El verano en Zúrich: como relojes de agua

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A  veces da la sensación estar navegando en el interior de una delicada taza


 

También en Zúrich, la relación con el agua es un propósito de vida. Allí, es posible visitar los ríos Sihl y Limago. Este último desemboca en el lago de Zúrich, en los alrededores de la sede del ayuntamiento.

Corredores peatonales, puentes que cruzan el cauce uniendo la ciudad a cada orilla, parques, playas, embarcaderos: un completo panorama que permite disfrutar de las corrientes que estructuran la ciudad.

En verano estos lugares son concurridos. Se ven cuerpos que corren, apurados, con esa actitud concentrada del entrenamiento cotidiano. Algunos patinan, moviendo armónicamente las piernas en un deslizar gracioso. O los hay más innovadores, que ostentan sus dotes de malabaristas sobre patinetas o monociclos.

La mayoría circulan en bicicletas, algunos de paseo, otros con el semblante circunspecto del que trae a cuestas las preocupaciones del día.

En general, el uso de la bicicleta es extendido en esta capital, y se lleva a cabo mediante una sincronización justa, muy Suiza se podría decir, pues no median en ella ningún tipo de barreras, agentes, u otros componentes más allá de la concentración de conductores, ciclistas y peatones; y de un estricto cumplimiento de las preeminencias: primero los peatones, después los ciclistas y por último los vehículos motorizados.

 

Foto por: Martha Alzate.

 

Las redes de ciclovías están demarcadas en el suelo, y en las intersecciones (todas a nivel) se respetan los pasos de acuerdo a la indicación de las luces de los semáforos.  En las grandes avenidas circulan los ciclistas por su zona delimitada con pintura en el asfalto, al borde del andén, a la derecha de los vehículos particulares.

Es posible ver autobuses detrás de una o varias bicicletas, si así lo exigen las condiciones de la vía. O un vehículo de grandes proporciones, sobrepasado tranquilamente por los ciclistas.

La velocidad controlada es, en gran parte, clave del éxito en la vinculación de los diferentes modos de transporte. Incluso, en algunas zonas, las bicicletas circulan también por los andenes, o ingresan a las áreas destinadas a los tranvías. Todo se lleva a cabo en perfecta concordancia y sin mayores sobresaltos.

Apenas si pueden oírse esporádicos toques de campana, que anuncian a los distraídos transeúntes la solicitud de paso de los ciclistas.

Pero, volvamos al lago. En sus proximidades, grupos familiares toman el sol tendidos sobre las praderas de los espacios públicos que lo rodean, o se reúnen entre amigos, departiendo divertidos mientras se beben una o varias botellas de vino.

 

Foto por: Martha Alzate.

 

Se puede observar a diligentes madres con sus pequeños hijos que apenas dan los primeros pasos, acompañando su descenso hacia las aguas del lago, bajo la mirada atenta de algunas abuelas.

En un paseo en bote por el lago, se logra tener una visión de conjunto de la ciudad.

A  veces da la sensación estar navegando en el interior de una delicada taza, grabada en las orillas por las diferentes construcciones. La que se observa no es una decoración homogénea ni densa, más bien es arbórea: los espacios blancos en el tatuaje simulado serían los tupidos bosques, que en buena medida ocultan la urbanización.

Sigamos con esa idea. Navegamos en el líquido oscilante de la taza que  puede ser  la ciudad de Zürich.  Al  bajar por sus orillas e internarse en el decorado de las paredes de porcelana que contienen las aguas, se empiezan a advertir detalladamente los barrios que hacen parte del dibujo, ocultos desde la superficie acuática por la espesa vegetación.

Una sorpresa acompaña al visitante que no imaginó ver tantas edificaciones en las riveras, que antes distinguía apenas como bloques esparcidos de paisaje entreverado.

 

Foto por: Martha Alzate.

 

Los edificios se suceden de las costas a las colinas, en una calculada gradación de las alturas, de tal manera que desde todas partes es posible tener vistas al lago.

Las fachadas se repiten sin llegar a ser iguales. Es una sensación de homogeneidad más que una similitud en sí misma.  Este efecto puede obedecer a la estandarización del urbanismo, que sin duda aporta armonía a todo el conjunto. En esta ciudad, la arquitectura no compite ni releva de su posición de privilegio a la naturaleza: más bien se deja subyugar por ésta y se somete a sus lógicas preexistentes.

En el tope de una de las muchas elevaciones, se puede visitar un antiguo hotel, el Gran Hotel Dolder de Zúrich. La construcción de la colina fue concebida como complemento a otra de igual propósito, ubicada en cercanías al lago, para proveer a los huéspedes, además de la oportunidad de acceder a la visual que domina el horizonte y da una perspectiva de todo el conglomerado, de diversos atractivos: canchas de tenis, un campo de golf, entre otros.

Para llegar a él, es necesario tomar el funicular, que primero fue levantado como parte del conjunto hotelero, y hoy ha sido incorporado al sistema de transportes públicos de la ciudad, prestando el servicio no solo a los visitantes que se alojan o quieren visitar el hospedaje, sino a los habitantes de los diferentes barrios que pueblan el ascenso.

Según el relato de nuestro guía, la propuesta estética, de carácter ecléctico, de este inmueble no fue de buen recibo por parte de los habitantes de Zúrich. No obstante, el hotel pasó a ser parte de los alojamientos predilectos de figuras internacionales del mundo de los negocios, la política, entre otros. Muchos huéspedes ilustres escogieron este lugar para pasar sus días en la ciudad.

 

Foto por: Martha Alzate.

 

La historia del hotel es una bella metáfora que permite darse una idea de los rasgos principales de esta sociedad.

Después de una época de esplendor, el alojamiento entró en declive. La familia propietaria del establecimiento no deseaba invertir en su renovación y el conjunto se puso en venta. Muchas cadenas hoteleras internacionales quisieron invertir allí, pero se abstuvieron de hacerlo porque no era posible realizar las intervenciones que éstas consideraban pertinentes, debido a las rigurosas normas urbanísticas. Así, no fue posible encontrar ningún inversionista que se decidiera a emprender su actualización.

Entonces, un acaudalado empresario suizo decidió comprarlo, renovarlo, y entregarlo a la ciudad para que ésta lo operara, en virtud del gran valor simbólico que la construcción, a su juicio, tenía para la ciudad. Para ello, contrató al renombrado arquitecto británico Norman Foster, quien planteó una intervención que pretendía combinar el antiguo edificio con construcciones de carácter contemporáneo.

Sería posible rematar este comentario sobre Zúrich diciendo: ¡Eso solo pasa en Suiza!  Y es que, muchas de las lógicas de esta sociedad son incomprensibles para nuestras mentes, instauradas en los agites tropicales de la supervivencia y las disputas continuas.

En este país, para nuestro asombro y admiración, es posible constatar situaciones que solo suceden aquí, de una manera particularmente precisa y rigurosa. Tratando de pensarlo mejor, medito en el hecho de que, en el fondo de todo lo que acontece, se encuentra el eco de las manecillas del reloj: Suiza, por momentos, se percibe tan exacta como el movimiento de los motores de su fina relojería.

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