Daniel Zuluaga, creador de Uno Hotel: la casa en Pereira donde pasa de todo

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Rodeada por ferreterías, depósitos de granos, cigarrerías, parqueaderos y distribuidoras de pintura,  es a la vez restaurante, cafetería, bar, galería de arte, hostal y Cineclub. Se encuentra en el sector de  la antigua Galería  Central de la ciudad.



 

Fotografías: Jess Ar

 

 

 

El sabor de la dicha

Pepino cohombro.

Tomates verdes.

Tomates rojos.

Zanahorias.

Remolachas.

Cebollas.

Pueden ser los ingredientes de una ensalada.

O la materia  prima para un bodegón.

De las dos cosas hay en este lugar.

A la entrada se instalan varios vendedores de verduras, sobrevivientes de la antigua Galería  Central de Pereira, que durante años reinaron en el sector con la algarabía de sus pregones, el colorido de las frutas y la embriagante mezcla de los aromas.

 

 

Ahora,  luego de una década de  cambios derivados del Plan de Renovación Urbana del Centro de Pereira, y rodeada por ferreterías, depósitos de granos, cigarrerías, parqueaderos y distribuidoras de pintura florece una casa que es a la vez restaurante, cafetería, bar, galería de arte, hostal y Cineclub.

Todo en un  mismo lugar, justo frente a la sede de la Secretaría de Cultura de Pereira, en la carrera novena entre calles quince y dieciséis.

Podríamos llamarla simplemente así: La casa

Pero Luz Elena y Daniel decidieron que se llamaría  Uno Hotel.

 

Ellos son los forjadores de esta empresa que en solo un año ha contribuido a cambiar la percepción que muchos  habitantes de Pereira todavía tienen sobre una zona que una vez albergó la Plaza de Mercado, con todo y la suma de cosas buenas y malas propias de esos sitios cuyo origen se remonta a muchos milenios atrás.

A mucho antes de los mercados persas.

 

Fotografía tomada de El Tiempo 

Vete con cuidado que por allí medran los rateros, les decían.

Eso es un eterno desfile de putas y maricas, les advertían otros, jugando a policías de la moral.

Muchas personas en la ciudad se refieren al sitio como La Galería, resumiendo así la potencia de las expresiones artísticas  y la memoria de lo que el sector significó en la historia de la ciudad.

Pero se llama Uno  Hotel.

Daniel Zuluaga es uno de los artífices de lo que apenas un año atrás era un proyecto dándole  vueltas en la cabeza.

 

 

A él y  a Luz Elena,  su madre, que lo ha respaldado de manera incondicional en la aventura.

Cuenta apenas con treinta años de edad pero ha visto mucho mundo.

O al menos el suficiente para abrir la mente y desatender las admoniciones de los descreídos.

“Ustedes van a enterrar la plata en ese lugar. Por ahí transitan puros malandrines y nadie les va a entrar a ese sitio, nos decían. ¿Quién va a invitar a la novia a un negocio donde  uno tiene que entrar por entre vendedores de frutas y verduras?  Ninguno se detenía a pensar que ese podría ser uno de los atractivos: en lugar de alfombra roja uno avanza  en medio de un tendido de tomates  y naranjas”.

 

 

La  firmeza de su voz está amasada con la  vieja materia de que están hechos los sueños. En  el negocio va miti miti con María Elena, quien después de las dudas iniciales no deja de sorprenderse con la ávida respuesta de la ciudad.

Delgado, moreno y de una calidez natural, durante  su año de intercambio en Inglaterra contrajo tres vicios bien británicos: la puntualidad, el sentido de la organización… y la ginebra

Recién iniciados sus estudios de  Ingeniería  Industrial  en la Universidad Javeriana de Bogotá, en un rapto de furor juvenil juró- como tantos otros- que solo volvería a Pereira- ya viejo- a cuidar de sus nietos y su heredad.

 

 

Sin embargo está aquí, liderando uno de los emprendimientos culturales  y turísticos más representativos en las nuevas dinámicas de la ciudad.

