La muerte del viajero

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Ya lo dijo Indiana Jones, con su filosofía simple y certera, capaz de conmover al mismísimo Harrison Ford: “Sin misterio no hay aventura, y sin aventura no hay vida”


 

Si hemos de creerles a los estudiosos de la historia del pensamiento, hace muchos siglos los hombres-reales o inventados- partían hacia tierras lejanas, no tanto por conocer otros lugares y personas, como por encontrarse a si mismos.

Eso explica que Ulises, Heracles, Jasón, Alejandro de Macedonia, Adriano, Marco Polo o Antonio Pigaffeta, alentados por la imaginación de los poetas, adquirieran dimensión simbólica como resumen de los sueños colectivos.

En tanto la aventura del viajero era menos geográfica que espiritual, sus peregrinaciones tuvieron un componente iniciático que duró hasta dos centurias atrás.

Sin embargo, en etapas sucesivas, el siglo XX le expidió acta de defunción a la figura del viajero como emblema de inquietud y conocimiento, reduciéndolo a una especie de funcionario movido por fuerzas que nada tenían que ver con el espíritu inicial.

 

 

Primero fueron los viajantes de comercio, nacidos al ritmo de la Revolución industrial, cuya tarea era llevar los prodigios de la naciente sociedad de consumo a los rincones más apartados.

En realidad, lo único que los acercaba a sus predecesores era una que otra aventurilla erótica con amas de casa aburridas o con adolescentes dispuestas a correr riesgos para quitarse de encima el lastre de la virginidad.

Luego llegaron las agencias de viajes y, con la ayuda de un descubrimiento como la fotografía, se inventaron una nueva especie de consumidor que ya no compra y desecha objetos reales o simbólicos, si no paisajes y monumentos: el turista, una criatura mutante que siempre viaja al fiado y va por el mundo orgullosa de sus tarjetas de crédito y de sus cámaras digitales de video y fotografía en las que, incapaz de recordar nada, registrará todo lo que encuentre a su paso.

Para que no queden dudas, lleva siempre a mano su seguro de vida y su tarjeta de vacunación contra plagas tropicales, de modo que lo único capaz de acercarlo al vértigo y la incertidumbre de los viejos aventureros sería el asalto de una pandilla juvenil en los extramuros de alguna ciudad del tercer mundo, que ya casi es el cuarto.

 

 

Y entonces fue el advenimiento de Internet, esa suerte de divinidad laica que está en todas partes y en ninguna, cuyo primer efecto visible fue despojar muchas cosas de la vida de su valor más preciado: El misterio, como bien lo deben saber los camarógrafos de Discovery Channel y la National Geographic.

Ya lo dijo Indiana Jones, con su filosofía simple y certera, capaz de conmover al mismísimo Harrison Ford: “Sin misterio no hay aventura, y sin aventura no hay vida”.

Por eso es tan fácil entender a esos adolescentes japoneses, saturados de información y solitarios hasta la desolación, encerrados en sus cuartos y conectados al mundo a través de los finísimos hilos de la web, sobreviviendo con base en comida chatarra y a lo mejor añorando sin saberlo unos tiempos cuando los hombres partían sin otro equipaje que la curiosidad y atravesaban mares tormentosos, para regresar muchos años después con un montón de noticias sobre los seres que habitaban al otro lado del mundo.

 

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