Especial Caimilito: Lo rural y urbano en un mismo territorio

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Caimalito

 

Por: Martha Alzate

Caimalito es una población ribereña que forma con La Virginia una verdadera conurbación. Cruzando el puente Bernardo Arango, los habitantes se movilizan entre ambos poblados de la manera más amable y sostenible: a pié o en bicicleta.

Recientemente estuve allí transitando despacio su calle principal, mirando la infraestructura que tiene este lugar en el que habitan más de 20.000 pereiranos, respirando ese aire peculiar; tan indefinido entre campo y terreno urbanizado.

Hay un contraste inmenso entre el centro poblado y su perfil constructivo, y el de su vecino más cercano, la Zona Franca Internacional de Pereira. Las inmensas bodegas parecen terribles moles amenazantes frente a las pequeñas viviendas hechas de ladrillos cocidos y tejas de barro.

Según la funcionaria encargada de la Responsabilidad Social Empresarial del Operador de la Zona Franca, aunque se ha pretendido una masiva vinculación laboral de los habitantes de Caimalito a las empresas que se han asentado allí, lograr este objetivo no ha sido posible.  Entre otros factores, resulta ser que los pobladores de esta zona no se acostumbran al horario laboral y no tienen las competencias que se requieren para afrontar un empleo formal.  Parece ser que la concepción moderna del tiempo como recurso productivo aún no ha sido instalada en sus mentalidades.  Al verlos deambular sin camisa y en chancletas tuve la sensación de que son libres, aunque estén sometidos a precarias condiciones de vida.

Tal vez a la hora de la vinculación laboral no basta con intentar adaptar a los habitantes a las prácticas laborales estandarizadas y sea necesario entender mejor sus rasgos culturales de población ribereña. Recuerdo que este tipo de “adaptaciones” se han intentado con éxito en industrias asentadas en la zona de Yumbo (Valle del Cauca), en donde la presencia de poblaciones indígenas y afrodescendientes dificultó también la inserción laboral en estándares de productividad tradicionales.  

Sentada en una panadería pensé en las dificultades de proyectar un territorio tan amplio y tan diverso como el de Pereira. Recordé a la antigua Sopinga de Bernardo Arias Trujillo, a Juan Manuel y a Carmelita, enredados en historias que siguen siendo plenamente vigentes hoy en esa especie de tiempo detenido que se respira en Caimalito.  

Los que creemos conocer las ciudades y sus lógicas no podemos más que desconcertarnos ante los rasgos híbridos de nuestra sociedad,  que no atiende a una plena modernidad urbana con sus códigos de habitabilidad y de racionalidad productiva, y más bien prolonga en el tiempo formas de habitar el territorio y prácticas de subsistencia que se resisten a las imposiciones del sistema económico y social.

Nos falta mucha reflexión para entendernos y desarrollar las prácticas sociales y productivas más adecuadas a la mentalidad de las poblaciones que pretendemos proyectar y gobernar.  Partiendo de la “ignorancia ilustrada” que nos caracteriza, los intentos de inclusión social que desconocen las subjetividades y los sistemas de pensamiento de las diferentes poblaciones, estarán eternamente condenados al fracaso.

Donde las calles no tienen nombre

Por: Abelardo Gómez Molina.

Un espanta pájaros vestido con el tricolor nacional corona una guadua de casi tres metros de altura. O quizá solo sea otra mujer, alegoría de la anciana que en soledad mueve retazos de baldosas para hacer posible caminar por la efímera vivienda de esterilla ubicada al pie de tal asta.

El terreno conocido “La Bohemia II Las Palmas” nada les dice a los habitantes del corregimiento de Caimalito, un rincón olvidado del municipio de Pereira a orillas del río Cauca y apenas visible para algunos que reconocen la Zona Franca de Occidente instalada allí hace pocos años.

Pero si usted pide información sobre “la invasión”, cualquier habitante lo orientará. De este modo, cruza la cancha de fútbol del único colegio y a través de ella se accede a un escampado plano con alrededor de 200 viviendas construidas con materiales como guadua, zinc, retales de madera y cualquier otro elemento que sirva para protegerse con fragilidad del sol y la lluvia.

En la llamada invasión nadie sabe a ciencia cierta cuántas casas hay, pues a cada momento aparece alguien que construye en cualquier recodo. Para sorpresa de quienes han tratado de asumir la vocería de la comunidad durante estos cinco meses, tiempo de vida de una barriada que es actual motivo de conflicto entre la administración de la Zona Franca, el Municipio de Pereira y la comunidad.

Aunque hay un primerizo trazado, la sensación de tristeza y frío abunda en medio del lodo que hace intransitables los recovecos habitados por estos desposeídos, unos más de la larga lista de invasores que sueñan con su techo propio, así sea rompiendo la legalidad.