“Nunca me sentí a gusto en mis trabajos como  Ingeniero Industrial, a pesar de haber tenido muy buenos cargos y mejores sueldos durante mi paso por empresas públicas y privadas. Así que un día cuando estaba a punto de viajar a Brasil con el propósito de adelantar una especialización me dije: si hago eso, no conseguiré nada distinto a engrosar los eslabones en la cadena de mi desdicha. Entonces empecé a pensar en alternativas que me permitieran conjugar mis grandes pasiones y a la vez  contribuyeran a resolver la  parte económica.”

 


Pensarlo y regresar a Pereira fueron una sola cosa. Traía a cuestas un alijo completo de ilusiones, alimentado  con sus experiencias de Bogotá y Londres.

Con ellos y-como no- con el respaldo de María Elena  se dio a la tarea.

Corría el año 2012.

 

Fotografía tomada de  Booking.com

 

Si el centro no viene a mí…

El primer paso fue en la finca heredada de los abuelos, en el sector de  Cerritos. Se llamó  Apaporis, en un intento por conjugar el espíritu del río  Apaporis, que discurre por la Amazonia, y los poporos quimbayas.

Quería  centrar allí una amplia diversidad de actividades que comprendieran lo cultural, lo musical, lo plástico y lo ambiental. La idea era congregar  una población deseosa de nuevas alternativas para el uso de su tiempo libre.

 


“Sin  embargo, no contaba con un factor: Pereira sigue girando alrededor del centro y a la gente Cerritos le parecía demasiado lejano. Acostumbrado como estaba a los ritmos y distancias de  Bogotá y Londres no contaba  con ese detalle  y la  idea no funcionó del todo. Pero no se trataba  tanto de eliminarla como de darle un giro. Entonces nos pusimos manos a la obra”.

 


Cosas de sibaritas

“En esas andaba cuando, en medio de una charla familiar, surgió la idea de aprovechar  el  local donde mis abuelos maternos, los Giraldo Arango, y luego mis tíos, atendieron durante varias décadas una  próspera distribuidora de arroz cuyas marcas son recordadas  cuando el clan se reúne: Maravilla, Castilla y Siam.

¡Pero si eso está en plena galería! Exclamaron en coro, olvidando de paso que el Plan de  Renovación Urbana del Centro de Pereira hacía rato había pasado  por allí”.

Tan  hondo calan esas cosas en la  memoria de los pueblos.

 


“Sin embargo, no di mi brazo a torcer. A pesar de  que lo mío era un asunto de búsqueda de dicha personal, después de todo, mi formación  es de Ingeniero Industrial. Así que llamé en mi ayuda a los números y con argumentos técnicos convencí a mi madre de las bondades de la idea. Hoy es la persona más comprometida.  Tanto, que puede aparecerse en Uno Hotel a cualquier hora para fijarse en todos los detalles necesarios para que los visitantes estén siempre contentos”.

Por eso, desde   que abrió sus puertas en 2016 Uno Hotel  es, a pesar de lo que sugiere el nombre, un lugar para no dormirse. Es algo de lo que el visitante queda advertido luego de leer la conocida frase del escritor norteamericano Mark Twain, escrita con letras grandes en una pared junto a la cocina:


“La única manera de conservar la salud es comer lo que no quieres, beber lo que no te gusta y hacer lo que preferirías no hacer”.

Como quien dice, el  Padrenuestro de los sibaritas.

Para alcanzar ese propósito dividieron la vieja  bodega de los abuelos en varias naves recorridas desde las once de la mañana por los públicos más dispares.

 

Fotografía tomada de  Booking.com

 


“En un mismo lugar concentramos oferta de restaurante, bar, cafetería, hospedaje, cine, exposiciones de artes plásticas y áreas sociales para eventos, además de escenario para espectáculos artísticos y culturales. Por ejemplo, este fin de semana tendremos música electrónica en vivo. Ese es otro de los capítulos de mi vida. Mejor dicho: una de las cosas que me mantienen vivo”.

 

Fotografía tomada de  Booking.com

 


Eso dice, y se queda contemplando su bicicleta, colgada de un clavo en la pared como una obra de arte más.

[Conoce más del Uno Hotel Gastro Bar]

 

Fotografía Hotel Uno 

Y   en la sexta década el hombre creó  el Moog.

El hombre era el ingeniero Robert Moog, nacido en   1934 y muerto en 2005. A él  se le debe el germen del primer instrumento electrónico, conocido como el  Moog.

