El rito inmemorial de las aguas termales: de la rutina al milagro

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Estamos en tiempos de encierro obligado, cuarentena o prisión domiciliaria, como mejor quieran definir. Y el pensamiento vuela a esos lugares que hasta ayer estaban al alcance de las manos, que parecían tan evidentes en su perfecta simplicidad, en la contemplación de los pequeños gestos: las vistas de la ciudad desde la altura, el retoñar de las plantas, la floración, los colibríes, el aire puro.

Así, vienen a mi mente los recuerdos de mi pasada estancia en el Hotel Termales del Ruiz. Tanta belleza natural, sobrecogedora, que parecía irreal.

Para llegar hasta allá, se recorre uno de dos caminos. El más cómodo y largo, es el que conduce al Nevado del Ruiz. La vía es pavimentada, y el horizonte es inmejorable.

Pero yo prefiero el otro, el de la trocha hecha de piedras, un camino estrecho, cerrado, como un boquete tomado al bosque en un momento de descuido de la naturaleza. El lento recorrer de las ruedas sobre las piedras, semeja un ascenso en caballo u otro semoviente. Una experiencia en la que, si no se quiere arruinar un vehículo corriente, se debe escoger con cuidado cada costado para ir posándose delicadamente sobre los apoyos, y de esa manera, dejarse recibir por las rocas que dan soporte a la vereda.

Lentamente, quedan atrás los lugares más turísticos y comerciales: Manizales y su barrio La Enea, pasan a ser como un lejano recuerdo. Igual que el otro hotel, ese en el que se puede disfrutar igualmente de aguas termales y cuyo nombre es El Otoño, famoso por ser el lugar de acogida de un expresidente altamente conflictivo.

De un momento a otro, el viajero hace consciencia de haber perdido la conexión a la red de internet. Ensimismado en la contemplación del andar subiendo, se da cuenta, tarde, que ya será imposible comunicarse, aún por llamada telefónica. Entonces sobreviene una sensación de abandono, pero, al tiempo, arriba un descanso, una paz interior que nos lleva directo al núcleo de la relación del hombre con el cosmos.

La subida es empinada, se remontan unos 1.500 metros en 15 o 17 kilómetros de recorrido. El camino es cerrado, un poco borrascoso. La recompensa es un hotel instalado en un rellano que dejan montañas altas y herméticamente volcadas sobre sí mismas. Una especie de enclave en el cielo, desde el que se pueden contemplar, perfectamente, los fieles tributarios de esa magnificencia: los habitantes de la ciudad de Manizales.

Ya en el alojamiento, una cabaña de buenas especificaciones, edificio de madera seguramente recientemente remodelado, abre las puertas al visitante. Desde la llegada se pueden aspirar los vapores de las aguas termales, verlas correr por las canales dispuestas para su correcto desagüe.

Los jardines son, así, bien dispuestos, y llenos de flores, pues provocar la visita de los colibríes, de los que nos dijeron que han identificado unas veintitrés especies, es uno de los atractivos del lugar.

Entre esa batea que se prefigura a partir de las siluetas de las montañas que, a manera de medio círculo, encierran todo el emplazamiento, están dispuestas las piscinas, proyectadas a la infinita visión de la capital caldense.

De noche, resulta estremecedor deslizar el cuerpo frío, la piel de gallina y las extremidades que tiritan, dentro del placer del agua caliente, y recrearse en esa sensación que sobreviene de plena relajación, mientras la presencia de las masas oscuras y rocosas, que se dejan apreciar aún de noche, aporta una especie de certeza. Todo el conjunto que abarca la vista se complementa de buena manera con las luces, pequeños signos de vidas desconocidas, que titilan como diminutos seres cuyos corazones laten al ritmo de los brillos que se proyectan desde la ciudad que habitan.

Una especie de manta extendida, plena de incandescencia, cuyos pálpitos alumbran al ensimismado observador retenido por el calor del agua, quien empieza a mostrar signos de pérdida de la voluntad y arrojo a la irrealidad de la belleza natural y abrupta que lo rodea.

Ya en la sospecha de la jornada, que aún no comienza, es posible caminar por los exteriores y ubicarse en la parte alta del hotel, siguiendo alguno de los caminos señalados, para ver salir el sol. Esa promesa de cada día, que nos devuelve el espíritu de lo humano, ese junco pensante que somos, y que se deja llevar, también en esta ocasión, por los rumores del viento que se acrecientan y cobran mayores significados cuando se está expuesto a la radicalidad desnuda del paisaje y a una soledad provocada que permite hacerse uno con la naturaleza.

Después que el sol ha salido, los ritmos vuelven a la normalidad. Al interior de las instalaciones el personal dispone lo necesario para tomar el desayuno, mientras se empiezan a dejar ver los turistas que la noche anterior prefirieron resguardarse en la intimidad de sus habitaciones. Se pueden seguir, asimismo, las visitas guiadas ofrecidas por el establecimiento, que incluyen una experiencia cercana con los colibríes. Esas aves que revolotean desde tempranas horas alrededor de todo el jardín, vergel pleno de flores dispuestas allí con el propósito de hacerlos venir.

Los caminos conducen al lecho del río, que desciende con sus aguas de temperaturas elevadas salidas de las entrañas mismas de las montañas circundantes.

La magia de un vapor que asciende da la sensación de hallarse en los comienzos del mundo, aunque éste se presente en el lugar de una manera más o menos domesticado debido a la precisa disposición del urbanismo.

Senderos y pontones, zonas de descanso y avistamiento, se han dispuesto de manera discreta, en armonía con los elementos del entorno, y en su vocación de no competir con la delicadeza de las zonas que van cruzando se nota un gesto de reflexión consciente, una premeditación que induce a quien los recorre a estar aún más cerca de los elementos que constituyen la senda pisada.

No obstante el bienestar que produce el lugar, es obligado dejarlo. Los costos de alojamiento y alimentación no son bajos, ya que este hotel está en el cielo, también, en función del grupo de turistas que desea atraer, casi todos ellos extranjeros con alto poder adquisitivo.

Quiero decir que no se encontrarán allí los hippies viajeros o mochileros, no se trata de eso. Las visitas están constituidas casi exclusivamente por parejas más bien mayores, que se recrean en la serenidad de ese ambiente impasible, casi inmóvil, que se vive en el Hotel Termales del Ruiz, establecimiento ubicado en las inmediaciones del nevado que lleva el mismo nombre, municipio de Manizales, departamento de Caldas, Colombia.

Una suerte de estación en ese rincón del cielo donde aletean los colibríes.

#lacebraenimagenes

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