Familias completas, mujeres cabeza de hogar, ancianas solas… una coreografía de la miseria que emerge a orillas del río, entre el jarillón y la parte trasera de otras viviendas más antiguas construidas en materiales sólidos. Un laberinto sin nombre donde habita el olvido.

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El Carbonero del Km 5

Caimalito es un corregimiento de Pereira asentado a orillas del río Cauca, a lo largo de lo rieles abandonados del ferrocarril. Allí vive Luis Bernardo Ceballos, en un sector conocido como Kilómetro 5, hace carbón artesanal desde hace 3 años como medio de sustento para él y su esposa. Esta es la  historia que encontramos en nuestros recorridos  #APasoDeCebra

Vida de carrilera

Por: Martha Alzate

Caimalito, uno de los corregimientos de Pereira, está situado en los límites con el río Cauca.  Allí, bordeando el cauce, se extendían las líneas sobre las que se deslizaba el ferrocarril.  Un día, cuando su huella de hierro y caldera se hizo abandono, algunos  vieron estas tierras de nadie como una alternativa para asentar en ellas sus ilusiones.  Tomaron tablas y tejas, trozos de plástico, guaduas del camino, y se construyeron improvisadas habitaciones para depositar en lugar cubierto sus escasas pertenencias.

Llegaron allí de no se sabe qué lejanías, de sus encuentros y desencuentros con la vida, y se irguieron al igual que sus refugios, cimentados más en sus esperanzas de los días por venir que en las amargas certezas de los momentos pasados y presentes.

El tren se fue pero quedaron ellos. Y su presencia fue llenando de voces y murmullos lo que antes era estrépito de hierros y humos efímeros.

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Llegaron con las preocupaciones por la subsistencia. Las mismas de todos los de esta especie que hoy somos, abandonados de la certeza de  los instintos: somos los que ya no saben beber agua de los ríos, los que tenemos a la tierra como una amante olvidada que solo se visita en ocasiones de escasez o desespero.

Es urbano el humano que habita Caimalito, y, al mismo tiempo, va dejando de serlo en la medida en que el motor, ahora apenas evocado, avanza por los pedazos de riel que actualmente marcan la calle principal de este asentamiento.

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Cerca al puente que cruza el Cauca, límite entre Pereira y el Municipio de la Virginia, todo allí tiene un eco de barrio, una cuadra probable de cualquier ciudad. Hay comercios, las casas están levantadas en solares delimitados y no se observa vegetación de fruto.  Pero todo va transformándose al ingresar al sector de La Carbonera, y lo que era placa de antejardín más adelante se va haciendo parcela, encierro de animales,  compañeros de los días  y de los otros, por los que también se siente afecto pero es necesario sacrificar.

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La calle se va tornando carretera veredal que conduce a cultivos y corrales. El vecino de enfrente es una hacienda, otrora única privilegiada de los remansos del río. Van cesando los rumores y los agites, y el silencio solo es interrumpido por los llamados en pos del ternero esquivo.  El habitante de este lugar de transición entre la ciudad y el campo, es un campesino de ciudad.  Huele a estiércol, y, al tiempo, sus animales beben el líquido que llega hasta ellos por tuberías, y cuyo consumo es registrado en puntuales facturas.  No hay alcantarillado, pero el río está cerca.

El camino se hace polvo y las fronteras se diluyen.  Llegamos al límite, y a orillas de un meandro hay una última tienda.  El encargado del lugar tiene el propósito de convertir sus humildades en atractivos turísticos.  Se ofrecen recorridos,  tramos de diferentes duraciones y destinos. Son improvisados mecanismos que han venido a sustituir a las antiguas “marranitas”, las que antes empujaban por los carriles con sus garruchas los remeros de los mares de arcillas.  Actualmente, en vez del boga nos espera el conductor de la motocicleta que arrastra esa especie de carro de balineras, último y pobre remedo del antiguo convoy.

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Un palpitar ansioso delata nuestra incertidumbre ante lo desconocido que apenas se insinúa.  Es la intuición de una posibilidad, mezcla entre civilización y campo abierto, infinito vacío que se percibe mejor por el olor que a través de los pensamientos.  El maquinista nos invita a transitar con él los rieles que conducen a lugares lejanos, a convertirnos en nuestros propios vagones.

Una oportunidad, aquí, tan cerca, dentro de nuestras imaginarias fronteras, de ir al silencio de la naturaleza, al abandono de toda costumbre, y tal vez, por qué no, de ver por una hendija apenas un atisbo de nuestro Corazón en las tinieblas.

Somos apenas el coche de nuestros propios anhelos, que transita por lo que otro día llevó sobre su lomo a la poderosa máquina.

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Fotografías por: Jess Ar

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