Crónicas desde la mitad del mundo: mi visita a la nueva Quito

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De esta manera concluimos nuestro viaje a Quito, no sin antes comprobar de mi parte, los grandes avances y transformaciones que ha sufrido esta capital en los últimos quince años.


 

Quito guarda para mí sentimientos encontrados. Acudí a ella desde comienzos de siglo cuando, estudiante de la Maestría en Administración de la Universidad de Los Andes, estuve en esta ciudad realizando unas prácticas empresariales en Editorial Norma, empresa del grupo colombiano Carvajal.

Mi regreso a Quito estuvo marcado por la novedad de una ciudad completamente cambiada, plena, de nueva y abundante infraestructura vial.  Desde mi arribo, al Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre, recién inaugurado en el año 2013, se abrió un panorama que a duras penas si me permitió conciliar la imagen que guardaba de la capital ecuatoriana con lo que ella es hoy.

Esta nueva terminal aeroportuaria está inmersa en un gran desarrollo ubicado al costado nor-este de la ciudad (centro tradicional), en los valles que rodean a esta capital (específicamente en el valle de Tumbaco, a 1300 msnm) y en ubicación cercana a la parroquia de Tababela (razón por la que el Aeropuerto es también conocido por este nombre).

Para conectar de allí a la ciudad, que está muchos metros más arriba, a los pies del volcán Pichincha, en lo que se denomina la hoya de Guayllabamba (a 2700 msnm), tomamos el conector Alpachaca para después transitar por la denominada ruta Viva, que distribuye el tráfico de quienes hoy pueblan, de manera abundante, los valles de Cumbayá y Tumbaco.

 

Foto: Martha Alzate

 

Tanto la reforma de la ruta Viva, con sus extensos túneles, dentro de los cuales destaca el que lleva por nombre Oswaldo Guayasamín (de 1.304 metros de longitud, el más grande del país), como la vía Collas, son infraestructuras adecuadas para la conexión del nuevo aeropuerto con los distintos sectores de Quito.  Son vías de hasta seis carriles (tres por cada sentido), con amplitud de separadores, interconexiones a nivel y desnivel, y cruces peatonales (Siete vías interconectan y acercan a Quito con Los Chillos y Tumbaco)

Un equipamiento de primer orden que poco se ve en mi país, pensé.

Los valles están totalmente cambiados. Cumbayá era, a comienzos de este siglo cuando me alojé allí en casa de mi hermano, apenas un suburbio con un pequeño centro comercial en el que destacaba una panadería y una pista de patinaje.  Hoy, se encuentra completamente poblado, y sus vías principales alojan grandes superficies comerciales.  Fue casi imposible para mi reconocerlo en los recuerdos que no hallaban consistencia entre la imagen de viviendas semi urbanas con la realidad de hoy: un agitado espacio urbano plagado de urbanizaciones.

Al llegar a Quito, nuestro alojamiento fue en un pequeño hotel, ubicado en la calle Finlandia, en cercanías al parque La Carolina y a la avenida de Naciones Unidas.

Recorriendo los sectores aledaños se puede caminar por amplios andenes, no sólo los que bordean el parque que es, él mismo, un espacio muy importante (de 64 ha (Hectáreas) de área, ubicado en el sector de Iñaquitos, centro financiero de la ciudad, Parque La Carolina), sino al tomar la Avenida de Naciones Unidas. Este bulevar conduce a varias zonas importantes, desde el Estadio Atahualpa, hasta el moderno edificio construido para ser sede del gobierno.

 

Foto: Martha Alzate

 

Sus amplios andenes, producto de una reforma llevada a cabo en el año 2013, sirven además como escenario a frecuentes representaciones culturales.  Su conexión directa con el parque La Carolina, por el costado norte, se ve interrumpida por estos días por la construcción de una de las estaciones del metro de Quito.

