Siete intelectuales frente a un mundo en disolución, IV de V

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Crisis y Crítica es un grupo de pensadores que desarrollan actividades en diversos campos de las ciencias humanas y desde diferentes lugares de América. Estamos publicando apartes de sus intervenciones en la Feria del Libro de Guadalajara 2019 a través de cinco entregas, ésta es la cuarta publicación, al finalizar el texto encuentren un enlace a las anteriores.


 

 

LA VIOLENCIA COMO FORMA EXTREMA DE LA NEGACIÓN

Arturo Aguirre es Doctor en Filosofía de la Universidad Autónoma de Puebla. En esta ocasión ha reflexionado sobre la violencia en México, y la negación de los intelectuales a considerarla como un conflicto bélico o de Estado. Igualmente, la ausencia de estos pensadores al momento de asignar categorías teóricas que arrojen luces sobre estos penosos hechos.

En su ensayo, preparado con ocasión de la reunión en Guadalajara de los intelectuales agrupados bajo la consigna de Crisis y Crítica, y del Circuit Circus del escritor Eduardo Subirats, nos ofrece su visión que resalta la figura del periodista, aquel que en el ámbito de la más extrema violencia que ha asolado al país mexicano durante las últimas dos décadas, se ha elevado por encima de la inteligencia letrada del país haciendo gala de su valor para ser él quien, en casi total soledad, ha dado cuenta de cómo se ha arrasado con amplios grupos de la población del país del norte.

 

(V)

EL INTELECTUAL IMPERTINENTE

Arturo Aguirre (Puebla)

Los habitantes de México nos encontramos en una situación de emergencia humanitaria bajo el signo de la violencia y el daño, que en poco más de 12 años de conflicto se ha incrementado en el número de homicidios, intensificado en cualidad de crueldad aplicada a una diversidad creciente de víctimas, así como extendido espacialmente por el territorio mexicano.

Conflicto, o mejor dicho, constelación de conflictos fratricidas que se despliegan de manera inédita, en secuencias de mutaciones, combinaciones y fragmentaciones, muchas veces aleatorias e inesperadas, cuya fisonomía se comienza a perfilar en un proceso de violencia eliminacionista como práctica social, a partir de las formas de la legitimación y o normalización a través del consenso y las consecuencias que produce, no solo en los grupos victimizados –muertos o  sobrevivientes, víctimas directas o indirectas–, sino también en los mismos victimarios y testigos, que ven modificadas sus relaciones sociales, a partir de la emergencia de la eliminación.

En este sentido, el eliminacionismo en México, se evidencia en las violencias feminicidas, infanticidas y juvenicidas, en un proceso de muerte y desaparición innegable en los más de 40 mil desaparecidos, entre los que debemos reconocer a los más de 4 mil niños sin localizar, así como en los más 250 mil muertos, las más de dos mil fosas clandestinas, el desploblamiento de más de 691 municipios a causa del desplazamiento forzado por la violencia y el incremento de buscadores de desaparecidos quienes rasguñan el suelo mexicano para localizar a sus familiares.

Todas estas prácticas eliminacionistas ante un Estado mexicano que -cuando no es agente directo de violencia a la población- es un ente rebasado en sus capacidades de acción e institución, para lo cual ha tenido que implementar tecnologías del afecto para la administración del miedo a través de la espectacularización de la violencia y la criminalización de las víctimas.

 

 

Hoy los muertos en México desbordan los refrigeradores de las morgues, los cuerpos en muchas escenas se cuentan por pedazos, las masacres se incrementan como estrategia comunicativa entre grupos delictivos, la desmesura e incapacidad de las agencias ministeriales así como de los juzgados hacen de la impunidad la constante; el sistema penitenciario y las capacidades de punición son lo que siempre han sido en ineficiencia.

Entre toda esta necroescena mexicana, convocada bajo los más diversos neologismos como narcoviolencia, necropolítica, capitalismo gore, horrorismo y más, resalta para nuestra discusión de hoy, primero la ausencia, después la renuencia y finalmente la impuntualidad de la intelligenzia filosófica mexicana.

 

 

Cabe reconocer que ha sido el investigador periodístico el que ha cargado sobre sus hombros la tarea de seguimiento en estas espirales de violencia. Las cifras de periodistas asesinados que hacen de México el país más letal del mundo para este oficio son prueba ineludible de ello.

Ante la falta de información gubernamental clara y oportuna, indispensable como basamento de cualquier democracia, sobre los entrecruces de la delincuencia organizada, ha sido el periodista el que nos ha permitido conocer desde un inicio lo que la violencia hace. Puesto que aquellos que debíamos comprender lo que la violencia es, nos replegamos a la seguridad intramuros de los campus y edificios universitarios, suponiendo que aquello terminaría apenas había comenzado.

 

 

En diciembre de 2006, en la declaratoria del conflicto, unas voces discutían tímidamente en medios de circulación nacional, que el concepto de “guerra contra el narco” era incorrecto pues no se trataba de dar batalla a un ejército regular. El enfoque de la relación entre violencia y seguridad nacional no previó lo que estaba por venir: las dimensiones de sufrimiento social que hasta hoy no logramos comprender, sumergidos en un conflicto in activo de alta intensidad, que ¡lo que son las cosas! tiene las dimensiones de un conflicto bélico como el de Sirio o Afganistán, es decir, un país en guerra por los daños a la infraestructura institucional, los desplazados, los asesinados, los niños desaparecidos, y poco más de lo ya mencionado.

