Francia: ¿un laboratorio de revoluciones?

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¿Qué resta entonces de aquella idea romántica de la Europa poco consumista, ecológica, y usuaria asidua del transporte público masivo?


I

Le pouvoir d’achat

 

El poder de compra, esa es la cuestión de la realidad social de Francia al finalizar el otoño del 2018.

Comienza el invierno, que en toda la región centro europea inició oficialmente el pasado 20 de diciembre. Estas Hojas de viaje han servido para compartir con los lectores de La Cebra Que Habla mis observaciones en relación con las ciudades que visité el pasado verano.  Vendrán otros relatos similares. Allí se incluirán las narraciones relativas a la culminación de mis viajes en la temporada cálida, algunos otros que realicé en otoño, y los nuevos destinos que abordaré desde comienzos del próximo año.

 

Imagen extraída de: roadtripandtips

 

II

Revueltas y revoluciones

 

Sin embargo, quiero suspender por un momento el tono habitual de esta sección de nuestro portal web de historias, para dar cuenta del fenómeno que espantó a Francia, y a todo el continente europeo a finales de la estación otoñal: las movilizaciones sociales de los autodenominados Gilets Jaunes.

Los efectos de este sismo que ha sacudido las entrañas de los centros de poder occidentales contemporáneos, más que cualquier otra protesta que se recuerde desde el emblemático mayo de 1.968, no los podemos prever completamente.

En relación a la continuidad de sus acciones, no sabemos si habrán de suspenderse completamente o no.

Para absolver este último interrogante, será obligado esperar al cierre de hoy sábado 22 de diciembre, día de publicación de estos escritos, porque han sido precisamente los días sábado, desde el pasado 17 de noviembre, los escogidos para realizar bloqueos, paros de transportes, marchas y tomas pacíficas de los centros de las grandes ciudades francesas. Todas estas acciones ciudadanas de un levantamiento espontáneo, cuyo poder reside en la cobertura y penetración de las redes sociales; y que, igualmente, se han visto ensombrecidas al ser desbordadas por una violencia ciega y destructora, como nunca antes se había presenciado en este país en los últimos años.

 

Imagen extraída de: linternaute

 

Esa violencia  proviene de grupos radicalizados que aquí ubican en las extremas derecha e izquierda del panorama político.

Los franceses, pertenecientes a lo que podría denominarse una amplia clase media, han asistido perplejos a estos eventos.

Primero, observaron incrédulos cómo sus coléricos compatriotas se daban cita a través de las principales redes sociales en uso en el país, Facebook y Youtube, tras el anuncio del gobierno de incrementar los impuestos a la gasolina y al diesel a partir de enero del próximo año.

 

III

Buenas intenciones

 

Un incremento propuesto por el Presidente Macron, que en teoría tiene la intención de desestimular el uso de los vehículos basados en combustibles fósiles, y promover una renovación tecnológica del parque automotor francés, que ayude a mitigar las emisiones de carbono y los efectos que ellas tienen sobre el cambio climático, todo asociado al cumplimiento del acuerdo de Paris del que, por obvias razones, le es obligado marcar la pauta.

Por lo menos, es lo que sostuvo el Presidente para defender lo que los franceses consideran indefensable: castigar a la población más pobre del país, aquella que vive en la campiña, alejada de los centros urbanos, y cuya dependencia del vehículo particular se ha acentuado en las últimas décadas debido a la concentración en las grandes ciudades de los mayores recursos económicos, el desarrollo del transporte público masivo (trenes, tranvías y metros), el auge de los medios alternativos de desplazamiento (como las bicicletas, el mono patín eléctrico, entre otros), etc. y al retiro o ausencia de este tipo de infraestructuras o facilidades en los poblados rurales.

Para decirlo en palabras sencillas, tal y como lo expresó  con vehemencia Jaclin Mouraud, una habitante de la región de Bretaña madre de tres hijos, quien  compartió un video que alcanzó cerca de seis millones de visitas: “No podemos vivir todos en las ciudades, yo misma hago 25.000 km/año, no tengo otra opción que tomar mi carro, contamine o no contamine”.

