Buscando el espíritu de París entre las trampas de la nostalgia y el reinado del consumo

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Acudir a ella implica también dejarse contagiar por su aire vital y renovador que, a mi juicio, hoy se ve amenazado de decadencia precisamente por haber ostentado sus muchas virtudes y fortalezas


 

A raíz de mis recientes escritos sobre París, estuve discutiendo el asunto con un amigo filósofo nacido en Bordeaux.

En nuestra conversación, su posición se distanciaba de la mía en relación a mis juicios sobre la acelerada decadencia de las grandes urbes europeas.

 

 

Por supuesto, él es francés y algo de su negativa se relaciona con la dificultad de asimilar el deterioro del orgullo nacional, aunque ciertamente reflexionar sobre las sombras que hoy amenazan París puede convertirse en un asunto complicado de asumir para nativos y visitantes.

No es mi propósito emprender una cruzada en contra de las capitales europeas, a las que les sobra encanto, historia, y civilidad para intentar resistir el declive de los presupuestos de la sociedad moderna, de la cual son precursoras y baluartes.

 

Ayuntamiento de París (Hôtel de Ville de Paris, en francés) alberga las instituciones del gobierno municipal de París. Foto por Martha Alzate

 

Así, he abierto mi mente a las palabras de este amigo bordolés, recibiendo de ellas el impulso para estimar otros aspectos de la situación ya que, lejos de tratar de empañar con mis comentarios el lugar que me acoge temporalmente, deseo esforzarme por comprender de la manera más amplia posible lo que mi permanencia en este continente me permite ver.

Aquella tarde del pasado domingo, él me refería la necesidad de separar la vivencia de París de los destinos copados por el turismo, para hallar el sabor y la fortaleza, en su opinión aún intactos, de una urbe vibrante, plena de gestos y rasgos de lo que se denomina “civilización”.

En nuestro  intercambio, argumenté sobre la dificultad para el visitante corriente de encarar ese tipo de recorridos debido a que, según mi percepción, la selección de caminos comunes proviene de la búsqueda de una certeza, y constituye una manera de alcanzar cierta seguridad en un entorno desconocido: es una realidad que en las grandes ciudades cualquier desvío involuntario puede llevarnos a vecindarios tenebrosos y hasta peligrosos para el desprevenido paseante, o, en el mejor de los casos, en una aparente pérdida de tiempo.

Al anterior razonamiento añadí que otro motivo que se oponía a esta tentativa, era la incapacidad de la villa de aislar ciertos sectores de la horda turística, sobre todo en los distritos principales, debido a que en ellos se concentran los emblemas históricos y culturales que atraen multitudinarias visitas, a la vez que funcionan como proveedores de diversos bienes y servicios para la población local.

 

Entre el prestigioso Museo del Louvre y la famosísima plaza de la Concordia, en el distrito I de París, se extiende el majestuoso jardín de las Tullerías. Foto por Martha Alzate

 

Disfrutar hoy de estas maravillas implica compartirlas, de manera no poco agobiante y en copiosa compañía, con una turba que pretende el mismo objetivo y se topa con dificultades semejantes.

No obstante, es debido admitir que para quienes tienen un conocimiento más profundo de los destinos que frecuentan, se abren múltiples zonas desconocidas o poco frecuentadas y, por tanto, seguramente impregnadas por una mayor autenticidad.

 

 

En este debate también entran en juego las necesidades económicas, de reconocimiento, y posicionamiento de establecimientos, productos, etc., de aquellos que compiten en el centro del capitalismo mundial por hacerse un sitio y no perecer en el intento.

Forzosamente, el hilo se va desplazando por idénticas puntadas, y de una u otra forma llegará a trenzarse en el mismo nudo, aquel que se cierra sobre la cultura homogeneizándola, hasta constituirse en soga que asfixia la creación original restringiéndola a círculos exclusivos y elitistas, o transformándola en fabricación en serie desprovista de significación.

 

Multitud en barrio de París

 

Es una dinámica que se expande por toda la elaboración humana en la actualidad, y que abarca del mismo modo al terreno construido y a las expresiones culturales y creativas.

Hoy, tanto los espacios públicos como las plazas o los museos, los talleres, teatros, restaurantes, cafés, librerías, tiendas de diseño, almacenes y ventas, así como sus artículos para consumo padecen de aquella uniformidad fatigante que decepciona y transforma el acercamiento en un largo interrogante acerca de la pérdida del sentido en la actividad creadora.

O, dependiendo de la formación del comprador/espectador/consumidor, en una experiencia vacía que puede provocar un retorno, evocación seguramente algo vergonzante, al antiguo concepto marxista de la alienación de la producción, la reificación, y los valores de uso y de cambio de las mercancías.

