Maraya, entre silencios y milagros

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La cara que el barrio Maraya le muestra a la Avenida 30 de Agosto está llena de sitios en los que reina el silencio.


 

Los silencios

Sin ruido no hay silencio. Por eso el silencio del barrio Maraya le debe su existencia al bullicio de la Avenida 30 de agosto. Basta tomar uno de los desvíos de esta vía afanosa para sumergirse en las calles de un barrio en el que todo transcurre lentamente. Los decibeles bajan, la vegetación se intercala con cuadras que dejan de ser lineales y con varias calles ciegas. Todo son casonas de ladrillo a la vista, por lo general de colores granate, mármol y otras texturas en las que se adivina la prosperidad de otros tiempos.

No se ven niños en la calle ni se escucha la música de un vecino alborotado. Tampoco se ve gente asomada en las ventanas o en el marco de las puertas. Uno pensaría que todas las casas están solas de no ser por sus jardines perfectamente cuidados. Todas las flores saludan al caminante y se nota que el pasto recibe puntual poda y cuidados. Las pocas personas con las que uno se topa en el camino, dan la sensación de que llevan viviendo allí toda la vida.

Muchas de las casas de familia se han convertido en empresas de vigilancia, en un barrio que parece no necesitarlas. Al menos esto afirma Fernando Molina Herrera, el vigilante de una de las cuadras, quien señala que, en sus 34 años de labor, jamás le tocó presenciar un robo.

Fernando es un vigilante de los de antes. Lleva una macana amarrada a la cintura y encima del pantalón de paño. Usa gorra y debajo de ella lleva el pelo peinado hacia atrás y con gomina, a la vieja usanza, como un cantante de tango.

Foto por: Edison Osorio

 

“Antes todo el mundo pagaba la vigilancia, pues había puras casas de familia. Ahora esto está muy solo, se ha llenado de empresas y como tienen alarma, entonces dicen que no necesitan que uno cuide y dejan de pagar, pero eso sí, parquean los carros por aquí y creen que se cuidan solos”.

Lo verdaderamente insólito para Fernando, oriundo de Quimbaya Quindío, es haber logrado sacar dos hijos adelante sin tener nada más que la remuneración (cada vez menos cuantiosa) de sus rondas por la cuadra. Fernando tampoco está asegurado, por lo que es un milagro que durante todo este tiempo nada le haya pasado.

Como Fernando, otros vigilan el barrio. Se trata de señores de cierta edad que se vuelven parte del paisaje. Son testigos silenciosos de todo lo que pasa, sentados, a veces adormecidos sobre una silla de plástico de la que alguien quiso deshacerse alguna vez.

En las noches frías lo contemplan todo desde una pequeña caseta al interior de la cual se puede ver una chaqueta colgada de un gancho y un radio viejo sobre una tabla. ¿Cómo se pueden pasar el tiempo al interior de una caseta, si no es oyendo Radio Uno (la favorita de Fernando Molina) y sumergido en los recuerdos?

 

Foto por: Edison Osorio

***

 

Quien una tarde camine por una de las calles ciegas de Maraya que limitan con el Batallón San Mateo, encontrará docenas de pájaros, la mayoría amarillos y negros, posados sobre los cables de la luz o apoderados de las copas de los árboles de esas casas en las que saben que nadie les va a perturbar el sueño.

Los árboles se mecen un poco con el viento de las 5 de la tarde y los rayos de sol invaden las viviendas y acarician a un ángel de piedra que, parado en uno de los jardines, parece sostener el mundo con sus manos. De pronto, un olor fétido proveniente de la quebrada la Dulcera, hecha a perder aquel trance agradable.

La cara que el barrio Maraya le muestra a la Avenida 30 de Agosto está llena de sitios en los que reina el silencio. Templos de diversos credos y un restaurante de comida china que, como casi todo en Maraya, lleva allí toda la vida. El interior de los restaurantes chinos es extraño y su decoración es anacrónica. A pesar de que el arroz chino es una comida muy popular en Pereira, parece que a muy pocos se les ocurre visitar aquellos sitios.

De allí que los restaurantes chinos tengan altísimas ventas pero que se la pasen solos. En la entrada, un joven, el único con cara de colombiano dentro del local, reposa sobre un sofá rojo que parece alternar con el puesto de la moto en la que hace los domicilios. El interior del restaurante es un poco oscuro y tras un mostrador dos mujeres con rasgos orientales hablan entre sí en un idioma inentendible (probablemente chino).

