Caminando por la Défense entre Joan Miró y Alexander Calder, de repente, Colombia

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Aquella tarde, la imponencia de la capital francesa y todo su poderío, representados en el moderno conjunto urbanístico de La Defensa, cobraron la capacidad de producirme un profundo cuestionamiento


 

La Défense es la continuación urbanística de una larga avenida que, partiendo del Museo del Louvre, se conecta al Arco del Triunfo a través de los jardines de Las Tullerías con la Plaza de La Concordia y Los Campos Elíseos.

Inaugurada en 1989, esta estructura de mármol y granito, recubierta con placas de vidrio, se eleva hasta alcanzar los 110 metros.

 

El Grande Arche de la Défense tiene 110 metros de alto, 106 de ancho y cuenta con 35 pisos. La cubierta, fabricada en acero y vidrio, es uno de sus elementos más significativos, confiriendo al edificio un aspecto limpio y elegante. Foto por Martha Alzate

 

Había estado allí anteriormente, pero esta vez decidí descender del metro una parada antes, en La Esplanade de La Défense. Así, tuve la oportunidad de culminar el itinerario hasta el armazón monumental caminando por la moderna zona que le antecede.

Todo un distrito de espigados edificios, cada uno con una arquitectura particular, se abrió a mis pasos.

Al inicio Le Bassin Takis, cuyo campo de aguas se ha sembrado de esculturas. El estanque se encuentra custodiado por una silla gigante de tonalidad verde, diseñada por Lilian Bourgeat, desde donde es posible divisar el horizonte y verificar el alineamiento perfecto de esta ruta con el Arco del Triunfo.

Un vigor emana del sector en pleno desarrollo, en donde se asientan las oficinas de las principales empresas francesas, y de muchas otras importantes compañías de todo el mundo.

En la marcha se encuentran espacios concebidos para la contemplación y el esparcimiento, como La Fuente de Agam, un elemento de transición entre La Esplande y La Place de la Défense. Esta última, frecuentemente es habilitada para exhibiciones comerciales y culturales.

A su costado se puede observar el centro comercial Les Quatre Temps. A manera de complemento diferentes obras de arte, desperdigadas por el camino, dentro de las cuales resaltan las de Joan Miró y Alexander Calder.

Una vez enfrente del monumento, el espectador es absorbido por el blanco, tonalidad característica que define de alguna manera la experiencia de la visita.

El juego es estético: entre la distribución de los paneles de vidrio que recubren los perímetros, los cables adosados a las paredes -como aquellos que soportan el elevador-, y la carpa arquitectónica que sirve para dar forma a la sede del museo, ubicada en el nivel inferior.

 

Dentro del arco se encuentra la nube, una estructura suspendida con forma de nube obra del arquitecto Paul Andreu cuya ligereza contrasta con la estructura del “Grande Arche de la Défense”. Foto por Martha Alzate

 

Todo ello precedido por una gran escalinata, que aporta la sensación de peregrinación hacia lugar sagrado.

En general, los colores claros se imponen, garantizando llamativos contrastes con las fachadas de los bloques, algunas de ellas recubiertas de espejos azulados, y generando una impresión de pureza que refuerza el carácter de grandiosidad del conglomerado.

Explanada y plaza, con el arco como telón de fondo, parecen conformar una corriente, fluido que encuentra su fin en el vacío central de la bóveda ortogonal. Apacible discurre, acotado entre las construcciones dispuestas a manera de afluentes, hasta que llega a su desembocadura, explotando para dar forma al rectángulo blanco.

 

La Défense, el moderno barrio de negocios situado al oeste de París. Al fondo el Arco de la Défense. Foto por Martha Alzate

 

Para ascender al nivel superior, es preciso tomar una especie de cápsula, que transporta a los ocupantes rápidamente hasta la sala de exposiciones y la terraza.

El recorrido a cielo abierto sobre la cubierta del edificio da acceso a una panorámica inédita de la capital francesa.

Puede contemplarse desde allí la magnitud del Gran París, en cuyo centro se ubican los veinte distritos, representantes de la ciudad del periodo de Haussmann. Igualmente, se puede comprobar que este sector es el único de toda la aglomeración urbana en donde se han permitido grandes alturas.

 

Recorrido a cielo abierto por la terraza del Arco de la Défense

 

Aquel mediodía de agosto de 2018, en la sala estaba expuesto el trabajo del reportero gráfico francés Pascal Maitre, denominado “Seulement Humains” (Simplemente Humanos).

En ciento cincuenta fotografías de gran formato el artista plasmó los rostros de las personas que habitan regiones afectadas por graves conflictos armados o por difíciles condiciones socioeconómicas, agrupadas en diez grandes zonas geográficas, acudiendo al material producido durante su extensa experiencia profesional.

Me sorprendí al encontrar que Colombia ocupaba un sitio en esta exposición. El título escogido por el artista para esa serie de fotografías era “ELN, la última guerrilla colombiana”.

 

Galería de la exposición de Pascal Maitre “Seulement Humains” (Simplemente Humanos)

 

Adosadas a los muros, podían verse las imágenes de hombres con sus cuerpos totalmente barnizados, alineados y sosteniendo fusiles; otras instantáneas mostraban campesinos armados en trance de cruzar un pequeño río, entre varias escenas alusivas al grupo armado ilegal.

Los registros sobre Colombia correspondían a una investigación periodística que hizo Maitre en 1991, situación que le permitió una estadía de seis semanas en los campamentos guerrilleros.

 

Foto por Martha Alzate

 

Aquella tarde, la imponencia de la capital francesa y todo su poderío, representados en el moderno conjunto urbanístico de La Defensa, cobraron la capacidad de producirme un profundo cuestionamiento.

¿Qué significación atribuir a las imágenes de mi nación, suspendidas en una galería junto a la miseria y la desesperanza de estados fallidos como El Congo, aquel al que la BBC llegó a llamar, en un reportaje publicado en octubre de 2013, “País maldito por su riqueza”?

¿Qué distancia infinita separaba el conjunto urbanístico de La Defensa, donde deambulaban sin aparentes perturbaciones, aquel día soleado, todo tipo de seres humanos desprevenidamente, con los hombres tiznados, armados de fusiles, rodeados por las selvas de Colombia?

¿Qué imagen se llevarían de nosotros los cientos de miles de personas que a diario pasan por La Défense? ¿Sería ésta la única idea que ellos llegarían a tener de lo que somos o podemos ser?

 

Foto por Martha Alzate

 

Entonces, volvieron a mi mente los temas recurrentes para un colombiano en Europa: guerrilla y coca. La pregunta obligada del momento fue: ¿Es mi terruño otro territorio maldito? A lo que siguió la confusión, que procede de la dificultad constante de explicar que, a pesar de esta realidad innegable, habitamos un territorio como los otros, incluso como la orgullosa Francia de los Arcos del Triunfo y la Defensa.

¿Es una palabra, francés o colombiano, la que constituye toda diferencia entre ellos y nosotros? ¿O pertenecemos a mundos irreconciliables?

En medio del desconcierto, del impacto visual que aquella exposición me produjo, preferí volver a los aburridos planos extendidos en el área contigua, que daban cuenta de la estructura sobre la que se posaban mis pies el pasado verano.

Tal vez, el único trozo de suelo firme que me restaba en medio de la conciencia de que, aunque temporalmente instalada en el centro del mundo, e indiferente al destino que pudiera alcanzar, la aldea en la que nací y crecí y que me conforma, podría presentarse súbitamente para recordarme de donde provengo y, por tanto, lo que soy a los ojos del resto del mundo.


 

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