El encuentro de un semblante o género que pueda denominarse único y original, posiblemente una realización auténtica y satisfactoria de un individuo cualquiera, deviene una aventura difícil de alcanzar para un foráneo que permanece pocos días en una villa como París, una utopía tal vez, una búsqueda para la cual hay que equiparse con dos armas bien potentes: la posibilidad de entrar en relación con residentes y hábitos locales, y la disposición de dinero en abundancia.

Ambos medios harto escasos para nosotros, en nuestra condición de latinoamericanos -para mayor estigma colombianos-, adicionalmente forzados a multiplicar nuestros devaluados pesos por una suma exorbitante para obtener una sola de las divisas europeas.

 

1 Euro oscila por los 3.500 Pesos Colombianos

 

No obstante los argumentos expuestos, la duda constante, que actúa como disolvente en la tentativa de abrazarse a fe o dogmatismo alguno, me advierte que no todo está perdido para estas ciudades y que en ellas es posible encontrar señales con aristas peculiares, emplazamientos menos congestionados, accesibles sin mayores restricciones o sesgos derivados de la condición social o económica del visitante.

Es, también, una cuestión de tiempo, el recurso por excelencia que destaca por su escasez en el mundo contemporáneo.

Los jardines de Luxemburgo podrían ser un buen ejemplo. 

Estos se extienden a un costado del Palacio del mismo nombre, donde hoy tiene su sede del Senado francés, y fueron creados a instancias de la reina María de Medici en 1612, transformándose posteriormente en espacio público.

 

 

A lo largo del extenso terreno (22,4 Ha), ubicado en pleno centro de París, en el VI Distrito, se pueden llevar a cabo actividades pasivas: alquilar pequeños botes de vela y lanzarlos a la mar que semeja el lago central  -divertimento favorito de los niños y una tradición parisina bien consolidada-, escuchar un concierto de música clásica al aire libre, ejercitarse de diversas maneras, visitar su extensa colección de orquídeas, o sentarse a leer o disfrutar de largos paseos al abrigo de sus frondosas arboledas.

En general, acudir a los parques constituye una buena idea cuando escapar a la multitud o eludir los altos costos se convierten en medidas de supervivencia. En ellos no se halla mucho de qué presumir, y su pleno disfrute obliga a una suerte de desaceleración.

Esta actitud contemplativa se opone drásticamente al vértigo ansioso del que busca llenar el móvil con fotos de la mayor cantidad de lugares ampliamente reconocibles en el menor tiempo posible, y cuyo único esfuerzo, una vez absueltas las largas filas de acceso, consiste en oprimir el botón de su selfie-stick.

En cambio, impregnarse del ambiente que se concentra en estos campos abiertos obliga a una actitud reposada, una espera paciente que puede o no fructificar en una experiencia memorable como coincidir con uno de los conciertos de música clásica que allí se llevan a cabo regularmente.

 

 

O, simplemente, implica recogerse en la reflexión que se alcanza con la observación, en el descanso y la relajación que se obtienen en la apreciación de fuentes y esculturas, de los jardines dispuestos con particular arreglo, o tan solo mediante la aspiración pausada del horizonte, que se nos ofrece gratuitamente y desprovisto de todo ropaje artificial.

Tal vez mi amigo tenga razón, y quede bastante que derivar de lo que aún se cuece en las grandes urbes como París, y sea este el motivo por el cual dirigirse con frecuencia a la capital de Francia supone para muchos una forma de alumbramiento, una suerte de cura contra el provincialismo, cualquiera sea su localización.

El premio nobel de literatura, François Mauriac, nacido en Bordeaux, describió bien en sus escritos la sociedad provinciana, cerrada sobre sí misma y de espíritu fangoso como las tierras de Las Landas, extensas zonas pantanosas que delimitan y constituyen toda esta región.

Por ello puedo entender la ansiedad de este bordolés por preservar intacta en su mente la potencia civilizadora de la capital francesa: París no es solo el centro político y económico de Francia, sino que ha sido por muchos años principalmente un caldero pleno de pensamiento crítico y producción creativa.

 

Panorámica de París. Foto por Martha Alzate

 

Acudir a ella implica también dejarse contagiar por su aire vital y renovador que, a mi juicio, hoy se ve amenazado de decadencia precisamente por haber ostentado sus muchas virtudes y fortalezas.

Convertida en objeto de aspiración del consumismo presente, es, así mismo, destino escogido por los desposeídos oriundos de cualquier parte del orbe, que buscan refugio en sus calles y en su potente economía, con la firme intención de recoger las migajas que se derraman abundantemente por los bordes de los cuantiosos servicios de lujo de la capital francesa.

Lejos de desechar las palabras del filósofo, pugnando por afianzarme en precarias certezas derivadas de mis esporádicas visitas a esta capital, he permitido que la vacilación se instale en mí, al tiempo que crece y se acompaña de una voluntad de profundizar en la comprensión de las contradicciones de la sociedad francesa, que en mucho se parecen a las que aquejan actualmente a la totalidad de países y a las diversas sociedades del mundo.

 

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