el poder de varias regiones y evidenciaron sus nexos con políticos y policías.

Linea de trenes de carga en Veracruz, México

Esta travesía es un juego de dados sin segunda oportunidad. Hay registros periodísticos de varias detenciones del tren por parte de comandos de algún cartel. Los centroamericanos son obligados a bajar y pueden ser extorsionados, secuestrados, asesinados o desaparecidos. Pero muchos prefieren confrontar lo inesperado en vez de las detenciones del Instituto Nacional de Migración al tomar rutas mucho más “seguras”.

En su intento, Douglas se encaramó en los vagones de ‘La bestia’ en la ciudad de Arriaga, en Chiapas. Ya estaba a más de 200 kilómetros de distancia de Guatemala, y alcanzó la localidad rodeando ocho puestos migratorios. Debió salir de la carretera, penetrar la selva chiapaneca y evitar un encuentro directo con “pandilleros” o ladrones.

En Arriaga el tren salió en dirección al sur del estado de Veracruz, paró en los municipios de Coatzacoalcos y Tierra Blanca. En varias ocasiones Douglas saltó del tren para no ser secuestrado, extorsionado o detenido. En las huidas buscaba un escondite, permanecía un tiempo guarecido, y se movía de nuevo si el peligro pasaba. A continuación, se dirigía a otra estación y subía a otros vagones. En algún tramo tuvo la compañía de 25 personas. A veces predicaba junto a ellos, y cuando podía, cuando el tren se detenía, pedía alimento en los albergues cercanos.

En Tultitlán, Estado de México, muy cerca de la Ciudad de México y a más de mil kilómetros de Guatemala, Douglas encontró a Toño, un coterráneo suyo con ganas de viajar “pa’rriba” y un contacto bueno, “un man por ahí” cuyo trabajo era llevar gente a Estados Unidos, un coyote.

Quedaron en llamarlo.

La cuestión era de confianza, señaló Douglas, una confianza ciega, pues Toño no sabía cuánto cobraba el coyote. Y solo al pisar la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo, en Tamaulipas, el noreste mexicano, Douglas se dio cuenta que Toño le conseguía “clientes” al coyote. El costo del servicio fue de dos mil dólares.

Pasar por Veracruz y Tamaulipas resultó riesgoso. El control del cartel de los Zetas en la zona implicó discreción, casi ser invisible. En agosto de 2010, tres años después del periplo de Douglas, un comando de este cartel asesinó a 72 migrantes en un rancho del municipio de San Fernando en Tamaulipas. Este tipo de noticias llenaron las agendas de los medios internacionales, y la culpa, según los discursos patrioteros, era de los migrantes, pues salen de sus países e ingresan donde no pueden.

En Nuevo Laredo, Douglas contempló la frontera norte de México por primera vez.

Debió hacer un trayecto de nueve horas junto al coyote, en la noche y la madrugada, hasta llegar a una población estadounidense. Primero se detuvieron en un parqueadero de camiones de carga. Allí tomaron un tren rumbo a San Antonio, Texas, donde una camioneta lo recogió y  lo condujo a una casa de seguridad. Próxima parada, la ciudad de Austin, debió pagar lo restante del cruce. El siguiente destino fue Arlintong, y pasados dos meses un amigo le ofreció trabajo en una radio evangélica de La Florida. Se volvió el DJ del programa ‘Latino cristiano’, e impulsaba el reggaetón cristiano. Trabajaba en la emisora en las noches, ganaba 200 dólares semanales. En las tardes arreglaba techos. Sin embargo, regresó a Honduras en agosto de 2010.

No fue deportado, me aclaró. Él mismo pagó su boleto de avión. Quería ver a su hijo recién nacido.

– ¿Te arrepientes de haber vuelto? -le pregunté a Douglas, alguien que por segunda vez pretendía pisar Estados Unidos.

– No me arrepiento porque tengo mis hijos, hermano. Pero si me hubiera quedado, yo ya hubiera tenido papeles o algo.

Cuarta postal migrante

El 10 de noviembre de 2018 los primeros 85 integrantes de la caravana migrante arribaron a Tijuana.