A esta altura, es importante comentar que este video, al igual que la petición elevada por Priscillia Ludosky en la plataforma ChangeOrg, para lograr precios de los combustibles más justos, se han identificado frecuentemente como los inicios de las protestas.

 

Priscilla Ludoski. Imagen extraída de: El blog de Juan Raso

 

A ellas se sumó Éric Drouet, un conductor de camiones, quien fue aquel que se topó, en mi opinión por casualidad, con el fuerte símbolo que hoy congrega a quienes se pronuncian masivamente para exigir cambios en la política social del gobierno: el chaleco amarillo.

El hallazgo no es de ninguna manera irrelevante, ya que este alzamiento, que carece de estructura e institucionalidad y que ha surgido de la frustración profunda de un pueblo que se siente desconocido y maltratado por sus gobernantes, encontró en el chaleco fluorescente, obligatorio para todo aquel que conduzca un vehículo en Francia, una insignia que posee en sí misma un gran poder: el de igualar clases, ideologías, localizaciones, y motivaciones dispersas, aplanándolas todas, por así decir, logrando un fuerte poder de unificación e identificación.

Una razón poderosa para lograr el apoyo de 7 de cada 10 franceses, según lo  detectado por los sondeos de opinión que se llevaron a cabo en los primeros días de los gilets jaunes.

Después de cuatro sábados seguidos de protestas, llevadas a cabo por todo el territorio, tanto en los centros de las ciudades como en las principales rutas de autos que conectan el país se produjo desplazamiento a Paris.

La presencia de los caussers (los dañinos, pues esta palabra es una extensión de la denominación que el idioma francés tiene para dañar o romper), les ha otorgado una relevancia mediática internacional y un poder de amedrentar sin antecedentes cercanos: hoy, la poderosa República, heredera directa del poder de Napoleón, orbita en la incertidumbre.

“Hay franceses que sufren” se oye decir con frecuencia.

 

Imagen extraída de: radiofrance.

 

Y es que, a pesar de que los gilets jaunes iniciaron como un levantamiento en contra de la subida a los precios de los carburantes, a ellos se han ido sumando otros sectores de la población que comparten preocupaciones similares aunque por causas diferentes: los impuestos a las pensiones, la abolición del impuesto sobre la riqueza y su sustitución por una tasa a la propiedad inmobiliaria.

A lo anterior se añaden  los déficits presupuestales de los sectores salud, educación y defensa (el pasado miércoles 19 de diciembre La Policía Nacional entró en paro para exigir una mejora en los salarios), aparte de otras reclamaciones disímiles o consideradas extremistas, como la solicitud de la dimisión del Presidente y de la disolución de la Asamblea Nacional, al tiempo que se exige la convocatoria a un referendo ciudadano.

 

IV

Ecos del pasado

 

En la justicia y sensatez de sus demandas, allí es donde se juega el movimiento los apoyos de la mayoría de los ciudadanos, porque al momento corre el gran riesgo de pasar a ser considerado como un grupo que promueve la desestabilización del Estado y la anarquía, y así, es muy posible que pierda completamente la simpatía de la mayoría de franceses, a quienes la revuelta despierta temores que dan cuenta de que en su memoria todavía se encuentran latentes los ecos de la revolución de 1789.

Es cierto que después de la alocución presidencial del pasado 10 de diciembre, en la que Macron se desdice de muchas de sus propuestas más urticantes, y hace una especie de “mea culpa” en relación a lo que muchos han señalado como un distanciamiento casi autista de este gobernante con su pueblo, los ánimos parecieron descender: el acto V -cada una de las marchas de los sucesivos sábados han sido denominadas por sus organizadores como actos, un gesto sobradamente teatral-, tuvo casi la mitad de los asistentes en todo el país que el sábado inmediatamente anterior.

