Viviana Ángel Chujfi, un mosaico entre Siria y Pereira

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Su casa, su vida, ha sido un mosaico permanente entre dos regiones lejanas y las múltiples búsquedas en el arte, los objetos y la naturaleza.


 

Fotos por: Jess Ar

 

 


Pintura
para comer

La primera estación es en la cocina. Sobre la mesa, una bolsa repleta de confites de cardamomo recibe al visitante.

Es el inicio del recorrido por un camino de hierbas aromáticas, verduras y plantas medicinales. Los cultiva en su tierra de La Florida, que comparte con su compañero en la vida y en el amor, el también artista Álvaro Hoyos.

 

Cuando los  nombra, las palabras salen de su boca con sus propias formas y colores:

Zagú

Tomatillo

Papa china

Tomate mexicano

Lechugas

Verdes, rojas y amarillas, las verduras se despliegan sobre la mesa igual que los colores en  su paleta de pintora.

Pueden ser  comida para pintar… o pintura para comer. Depende desde donde se le mire.

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A la casa de la artista Viviana  Ángel, una de las creadoras de la organización cultural
La Cuadra se entra por la cocina.

Y uno corre el riesgo de quedarse allí: la promesa de las ensaladas que constituyen su plato  favorito será siempre una tentación.

Dice que es una afición  reciente y que ese milagro vegetal la remite a sus raíces.

“Mi padre, que vivió una infancia dura, llena de muchas carencias, siempre expresó un deseo, postergado  una y otra vez, de tener una finca. Los altibajos de sus actividades económicas no hacían sino aumentar la distancia entre sus anhelos y  la realidad.

Pero cuando mi tío logró hacerse a una tierra, el hombre convirtió la siembra de plantas  y el cuidado de la huerta en un ritual: algo así como su misa dominical. No sé de qué manera, pero verlo plantando me conectaba con algo esencial de mi vida personal.

Supongo que esa costumbre lo arrojaba- y a mí con él- a una parte esencial de sus raíces rurales. Yo, que siempre fui una mujer por completo urbana, atendí a ese llamado y ahora no solo me dedico al cultivo de la huerta en compañía de Álvaro, sino que proyecto toda una indagación artística de esos territorios. Los árboles, las plantas y sus propiedades son portadores de un lenguaje que vale la pena explorar”.

 

 

Ese viaje a las raíces tiene nombre propio. Amelia Jaramillo, su abuela paterna, la madre del  escritor Hugo Ángel Jaramillo, todo lo curaba con hierbas.

Y a esta altura de la vida, Viviana Ángel ha descubierto que le gusta esto. Sobre la mesa de la cocina hay una prueba humeante: una bebida aromática en la que destaca el olor de la mandarina y el cardamomo. Los aromas de una infancia remota, tal vez.

 

El orden y el caos

Es hora de abandonar la cocina. Desde la puerta de la casa una sucesión de mosaicos da cuenta de una experiencia estética  y vital que se vuelve omnipresente.

Mosaicos en la fachada. Mosaicos en la cocina. Mosaicos en las escaleras. Mosaicos en los baños. Mosaicos en las alcobas. Mosaicos en el taller. Mosaicos. Una casa entera devenida mosaico.

Esa sucesión de figuras es a la vez puerto y estación en una ruta que lleva de la parte alta de la casa, donde  todo está ordenado por el gusto, hasta el reino del caos donde los artistas tienen sus talleres.

 

Viviana Ángel

 

Aquí abajo las cosas son a otro precio: martillos,  seguetas, palines, limas, pinturas, guantes, toallas, cuadros a medio hacer.

Taller: aquí entiende uno el milenario sentido de esa palabra: la forja, el yunque, la lucha entre la piedra y las formas, entre el agua y el fuego, entre el orden y el caos.

De esos talleres concentrados en el sector surgió uno de los proyectos culturales más importantes de la ciudad: La cuadra.

 

Viviana Angel

 

“Eso fue  a finales del siglo  pasado. Corría el año  1999. Un día estábamos reunidos los pintores Carlos Enrique Hoyos, Jesús Calle y yo. Nos acompañaba el fotógrafo Javier García.

Y en un momento de la charla nos pusimos a pensar en la feliz coincidencia de que todos viviéramos  y tuviéramos los talleres en el mismo vecindario ¿Por qué no trascender el carácter privado y solitario de esos espacios, para  hacerlos públicos y entablar un diálogo con la gente? De esa manera se gestó el proyecto, buscamos algunos respaldos y en noviembre de ese mismo año, antes de que sonaran las campanas del nuevo siglo arrancó la primera edición.

De ese momento tengo una visión  especial: asistieron veinticinco personas, ni  una más ni una menos. Hoy, después de muchos altibajos, asisten en promedio unas   mil quinientas personas cada mes. Y aunque las cosa no pueden reducirse a la estadística, si emociona ver como una multitud de todas las edades se toma cada mes  el sector, como una forma de reivindicación festiva de lo público.