 

Foto por: Edison Osorio

 

Una de ellas intenta calmar a un niño que llora a todo pulmón. Se niega a hablar con nosotros y afirma que la otra mujer no puede atendernos por no hablar español.

 

Los milagros

La tienda Maraya parece un cajero automático. Siempre hay alguien haciendo fila. Una señora muy amable y risueña atiende a través de una ventana. Detrás de ella, hay afiches de una marca de helados, varios congeladores con yogures, gaseosas, un mostrador con chocolatinas de todos los tamaños, chicles, bolsas de leche, arepas, paquetes de papas y golosinas. Tras ella no parece quedar un solo espacio libre y todo lo que sus clientes le piden, lo encuentra con prontitud.

¿Me da un helado casero de lulo? dicen dos jóvenes, ¿me da unos Choclitos picantes? pregunta (u ordena) un señor, ¡no sé qué pedir! exclama una niña que mira todo lo que hay en la tienda y no recuerda por qué hizo la fila hasta el final. Sobre una de las sillas Rimax azules que están amarradas con un alambre y son para la clientela, una mujer fuma un cigarrillo con filtro.

Tiene unos pantalones color verde loro y parece ser muy amiga de la señora de la tienda. Se trata de Luz María Mejía que lleva casi toda su vida en el barrio, cuando este era la mitad de lo que es hoy.

 

Foto por: Edison Osorio

 

“En este barrio todo el mundo es muy sano y muy querido”,  comenta Luz María Mejía con satisfacción. Sin embargo, sobre la calle 49 ha habido muchos accidentes porque los carros y las motos que llegan de todos lados confluyen ahí. ¡Yo misma he tenido que ver a varios accidentados! exclama Luz María, que dice haber llegado al barrio desde muy niña. Recuerda cuando construyeron la Iglesia Nuestra Señora de Fátima.

Cuenta emocionada que un sacerdote llamado José María Ruiz, mando a traer a la Virgen desde Cova da Iria (Portugal)

Esa es una Virgen muy milagrosa que se le apareció por allá (Portugal) a tres niños pastores.

Mi mamá una vez estuvo muy enferma. Yo entonces le dije a la Virgen de Fátima que si ella aliviaba a mi mamá, yo la iba a cuidar hasta el último de sus días, y como me la alivió, así lo hice. Pero luego volvió a enfermarse, esta vez muy grave por lo que le pedí a la Virgen de Fátima tres cosas: la primera, que el día que mi madre se muriera yo no la tuviera que ver, porque no soy capaz ; la segunda, que no se me fuera a morir en los brazos, por decir, cuando la estuviera bañando; y la tercera, que me avisara el día que ella fuera a partir.

 

Foto por: Edison Osorio

 

Cuenta Luz María Mejía que la mañana del 13 de enero de 1998 ella se fue por un tinto a la cocina y allí mismo la invadió una sensación -muy triste pero muy hermosa al tiempo- que le reveló que su madre moriría aquel día. Por ello, corrió a llamar a sus 7 hermanos para que se fueran para la casa a despedirla.

Ninguno me creía, comenta Luz María Mejía. Usted está muy totiada por el estrés, me decían mis hermanos. Pero por la noche todos estaban en la casa y a las ocho, preciso cuando me encontraba en la casa de los vecinos, mi mamá falleció. Eso me alivió un poco, porque no hubiera aguantado verla morir. ¡La virgen me había cumplido!

Cuando le pedimos a Luz María que nos regala una foto para completar esta crónica, se negó rotundamente porque, según ella, estaba muy despelucada y que así ni riesgos. Así está bonita, déjese tomar la foto, le insistió la señora de la tienda, pero de nada sirvió.

Luz María hoy trabaja en una empresa familiar llamada Canecas de Maraya, cuya sede se encuentra en el mismo barrio. Nos dio su tarjeta y nos dijo que no nos olvidáramos de hacerle llegar este escrito. (Así que si usted está leyendo esto y por casualidad es a señora Luz María Mejía, desde aquí la saludamos).

 

Foto por: Edison Osorio

 

Ya empezaba a oscurecer. Subimos de nuevo hasta la iglesia de Fátima y allí encontramos a la Virgen, contemplándolo todo, igual que Fernando Molina lo hace desde su caseta, tal vez pensando que las cosas eran mejor antes, cuando no habían llegado aquellos templos de otras religiones con sus propios milagros y apariciones.

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