A diez años de la muerte de Fernando Garavito “Juan Mosca”

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Hoy 27 de octubre de 2020 se cumplen diez años de la muerte en el exilio de Fernando Garavito, más conocido como Juan Mosca. Columnista, reportero, cronista, poeta y autor de ensayos, fue testigo y protagonista de buena parte de la historia reciente de Colombia. Por esa razón, en La cebra que habla compartimos con ustedes este tributo a su vida y obra.

Un homenaje a Juan Mosca por el caricaturista Betto de El Espectador

Los que ya no están

Murió Fernando Garavito: La partida de ‘Juan Mosca’

Por, Mónica del Pilar Uribe Marín*, publicado en theprisma.co.uk y auroraboreal.net

Naciendo la madrugada del jueves 28, una llamada anunció la dolorosa noticia sobre quien fuera uno de los periodistas más reconocidos en Colombia. Hacia unas semanas, el 4 de octubre, había viajado a un pequeño poblado del sur de Estados Unidos, porque la Lannan Foundation le había concedido una “Beca de creación literaria”.

Allá, en el corazón desierto de Texas y hasta el 17 de diciembre de este año, Fernando se había dedicado a lo que sería entonces su única obligación: terminar un libro.
“Tengo tres libros en proceso, todos ellos literarios, de manera que estoy seguro de que podré presentar, y ojalá culminarlo”, escribió a sus amigos antes de irse.
No fue posible. Ayer, mientras conducía por una carretera con destino a Texas, su viaje se tornó en definitivo… en inapelable… Sus escritos están ahora detenidos en su tiempo. Junto a ellos, su pensamiento, su vida. Fernando Garavito, más conocido como ‘Juan Mosca’, ha levantado sus alas.
El periodista, el escritor, el irreverente, el amigo de antes o de ahora, o de ahora y de antes, el desconocido, el temido, aquel a quien el odio de sus enemigos denunciados le obligara a un exilio forzado en Estados Unidos… empieza hoy a hacer otra suerte de memoria.

Fernando hijo, Priscilla Welton (su compañera de vida), Fernado ‘Juan Mosca’, y Manuela, la hija menor, su cómplice de sueños…

Su exilio y el movimiento Mosca

Fernando Garavito, inagotable a sus 66 años, seguía escribiendo y opinando desde las condiciones adversas que ocho años de exilio le habían impuesto: abandonar su país, Colombia, dejar a sus amigos, a su familia, a su hija mayor Melibea (producto de su primer matrimonio, con la también fallecida poetisa María Mercedes Carranza), dejar su trabajo, callarse allí para evitar que las amenazas cernidas sobre él pudieran cristalizarse allá. Y, la más difícil, la pérdida de Priscilla Welton, su compañera de vida y madre de Fernando y Manuela…

Todo ello le había sumido en una obvia y profunda tristeza. Fueron sus hijos los que se convirtieron en su bastión, su fortaleza. Y por ellos, por ese amor que le inspiraban y que no se cansaba de expresar a quien tuviera al frente, Fernando era vida pura: intacta su rebeldía, brillante su creación, perfeccionista en sus escritos, aguda su crítica, valientes sus opiniones, decididas sus búsquedas, solidario con quien lo necesitara.

La vida de Fernando reúne demasiado: haber sido redactor, editor y director de varios medios de prensa, autor de 14 libros (prosa y poesía), profesor de niños (una faceta que no todo su público lector conoce) y, últimamente, sin abandonar su literatura, ser el alma, la Mosca Mayor, de la agrupación PoloMosca, una agrupación conformada por colombianos residentes en diferentes partes del mundo, sin jerarquías, y que desde el comienzo ha querido marcar una pauta muy propia, dentro y fuera del Polo Democrático Alternativo, PDA.

De hecho, por su honestidad, su odio por la politiquería y sus deseos de dar un cambio real, fue que Fernando – después de que un grupo de amigos se lo solicitara – decidió lanzarse como candidato a la Cámara de Representantes por los colombianos en el exterior, por el PDA.

Perdió, pero no lo importó. Apelando a su seudónimo, ya había surgido un movimiento, el PoloMosca, y era suficiente. En él ponía toda su fuerza, todo su amor, insistiendo una y otra vez a sus integrantes, en la necesidad de hacer una política distinta, de olvidar las jerarquías y las directivas y los protagonismos, de aplicar la democracia genuinamente, de tener la honestidad como motor, de conceder a cada uno su propio valor, sus propios méritos…  No era, entonces, difícil seguirle, quererle y creerle.