 

 

Un racimo de sociológos, politólogos y antropólogos fueron quienes, ya sea por vocación propia de su disciplina o por lo excepcional del conflicto que se daba en México, tomaron la iniciativa entre 2007 y 2011 para pensar -con herramientas teóricas austeras las más de las veces, como conceptos de violencia de Estado, o represión- ante una realidad que exigía trascender los umbrales de lo conocido.

El rastreo mínimo en los ficheros permitiría entender que en aquellos años la población filosófica en México (casi toda agrupada bajo la universidad pública) continuaba, en su generalidad, con la normalidad de sus preocupaciones cotidianas de investigación documental, revisión, transmisión, repetición, y a veces de sucursalismo y despreocupación por la realidad social mexicana, bajo el resguardo de la abstracción, teorización y metodologías de rastreo histórico de huellas.

Ni siquiera cuando se convocó al magno y multitudinario congreso de la Asociación Filosófica de México en octubre de 2011 bajo el título de “Razón y violencia” los congresistas supieron qué hacer ante los feminicidios de ciudad Juárez, que solamente en el 2010 reportó 300 carpetas de investigación, ni ante la innegable realidad de fosas clandestinas que comenzaba a despuntar como modo de operar para desaparecer los cuerpos victimados.

 

 

2011 implicó en México el punto de no retorno de la emergencia humanitaria aquí pergeñada. De ahí en más, los índices de violencia homicida dolosa trascienden los números del mes anterior, del año anterior. El mes más violento, el año más violento, son parte del mantra espectacular de los medios de comunicación masiva.

Desde el rampante 2011 quedó claro que la relevancia de las investigaciones filosóficas debería contrastarse con la pertinencia investigativa de una realidad sociopolítica interpelante y la capacidad de respuesta social de la universidad pública en México.

Lo más extraordinario del 2011 al 2018 fue que a la renuencia ante el problema se sumó la negación y la minimización de los hechos.

Los intentos por pensar la violencia y el daño en México por un reducido número de filósofas y filósofos, encontró la mayor oposición en el propio gremio que se rehusaba a reconocer las dimensiones de terror, así como las exigencias por repensar el cuerpo y las corporalidades, los muertos y la muerte (orgánica, ontológica, cultural y políticamente enfocada), las especialidades y el frontal debate de espacios de conflicto, terror y dolor con el concepto hegemónico de espacio fisiográfico.

Enfaticemos, entonces, que ha sido la realidad y la cifra lo que ha confrontado a la ausencia, renuencia e impertinencia temática de la filosofía hecha en México.

 

 

Entretanto, arribó a México el extractivismo académico que se ha deleitado con la narcocultura, los análisis del narcorrido, las conclusiones fáciles de la muerte como inercia cultural de los mexicanos (para lo cual apuran a afirmar el culto a la santa muerte, Martín Malverde o los sacrificios mexicas).

Investigadores provenientes de las más variopintas academias de países híperindustrializados, en los que sus realidades sociales o bien los hastían o el terruño de sus problemas está demasiado explotado por sus colegas en mejores posiciones universitarias: Entonces llegan para recuperar los datos en este laboratorio de crueldad que es México, folclorizan o tergiversan, y en todo caso producen artículos académicos de impacto que pocas veces esclarece las dimensiones del sufrimiento, las intensidades del daño y las alteraciones sociopolíticas y culturales de los vivos entre los vivos y de los vivos con los muertos.

Pero, ¿a los profesionales de la filosofía, aquellos que se dedican a esta disciplina y viven de ella en las universidades y centros de investigación les será posible mantener la asepsia de la razón, la pulcritud de la teoría ante un conflicto creciente, aleatorio y sanguinario? ¿Con cuáles categorías y conceptos les será posible cuestionar una realidad poliédrica y convulsa? ¿Qué criterios tienen a mano o cuales pueden crear para llevar a cabo la crítica de la política, justicia e historia, en un país con más de dos mil fosas clandestinas?

¿Relevancia científica o pertinencia investigativa lograrán encontrarse, confrontarse, o serán los paradigmas científicos y sus comunidades del saber los que mantendrán las cúpulas del poder bajo el sello de la sucursal académica, con el auspicio de las agencias de cooperación internacional de países que mantienen una colonización cultural que se intensifica entre jóvenes investigadores acomplejados y reticentes a su propia condición de ayer y hoy?

 

 

Tal vez nos ha faltado tradición; tal vez todo esto nos ha desbordado, quizá estamos en el impacto y parálisis frente a los niveles de destrucción inesperada que día con día se despliega entre la violencia en masa, eliminacionista, y las figuras espectrales de las instituciones universitarias y el Estado en su conjunto; tal vez nos falta la tranquilidad en medio de tanta devastación;  tal vez y solo tal vez estamos ante el intelectual impertinente en un país con más de dos mil fosas clandestinas.

 


La primera parte de estas entregas consúltala haciendo clic aquí

Segunda entrega clic aquí

Tercera entrega clic aquí

La próxima semana última entrega.

 


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