Las escenas de vandalismo en ciudades como Bordeaux, Lyon, Nantes que asistieron aterrorizadas el pasado 8 de diciembre a actos de violencia a los que no están acostumbrados sus habitantes, no volvieron a repetirse el pasado 15 de diciembre, y la violencia en Paris, sobre la zona de los Campos Elíseos (escenario de las peores batallas en los días anteriores) disminuyó ostensiblemente.

 

Imagen extraída de: Marianne

 

O tal vez, el gobierno se preparó mejor.

Un despliegue sin precedentes de 90.000 efectivos policiales a lo largo y ancho del país, la judicialización de quienes ocasionaron disturbios, y asimismo el procesamiento de aquellos que han hecho llamamientos a la violencia, han sido algunas de las respuestas con las que Macron, y el Primer Ministro Édouard Philippe, han intentado contener el vendaval que los azota.

La expectativa sigue puesta en lo que suceda hoy sábado 22 de diciembre, dos días antes de la Fêt de Nöel.

 

V

El “derecho” al consumo

 

La máquina de las compras está tan prendida en los hogares franceses, tanto como las chimeneas en sus residencias.

Es de ello de lo que se trata: en últimas, todo lo acontecido, el motivo que ha logrado aunar tantas quejas dispersas, tal vez el único objetivo transversal de esta protesta, que considero histórica y he tenido la fortuna de presenciar: recuperar el poder de compra de una clase media que se ha ido empobreciendo sistemáticamente año tras año en las últimas dos décadas: una clase trabajadora que es propietaria de un vehículo, y que  se esfuerza para llegar a fin de mes en función del nivel de vida que desea llevar.

Las cuentas son sencillas. El salario mínimo en Francia bordea los 1.500 euros/mes.  De ellos, cerca del 10% deben destinarse al pago de los servicios públicos esenciales (agua, gas, electricidad). Los transportes tienen en los grandes centros urbanos precios relativamente asequibles. Por ejemplo, una tarjeta del TBM (Transporte Metropolitano de Bordeaux), cuesta 240 euros/año (20 euros/mes) y permite usar todos los modos de transporte. Las escuelas públicas son gratuitas y solo debe pagarse el consumo en el restaurante escolar, que tiene un costo promedio de 50 euros/mes.

¿Y el resto?

Los alimentos son muy costosos en este país, y además parte del ingreso debe destinarse al pago de un alquiler o de las cuotas del préstamo relativo a la vivienda propia, aunque aquellos que son realmente pobres tienen muchísimas ayudas y subsidios, así como la posibilidad de habitar en las viviendas sociales, que son verdaderas mansiones comparadas con la misma categoría en Colombia.

 

Imagen extraída de: Worpress

 

Es verdad que, al sumar y restar, queda poco espacio para las compras. No obstante, comprar pareciera ser el gran deporte nacional de la clase media en Francia, a juzgar por la cantidad y el tamaño de los centros comerciales, que se multiplican.

En ellos, se ofrecen todo tipo de mercancías acumuladas en construcciones de gran formato, muy similares a las que pueden observarse a muchos kilómetros de distancia, por ejemplo, en Orlando y La Florida, en Estados Unidos: en ambos, aquí y allá, es tal el tamaño de los almacenes y la proporción de la estructura comercial es tan elevada en relación con la escala humana, que es obligado usar el vehículo para ir de un establecimiento al otro.

Sin olvidar, por supuesto, las compras por internet. Amazon en el país galo es el rey, pero todos los grandes jugadores del comercio, hasta los supermercados, tienen servicios de venta en línea, y es tan alta la demanda que ello ha contribuido a mantener en perfecto estado de salud a La Poste (el sistema nacional de correos franceses), que logró sobrevivir a la era del mail gracias a la cantidad de despacho de mercancías que hoy realiza desde su plataforma logística.