En nuestro recorrido por las inmediaciones de este paseo peatonal, arribamos al mercado de Iñaquitos, todo un referente de productos frescos. Vegetales y frutos de mar, conservas y yerbas, y todo tipo de artículos típicos, constituyen la oferta de este mercado popular, que destaca por la limpieza, el orden, y la gama de colores que ofrece al visitante.

Allí, probamos las delicias de las “Doñas” que ofrecen en cada uno de sus puestos las preparaciones típicas de la región. Al igual que los jugos y zumos que se ofrecen en varios locales, como el de Pilar Llano “La popular”.

Belleza es una palabra que puede ayudar a dar cuenta de la experiencia de colores, olores y sabores que acompañó nuestra visita al mercado de Iñaquitos, y, al mismo tiempo, la calidez de las personas, mujeres en su mayoría, encargadas de las ventas. Como doña Teresita, que tiene en este lugar su local hace ya 38 años. Ella vive en Hacienda Ibarra, al sur de la ciudad, y todos los días se desplaza hasta aquí en transporte público, un recorrido que le toma hora y media. Inicia temprano su jornada para poder estar a las 7 am. abriendo el puesto en el que ofrece desde panela, hasta huevos y miel de abejas. Allí compramos unos frascos de un condimento tradicional llamado Achiote.

 

Foto: Martha Alzate

 

De regreso, pudimos observar algunos espacios públicos, aledaños a las edificaciones, y nos detuvimos en el edificio de la nueva sede de gobierno.

Ubicado en el retiro posterior de una generosa plazoleta pública, impresiona por su tamaño y las características de su arquitectura (cuyos edificios están interconectados y a la vez separados por sendos vacíos).  La plaza está animada por la presencia de un juego de chorros de agua, que operan como fuente. Allí, los niños jugaban divertidos a atrapar el líquido que se vierte intermitente.  El edificio aún no estaba completamente habitado, puesto que la obra no había sido concluida en su totalidad, pero desde ya se puede apreciar la magnitud y el impacto que la obra tendrá en las zonas aledañas.

 

LA CASA GUAYASAMÍN Y LA CAPILLA DEL HOMBRE

Al día siguiente emprendimos camino a la casa Guayasamín.  Ubicada en el barrio Bellavista, domina sobre este lugar una amplia visual de la capital ecuatoriana.

Se ingresa a la casa a través de un recorrido que incluye traspasar los muros de tapias que la aíslan del exterior.  Es un lugar alto dentro del sector, y la construcción está rodeada por hermosos jardines ubicados en forma de terraza que se proyectan hacia la ciudad.  En un rincón del empradizado está situado un pino “El árbol de la vida”. Allí, en un pequeño mausoleo, reposan los restos del pintor.

 

Foto: Martha Alzate

 

Fue su deseo que así fuera, pues desde este emplazamiento podría seguir dominando las cumbres de los Andes, a las que se orienta directamente este lugar de la casa. Su obsesión fue pintar una y otra vez los paisajes de Quito, pinturas que, a decir suyo, reflejaban su estado de ánimo interior. Así, hay unos paisajes en los que Quito es rosa, otros gris, negros o azules, o terribles Quitos rojos que se derramaron en el despliegue de sus sentimientos expresados a través de nítidos brochazos.

Acompañando el jardín se extiende una generosa alberca.  Su color azulado contrasta con los verdes del empradizado y la vegetación. A un costado se puede observar una instalación que descansa en una parte baja del lindero este.  Es una escultura denominada “Descuartizamiento” en donde cuatro caballos halan cada uno por su lado el cuerpo agonizante de Túpac Amaru.

Algunas otras esculturas adornan los exteriores de la vivienda, 3.000 m2 de construcción que constan de una sola habitación, un gran taller de pintura seguido por una biblioteca, sala y comedor generosos en los que se aprecian los muebles originales, algunos de los cuales fueron construidos y tallados por el mismo artista.  En general, la madera es abundante en todas las estancias de la casa y la habitación principal, al igual que el baño que la sirve, son de una luminosidad y generosidad impactantes.

