Los Álamos, tan cerquita pero tan lejos. (I)

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Entre los Álamos y el resto de Pereira hay un abismo. Por eso por sus calles casi no hay caminantes o conductores casuales, porque este solo se sortea caminando desde La Julita a través de la Universidad Tecnológica, la inclemente pendiente de la Avenida 14 o conduciendo por su flujo de vehículos lento y empinado. Quien complete la proeza, llegará a aquel barrio de gente de toda la vida, y como dirían las mamás, que se resiste a adoptar la estética y las costumbres de los nuevos ricos.

Muchas casas mantienen sus fachadas y tamaño originales. En otro tiempo alojaron a familias numerosas y como siempre sucede, los mayores se quedaron de moradores de viviendas inmensas, llenas de recuerdos y a veces de fantasmas. Los Álamos es un barrio de nostalgias y el silencio habitual de sus calles las acoge. Pero los tiempos han cambiado y a pocas cuadras de sus esquinas tranquilas, a ciertas horas, se siente la actividad comercial de algunos locales que se tomaron el trabajo de atravesar el abismo e instalarse allí con su bullicio.

Aquella tarde de finales de agosto, un aguacero enfurecido había lavado las aceras sobre las que se extendían tapetes amarillos tendidos por los guayacanes. Los andenes irregulares son la antesala de jardines meticulosamente cuidados y su recorrido nos lleva hasta el comienzo de la manigua. El paisaje cambia abruptamente. Después de un par de edificios, todo es una maraña irregular de palos, hojas y colgandejos naturales diseñados para que nadie pase. Se escucha el canto de pájaros que se sienten seguros en aquel relieve accidentado y poco visitado.

Doblando una esquina en lo más profundo del barrio, se encuentra el Instituto del Sistema Nervioso. El inexplicable silencio del sitio, solo se interrumpe por la cortina sonora de Radio Policía Nacional seguida por una salsa melosa de esas que hablan de moteles. Un hombre que por su uniforme claramente trabaja allí, mira a ninguna parte, mientras que se toma con lentitud un tinto humeante en un pocillo desechable de esos que tienen una base de plástico. Los Álamos con su vegetación silenciosa se vuelve un lienzo en blanco ideal para que los pacientes y trabajadores de aquel centro plasmen todo lo que les pasa por la cabeza.

Vivir al lado del bosque

Los Álamos cuenta con un andén recto e ininterrumpido que limita con el bosque. El reino vegetal, invasivo como es, se toma lo que puede. Los árboles extienden sus ramas encima del caminante dándole sombra y restos de hojas y semillas caen abundantes sobre el camino. El asfalto se agrieta en algunos puntos por culpa de raíces incontenibles. Se ve a algunas personas caminando con perros que los obligan a detener la marcha porque paran a olerlo todo. Nos topamos con una garita. Desde esta se obtiene una visión privilegiada del barrio.

Desde una tienda de barrio, tres hombres y una mujer juegan una partida de naipes. Miran como la calle otrora larga y solitaria y su paisaje de fondo, es colonizado por una hilera de carros conducidos por padres que esperan a los practicantes de danza de una academia cercana o de los numerosos comensales de un restaurante al que por razones inexplicables las autoridades no le pidieron soluciones para la congestión vehicular que causó.

Unos guardabosques muy particulares

Carlos o el ingeniero, como le dicen quienes frecuentan la pequeña tienda es un hombre amable y su lenguaje es directo y sencillo. Durante los últimos años se ha interesado por el tema ambiental. Narra cómo varias personas inescrupulosas han cultivado palos de cualquier fruta en el terreno que le corresponde al bosque con el fin de apropiárselo. Sospecha que hay politiqueros detrás de la movida. Conoce al dedillo por dónde va el corredor natural que abraza su barrio y lamenta la construcción de varios edificios en las franjas protectoras de las quebradas.

El ingeniero es un hombre romántico y movido por sentimientos altruistas. Sin embargo, está lejos de adoptar la pose del intelectual comprometido o del personaje de una ópera que agita un puño al aire declarando sus intenciones sublimes. No, Carlos les dice a las cosas por su nombre, muchas veces en son mamagallista y en su narrativa se evidencian los atajos lógicos y la maña de reducirlo todo a su mínima expresión, tan propia de sus colegas. Otros dos ingenieros Pedro y Óscar se unen a la comitiva junto a Ricardo, el propietario de la tienda que bromea constantemente.

Carlos cuenta el origen del barrio como si hubiese ocurrido la semana pasada. Ha sido testigo privilegiado de casi todas las etapas de vida de los Álamos. Recuerda todo con tal nivel de detalle que habla de las rutas que llevaban a los estudiantes del Centro a la Universidad Tecnológica, por el sector de las Canarias: la 4 y la 2, que se metía por Boston, Ciudad Jardín y Providencia, y la calle céntrica por la que daba la vuelta completando el circuito.

Es que tener una casa tan grande hoy en día no es viable, concluye.

Si usted le echa un ojo a esto por acá se va a dar cuenta que casi todas las alquilan para locales comerciales. Incluso por aquí cerquita hay negocio de esos de chicas webcam.

Alguien del grupo pregunta que qué es eso de las chicas webcam, lo que se convierte en el detonante de una serie ininterrumpida de bromas y de explicaciones pintorescas. Eso son unos señores de Japón que se conectan y ven a las muchachas de aquí o cocinando o conversando o incluso empelotándose. Esos locales ya son con los vidrios polarizados, porque en estos días, dice señalando a uno de sus contertulios, vieron al ingeniero por allá asomándose. Todos ríen.

Uno de los ingenieros exclama:

– ¡es que hay que hacer más y hablar menos!

Se les ve muy comprometidos con la permanencia del paisaje que tienen frente a ellos y con el anhelo de que las nuevas generaciones lo puedan disfrutar. Pero el ingeniero conoce cómo se manejan las cosas en la ciudad y sabe que con un par de llamadas alguien bien relacionado puede cambiar el uso del suelo, conseguir un permiso para construir un mall o una urbanización en aquel terreno que considera su postal personal o para decirlo de otra manera, citando a uno de los asistentes a aquella reunión nocturna: ¡es que aquí las normas se las pasan por el culo!

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