Los impuestos en Suiza: un modelo pero no una fórmula

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Suiza destaca en virtud de dos razones: una tasa impositiva federal (nivel nacional) única y baja; y grandes descuentos en función de si el contribuyente tiene hijos o no.


 

El guía de nuestro tour por Zurich, quien nos acompañó también a navegar en bote por el lago del mismo nombre, hablaba perfecto inglés, pausado y con una dicción acentuada que facilitaba la comprensión de todo lo que iba narrando.

Así, pude comprender su explicación acerca de cómo funciona la tributación en Suiza, tema que surgió a partir de la referencia que hizo a los bajos impuestos que pagan los contribuyentes en la comunidad de la Costa de Oro, una de las riberas del lago más elegantes y pobladas.

Según su narración, los ciudadanos suizos hacen sus aportes en tres niveles bien diferenciados: el nivel federal, al cual van algunos recursos que el Estado retorna encargándose de la defensa nacional, la estructura nacional de transporte, y las políticas públicas generales para todo el país.

El de los cantones (como Zúrich), que tienen autonomía para definir las tarifas, y el de los distritos (dividido a su vez en comunidades),  un nivel que podríamos asimilar al municipal, también con autonomía fiscal.

Los cantones administran los equipamientos y asistencias generales como el transporte regional.  Los distritos y las comunidades proveen los específicos como la educación, la salud, los parques y la recreación, así como el transporte local.

En ese paraje de ensueño, con el viento animando al fondo nuestra conversación, alcancé a comprender que en la autonomía de las comunidades (o municipios) está la base de la competencia por atraer contribuyentes ricos que pueden “negociar” (aunque parece que eso no se hace de manera oficial) la tasa impositiva con la comunidad, para establecerse en ella, lo cual redunda en un resultado de mutuo beneficio: el contribuyente obtiene una mejor tasa de impuestos y los habitantes de esa comunidad recaudan gran cantidad de recursos que son distribuidos en bienestar de toda la colectividad y devueltos en servicios públicos y sociales.

Foto por: Martha Alzate.

La exposición de nuestro guía se extendió hasta mencionar la manera como se eligen los representantes al gobierno de estas comunidades autónomas, y la posibilidad que tienen los residentes de votar cambios en la legislación comunitaria y la tasa impositiva local, entre otras disposiciones.

Todo ello mientras mis ojos se paseaban por las lujosas construcciones que circundan el lago.

La solidez del sistema colectivo y social suizo, por lo menos en lo que puede percibirse en apariencia, parece tan perfecta que, para nosotros, venidos del mundo del caos y del “sálvese quien pueda”, es tan impactante como sospechosa: algo en el fondo de mi repetía  la frase aquélla : “de eso tan bueno no dan tanto”.

Inquieta por conocer mejor cómo funciona el modelo tributario en este país, estuve investigando sobre las cargas fiscales para trabajadores (sobre ingresos laborales de la población empleada), y los impuestos aplicados a las empresas.

Así, llegué al informe “Taxing Wages 2018” de la OCDE (La Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico). En él, la entidad elabora un extenso documento comparativo acerca de las tasas impositivas y los aportes a la seguridad social en diferentes países pertenecientes a esta organización.

Dando una mirada rápida a las tablas en las que se compara la situación laboral en términos de ingresos y descuentos (que incluyen aportes fiscales y parafiscales), Suiza destaca en virtud de dos razones: una tasa impositiva federal (nivel nacional) única y baja; y grandes descuentos en función de si el contribuyente tiene hijos o no.

Foto por: Martha Alzate.

Las personas sin hijos en Suiza pagan más impuestos que aquellas que tienen hijos, pues en el balance también se incluyen los beneficios que reciben los padres en relación a la educación, salud y otras garantías generales para la familia.

En el resumen del informe en español, que se puede leer en la página web de la entidad, se lee:

“En 2017, la cuña fiscal más alta –en el salario promedio- para familias con dos hijos en las que solo trabajaba un cónyuge fue en Francia (39,4%). Bélgica, Italia y Suecia tuvieron cuñas fiscales entre 38% y 39%. Nueva Zelanda tuvo la cuña fiscal más baja (6,4%), seguida por Chile (7,0%) y Suiza (9,1%)”.

No obstante, la situación impositiva en el país varía dependiendo de la localización, pues las tasas son diferentes en cada cantón y comunidad.

