La Cuadra

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Por encargo de Jesús María Calle, que agradezco, para que reconstruyamos la constitución de un experimento cultural que propusimos en Pereira, hace ya varios lustros, recurro a mi memoria, confiando en que su fragilidad no sea un obstáculo. Al hecho lo bautizamos con el nombre de: La Cuadra, que a simple vista no sugiere nada, pero que en si tiene implícitos varios referentes.

Las primeras voces señalaron el hecho circunstancial de que en la misma cuadra y sus anexos vivían varios de los más prestigiosos artistas plásticos de Pereira como Carlos Enrique Hoyos Baena, a quien simplemente lo señalábamos con el nombre cariñoso de “El flaco”, Calle a quien conocemos afectuosamente como “Chucho”. Cercano a esos talleres funcionaba el taller de Viviana Angel Chuffi; en las inmediaciones el taller de fotografía de Javier García; por los mismos lares el Centro Colombo Americano, sede de la circunvalar, cuya directora era Lucia Molina que organizaba exposiciones. Además funcionaba el taller Raíces y otros grupos y centros de arte cuyos nombres en este momento se me escapan. Lo interesante era que todos compartían su incansable labor de trabajadores culturales sin que llegasen a formar conceptualmente una escuela de arte, porque cada quien tenía sus propias militancias pero los hermanaba la amistad, además de ser proponentes de estéticas interesantes todas. Aparte de su vocación por el oficio y su entrega a la ciudad, eran todos disciplinados y consagrados al arte.

Imagen archivo La cebra que habla

El segundo elemento en común era la edad: hombres y mujeres generacionalmente ligados, y con la fruición expresa en todos de mirar, observar e interpretar la ciudad.

El tercer elemento que explica el éxito de esta empresa es el concepto ancestral de la cultura pereirana y más de la generación aludida. El barrio, la cuadra, el vecindario fueron en la niñez de todos. Y este modo de asumir la vida en colectivo vecinal es igualmente una marca visible en América Latina, porque eran espacios de regocijo, de entretenimiento compartido y sostenido, pero sobre todo de hermandad. Eran tiempos cuando el espacio público urbano estaba aún en la transición de pueblo a ciudad y en consecuencia no se habían entronizado ni el miedo ni el terror de la violencia que después azotaría las calles de los pueblos y ciudades colombianas. Estos artistas que de niños habían crecido asumiendo la cuadra de sus viviendas como una prolongación de sus casas y sin duda lo más importante, de adultos y hermanados en la profesión de oficiantes del arte, proponen abrir sus talleres al público y con ello recuperar e incorporar la cuadra compartida a  la exposición artística con propuesta estética, abriendo sus talleres, para convertir  la calle en una especie de cátedra abierta, gratuita, generosa y sin restricciones de ningún tipo. Es decir, un nuevo y contestatario concepto museográfico.

El último punto, talvez el de mayor impacto, está en relación con la tradición pereirana de la construcción mediando el esfuerzo colectivo; solidaridad social que le da identidad a la realización de las grandes obras pioneras en el desarrollo local.

Pero no sería sano dejar de señalar que en su creación intervinieron otras personas que si bien no habitaban justo ese espacio de las artes o porque no tenían talleres sino otras profesiones o porque su tablado artístico estaba ubicado en otros lados de Pereira, pero todos los convocados ofrecieron su concurso. Recuerdo con claridad el entusiasmo manifiesto en la necesidad de construir esta idea con bases sólidas. Entre estas personas recuerdo a Hugo López Martínez “el Che”, Guillermo Constain, Cecilia Caicedo, James Llanos, Hernando y Álvaro Hoyos y Clara Inés Bojanini. Asistieron más personas cuyos nombres se me escapan, pero sé que otros que están escribiendo esta misma crónica los recordarán sin duda.

De las primeras reuniones jubilosas salimos con el compromiso de construir un proyecto que se pudiera convertir en una acción cultural efectiva para la transformación cultural de la ciudad.

Entrando en el proceso de desarrollo del proyecto recuerdo un escenario: un balcón en el taller de Chucho Calle, segundo piso, mirando hacia la calle, casi siempre desierta. Un tinto y sendos cigarrillos para Carlos Alberto Hoyos y la suscrita, Chucho se conformaba con su tinto y divagábamos soñando con ese espacio de noches futuras pero muy cercanas, lleno de gentes circulando de taller en taller, todos hablando del estado del arte en Pereira y el mundo y por supuesto de ahí las conversaciones se derivarían hacia la literatura, la filosofía y tantas y tan variadas presencias culturales. Animaba nuestra reflexión el hecho de pensar nuestra nación como una comunidad imaginada. Con unos referentes simbólicos en la geografía, en la forma de llevar la vestimenta hombres y mujeres, en el embrujo de la noche, incluso en los ámbitos de la cocina y sus marcas culinarias. Ese carácter público de la cultura que expresa formas de vida, de clases, de conductas religiosas, de prácticas de credo de distintos talantes y todos los roles posibles que corresponden al desenvolvimiento cotidiano del hombre en y con su entorno son los que se constituyen en procesos de negociación de sentido.

Y en ese proceso interviene la construcción del proyecto La Cuadra como realidad en si misma que entra en relación holística con el proceso cultural de Pereira, partiendo de la aceptación de que la cultura no sólo es una mediación necesaria y de la mayor importancia en  la interacción social, sino un proceso de negociación de sentido y que resultaba imperiosa la ampliación del carácter público del taller del “Maestro” a esas cuadras magnificadas el último jueves de cada mes para abrir las puertas de los talleres personales en un mismo y gran espacio donde se comparta el acto creador como un proceso de aprendizaje y de lúdica para hacer, aprender a aprender, leer desde una perspectiva nueva el concepto de museo y museografía y especialmente disfrutar de un espacio lúdico y colectivo.

Lo que en efecto fue.

Seguimos en compañía Carlos Enrique Hoyos Baena ensamblando el proyecto, llegando a avizorar la posibilidad de convertirlo en un modelo nacional al que propusimos llamar Corredor del Arte en la idea de prolongar la experiencia pereirana hasta otros espacios. Este concepto finalmente lo desarrolló Viviana Ángel en compañía de Jesús María Calle y Carlos Enrique Hoyos que con un amplio equipo de trabajo consiguieron excelentes resultados. En estas discusiones nos acompañó el artista plástico James Llanos, quien a su vez fundó “La cuadra del centro”, bajo idénticas directrices. Esbozado el proyecto, Hoyos se encargó de llevar la discusión al colectivo de artistas y de amigos del arte. La experiencia fue magnifica y sin duda el proyecto como tal tiene una lectura muy particular si se lo potencia por su capacidad de correr fronteras y de armar el pensamiento artístico desde una nueva franja de la memoria, porque la historia social, que tiene sus propios ritmos, busca despertar la sensibilidad estética de los jóvenes y de los transeúntes en general.

Cecilia Caicedo Jurado

Imágenes para ilustrar la nota, tomadas del perfil de Facebook de La Cuadra Talleres Abiertos

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