 

 

Por supuesto, ha sido muy importante  el respaldo de instituciones como el Colombo Americano o la Fundación Germinando, así como de algunos negocios instalados en la zona. Hoy, aunque formalmente  no soy parte de La Cuadra, en la práctica sigo vinculado  a la idea, porque aquí tengo mi casa  y mi taller”.

 

Las ciudades soñadas

Pelo rojo. Ojos claros. Manos  blancas moldeadas por la suave dureza de los materiales con los que trabaja.

Viviana Ángel construye unas frases largas y sinuosas. Largas y sinuosas como  los senderos que trajeron a sus antepasados  desde la remota Homs, en  una Siria siempre  asolada por los bárbaros, hasta estas tierras de montaña donde  echaron raíces golpe a golpe, verso a verso, como cantara el poeta.

Viviana Angel


“En el año de 1997 realicé una instalación, siguiendo, como siempre, las señales de la intuición y ayudándome con la técnica. Usted lo puede ver aquí en esta pared.  Al final lo bauticé  con el nombre de Ciudad Perdida. Desde luego, como sucede con los títulos, uno no siempre obedece a fuerzas conscientes y eso lo vine a comprobar  tiempo después”.

Los Chujfi, los antepasados maternos de Viviana Ángel, llegaron a Pereira en uno de esos éxodos desatados por las guerras. Un alto porcentaje de ellos provenía de Homs, la antigua ciudad de Emesa, la tercera más importante del país después de Damasco y Alepo.

Y un día de 2006 la abuela, que había llegado a Pereira siendo una adolescente, quiso volver a Siria a los ochenta y seis.  Viviana la acompañó en  ese intento de recuperar el tiempo ido.

La empujaba la trampa de la distancia. Y  como sucede en ese tipo de situaciones, el siguiente paso la  condujo a la decepción: nada  ni nadie era como aparecía en el mapa de sus recuerdos.  No comprendía ya la manera  como se trataba a las mujeres. Los hombres  le  parecieron feos y rudos. El paisaje de su ciudad soñada  no era el mismo.

Total: un paseo programado para un mes duró apena diecisiete días. La abuela quería volver a su tierra, a Pereira.

 

Viviana Ángel

 

 

Cartografía Interior

Para  la artista Viviana Ángel esas dos semanas supusieron otra cosa: la revelación de su otra   parte: el  rostro de oriente.

“Fue toda una sucesión de impresiones y descubrimientos. En una de las etapas del viaje  abreviado por las nostalgias encontradas de mi abuela, visitamos una pequeña población cercana a Homs.  Igual  que hacen todos los viajeros, tomamos fotografías y cuál no sería mi sorpresa cuando alguien me advirtió que  esa ciudad era la misma que yo había pintado años antes sin haberla visto antes. Supongo que son esos secretos y recuerdos que circulan por la sangre de generación en generación. Supongo, porque en el fondo todas esas cosas seguirán siendo un misterio”.

En un intento por descifrar algunas de las claves de ese misterio, Viviana emprendió la creación de una obra en la que el mapa de Siria  hace las veces de laberinto y los textos fragmentados de viejos libros  árabes obran a modo de guías, de señales instaladas a la vera del  sendero para ayudarles a los caminantes a encontrarse consigo mismos. O al menos con una  parte  inexplorada de sí mismos.

 

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“En esa misma dirección apunta una colección de trabajos basados en el turquesa y el amarillo: los colores de las joyas traídas de oriente que nos regalaban en las fiestas especiales de  la infancia. La primera comunión, los quince años, los aniversarios. En esos collares y pulseras habita todo un simbolismo que vale la pena explorar. En esas ando ahora”.

 

La maestra

Más de media vida  entre cuadros, pinceles y mosaicos le ha dejado a Viviana muchas cosas para enseñar. Por eso esta mujer que ama el jazz, los boleros, las canciones de Nina Simone y los ritmos de Herencia de Timbiquí decidió dedicar  parte de su tiempo a la enseñanza.

 


“Es muy importante enseñarles a los profesores para que aprovechen el enorme potencial  con que cada niño llega al mundo. La escuela debe funcionar como un laboratorio que permita el intercambio permanente, sin mediaciones de poder, entre los maestros y los pequeños.

Mire, aquí en la puerta de mi taller tengo pegado  el regalo que me hizo  Víctor Ayala, un  campesino discapacitado residente en  La  Florida. Es un dibujo elemental, pero lleno de vida y de intensidad.  Es un retrato que él hizo de  mí y expresa esa fuerza interior que espero explorar en los niños, ayudando a formar a los maestros”.
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Aquél al que  la naturaleza empiece a desvelarle sus secretos manifiestos, experimentará un anhelo irresistible por conocer a su más digno representante en el arte.

 

 

 

La frase de Goethe, escrita  en computador, y fijada con cinta adhesiva en una pared  del taller, es  toda una declaración de principios para los habitantes de esta casa hecha de mosaicos y búsquedas.

Como también  lo son estos versos de  Dulce María Loynaz, una de las poetas amadas de la artista, que  flotan en el aire a modo de despedida:

 

                    Hágase en nos tu voluntad

                    Aunque ella sea que nuestra vida

                    Solo dure

                    Lo que dura una tarde.

 

Viviana ángel y amigos

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