Su vida

Graduado como abogado en la Universidad Javeriana, fue en el diario El Espectador donde Fernando se convirtió en ‘El señor de las Moscas’ y con su columna del mismo nombre inspiró desafectos y se granjeó enemigos. ‘Juan Mosca’ venía siéndolo desde antes. y sus artículos – fuera en un medio u otro, como Jefe de Redacción o como Editor, o como simple escritor – ponían a temblar a más de uno.

Algo así ocurrió con ‘Álvaro Uribe, El señor de las sombras’, pero quizás con las consecuencias esperadas: amenazas, persecuciones, anónimos… uno tras otros… Y fue inevitable: debió exiliarse en Estados Unidos. Con él se marcharon su esposa Priscilla Welton y sus hijos Fernando y Manuela.

Su artículo “¿Por qué los autores del desfalco a la Nación a través del Banco del Pacífico ocupan los más altos cargos administrativos del nuevo gobierno del Presidente Uribe Vélez?”, ‘motivó’ a El Espectador a despedirle, algo que no pudo obliterar el hecho de los logros que obtenía, como el premio “Cultural Freedom Award” (entregado por la Lannan Foundation por “su trabajo a favor de la democracia y de la libertad, y del respeto a los derechos humanos”),  o el Premio de Periodismo Simón Bolívar, recibido por su investigación sobre la tragedia del Palacio de Justicia, o los reconocimientos por sus libros  ‘Ja’, ‘Reportajes de Juan Mosca’, ‘País que duele’, ‘El corazón de Oro’.

Fernando, a quien los odios o rabias de sus denunciados y contendores no lograron mermar un ápice, transcurrió su tiempo forjando espacios y propuestas.

A él y con él, muchos vivieron, vieron, conocieron, transcurrieron, disintieron aprendieron, coincidieron, propusieron. Sobrarán amigos cercanos y lejanos, aliados nuevos y antiguos, enemigos antiguos o presentes, a quien su definitiva partida estremezca.

A los que le conocieron les resultará difícil olvidar su sentido del humor, el reirse de sí mismo y de los demás, su forma atenta de observar a la gente cuando le hablaban, su manera de no escatimar buenas palabras con quienes se lo merecían, su temperamento a veces intempestivo y apasionado, su olfato para detectar una buena noticia o alguien en quien no confiar, su prudencia en medio de su imprudencia, su inteligencia, su valentía.

Lo cierto es que Fernando Garavito, ‘Juan Mosca’ deja un legado en sus escritos, en el periodismo y en su trabajo en el PoloMosca.

E igualmente, el periodismo en Colombia, tiene ahora un nuevo vacío, y los colegas que le conocimos de cerca, que trabajamos con él y forjamos amistad, que recibimos de él sus enseñanzas, no podemos menos que lamentar su partida, conscientes – eso sí – de que seguiremos escuchando su incesante batir de alas.

The Prisma expresa a Fernando y a Manuela, a Melibea, a sus afectos, a sus amigos, a su legión de Moscas, sus más profundas condolencias y toda la solidaridad que puede caber en estos y futuros momentos. Las palabras, como decía Fernando en relación a estas circunstancias, son “inútiles porque no colman ni calman lo suficiente”.

Fernando concedió a The Prisma una de sus últimas (la última a un medio de prensa) entrevistas. Puede ser leída en su versión castellana Fernando Garavito, sin eufemismos o inglesa Fernando Garavito, without euphemisms.

La obra de Juan Mosca

LITERATURA

‘Já’, poesía de vanguardia. (1976).

‘El corazón de Oro’, (1993), periodismo literario.

‘Biografía de Eduardo Umaña Luna, “maestro de maestros”.

Banquete de Cronos, antología.

‘Antología sobre la obra de León de Greiff’.

‘Ilusiones y erecciones’.

REPORTAJES Y CRÓNICAS

Reportajes de Juan Mosca (1983).

Bogotá, ayer, hoy y mañana (1986).

País que duele (1996).

Álvaro Uribe, El señor de las sombras (Bogotá, 2002).

El vuelo de las moscas (2003).

Paramilitar para paramilitares (2006).

Praxis and Ambiguity of the Enemy (2007).