Cuatro días después eran más de setecientos. Quienes no se instalaron en un albergue durmieron cerca al faro de la colonia Playas de Tijuana, en una explanada pegada a la frontera. Este es uno de los lugares romantizados al hablar de la relación México-Estados Unidos. Allí el muro se interna varios metros en el Océano Pacífico, y en sus columnas se pueden leer nombres, mensajes cercanos a una esperanza. También hay desasosiego: la bandera de la potencia mundial pintada con cruces en vez de estrellas, las inscripciones de conclusión inesperada: “aquí es donde rebotan los sueños”.

El muro en Playas de Tijuana, frente al faro

En la noche del 14 de noviembre algunos habitantes de Playas se acercaron al faro y agredieron a los migrantes. Según los inconformes, la caravana traía desorden y peligros a la colonia, por lo que debían ser reubicados. Pasados cuatro días trescientas personas se reunieron en la Avenida Paseo de los Héroes, en la glorieta Cuauhtémoc, y alzaron sus pancartas y voces. Pidieron leyes y deportación, cantaron el himno nacional mexicano y hablaron de una defensa de la “patria” ante los “invasores”. Incluso, antes de la protesta el entonces alcalde, Juan Manuel Gastélum, lanzó una frase en tono de burla: “los derechos humanos son para los humanos derechos”.

En ese momento una gran parte de los seis mil integrantes de la caravana ya había sido ubicada en el centro deportivo Benito Juárez, en la zona norte de la ciudad, cerca de la garita de San Ysidro.

– En Playas nos agarraron a pedradas, nos tiraban palos, nos gritaron que nos fuéramos de aquí. En Juárez ya la cosa medio cambió, pero no podíamos salir de dos cuadras porque nos agarraban y deportaban.

La imagen en el Benito Juárez parecía la de un grupo de desplazados sobreviviendo en un campamento mal improvisado tras un enfrentamiento bélico. La basura se acumulaba, la lluvia convertía el suelo en lodo y el número de enfermos aumentó por el cambio de clima y la mala alimentación. Era la temporada de heladas. El acceso al lugar lo custodiaban policías municipales, y en una de las calles aledañas se alzaba una oficina de control migratorio.

La estrategia de atravesar México en grandes grupos fue una manera de prevenir cualquier tipo de violencia e impunidad. Permitió resaltar los problemas internos de los países donde surgió cada movimiento. En su lado opuesto, fue un impulso de los discursos xenófobos y nacionalistas.

La migración amenazaba la “soberanía”.

Niños migrantes en el Barretal, Tijuana

Cuando Douglas ingresó a México con la caravana no se dirigió a Coatzacoalcos. En esta ocasión caminó hacia Marías Romero, en el estado de Oaxaca, y entró a Sayula, Veracruz. Antes de llegar a Tijuana descansó en distintos albergues ubicados en diferentes ciudades, albergues estatales para descansar y continuar. De esa experiencia me describió imágenes contrarias en sus interacciones con los mexicanos.

Primero dijo que muchos de ellos se aprovecharon de la caravana. Los migrantes no traían dinero y les cobraban hasta para ir al baño. Recordó tratos discriminatorios. Les decían “escoria”, “basura”, les lanzaban objetos. En Oaxaca un hombre los amenazó por ondear la bandera hondureña en su tierra.

Luego habló de los “mexicanos buenos”, quienes ofrecieron alimentos y otorgaron visas humanitarias y protección. Pero en Tijuana las ayudas gubernamentales desaparecieron poco a poco. los gobiernos municipal, estatal y federal jugaron la estrategia del cansancio. Empezaron a promover el retorno de los centroamericanos agotados ante una vida en un cambuche, expuestos a enfermedades, hambrientos, sedientos y atiborrados de basura.

A principios de diciembre de 2018 gran parte de los migrantes que dormían en el Benito Juárez fueron reubicados en la explanada de El Barretal, un espacio abierto de la colonia Mariano Matamoros donde se realizan eventos masivos. Una desventaja del cambio radicó en la lejanía con la frontera. Alcanzar la garita significaba hacer un trayecto de 20 kilómetros. Era un recorrido de más de cuarenta minutos en bus, era gastar 30 pesos diarios (4800 pesos colombianos) en los pasajes de ida y regreso.

