Sobre el quechua, los huaynos y la figura de la abuela materna: La mamama y la esperanza del reencuentro

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En el libro Volverse Palestina (2014), la escritora chilena Lina Meruane narra cómo los primeros inmigrantes árabes en el país del sur se abstuvieron de transmitir el idioma materno a las generaciones venideras: “se comerían la lengua antes que legarles […] el estigma de una ciudadanía de segunda. Había una sombra pegada a ese acento tan evidente como el vestuario ajado de la pobreza” (29). Por su parte, en la columna del Washington Post “En Perú sí hay discriminación lingüística”, el poeta peruano Jaime Rodríguez señala que debido a que su abuela no le enseñó a su madre a hablar quechua, “la que debía haber sido nuestra lengua, el primer vehículo de nuestras emociones, la materia racional con la que debíamos configurar nuestro mundo, quedó abolida para siempre de nuestras vidas”. La abuela del poeta, así como los inmigrantes árabes en Chile, tenían motivos suficientes para tomar tal decisión: esa sombra adherida al acento que refiere Meruane constituye, para los migrantes andinos de habla quechua en la capital del Perú, una mancha indeleble que los arroja al último eslabón de la pirámide social.

En efecto, crecer en una ciudad racista y clasista como Lima implica aprender, desde muy pequeño, a reconocer en ciertos sujetos aquellos rasgos que los definen como seres supuestamente inferiores por naturaleza. Así, entre las marcas de desprestigio destacan -además de la fisonomía indígena y vestimenta típica- una entonación y una construcción gramatical al hablar el castellano que develan al quechua como lengua original del hablante.

En mi familia materna, el quechua desapareció en la generación de mis abuelos. Alguna vez le pregunté a la Mamama[1] -nacida en Tarma y criada en Huancayo, en los Andes del Perú- si sabía hablar quechua, y me contestó que únicamente lo entendía. Por su parte, cuentan mi mamá y mis tíos que mi abuelo -nacido en Chongos Bajo y también criado en Huancayo- solía declarar en quechua: “¡Huancaíno nunca agacha la cabeza!”. Tan orgulloso se sentía de sus raíces wankas que quizás por ese motivo no migró, como muchos de sus semejantes, a Lima. Aunque quizás la verdadera razón fue que formó otra familia.

La Mamama sí migró a la capital, y allí crió a sus cinco hijos. En la ridículamente llamada Ciudad de los Reyes, trabajó en un banco y se estableció en un barrio obrero. Con el tiempo, se mudó a un mejor vecindario: a una casa de dos pisos, en la cual, muchos años después, crecí yo.

Foto por LHO280 formulario PxHere

Para ese entonces, los hermanos, cuñados y sobrinos de la Mamama se habían radicado en Lima. Ellos no la llamaban por su nombre -Carmela-, sino “Blanca” o “Blanquita”: llevaba ese apelativo desde pequeña, debido a su color de piel. Entre ellos nunca escuché pronunciar vocablo alguno en quechua, pero sí fui testigo de la sentida interpretación de huaynos que realizaban en los encuentros familiares. Tan pronto sonaban los primeros acordes musicales, una atmósfera de solemnidad inundaba el ambiente. Las parejas se dirigían, en fila y tomadas del brazo, hacia el centro de la sala. Los hombres extendían los brazos al cielo, y se inclinaban en señal de reverencia; mientras que las mujeres simulaban sujetar los extremos de una falda imaginaria, y ladeaban el rostro con coquetería. Un firme zapateo anunciaba el inicio del jolgorio. Como en una escena filmada en cámara rápida, mi familia materna ejecutaba giros y piruetas con destreza. Al compás del huayno elegido, sacudían manos y brazos con desenvoltura, agitaban las cabezas con celeridad, zapateaban con energía. Luego los bailarines se tomaban de las manos y danzaban en ronda. Los silbidos y gritos de júbilo develaban la dicha que aquellos ritmos despertaban en sus corazones.

Y yo, de adolescente, los observaba desde un rincón de la sala, muerta de vergüenza. Al igual que los ancestros de Meruane, me habría comido la lengua antes de contar en el colegio que mi familia bailaba huayno. Ese detalle, en tanto revelaba nuestro origen andino, nuestras raíces serranas, habría sido tan humillante como hablar quechua en casa. El huayno era juzgado como música de indios, danza de serranos, baile de cholos. El huayno era un estigma que no podía llevar sobre mis hombros.

Más de dos décadas han transcurrido desde que presenciara aquellas danzas familiares, y afortunadamente la estupidez de la adolescencia quedó en el pasado. Con los años, muchos de esos bailarines partieron, y quienes conformábamos la generación de los jóvenes lucimos hoy nuestras primeras canas. ¿Y la Mamama? En estos momentos está internada. No por coronavirus: tuvieron que operarla. A poco de cumplir 99 años, reposa en una cama. Le hablo por FaceTime, pero no me responde: duerme como una niña que se sabe bien cuidada.

En los últimos días he pensado mucho en la infancia de esa pequeñita de tez blanca. La imagino corriendo entre huertas y valles de flores, bajo el cielo azul de los Andes. La imagino creciendo entre el aroma a habas tostadas y el sonido de las cuerdas del arpa. Era la niña de los ojos del papá, la mayor de once hermanos, la hija de una mujer que no solo hablaba en castellano. Mamama, ¿recuerdas la voz en quechua de tu mamá?, ¿la dulce sonoridad con que te arrulló wawita, niñachay?

De aquel idioma que, como advertía Rodríguez, pudo haber sido el primer vehículo de nuestras emociones, no logro articular una oración completa. Hace poco empecé a indagar en el asunto, y descubrí que en quechua, toda despedida expresa la posibilidad de volverse a encontrar. Vaya coincidencia: esa es la posibilidad a la que todos nos aferramos en tiempos de pandemia. Hace poco pensaba que la Mamama esperaría a que el mundo volviera a “abrirse” para celebrar sus cien años. Hoy, sin embargo, no sé cuándo podré tomar un avión; tampoco sé si volveré a verla sin que medie entre nosotras la pantalla de un teléfono. Pero no le diré adiós, sino tupananchiskama, awicha: hasta que nos volvamos a encontrar, Mamama. Mientras tanto, intentaré alegrar la cuarentena con algunos huaynos de Tarma. Esta vez, no me comeré la lengua.


[1] En el Perú, solemos llamar a la abuela “Mamama”.

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