Podría deducirse, de lo narrado por el ciudadano suizo y de mis lecturas, que la posibilidad de pagar bajos impuestos se basa en dos premisas fundamentales:

1.Una gran cantidad de servicios sociales que se proveen a un nivel muy descentralizado, con un manejo fiscal autónomo que facilita el seguimiento directo de las comunidades a la inversión de los recursos que aportan.

2.La atracción por vía de la negociación de las tasas, de grandes aportantes, quienes, en el balance entre garantías sociales, calidad de vida y tasa impositiva, prefieren asentarse en las comunidades suizas.

Foto por: Martha Alzate.

En mi opinión, un sistema así solo es posible debido a la gran descentralización que lo acompaña. La cercanía de los contribuyentes con la prestación de los servicios sociales esenciales y la posibilidad de modificar las normas, revocándolas o afirmándolas, da un poder a la ciudadanía que promueve la calidad en la prestación de toda la asistencia social y una amplia provisión de espacios e insumos básicos para la convivencia.

Un círculo virtuoso cuyo pilar fundamental son los ojos cercanos de los ciudadanos puestos en los recursos que aportan.

La autonomía territorial, por supuesto, tiene su contraparte imprescindible en una responsabilidad individual muy efectiva: la población está empadronada, y cada acción que afecte o influya en la estabilidad colectiva (por ejemplo, conducir un vehículo) está referenciada a un individuo particular, identificado con su domicilio (actualizado) y todos sus datos.  En caso de cometer alguna infracción es la persona la sancionada, y el reporte se le envía a su domicilio sin necesidad de muchos procedimientos.

Es la ventaja de tener el manejo fiscal localizado en comunidades de tamaño pequeño. Pareciera que así, es posible concretar de mejor forma los postulados básicos de la ciudadanía en función en la distribución equitativa de deberes y derechos ciudadanos.

Estoy lejos de tener una visión “experta” sobre el tema, además porque en el recuerdo de esa tarde de verano en las aguas calmas del lago de Zúrich, las palabras pronunciadas en ese inglés perfecto llegaban a mí suavizadas por la calidez del paisaje. Pero algo me quedó muy claro: es importante comprender el contexto en el que se llevan a cabo disposiciones que, en ocasiones, pretendemos replicar en nuestros países sin ningún tipo de juicio.

En el caso concreto de la reforma tributaria que hoy, lo veo en el twitter, se abre camino de la mano del nuevo gobierno colombiano, no basta solo con reducir los impuestos a las empresas, ni parecería deseable cargar demasiado a la clase trabajadora (además sin tomar en consideración la relación tasa/familia/hijos), para hacer más equitativo el sistema económico y social.

Foto por: Martha Alzate.

La descentralización, en el juicio somero que puedo tener sobre el estatuto tributario suizo, es imprescindible, y base de toda la organización. Sin autonomía, a un nivel muy localizado, no es posible evitar la malversación de los fondos que se recaudan.

Una gran duda que viene a instalarse en la viabilidad de implementar esta o cualquier otra reforma de impuestos en nuestro país: la corrupción imperante hace que, incluso con motivaciones ciertas como la necesidad de cubrir el déficit fiscal o de hacer más amplia y equitativa la base de aportantes, la desconfianza se cierna sobre el contribuyente promedio.

Eso porque el sistema es, también, ferozmente centralista, y no es posible para el ciudadano percibir los resultados efectivos de sus esfuerzos.

Al contrario, ante la precaria calidad de las asistencias sociales básicas y las dificultades para acceder a ellas, los recursos recaudados se escapan por dos grandes agujeros: el robo perpetrado por los agentes políticos e intermediarios de las inversiones,  sumado al alto monto de los subsidios.

Tal vez sería deseable considerar que, en lugar de  regalar recursos a la más pobres, los mismos que llegan a ellos deformados por los vicios de la corrupción (sensiblemente disminuidos en su monto original, o condicionados por los agentes políticos), sería deseable invertir en bienes sociales, de manera eficaz y transparente, pero a un nivel mucho más descentralizado.

De ese modo se garantizaría  el acceso universal a servicios básicos de calidad, se lograría hacer más eficientes los ingresos de las familias, provenientes de su labor o actividad, en el propósito de que todos podamos obtener una mejor calidad de vida y un sistema más justo y equitativo.

Para terminar, habría que considerar que “para vivir como en Suiza” no nos será suficiente copiar a destajo algunas características de su estatuto tributario: su sistema es cerrado, y tiene como pilar fundamental la autonomía y responsabilidad individual de cada ciudadano localizado en un territorio particular. 

 

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