Douglas me contó que la noche del 24 de diciembre alguien lanzó un gas lacrimógeno dentro de El Barretal, y que a pesar del trabajo de los colectivos recolectando comida, ropa, juguetes y productos de aseo, una bodega del lugar quedó sin abrir, la fecha de cierre del albergue, el 29 de enero de 2019. En los últimos días permanecían ochenta personas en aquel espacio de las seis mil que arribaron a Tijuana.

La caravana se dispersó.

Migrantes en el Barretal, Tijuana

La entrada a El Barretal era vigilada por militares y policías federales. Poco a poco el acceso a periodistas y voluntarios fue restringido y los migrantes portaban un carné de registro. Al interior del albergue se construía una cotidianidad. Había filas frente los baños de caseta, frente las zonas de distribución de comida; los jóvenes armaban picaditos de fútbol o montaban patineta, los niños corrían alrededor de las tiendas de campaña; los gringos, españoles y mexicanos con cámaras de video y micrófonos preguntaban sobra el viaje, el pasado, el futuro; los colectivos organizaban obras de teatro; alguien escuchaba música en su cambuche, una bandera de Honduras ondeaba desde una esquina.

Aunque poco a poco menguaban los ánimos y la vida en El Barretal se hizo difícil. Muchos decidieron retornar a sus lugares de origen. Otros trataron de acceder a Estados Unidos.

Una de las opciones era la de pasar el muro por una zanja posible de ampliar en la zona de Playas de Tijuana. En alguna ocasión observé a un grupo levantando una malla y escarbando en la arena de la playa. Si lo lograban corrían unos metros y se entregaban a la patrulla fronteriza. Así se sometían a un proceso de revisión del caso.

La mayoría de las veces la revisión terminaba en la deportación.

Vigilancia de la patrulla fronteriza de Estados Unidos

El domingo 25 de noviembre de 2018, antes de la reubicación en El Chaparral, un grupo de 500 migrantes realizó una marcha por las calles tijuanenses y se abrió paso entre los antimotines protectores de la garita de San Ysidro. Algunos participantes de la marcha saltaron el muro. Las imágenes replicadas en medios locales e internacionales mostraban una acción estimulada ante un rumor de apertura de la frontera y un golpe de desespero. El norte de la ciudad parecía una zona de guerra. Esa tarde escuché, mientras pasaba los puentes que atraviesan el canal del Río Tijuana, las detonaciones de las armas lanzando gases lacrimógenos. Eran los agentes de la patrulla fronteriza de Estados Unidos que replegaban a los migrantes desde su lado del muro.

Hay una fotografía del acontecimiento donde una mujer escapa de los gases corriendo por el canal. Lleva dos niñas descalzas sujetas de los brazos mientras busca un refugio.

Quinta postal migrante

– ¿Hubo grupos que incitaron la caravana? -le pregunté a Douglas el día de nuestra charla en el café Aether- ¿Eso es verdad?, porque todavía sigue el rumor…

– Eso es mentira -contestó. No me dejó terminar la frase – Mira, te voy a explicar.

Douglas me dijo que las primeras dos caravanas motivaron la constitución de las siguientes. Y el único apoyo lo recibieron de organismos, colectivos y movimientos sociales. Si alguien quería dirigir la caravana no lo permitían, me aseguró. Nada de “política”, nada de aguantarle la “casaca a nadie”. Pero al llegar a Tijuana algo cambió.

– Ahora sí se están armando grupos para impulsar las caravanas.

Uno de los grupos es Departamento 19, o D19, una alianza opositora al presidente de Honduras Juan Orlando Hernández, creada en Estados Unidos por hondureños, surgida dentro de la coyuntura dada tras el golpe de estado a Manuel Celaya en 2009. Según Douglas, D19 pretendía acrecentar la mala imagen del gobierno de Hernández promoviendo la migración. A través de Facebook difundía la supuesta consolidación de una caravana, esparcía el rumor y agrupaba a los interesados.

Otro grupo es Pueblo sin Fronteras, fundado en 2010 en Estados Unidos. Su misión, descrita en su perfil de Facebook, “es proveer albergue y seguridad a migrantes y refugiados en tránsito, acompañarlos en su camino y juntos exigir el respeto a nuestros derechos humanos.”