Especial completo de Juan Mosca, clic aquí

*Mónica del Pilar Uribe Marín, periodista, escritora y editora colombiana especializado en derechos humanos, política y medio ambiente. Trabaja como periodista freelance para varios periódicos y revistas internacionales. Es fundadora y directora de The Prisma The Multicultural Newspaper en Londres. Ha publicado varios libros como: Plantas Medicinales, Espacios para la Convivencia.


TRES COLUMNAS DE FERNANDO GARAVITO

Ciertas yerbas del pantano

[Columna publicada dos años antes de que Álvaro Uribe fuera Presidente]

Con bombos y platillos El Tiempo lanzó esta semana a Álvaro Uribe Vélez como su candidato presidencial. Cuatro columnas en primera página, foto desplegada con puño afirmativo y gesto intenso, preguntas concretas, respuestas ambiguas. El candidato anunció que va a asumir la defensa de los colombianos. Muy bien. Pero, ¿quién nos defenderá a los colombianos del candidato?

Su hoja de vida es más bien una hoja de muerte. Fue estudiante pobre del colegio Jorge Robledo, hijo de don Alberto Uribe Sierra, uno de esos personajes de los que está llena la historia de Antioquia, que le ponen la trampa al centavo y viven un poco de echar el cuento, de comprar al fiado, de captar dineros, de deber un poco aquí y un poco en la otra esquina. Pese a que don Alberto se convirtió en el corredor oficioso de finca raíz de ciertas yerbas del pantano y que era ostentoso como una catedral, con helicóptero y rejoneo incluidos, murió más pobre que el padre Casafús, quien fue tal vez el autor del milagro. Porque si no es un milagro, ¿cómo se explica que haya dejado esa inmensa y oportuna riqueza que sacó de problemas a sus tres vástagos, el candidato, el Carepapa y el Pecoso, que hasta el momento habían pasado las duras y las maduras para explicar la procedencia de algunos dinerillos?

Por ese entonces el candidato ya había salido del colegio y había olvidado a ciertas yerbas del pantano que fueron sus compañeros de curso, y que sólo volvieron a saber de él por los éxitos de su carrera política, por las frecuentes noticias del periódico, y por la fotografía que lucían los orgullosos propietarios de La Margarita del Ocho en su salón principal, donde aparecía rodeado por las más importantes ciertas yerbas del pantano, la cual desapareció misteriosamente sin que nadie haya vuelto a dar cuenta de su paradero. Al terminar su bachillerato, el candidato estudió Derecho en la Universidad de Antioquia y comenzó a sostener a los cuatro vientos que él “algún día” llegaría a ser presidente de la República. Y claro, va a serlo, como lo señala su meteórica carrera.

Primero, como representante de Guerra Serna, fue jefe de Bienes de las Empresas Públicas de Medellín, donde atropelló a todo aquel que no quiso vender sus tierras para el desarrollo hidroeléctrico El Peñol-Guatapé. Luego pasó sin pena ni gloria por la Secretaría General del Ministerio del Trabajo. Más adelante, en el gobierno de Turbay Ayala, fue director de Aeronáutica Civil. Allá logró el más acelerado desarrollo que haya tenido la industria aérea en Antioquia. El departamento se vio de pronto cruzado por múltiples pistas y por modernas aeronaves con sus papeles en regla. Durante ese período, fue socio de su director de Planeación, el notable empresario deportivo César Villegas, con quien importó las casas canadienses de madera que ahora lucen con tanto garbo su elegante perfil en las fincas de las más discretas ciertas yerbas del pantano. Pero salió de Aerocivil a raíz de un pequeño escándalo del cual dio cuenta pormenorizada el periódico que ahora apoya su candidatura, y se dedicó de lleno a la política.

Dejó a Guerra Serna con sus rifas de neveras y de electrodomésticos, y se hizo nombrar alcalde de Medellín en el gobierno del poeta Belisario. Allá aprendió a las mil maravillas el ceremonial que oculta la ineficiencia, pero salió sin consideración a sus méritos cuando visitó en el helicóptero oficial a ciertas yerbas del pantano. Después llegó al Congreso en compañía de su primo, Mario Uribe, electo ahora presidente del Senado sin siquiera una mención a su fervor religioso, que fue evidente a sus visitas al Señor Caído, en La Catedral, con credo incluido. Pero ese es un cuento que otro día les cuento.