Algunas habitaciones adicionales están dispuestas en la planta baja, a lo largo de lo que hoy son corredores donde se ubican las tiendas de souvenirs del museo.  Un patio empedrado enmarca el recorrido que distribuye a las habitaciones adicionales de la casa, que en general fue dispuesta para servir a un solo y gran cuarto principal.

 

Foto: Martha Alzate

 

La arquitectura de la casa es majestuosa.  De techos en picos, como las montañas y las mismas cubiertas de las construcciones de la ciudad que Guayasamín podía observar desde su alta ubicación.  Los materiales fueron escogidos para dialogar entre ellos y son una mezcla de piedra, arcilla y madera.  La umbrosa atmósfera interior se decanta en las luminosidades que abren paso a los jardines exteriores.  Todo es amplitud, juego de luz y sombra, y una gran frescura en esta extraordinaria vivienda.

La casa hoy convertida en museo alberga otros tesoros. Cuadros de reconocidos artistas como Picasso, Chagall, entre otros artistas de culto adornan las paredes en parte importante de su recorrido.  Al ingresar a su estudio de trabajo se puede apreciar allí un video en el que da cuenta de cómo pintó su famoso cuadro de Paco de Lucía. La fuerza de los trazos que van configurando la expresión que refleja más el carácter artístico del músico que su propia fisonomía. Es una pintura que parece sonar más que ser una representación hecha para atraparla con los ojos.

Desde las terrazas se puede vislumbrar, abajo, La Capilla del Hombre. Monumento elevado al ser humano en una expresión de exacerbada laicidad.  Es una construcción enorme, con una cúpula que la proyecta al cielo, al mejor estilo religioso, que pretende poner al hombre en el centro de la simbología y la representación. Son espacios monumentales, de grandes alturas, materiales pétreos combinados con algunas maderas.

Un gran escenario para representar la historia del hombre latinoamericano, sus sufrimientos, los vejámenes a los que ha sido sometido, y un fuego (La llama eterna por los derechos humanos y la paz) que se proyecta como incandescencia-ofrenda al cielo de ningún dios, puesto que es una capilla terrenal, no divina.

 

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En general la visita a la casa Guayasamín es paso obligado para quienes acudan a la capital ecuatoriana. Por su belleza arquitectónica (concebida, diseñada y dirigida en su construcción por el propio pintor), por la riqueza de las obras que exhibe y la oportunidad que brinda al visitante de representarse la intimidad de la que fue la morada del artista durante sus últimos veinte años, este lugar es un imperdible entre los destinos más destacados de la capital del Ecuador.

 

LA RAZÓN PRINCIPAL DE NUESTRO VIAJE

Volví a Quito en compañía de mi familia política, pues se daba la ocasión del matrimonio de una prima.  Vale destacar que tanto la ceremonia como la recepción se llevaron a cabo en el valle de Los Chillos. En la región de Armenia, en una hacienda colonial llamada La Siria, se llevó a cabo una reunión social para festejar la unión de la nueva pareja.  Desde allí destacaba la imponente vista del volcán Cotopaxi, y la atmósfera colonial de la Hacienda.  Lindo lugar para unir las vidas de dos jóvenes a quienes el cielo de Quito augura buenos vientos, frescos como los que susurran por los valles que rodean esta bellísima ciudad.

 

EL CENTRO DE QUITO

Llegamos luego al centro de la ciudad, su recorrido inicia por la Plaza Grande.  Rodeada por el Palacio de Gobierno (Carondelet) y la Catedral Metropolitana, es la más chica de entre las tres bolivarianas (Bogotá, Quito, Lima).  Está poblada de árboles y plena de una gran agitación. Entre predicadores de ocasión, que gritan sus creencias a los cuatro vientos, hasta músicos que acompañan su interpretación de bailes espontáneos de los transeúntes que se unen al jolgorio colectivo.