Esta organización tiene sedes en ciudades del norte y sur de México. Su líder, Irineo Mujica, ha sido arrestado en varias ocasiones por movilizar centroamericanos. La periodista María Verza dice que Pueblos sin fronteras es un antecedente de las caravanas, pues antes realizaba viacrucis cuya finalidad era evidenciar la violencia del crimen organizado contra quienes se desplazaban sin permisos oficiales.

Verza también menciona a Bartolo Fuentes, periodista y político hondureño que acompañó un viacrucis de abril de 2018 y participó en grupos de WhatssApp “donde se organizaban estrategias conjuntas de migración”. En varios medios señalaron a Fuentes como el organizador de la primera caravana, aquella emprendida en San Pedro Sula el 13 de octubre.

Esos intentos de políticos y activistas por promover y controlar las caravanas le preocupaba a Douglas.

– ¡Nosotros no somos ningún tipo de comercio, hermano! Acá hay dinero de por medio.

Dijo que llevar a una persona hasta al norte significaba ganar entre 500 y 800 pesos (desde 90 mil a 150 mil pesos colombianos). Habló de Alfonso Guerrero Ulloa, un hondureño que reunió alrededor de 250 migrantes en El Barretal, escribió una carta a Donald Trump y realizó una protesta a mediados de diciembre de 2018 en el consulado de Estados Unidos en Tijuana.

En la carta le pedía a Trump el “libre ingreso” de la caravana o darle a cada integrante 50 mil dólares para “retornar a nuestra patria”, además de extraditar a Juan Orlando Hernández.

Migrantes en el Barretal, Tijuana

Guerrero Ulloa tiene una petición cerrada en el sitio web change.org. En el mensaje, dirigido a Trump, exige el derecho de indemnización y retorno a Honduras tras treinta años de exilio, luego de las acusaciones en su contra por el atentado en el restaurante China Palace de la ciudad de Comayagua, en 1987. Los informes noticiosos retomaron esta petición e indicaron que Guerrero Ulloa no integraba las caravanas.

Días después de la marcha al consulado fue detenido en El Barretal a causa de un altercado con los migrantes.

En nuestro encuentro, Douglas lanzó una pregunta: “¿En el momento de la salida de la caravana masiva, hubo un interés, una esperanza de que sí se podía pasar a Estados Unidos?” La duda molestaba a las organizaciones enfocadas en planear grandes desplazamientos, a veces denominados de manera bíblica, éxodos. La duda en el fondo era qué ganaban con las travesías migratorias al conocer la situación en la frontera norte.

En una noche lluviosa de enero de 2019, tres meses antes de la entrevista con Douglas, hablé con Manuel Ayala, uno de los reporteros más activos en el cubrimiento de las caravanas.

Manuel llegó a Tijuana en 2016, a los treinta años y proveniente de Michoacán. Cuando tuvimos la oportunidad de charlar integraba el equipo periodístico del Semanario Zeta.

Manuel me recibió en una sala de las oficinas del Zeta destinada a la imagen del fundador del semanario, Jesús Blancornelas. En la década de los ochenta y noventa este medio sostuvo una serie de cubrimientos que denunciaban las operaciones y los crímenes del Cartel de la familia Arellano Félix.

Por esas notas, Blancornelas sufrió un atentado en 1997, donde murió su escolta.

– Muchas de las personas venían engañadas. -me aclaró Manuel al recordar el caos del 25 de noviembre de 2018 cerca a la garita de San Ysidro- No venían con información real de lo que sucedía acá. No sabían ni siquiera a qué venían, no sabían lo que iban a enfrentar acá. Muchos pensaron que por el hecho de decir que venían de pobreza extrema los iban a dejar pasar, y las peticiones de asilo no contemplan eso.

En uno de sus reportajes, Manuel expuso algunas quejas de los migrantes hacia ciertos líderes de Pueblos sin fronteras y otras organizaciones similares por generar expectativas que en Tijuana desaparecían. Los retornos asistidos se hicieron continuos, y la falta de certeza sobre el actuar de este tipo de colectivos se convirtió en un misterio aún por resolver.