El candidato fue también gobernador de Antioquia, donde se dedicó a convivir pacíficamente. Allá mostró su entusiasmo neoliberal, que hoy oculta con tanto cuidado: cerró la Secretaría de Obras, dejó cesantes a dieciséis mil empleados, privatizó las Empresas Departamentales de Antioquia, acabó con los hospitales regionales, e inició la privatización de la Empresa Antioqueña de Energía, antes de dilapidar el presupuesto en contratos de pavimentación que nunca logró terminar, y en la venta de futuros de la Empresa de Licores, todo lo cual contribuyó a dejar a Antioquia, que es inmensamente rica, en la ruina total.

Estuvo en Harvard, claro está (¿quién que es candidato no ha estado en Harvard?), donde jugó tenis con Andrés Pastrana mientras Juan Rodrigo Hurtado le hacía las tareas; compró hacienda en Córdoba (¿quién que es candidato no tiene hacienda en Córdoba?) donde quedó bajo la protección de ciertas yerbas del pantano; tuvo un almacén de alimentos y bebidas (¿quién que es candidato no ha tenido un almacén de alimentos y bebidas?) que se llamó “El gran banano”; y terminó por ser el candidato in pectore de los sectores más oscuros, peligrosos y reaccionarios del país. Los cuales, sobra decirlo, no son solamente Enrique Gómez y Pablo Victoria y compañía. También son, Dios nos ampare, las famosas y nunca bien elogiadas ciertas yerbas del pantano.

[Nota: Columna publicada en El Espectador, agosto 27, año 2000, página 14 A]

Tomada de semana.com

¡Róbese un banco!

Para dirigir la política de crédito de la América Latina, la solución es fácil: róbese un banco.

A finales de julio, veinte de los veintiocho países con derecho a voto eligieron como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, BID, al embajador de Colombia en los Estados Unidos, Luis Alberto Moreno.

La hoja de vida de Moreno dice que “al momento de su nombramiento en Washington (1998), se desempeñaba como socio de un fondo de inversiones con negocios en Latinoamérica”. Rigurosamente cierto. Ese fondo era el WestSphere Capital Andina, del que formaba parte junto con otros políticos de medio pelo en Colombia. Él y sus socios se hicieron al poder en 1998, en apariencia bajo la dirección de Andrés Pastrana. Pero Pastrana era sólo un figurín, un caballerete. El cerebro de la organización era Moreno.

De los socios de WestSphere, Moreno fue embajador en los Estados Unidos, Fernando Londoño, ministro del Interior y cerebro del régimen en el actual gobierno, Luis Fernando Ramírez, ministro de Defensa, y Camilo Gómez comisionado de Paz. El otro, Moisés Jacobo Bibliowicz, permaneció en el sector privado, donde se dedicó a llevar los negocios del grupo.

Esos negocios habían comenzado de tiempo atrás cuando, en un acto de piratería internacional, WestSphere compró el Banco del Pacífico, una entidad con sede en el Ecuador y con una importante sucursal en Colombia.

Todo grupo que se respete, debieron pensar los socios, tiene un banco. Y helos aquí, propietarios de uno en bancarrota y sin que nada ni nadie pudiera salvarlo de la ruina. Pero estamos en Colombia. Y ¿qué importancia puede tener semejante minucia en un país hundido en la corrupción como Colombia?

Pues bien, con la complicidad de la directora de Impuestos (que después fue embajadora en Canadá), y de la superintendente bancaria (que llegó a ser ministra de Salud), los socios lograron recibir depósitos por impuestos que sumaron 35 millones de dólares. Una vez el dinero se esfumó (porque se esfumó), el gobierno cerró el banco e inició la investigación de rigor que no condujo a nada. Luego, los socios entraron a ocupar sus altos destinos, y los colombianos se quedaron con los crespos hechos.

Repito: el autor de esa masacre es ahora el nuevo y flamante presidente del BID. Cuando al señor Rodríguez, secretario de la OEA, le comprobaron manejos indebidos como presidente de Costa Rica, tuvo que renunciar a su cargo un mes después de posesionarse. Pero en Colombia las cosas son a otro precio. En Colombia todos son cómplices.

De manera que Moreno seguirá ahí hasta que el robo (por el cual se le sigue un proceso penal en el Ecuador) pueda tener una dimensión que se acomode más a su ambición que a su estatura. Y no se trata de una frase ambigua: Moreno es enano.