A lo largo de los años sesenta del siglo anterior, durante el reinado de la sicodelia, el instrumento experimentó una rápida evolución hasta que alcanzó su versión compacta a finales de esa década: El  Minimoog. Es decir, el sintetizador.

 

 

Con él en sus manos hicieron maravillas las más importantes bandas de rock de ese momento,  etiquetadas después por la industria del disco con el nombre de rock sinfónico o sicodélico.

Yes, Emerson Lake & Palmer, King Crimson, Pink Floyd y Tangerine Dream  son parte de esa extensa lista.

En esas fuentes abrevaron los músicos y experimentadores que en los setenta  impusieron el sonido disco y a partir de los ochenta, sin abandonar las bases del rock, le dieron carta de nacimiento a la música electrónica en sus múltiples vertientes.

 

Fotografía David Monroy


Cuando Daniel Zuluaga llegó a este mundo en 1987  el sonido electrónico   estaba en su punto de madurez.

Así que durante sus días de colegio en el Calasanz y La Salle estiró la mano, probó el fruto y se  abandonó a sus delicias.

A su regreso a Pereira se convirtió en uno de los más reconocidos organizadores de eventos de ese género en la región.

“Pereira es una ciudad que da para todos los gustos musicales. El problema es el estigma que rodea  a algunos de ellos, entre los que se cuenta el electrónico. Por lo menos eso lo he vivido  en mi  condición de  organizador de tres grandes eventos, entre los que se cuentan el Sunshine Piknik  y Entre los árboles. Tanto que son más los prejuicios sociales y los obstáculos burocráticos a superar que la organización y logística del evento.

 

Fotografía Andrés Sossa


Basta con recordar que en uno de los festivales, con la gente tranquila y bien instalada en el campamento, nos cayó la policía con una orden en la que se me acusaba, entre otras flores, de  producción, distribución y comercialización de drogas. Todo eso, a pesar de que el secretario de gobierno de ese momento  nos había prometido garantías. Por fortuna los policías no encontraron lo que buscaban.

Con las cosas de ese tamaño,  en diciembre de 2017 si nos dejan  haremos el festival Hombre en Llamas  en Pereira. Si no es así, nos iremos para Cartago o La Virginia, lugares donde los alcaldes han mostrado receptividad, porque ven en el evento una oportunidad para atraer visitantes, sobre todo extranjeros”.

 

Fotografía Andrés Sossa


Para probarlo, Daniel Esgrime datos y cifras.

Al menos el ochenta por ciento de asistentes a fiestas electrónicas son extranjeros.

En promedio cada uno gasta  USD 200,  es decir, alrededor de seiscientos mil pesos durante su estadía.

Como complemento a la  fiesta musical esos visitantes recorren los lugares ya reconocidos en la región: Termales, Salento, Montenegro, Panaca,  Ukumarí, Tatamá, entre otros.

También nombra los niveles de consumo en hoteles, restaurantes y sitios de comercio.

 

 

“El problema reside en que donde nosotros vemos una oportunidad para el turismo y la cultura, los prejuicios de la gente solo ven putas, bulla  y drogas sintéticas. Pero eso se resolverá. Algún día tendremos que aprender a coexistir, así como en nuestro restaurante conviven los carnívoros y los vegetarianos como yo”.

 

Humor de retrete.

Al fondo, muy al fondo del patio está el baño de los hombres. Escrito en las paredes se lee este epigrama que resume todas las formas de la presunción masculina: “My dick is bigger tan yours”, se advierten al unísono los rostros de Donald Trump  y Kim Jong-un, el  presidente de Corea del Norte.

 

 

Como los rostros están a la altura del orinal  el usuario mea- como quien dice- directamente en sus bocas.

Hasta para eso hay un lugar aquí.

Hace unos veinte años, las criaturas de la noche que reinaban en la zona se escabullían por pasillos oscuros y reptaban hacia el segundo piso de las residencias haciendo chirriar   el maderamen de las escaleras.

 


Hoy, en el mismo vecindario, el local de Uno Hotel se  ofrece como un licor bien dispuesto para aliviar  con distintas fórmulas el cuerpo y el alma de las nuevas generaciones de citadinos.

Cosas de sibaritas.

 

 

 

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