El Tiergarten: de coto de caza a punto de encuentro en el centro de Berlín

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Así es el Tiergarten, el espacio público urbano y pulmón verde más importante de la capital alemana.


 

Lo que une un “parque de animales” con la concepción de un zoológico, tal y como nosotros lo conocemos, eso parece significar la palabra Tiergarten.

Este es un gran espacio público, área verde ubicada en uno de los sectores más centrales de la ciudad de Berlín.

El Tiergarten, antaño terreno que podría denominarse zona de reserva natural, fue un jardín poblado de animales silvestres, al que acudía la nobleza para divertirse, practicando por deporte la actividad en la que el hombre se ha desempeñado desde siempre, incluso desde antes de ser humano en estricto sentido: la cacería.

Provista de todo lo necesario y con exceso de tiempo libre, la  aristocracia usó la cacería no sólo para ejercitarse, entrando en profunda y mística relación con la naturaleza, sino como un acto simbólico que  suponía la refrendación de su posición social y su poder.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Se dice que los orígenes de este espacio verde se remontan al siglo XV, habiendo sufrido transformaciones en tanto que avanzaban los tiempos y Alemania ingresaba plenamente a la modernidad.  En el siglo XVII, finalmente, se limitó su uso en relación a la caza de animales, y se dio paso a una nueva funcionalidad, la de espacio público urbano.

El Tiergarten tiene dos lagos, y amplias zonas verdes despejadas o cercadas por bosques, que recuerdan su origen.  Es un parque más bien apacible, cruzado por vías que conectan la ciudad, y por una extensa red de ciclorutas.

En sus espacios, de un desarrollo más cercano a una naturaleza silvestre, no se observan grandes concentraciones de personas, como en el Englischer Garten de Munich.  Sin embargo, es visitado por muchas personas que transitan por él, a pie o en bicicleta, y es posible divisar, cada tanto, a familias que empujan coches de bebés por sus veredas, o a quienes se asientan en sus praderas simplemente a recibir el sol.

Este espacio público cuenta, además, con referentes urbanos ilustres que lo delimitan o lo dividen: la Puerta de Brandenburgo, el edificio del Parlamento Alemán, la Postdamer Platz, el barrio diplomático, el actual zoológico de Berlín, y en medio del terreno, “La Gran Estrella” (rotonda donde confluyen varias importantes vías) en donde está instalada La Columna de La Victoria.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Federico Guillermo I de Prusia fue quien ordenó que cesaran las cacerías en este lugar, probablemente debido a su visión austera del funcionamiento del estado monárquico, y a su carácter decididamente militar (lo apodaban “El Sargento”).

Aunque fue su hijo, Federico El Grande, quien dio al espacio la connotación de parque público, como zona de esparcimiento, impartiendo las ordenes necesarias para su dotación con mobiliario urbano y arborización.

Este monarca fue, tal vez, el más afrancesado de los príncipes alemanes. Era culto, abrazó la ilustración y se rodeó, según puede leerse, de un grupo de científicos y literatos franceses, que fueron a la capital del imperio prusiano buscando aires más propicios que los que vivían por esos tiempos en su propio país bajo el mandato de Luis XV.

Dentro de estos intelectuales y sabios franceses que tuvieron asiento, temporal o definitivo, en la corte prusiana, se encontraba Voltaire.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Aunque su estancia en la corte de Federico el Grande fue temporal (alrededor de tres años) y terminó huyendo, sintiéndose acosado y fastidiado por las dinámicas palaciegas y por la amistad ofrecida por el monarca, que Voltaire calificaría posteriormente de “esclavitud”, la correspondencia que el filósofo francés intercambió con el monarca alemán, antes y después de su estancia en Berlín, es una de las más nutridas de las que sostuvo, contando con más de setecientas cartas.

Por esta vía se hace más comprensible la visión y la transformación de este gran predio, de zona de reserva forestal, poblada de animales que  animaban el ocio de la aristocracia, a un lugar más citadino, ya desde el siglo XVIII.

Como la historia no respeta naturaleza o área construida, en el parque también se sufrieron los impactos de la guerra.

El nazismo intentó dejar su impronta, entre otras, trasladando la Columna de la Victoria desde su lugar de emplazamiento original (enfrente del edificio del Reichstag, actualmente Platz der Republik) hacia su lugar actual en “La Gran Estrella”, y con el ensanchamiento de la avenida en el sentido Este Oeste, que en su momento fue nombrada como “Charlottenburger Chaussee” (conectando con el puente que une al distrito de Charlottenburger, al este de Berlin –Distrito que debe su nombre a Sofía Carlota de Honnover, consorte de Federico El Grande), y hoy es la avenida 17 de junio.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Igualmente, Hitler realizó en el Tiergarten numerosos desfiles y manifestaciones, que hicieron parte de ese componente premeditado e histriónico, de sus “puestas en escena”, con las cuales se ayudó para consolidar su poder y proyecto político. 