Poner al BID en manos de Moreno, es como poner el queso en la cueva del gato.

Paramilitar para paramilitares

El 27 de febrero de 1997, los pobladores de Bijao del Cacarica, una población perdida en el noroeste de Colombia, fueron invitados a un partido de fútbol. Quienes los convocaron señalaron que la asistencia era obligatoria. No hubo carteles, porque en esos sitios se desconocen toda suerte de sofisticaciones, ni perifoneo, dado el mínimo tamaño del casco urbano. Bastó “pasar la voz”. Uno de los equipos, el conformado por los miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia, se perfilaba como ganador. El otro, el de los soldados del Ejército Nacional, buscaba de alguna manera salir avante del compromiso. En medio del silencio sepulcral provocado por los acontecimientos de los tres últimos días, los vecinos se reunieron poco a poco bajo la sombra de los árboles. Fue entonces cuando los equipos saltaron a la cancha. Alguien preguntó cómo podría distinguirlos, si todos vestían el mismo uniforme y todos lucían la misma facha feroz y llevaban terciados al hombro idénticos fusiles. “Tiene que fijarse en el letrero del brazo derecho”, respondió otro. “Los que tienen letrero son de las AUC. Los otros, del Ejército”.

Tres días atrás, en su oficina de la XVII Brigada, con sede en Carepa, el general Rito Alejo del Río había puesto en marcha la “Operación Génesis”, contra el frente 57 de las FARC. Con el apoyo de aviones provistos de bombas y ametralladoras, soldados y paramilitares llegaron hombro a hombro a Bijao, quemaron casas, saquearon la población y amenazaron de muerte a los vecinos. Por eso, cuando estos supieron que habría un encuentro amistoso, pensaron que la ola de terror comenzaba a ceder, y que los intrusos regresarían pronto a sus cuarteles.

Una vez reunidos, el árbitro hizo sonar su silbato. Cada uno de los equipos ocupó su puesto estratégico en el terreno de juego. Entonces, un ayudante trajo hasta el centro de la cancha una bolsa de fique, y vació su contenido en un punto equidistante entre los encargados de hacer el primer disparo. Los asistentes dejaron escapar un grito de horror. El balón con el que jugarían los contendientes era la cabeza de Marino López, uno de sus amigos.

Durante largos minutos el único ruido que pudieron percibir los habitantes fue el de las patadas que daban los jugadores contra el cráneo destrozado. En medio del oprobioso sol de esa mañana interminable, el equipo de las Autodefensas logró vencer dos veces la portería de su adversario. Después del segundo gol el capitán del equipo vencedor anunció que el balón había sacado la mano (“sacar la mano” es una frase que se aplica en Colombia a lo que ya no sirve), y que, por consiguiente, terminaba el partido.

Los miembros del equipo del Ejército Nacional tuvieron que conformarse. No les gustaba perder, pero el juego había sido limpio. El delantero, que estuvo a punto de meter dos o tres goles, se disculpó con sus compañeros. “El balón era pésimo”, les dijo. “Ojalá la próxima vez lo inflen antes del partido”.

Luego, los contendientes se abrazaron y salieron a emborracharse ala tienda del pueblo. “Lo que es aquí no queda uno solo de esos bandidos”, anunció el jefe de las autodefensas. Y todos aplaudieron.

Este, claro está, es el guión necesario para una película de terror. Porque, en realidad, lo que pasó fue mucho peor.