No se trata solamente de la campiña, en donde el vehículo es el único medio de transporte posible para ir siquiera a una cita médica o a la escuela. Tampoco de los centros de las grandes ciudades en donde la escasez y los altos precios del parqueo espantan a todos los conductores, pero donde los comercios están estratégicamente ubicados cerca de las principales estaciones de transporte y, por supuesto en las zonas céntricas.

 

Imagen extraída de: fmentransito

 

Pero el fenómeno es más impactante en las denominadas zonas metropolitanas: son las pequeñas o grandes villas, otrora poblados, que por la presión inmobiliaria de las grandes ciudades se han anexado e incorporado a sus dinámicas, pero que, al igual que el campo, subsisten a partir del uso del vehículo particular y replican en sus dinámicas habitacionales y en sus comportamientos de consumo a los grandes suburbios norteamericanos.

¿Qué resta entonces de aquella idea romántica de la Europa poco consumista, ecológica, y usuaria asidua del transporte público masivo?

Es una buena reflexión que no parece estar en el centro de la discusión.  La concentración del poder de compra está en las grandes ciudades, sobre todo en el centro del país y en su capital Paris, y se va difuminando, extendiéndose y replicando el modelo en los principales centros urbanos, hasta desfigurarse del todo cuando se trata del entorno rural.

Es por ello que, pienso, para protestar en la capital, la campiña tuvo que desplazarse masivamente y realizar una especie de “toma de Paris”.

Los parisinos solo aportaron el escenario: refugiados en sus veinte distritos de lujo, sofisticación y altos ingresos, su interés por participar de la protesta que ha sacudido al país es prácticamente nulo.

 

Imagen extraída de: 13.cl

 

Así es que, además de desinstitucionalizada, la mezcla de  diversos malestares sociales autodenominada los gilets jaunes contempla una variada gama de reivindicaciones, fragmentarias y altamente interesadas, en donde cada grupo gestiona sus reclamos en virtud de un único objetivo: aumentar los ingresos, liberando mayor cantidad de dinero de los gastos fijos para ir a cumplir con el mandato contemporáneo: buscar la felicidad en las compras compulsivas, y no pocas veces innecesarias, que mueven la maquinaria del capitalismo y al parecer son el gran motivo de vivir de las clases medias, también, en el primer mundo occidental.

La paradoja del sistema que nos gobierna consiste en que, comprar que es la base de toda producción y empresa privada, es también motivo de las demandas por la redistribución de los recursos que el mismo sistema acumula de manera despiadada: una paradoja sin aparente solución.

Adicionalmente, en épocas del capitalismo financiero, los gobernantes del estado nación en crisis son apenas los tramitadores de los intereses de las grandes multinacionales. Si les aumentan a éstas los impuestos, se irán con sus dividendos e inversiones a otro lado donde “los traten mejor”. Pero, si recortan las tasas a quienes las producen abundantemente, los presupuestos públicos se menguan dramáticamente, y entonces tienen que voltear los ojos al contribuyente primario, que parece una categoría etérea, pero en realidad está conformada casi de manera exclusiva por una clase media asolada que no aguanta más asaltos a su menguado bolsillo.

Mejor dicho, como reza el refrán popular, si en Colombia llueve con la Ley de Financiamiento, en Francia no escampa.

Y para seguir con la sabiduría popular, se podría concluir que en todas partes se cuecen habas. Ya no hay lugares seguros sobre la tierra, y en todas las regiones del orbe se agitan las banderas de la inconformidad. Por lo demás, es probable que las manifestaciones, dadas sus características, se detengan solas. Pero ello no atenuará la ira de los ciudadanos que no asisten ya indiferentes a la repartición de los recursos que genera el sistema, y que reclaman airados una mayor porción del pastel.

 


PDT: para finalizar quiero compartirles que esta será mi última Hoja de viaje del 2018 y a través de ella quiero desear a todos unas felices fiestas y un buen año próximo. Espero estar de vuelta con  nuevo aliento y más historias a partir del 26 de enero del 2019. ¡Feliz navidad a todos!

 

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