No obstante, el pasaje más importante en relación a la guerra y al Tiergarten es el siguiente: en los peores momentos de aislamiento y ocupación durante el conflicto, el parque quedó devastado. Del número de especies vegetales presentes en él antes de la guerra, se conservaron solo cerca de un 20%, y los berlineses tuvieron que aprender a plantar allí diversas variedades de patatas, y otras especies de raíces, que les ayudaron a alimentarse durante estos terribles días; además de usar la madera de sus árboles, en los difíciles años de la posguerra, para calentar sus hogares en los fríos inviernos.

Actualmente el parque goza de una gran cantidad de especies vegetales, y en sus lagos es posible realizar paseos en bote, o simplemente disfrutar de un almuerzo o refrigerio, de los muchos que se ofrecen en los restaurantes ubicados en las zonas de muelle.

Sin pretensiones, más bien tranquilo y paciente, este antiguo coto de caza se ha abierto a otros usos.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Cuando se deambula por sus extensos caminos, no es posible percibir allí los agites de las antiguas faenas de persecución y acoso.

Los animales no son objeto ya de la inclinación instintiva de los humanos, derivada en práctica simbólica de refinación y poder aristocrático. Pero, tampoco es posible notar, de manera muy precisa, rastros de las afugias y angustias de la población berlinesa, asolada por la devastación y acorralada por el frío y la hambruna, que acompañaron a la guerra (especialmente a la ocupación de Berlín por parte del ejército soviético, lo que derivó en la Batalla de Berlín, última y decisiva operación militar de la Segunda Guerra Mundial), y a los días de la postguerra.

A un costado se emplaza el actual zoológico de Berlín, y desde el Tiergarten es posible llegar hasta él y recorrerlo por sus bordes. Los animales, desde sus hábitats construidos, parecen indiferentes a los transeúntes, tal vez acostumbrados a su paso.

Los actuales habitantes de jaulas y recintos, no tienen memoria de la destrucción, no pueden recordar que, a finales de la guerra, de los 3195 ejemplares que habitaban el zoológico, solo lograron sobrevivir 91.  

 

Foto por: Martha Alzate

 

A la salida del parque, en el sector del zoológico, la ciudad se abre en toda su diversidad y exuberancia. El distrito que inicia allí tiene el nombre de Kurfürstendamm, y se extiende a lo largo de un importante bulevar comercial, la avenida que lleva el mismo nombre, también conocida como Ku’damm. 

Durante la división de la ciudad este sector fue el corazón mercantil de Berlín occidental. De ahí su consolidación actual como un distrito de gran desarrollo inmobiliario, lleno de tiendas, restaurantes, cafés, y todo tipo de comercios.

Un viaje en el tiempo: eso podría significar tomar el camino hacia el distrito Kurfürstendamm, a través del Tiergarten, partiendo de la Puerta de Brandenburgo.

Una zona verde para la memoria, que no reclama recordaciones pero que presenta sin mayores pretensiones todas las posibilidades para la meditación y el recuerdo.  Lo que puede significar el trayecto transcurrido por el espacio físico, pero también por los habitantes de una ciudad como Berlín, por la humanidad misma, entre un terreno destinado a la cacería de animales silvestres, y un parque zoológico, tal y como hoy en día existen.

 

Foto por: Martha Alzate

 

La marcha del tiempo, inexorable, nos muestra, igualmente, que un coto de caza un buen día dejó de tener sentido. Y tal vez, recorrer las inmediaciones de la Ku’damm nos da una idea de cómo los actuales zoológicos comienzan a convertirse en obsoletos artefactos, insignias de un tiempo pasado, tal y como cuando, hace tres siglos, la cacería empezó a perder su significado y los animales dejaron de seres simplemente para depredar.

Hoy, parece que cada día tiene menos sentido mantener animales como objetos coleccionables, encerrados y a la vista de humanos que, ahítos de la información que reciben a raudales a través de sus redes y dispositivos móviles, muestran cada vez menor interés en este tipo de exhibiciones.

Así es el Tiergarten, el espacio público urbano y pulmón verde más importante de la capital alemana. Y de esta forma se puede reflexionar sobre la historia, el paso del tiempo, las transformaciones urbanas y sociales, recorriendo sus amplias veredas plenas de sombra y frescura en un verano cualquiera.

 

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