“El 27 de febrero estando allá en Bijao” –le cuenta a “Justicia y Paz” uno de los testigos– “llega un grupo de paramilitares y un militar, a eso de las 9:00 de la mañana. Marino López, me dice ‘estoy con miedo, no sé si salir a Turbo’. Los paramilitares y también militares rodearon todo el caserío. La gente ya había salido, unos más arriba, otros a La Tapa. Nos juntaron a todos, nos amenazaron. A Marino lo obligaron a bajar unos cocos. Él como con miedo, y nosotros diciéndoles, ‘ya nos vamos’. Marino les decía ‘si fueron tres días los que nos dieron’, y dijo uno ‘ustedes se van hoy’. Dos de los doce militares tomaron a Marino. Luego de entregarles los cocos, él se puso sus botas y su camisa, y les pidió sus documentos de identidad. Uno de ellos dice: ‘Ahora sí quiere el documento de identidad, guerrillero. Reclámeselos a su madre”. Y vuelven a acusarlo de guerrillero. Él les dice: ‘ustedes saben que yo no soy guerrillero’. Lo insultan, lo golpean. Uno de los criminales coge un machete y le corta el cuerpo. Marino intenta huir, se arroja al río, pero los paramilitares, lo amenazan: ‘si huye le va peor’. Marino regresa, extiende su brazo izquierdo para salir del agua. Uno de los paramilitares le mocha la cabeza con el machete. Luego le cortan los brazos en dos, las dos piernas a la altura de las rodillas. Y empiezan a jugar fútbol con su cabeza. Todas y todos lo vimos. Ya no había nada más que decir, qué hablar. Todo estaba dicho. Endiablados, sin ninguna fe, ninguna moral. Todo gris, el alma, el cielo, la tierra. Todo se hizo silencio. Todo fue terror. El bombardeo del cuerpo, el bombardeo del alma. La muerte se hizo un juego”.

Ese fue el comienzo del año de terror que vivió la región de Cacarica en 1997. El 4 de abril, siguen los testimonios, un comando de militares y paramilitares acantonados en Apartadó, le abrieron el vientre a Daniel Pino delante de observadores internacionales que habían llegado días antes a la zona para comprobar algunas denuncias relacionadas con los atropellos a los derechos humanos. Tratando de detener el derrame de sus intestinos, el campesino agonizó durante una hora sin que nadie pudiera auxiliarlo.

El 28 de mayo del mismo año, militares y paramilitares (anoto que repetiré cuantas veces sea necesario “militares y paramilitares”) le cortaron el cuero cabelludo a Edilberto Jiménez, un vecino de Pavarandó, lo pasearon por el pueblo con el cráneo cubierto de moscas y de jejenes, y lo remataron delante de la casa de sus padres. El 15 de junio, en Bella Vista, Bojayá, militares y paramilitares acuchillaron en el cuello a Wilmer Mena y luego le cortaron los brazos. Y después, el 26 de noviembre, militares y paramilitares sacaron de sus casas a Heriberto Areiza y a Ricaurte Monroy, vecinos de La Balsita, les arrancaron los ojos y les llenaron de ácidos las órbitas vacías.

Estos son sólo algunos ejemplos del procedimiento y de los autores materiales de la “Operación Génesis”, ideada por el general Del Río. Presionado por la comunidad internacional, el gobierno de Andrés Pastrana lo llamó a calificar servicios. Pero en Colombia esos hechos siempre quedan impunes. Poco tiempo después, Álvaro Uribe, un político gris que quería llegar a la Presidencia de la República, le dio el título de “Pacificador del Urabá” en un banquete de desagravio. Y quedó como tal, y como tal se le conoce.

Pues bien. El “Pacificador del Urabá” perdió su visa para entrar a los Estados Unidos cuando el gobierno de ese país lo acusó como sospechoso de narcotráfico y terrorismo. El pasado 12 de marzo, en su habitual rueda de prensa, el Departamento de Estado anunció que la medida se tomó “en 1999, por los cargos mencionados, bajo ley de inmigración numerales 212 A3B y A2C”.

Más columnas de Garavito aquí

Ejercicios de soledad

Poema de Fernando Garavito

Estamos solos la mosca y yo
en esta tarde de sábado.
No intento sorprenderla como ella,
que surge sin saber cómo
mientras levanto la vista del libro donde leo
de atardeceres y congojas.
Lo más admirable de la mosca no es su vuelo geométrico
ni su lenguaje de figuras,
sino esa suerte echada que la distingue
y que la obliga a aceptar el destino
de haber llegado a morir a este sitio sin boñigas,
donde el único horizonte posible es la almohada.
Es evidentemente joven la mosca,
de pequeño tamaño, silenciosa, casi aséptica,
ni siquiera con el deseo de encontrar una borona,
un compañero,
con el que pueda hablar de sus preocupaciones de mosca
-que yo ignoro-,
de viajes al basurero y a los desperdicios,
que ella haría con actitud deportiva en caso de no haberse
extraviado aquí
lejos de sus hermanas.
Sé bien que las moscas no son acariciables
menos con el pensamiento,
de suerte que me acostumbro a pensar en ella
como un hecho súbito que surge y desaparece,
para nada necesitada de mí o de mi creencia,
satisfecha consigo misma en sus esguinces y rincones.
Esta mosca es lo menos mosca que haya conocido,
pero ella debe saberse mosca para ser tan encantadoramente solitaria:
toda clasificación parte de mí, a ella la tiene sin cuidado
ser mosca u hombre o elefante,
en su fuero íntimo le importará poco que ella sea hombre y yo mosca,
y no se extrañará de no verme volar
cuando compruebe que llevo mis dos patas a la cabeza
y la sacudo para que produzca palabras y pensamientos,
o cuando suene el teléfono trayéndome tus noticias
o cuando me siento descuidadamente cerca del periódico,
mientras le ayudo a que aparezca muerta y ya. Como yo, como todos.