De todo este espectáculo callejero y folclórico destaco la presencia, en el costado sur oeste de la plaza el hotel Plaza Grande (Palacio de Pizarro, antiguo hotel Majestic).  Hermosa construcción de arquitectura ecléctica, tiene en su planta baja un maravilloso bar y salón de té.  Allí tomamos un delicioso refrigerio acompañado de higos servidos con dulce de leche.  Las maderas del lugar son exquisitas, y el amoblamiento en general muy cómodo y suntuoso.  Es bueno el servicio y a pesar de estar en el marco de este agitado espacio público, las vidrieras separan el bullicio y al interior puede sentirse un ambiente neoclásico.

 

Foto: Martha Alzate

 

Ese mismo día acudimos a un centro comercial que tiene por nombre Palacio Arzobispal. Un colorido bazar que se desarrolla en los niveles de una casona colonial con patio central, y en cuyos corredores se pueden disfrutar comidas típicas servidas al mejor estilo ecuatoriano.

Las iglesias del centro de Quito son su máximo atractivo, puesto que el casco histórico, extenso y aún en pie, se encuentra en regular estado de conservación. Algo se ha trabajado para dar una unidad a los avisos que acompañan los diferentes negocios que hoy ocupan las antiguas casonas.  Un bus turístico se esfuerza para recorrer las estrechas callejas cuyas iluminaciones exteriores también han sido renovadas y homologadas.

De entre las iglesias coloniales visitamos la Compañía (hay fotografías en este blog, pero el fotógrafo advierte que las tomó con una autorización especial porque no permiten hacerlo, seguro están sujetas a derechos de autor, igual les mandaré algunas que tomamos de contrabando), famosa por su cubierta en pan de oro puro (52 gr en total).  Demoró 160 años en terminar de ser construida, y pasó por el abandono entre los años 1767 (año en que Carlos III expulsó a los jesuitas de España y sus colonias) hasta 1862 (año en que regresaron los jesuitas a Quito).

Su estilo es barroco, adornado en exceso con representaciones de santos y de sus obras y milagros a lo largo de las paredes y el techo.  En el acceso tiene dos escalinatas. Una es real, la otra es pintada, pero a la distancia se confunden, dando visos de realidad a los dos tramos de escaleras.  Esto se hizo para conservar la simetría, preocupación dominante en la arquitectura de la época.  El órgano que acompaña a la iglesia fue hecho en New Orleans y contaba con 1.200 tubos.

 

Foto: Martha Alzate

 

Cada costado está compuesto por un total de nueve retablos desarrollados por artistas de distintas cofradías (cofradía es un grupo que comparte un santo en común).  En ella se encuentran los restos de Mariana de Jesús al igual que un cuadro con la imagen de la virgen de La Dolorosa, cuya imagen al parecer parpadeó en varias ocasiones en 1906, a decir de los alumnos y frailes del colegio de San Gabriel, quienes presenciaron el milagro, decidiendo trasladar la representación de la Santa a esta iglesia.

En el intermedio de la visita al Centro Histórico, hicimos una parada para almorzar en el tradicional restaurante Vista Hermosa.  Como su nombre lo indica es un lugar emplazado en un edificio alto, con terrazas desde las que se pueden observar diferentes ángulos de la ciudad.  Para ascender sus cerca de tres niveles, es preciso tomar un ascensor de rejas, antiguo, decorado con unos simpáticos espejos de marco dorado.

Un ascensorista cumple con el ritual llevado a cabo por largo tiempo de cerrar las compuertas y conducir a los visitantes hacia los niveles altos de esta simpática construcción del centro quiteño. Allí, es posible disfrutar variados platos tanto de la cocina ecuatoriana como de carácter internacional, en un ambiente agradable y tradicional.

