Muros en la ciudad y en la mente

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No hay muros más poderosos que los de los prejuicios atizados por los miedos propios.


 

Ladrillos, cemento, alambre de púas, metal. Cazadores de fronteras. Perros y reflectores.

Muros que se levantan 100 años después del final de la Primera Guerra Mundial.

Muros que perduran,  aún después de más de tres décadas de desaparecidos, como el infame muro de Berlín.

Berlín, ciudad-experimento de paz y de aliento contenido. Berlín, ciudad-botín de fuerzas aliadas y luego contrarias. Berlín, la ciudad que por fin lleva más años reunificada que separada. 

Restos de muro coloridos y mil veces fotografiados. La memoria traviesa como un viento de agosto que despeina y eleva cometas. Un fragmento junto al agua, que hace creer que tan solo fue un decorado de teatro. Ese que con sus turistas  cámara en mano, hace olvidar que  hizo estragos en las mentes de los ciudadanos de ambos retazos de país.

Durante 28 años, de manera sistemática, ese meridiano de cemento y hierro, metralletas y patrulleros, ahondó divisiones creando dos países paralelos que se miran aún hoy con recelo.

La “Canciller del Este” es uno de los tantos apelativos para la jefa de gobierno en Alemania.

El muro físico no existe, pero la barrera mental, perdura.

 

Foto: Muro de Berlín en la calle Bernauer. Al frente hierros que sostenían el muro. Atrás una foto ampliada de la emblemática imagen del soldado que en 1961 salta el alambre de púas que marcó territorios y dividió a las dos Alemanias en Oriental y Occidental. Tendrían que pasar 28 años antes de que el muro cayera. Foto por: Juliana González

 

Alguien podría decir que es normal. Que las diferencias regionales existen en todos lados. Que un neoyorquino nunca será igual a un californiano. O que un pastuso y un costeño son diferentes. Lo son y lo serán. Pero no es la geografía de las montañas ni los fenómenos climáticos los que han marcado esas divisiones.

Fue el miedo a que un sistema hubiera llegado a la bancarrota, arrasado por una dinámica económica y social diferente. Si la gente se va, el modelo colapsa. Para eso existen los muros. Para detener las marchas de las caravanas humanas, para contener los flujos migratorios, para no dejar entrar, pero tampoco para no dejar salir.

El muro de Berlín fue, sobre todo, ese tipo de muro: el que no deja salir.

13 de agosto 1961… Un alambre de púas pone final a la salida de alemanes que trabajaban en el lado occidental de la ciudad y vivían en el lado oriental.

Berlín, como ciudad-laboratorio de modelos económicos y sociales.

De un lado la economía de mercado impulsada por Estados Unidos, Francia y Reino Unido, quienes querían un socio comercial fuerte pero reducido en lo militar.

Por el otro lado el modelo socialista, de economía planificada en quinquenios, a semejanza de la Unión Soviética, que temerosa de una Alemania fuerte se había decantado por desmantelar las industrias y darle un carácter más agrario y así más periférico. Alemania debilitada era para los soviéticos una garantía de seguridad.

Cuando la convivencia de los dos modelos probó que uno podría colapsar, se dio inicio a una medida radical: crear barreras físicas.

 

Foto: East Side Gallery cerca del río Spree. Con sus 1,6 kilómetros es un mural vivo que recuerda la división del país. Un destino turístico obligatorio para los amantes de la convulsionada historia del siglo XX. Aquí se aprecia una pintura en el muro sobre la apertura del muro.
Foto por: Juliana González.

 

Y ante la certeza de que un alambre de acero no lograría contener los movimientos de personas de un lado a otro, la Alemania Oriental se puso en la tarea de crear un muro y con él todo un sistema de zonas militarizadas, sembradas de explosivos, alumbradas con reflectores. Un sistema de delaciones y chuzadas. La barrera física era una solución inmediatista.

Pero la mente humana es más compleja y sabe que las voluntades logran saltar barreras. Así que el mismo aparato se dedicó a pulir muros sicológicos más eficaces: espiar a los vecinos, convertir a los alemanes del otro lado del mundo en un nuevo otro.

El muro cementó una identidad maltrecha por el fanatismo de los años del nacionalsocialismo, sumado a los bombardeos y la guerra. Ser alemán a mediados de los años cuarenta no daba muchos réditos. 

Pero no hay muro que dure 100 años ni cuerpo que lo resista. No fue recobrar la identidad alemana la que logró el milagro. Como tantos otros acontecimientos de la vida, la suerte metió baza, y llegó oportuna en una sociedad de movilizaciones ciudadanas pacíficas.

1989 fue un año de revolución silenciosa en Alemania. Pero sería un desliz televisivo de un funcionario del Politburó, el que ese 9 de noviembre, determinaría el fin del muro.

Los medios repitieron lo que en realidad había sido un gazapo: “apertura inmediata de las fronteras”, aun cuando las mismas permanecían cerradas. La impactante primicia encontró eco en la ciudadanía, que apostada en los puestos fronterizos hizo capitular a los soldados de guardia y a la cúpula. Hambre de ver a los suyos del otro lado. Hambre de desvirtuar mitos, de respirar libertad. Hambre de reconocer a aquellos que hasta hacía tres décadas atrás habían sido de los mismos.

En lugar del infame muro, persiste un esqueleto de hormigón, los souvenirs para los turistas en el kilómetro multicolor y la cicatriz adoquinada que serpentea en el suelo de la capital.

Pero lo cierto, es que aún y a pesar de que el muro se cayó sin violencia física, en la mente de miles de alemanes, persiste la noción de que a fuerza deben coexistir con los otros. Con unos otros inventados a imagen y semejanza de ese miedo humano a la pérdida de privilegios.

 

Foto: Calle de Charlotte en el centro de Berlín. El peatón que pone atención se encuentra con estos adoquines que marcan el espacio, donde una vez estuvo el muro. La inscripción reza „Muro de Berlín 1961-1989″. Foto por: Juliana González

 

El muro que desaparece y en su lugar deja un hueco en la tierra y una estela de “otros” me hace recordar el fin del conflicto en Colombia, donde aún nos negamos a vernos y a reconocernos en esos otros.  Un país donde una parte de su población se atrinchera en sus posiciones para no dejar entrar al otro, mientras otra se abre para dejar salir su curiosidad, y ejercer su derecho de construir ciudadanía, a través de la verdad.

No hay muros más poderosos que los de los prejuicios atizados por los miedos propios.

Lleva en el alma una lupa para ver las letras y sus detalles. Peregrina y protagonista de muchas versiones de su propia vida. M.A. Políticas Públicas y M.A. Economía Internacional y de Desarrollo Analista política de la cadena alemana Deutsche Welle. Twitter: @JuliGo4

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