Terminamos este especial con una reseña de Gustavo Colorado sobre el libro Más que Juan Mosca. Fernando Garavito, escritor y hereje, de Edison Marulanda Peña.

El señor de las moscas

Por, Gustavo Colorado

En la tradición judeocristiana Baal- Zabuh, Belcebú, es el demonio, el señor de las moscas que sobrevuelan la carne putrefacta de los holocaustos. Nunca mejor pensado un seudónimo como el escogido por Fernando Garavito para firmar y titular sus columnas de opinión: Juan Mosca, El señor de las moscas. Como el insecto que se agita sin tregua alrededor del blanco elegido, los textos de Garavito-devenido Juan Mosca– revolotean (porque siguen haciéndolo) sobre la conciencia de un país escindido entre sus intentos de acceder a  la modernidad y la obstinada tentativa de un sector de sus dirigentes por devolverlo al pasado. Ninguna de las facetas del poder escapó a la fina y ácida mirada de este hombre formado en la mejor tradición clásica. Los universos de la economía, la política, la historia, la cultura y la religiosidad fueron abordados con un estilo forjado a la luz de los grandes cultores de la lengua castellana. De Cervantes a García Márquez y de sor Juana Inés de la Cruz a León de Greiff, la impronta de la buena escritura se hace visible en unos textos cuya seña de identidad siempre es la lucidez. La misma clase de lucidez que llevó a Juan Mosca a fustigar a las élites colombianas, que no dudaron un instante a la hora de castigarlo con el exilio.

A desvelar las fuentes y motivaciones de este pensador indómito y descreído dedica el periodista y escritor Edison Marulanda Peña las doscientas páginas de su libro Más que Juan Mosca, Fernando Garavito, escritor y hereje publicado por la Editorial Universidad de Antioquia en 2016. El ensayista forjado en una tradición que se remonta a don Miguel de Montaigne. El poeta que abrevó en lo más hondo del Siglo Oro Español y el columnista iconoclasta que nunca ocultó su deuda con José Martí o don Ramón María del Valle- Inclán, se despliegan en el minucioso ensayo relato de Marulanda Peña. En un contrapunto que va de las pasiones literarias del columnista, a su obsesión por el devenir político y social de Colombia, el autor del libro nos remite al papel jugado por la prensa en un país asolado por su propia versión de las plagas bíblicas: violencia, indolencia y corrupción .Autor de una biografía del cardenal Darío Castrillón Hoyos y otra del periodista César Augusto López Arias,  Edison Marulanda se vale de la experiencia adquirida para husmear en archivos y fuentes testimoniales, con el fin de identificar las claves de una vida consagrada a la disidencia, a la más pura expresión de la herejía asumida como razón de vida.

En un país controlado por los partidos liberal y conservador, que en realidad son uno solo apuntalado por la Iglesia Católica, como lo demuestra la actual resistencia a reconocer derechos avalados por la constitución política, el ejercicio de la autonomía y la lucidez es cuestión de  supervivencia. Allí reside la importancia de este libro que rescata, analiza y valora el legado de un hombre como Fernando Garavito o Juan Mosca, que irrumpió con su zumbido en sacristías y despachos oficiales, agitando un aire enrarecido y suspendido en el tiempo desde los días de la colonia.

Con un atinado prólogo de Mariluz Vallejo, autora de varias antologías sobre periodismo colombiano, el libro Más que Juan Mosca, Fernando Garavito, escritor y hereje se suma a una corriente empeñada en recoger algunos episodios de nuestra historia fragmentada, con el fin de animar la reflexión en un país que se niega a mirarse de cuerpo entero en el espejo de sus infamias.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

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