Otra de las iglesias que visitamos fue La Basílica del Voto Nacional (De la Consagración de Jesús o la Basílica de San Juan). De estilo neogótico, deslumbra por sus torres, a las cuales es posible ascender y desde allí tener maravillosas vistas a los cerros que bordean la ciudad de Quito.  (Ver Basílica del Voto Nacional)

 

Foto: Martha Alzate

 

Por sus torres, las cuales pueden ser escaladas, y en las que se encuentra incluso una agradable cafetería, las vistas a la ciudad y al cerro del Panecillo que se ven desde allí, por el adorno de su fachada, lo impresionante de sus naves, una de las cuales está consagrada al Sagrado Corazón, incluyendo un corazón en la fachada desde el que puede enfocarse perfectamente la Virgen del Panecillo o Virgen de Quito; por la escultura en relieve de Juan Pablo II que adorna la fachada norte; por sus jardines y plazas exteriores, por sus vitrales y los decorados repujados de sus grandes puertas, entre otras muchas razones, visitar este majestuoso templo se convierte en un paso inevitable para cualquier visitante de la capital ecuatoriana.

Para finalizar el recorrido por las iglesias del centro, una visita rápida a la iglesia de San Francisco, en cuya plazoleta de acceso se construye, actualmente, otra de las estaciones del metro subterráneo de Quito.

 

VISITA AL PANECILLO

Panecillo (Ver)

Para finalizar el recorrido por el centro tradicional, acudimos al cerro conocido con el nombre de Panecillo, bautizado así en la época colonial por los españoles que arribaron a este valle del Pichincha debido a que asemejaba a un pequeño pan.  En su cúspide se yergue una singular virgen construida en 1976 por el español Agustín de la Herrán Matorras (copia de la virgen de Legarda, una escultura de 30 cm realizada en el siglo XVIII por el quiteño Bernardo de Legarda, obra cumbre de la escuela quiteña colonial), compuesto por 7000 piezas diferentes de aluminio y cuya altura es de 41 m.

Esta imagen de la Virgen María es alada, y lleva entre sus manos unas cadenas con las que sujeta y reprime a una serpiente que tiene también bajo sus pies.  En el recorrido por la estructura de concreto sobre la cual reposa la escultura, es posible ascender a un mirador desde el que se contempla una estupenda vista de la ciudad de Quito.

 

Foto: Martha Alzate

 

ULTIMO DÍA, RECORRIDO POR EL BARRIO LA MARISCAL Y SU MERCADO ARTESANAL

Mariscal Sucre (Ver)

El viaje de regreso a la capital ecuatoriana va llegando a su final, e invertimos los últimos días en visitar el barrio La Mariscal, una colorida zona rosa en donde, además de variedad de restaurantes, galerías de arte, tiendas de cafés especiales y cacao local, se puede visitar un surtido y ordenado mercado artesanal.

Ubicado en el centro norte de la ciudad, este fue un barrio exclusivo de residencias aristocráticas estilo campestre a comienzos del siglo XX.  Abandonó su carácter residencial para convertirse en un distrito comercial a finales del siglo pasado. Hoy día, es posible encontrar allí todo tipo de servicios: oficinas, hoteles, restaurantes, tiendas de souvenirs, cafés y todo tipo de negocios que ofrecen entretenimiento diurno y nocturno.

En cuanto al mercado artesanal, se pueden encontrar allí todo tipo de productos hechos a mano, en diferentes materiales: cuero, alpaca, cacho, tejidos de la conocida región de Otavalo, manteles, etc. Y, comestibles, chocolatería artesanal y cacaos del ecuador, bebidas, y todo tipo de productos oriundos del país.  Destaca por su limpieza y orden, y por una buena variedad de productos, algunos de muy buena factura y con diseño, que harán que los visitantes no se vayan sin comprar alguno de ellos.

Recorriendo, finalmente, las calles de La Mariscal, dejándonos llevar de las horas del atardecer a los agites de su vida nocturna, pudimos comprobar la gran actividad que hay en este lugar, pleno de oferta gastronómica, de sitios que ofrecen diferentes tipos de entretención y esparcimiento.

 

Foto: Martha Alzate

 

De esta manera concluimos nuestro viaje a Quito, no sin antes comprobar de mi parte, los grandes avances y transformaciones que ha sufrido esta capital en los últimos quince años.

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