– Los colegas debemos enfocarnos en ver qué hay detrás de todo eso. Bueno o malo. Saber quiénes son estas organizaciones. Si hay algo turbio detrás se tiene que exponer. Ojalá no sea el caso.

Para Douglas, la mediatización de la caravana estuvo en su punto de crisis, no en la razón de la migración. Y esa razón, dijo, fue la falta de empleo, el narcotráfico, la corrupción, las muertes de jóvenes y las amenazas de familias en Honduras o El Salvador. Si alguien tiene un negocio, una pandilla le cobra un impuesto de guerra. El gobierno de Hernández, recalcó Douglas, dejó migrar a los hondureños, pero solo aquellos señalados como pobres.

– Te das cuenta de que no le importamos. La gente sigue migrando, y eso quiere decir que nada ha cambiado en mi país. Todo está igual.

Última postal del migrante

El 16 de septiembre de 2019, tras once meses de espera, Douglas obtuvo el asilo en la corte de migración de San Diego. Los medios locales registraron el día que recibió la notificación junto a sus abogados. Salió de la corte y abrazó a Adam Elfers y otros músicos amigos.

En el perfil de Facebook de El Puente se publicó un mensaje de respaldo a los migrantes:

“Este no ha sido un viaje fácil. Es muy claro que hay muchos obstáculos en el proceso de asilo para desalentar o desautorizar a los migrantes. Sin el apoyo de tantas personas en el camino para necesidades básicas, apoyo emocional, apoyo financiero, apoyo médico, apoyo legal Douglas hubiera sido solo un hombre, respetuosamente llamando a la puerta de los Estados Unidos. Ayer tenía la fuerza de miles de personas detrás de él.”

Sin embargo, Douglas, hasta esa fecha, era el segundo centroamericano en ser aceptado de los inscritos en el programa ‘Quédate en México’. Cuando pasó a San Diego y entró en la corte iba acompañado de otros migrantes, pero únicamente él obtuvo la respuesta favorable. Una de las razones fue su labor durante su estancia en Tijuana. El festival ‘Juntos somos más’ y sus canciones sobre la caravana lo situaron en la agenda pública, y la construcción la Casa hogar El Puente le dio espacio a su nombre en los periódicos y cadenas televisivas estadounidenses.

El desierto desde La Rumorosa, en el municipio de Tecate, estado de Baja California, México, camino a Tijuana.

Ubicada en la colonia Amparo Sánchez, en las periferias de ciudad, a unos 27 kilómetros de la frontera, la Casa hogar El Puente aloja a los migrantes con peticiones de asilo. Junto a otros integrantes de la caravana, Douglas adecuó una vivienda a medio caer, que sus dueños cedieron por cinco años, y levantó el refugio.

Aunque la aprobación también se debió al apoyo jurídico. Luego de ser regresado a Tijuana mientras su proceso iniciaba, abogados defensores de derechos humanos de Estados Unidos contactaron a Douglas. En una reunión con otros migrantes le explicaron que el programa violaba las leyes migratorias, pues un extranjero no podía ser devuelto a un país aparte del suyo. Entonces iban a demandar.

Douglas aceptó dar su testimonio para fortalecer la demanda, y tuvo un respaldo en la corte. Fue la abogada Lisa Knox, del Centro Legal de la Raza, la encargada de representarlo. El objetivo de esta agencia es brindar atención legal bilingüe a comunidades latinas en California.

El día que hablamos en Tijuana, Douglas tenía cita con Lisa en una corte de San Diego.

Antes de despedirnos, ese martes de abril de 2019, le pregunté por un tatuaje que tiene en el pie derecho. Me señaló los nombres de sus tres hijos, el puente de Tecún Umán, la figura del migrante, los pasos de la ruta. Faltaba tatuar un par de imágenes: dos cruces, el símbolo de los muertos, y “las lágrimas del llanto de los niños”.

Nos dijimos adiós en las afueras del Pasaje Rodríguez. Douglas emprendió camino por la avenida Constitución, rumbo a la frontera.

Link para escuchar la canción ‘Juntos somos más’: https://www.thebridgeelpuente.com/new-page-97
Pinta antimigrante en un túnel de la zona de la 5y10 en Tijuana

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí