El museo Larco en Lima, Perú: uno de los mejores del mundo

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La construcción asemeja a la casona de una hacienda, hecha para el disfrute, que ningún visitante al país de los incas se debe perder. Su arquitectura además no es accesoria a lo que constituye el lugar, incluido por TripAdvisor como uno de los 25   museos más destacados  del mundo.   


Guiados por Eduardo Subirats, llegamos a la casona que hoy ocupa el Museo creado por Don Rafael Larco Hoyle.

Don Rafael fue hijo de terratenientes dedicados al cultivo de azúcar en sus haciendas del norte del Perú.  A través de las exploraciones realizadas en sus propios terrenos y de la compra de colecciones muy completas de cerámica precolombina, su familia logró consolidar una impresionante muestra que se exhibe en la casa diseñada para tal fin, ubicada en el Distrito de Pueblo Libre, al sur oeste del centro histórico, en el área metropolitana de Lima.

 

 

La construcción asemeja a la casona de una hacienda, hoy rodeada por la urbanización, pues está insertada en una barriada compuesta en su mayoría por casas de habitación de uno y dos pisos.  Separada de este entorno por muros de tapias, se encuentra ubicada enfrente de un parque.

 

 

Su arquitectura reproduce la de las villas coloniales del S XVIII, aunque la casa original fue comprada a mediados del S XX por Don Rafael, a la familia Luna Cartland, realizando sobre ella las adaptaciones que él quería para darle, según sus propias palabras, “el sabor colonial”.  

 

 

Para acompañar de mejor manera este estilo arquitectónico, Don Rafael incluyó algunos objetos de la antigua villa de recreo de los marqueses Herrera y Villa Hermosa, ubicada hasta su insólita destrucción en la provincia de Trujillo.

En la historia del museo, consultada en su página web, puede leerse “El nuevo Museo Rafael Larco Herrera no sólo fue construido en el estilo arquitectónico del siglo XVIII sino que incorporaba rejas, puertas, columnas, vigas y cerrojos de la casa solariega de los marqueses de Herrera y Villahermosa en Trujillo”.  

 

 

La arquitectura de la casa no es accesoria a lo que constituye este museo, incluido por TripAdvisor como uno de los 25 mejores museos del mundo el pasado septiembre.

La majestuosidad de la casa que alberga la extensa colección de piezas precolombinas permite al visitante un doble disfrute.

 

 

No sólo se está en presencia de un gran número de artículos de joyería en oro y plata, de cerámica y tejidos, instrumentos elaborados usando conchas y otros materiales naturales, armas, vasos y cerámicas rituales, esculturas hechas en madera, piedra y metales, entre otros tesoros  que representan diferentes culturas y dan cuenta de la evolución de sus artes, dominio de los materiales, e iconografías en distintos períodos históricos; sino que la misma casa favorece la exhibición resaltándola al constituir ella, en sí misma, una construcción de extrema belleza.

 

 

Rafael Larco, quien es considerado uno de los precursores de la arqueología peruana, fue un estudioso de los períodos y las distintas civilizaciones que poblaron no solo  las costas y los valles, sino la sierra de este país. Sus frecuentes trabajos de exploración en campo le permitieron proponer, en 1950, un cuadro de clasificación de períodos, en lo que él denominó las 7 épocas peruanas.  

 

 

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En la exposición permanente del museo, destacan los atuendos ceremoniales, tejidos con oro y plata, con los cuales los gobernantes de los poblados indígenas garantizaban mostrarse ante sus pueblos como enviados directos de los dioses.  En públicas apariciones, se mostraban ataviados con estos bordados de metales preciosos, a los cuales el reflejo del sol hacía brillar hasta otorgarles a quienes portaban tales atuendos el aspecto de una divinidad.  

 

 

Es significativa, también, la diversidad de técnicas, materiales, e imágenes que acompañaron a los varios pueblos indígenas del Perú.  Desde cerámicas en tonos negros hasta aquellas cuyas inscripciones y grabados aparecen marcados por los tradicionales colores terracota.  La multiplicidad de diseños, formas, evocaciones y utilidades (como las de los vasos rituales o los morteros) de las cerámicas, rivalizan con la belleza de tapices, tejidos y joyas exhibidos.

 

 

La cosmogonía aborigen abunda en representaciones de las energías de la naturaleza asociadas con animales.  Como aquel que combina el felino, el ave y la serpiente: el ser mitológico que reúne a estas tres especies, representa las fuerzas de los tres mundos (el de abajo –subsuelo-, el de en medio –la tierra-, y el de arriba –el cielo-).

Su imagen se muestra en múltiples combinaciones en donde el lugar ocupado por cada animal varía, según tenga cabeza de ave, patas de felino y cuerpo de serpiente, entre otras maneras de evocarlo. Al respecto de esta figura en particular, existe un punto clave en el arte precolombino denominado la antropomorfización del felino: dioses de forma humana representados con los poderes sobrenaturales del felino.  

 

 

 

Igualmente, pueden observarse vasos con narraciones mitológicas inscritas, que representan luchas de los dioses (por ejemplo, uno de los dioses principales, llamado Ai Apaec por Rafael Larco) con otros seres mitológicos del mundo marino y del cielo nocturno.

 

 

Otro aspecto llamativo es la exhibición de retratos, particularmente de la cultura Mochica, que fue una de las pocas civilizaciones que hizo verdaderos avances en esta técnica.

En la muestra permanente pueden recorrerse los estadios de desarrollo y fusión entre expresiones de distintos pueblos presentes, sobre todo, en el Norte del país. E, igualmente, se constata con precisión el momento del impacto que generó la colonización, y como esta introdujo elementos europeos en el mundo de representación típicamente andino.  

 

 

Nuevas técnicas y variaciones en los temas, como el tradicional del hombre-venado: “Tras la conquista española aparece una variación de este tema: ahora el hombre poderoso carga a un felino. El dios felino, por primera vez en el arte andino, aparece sometido y derrotado como si fuera un venado, reflejando el efecto del proceso de Extirpación de Idolatrías”.  (Texto tomado del libro Museo Larco, tesoros del antiguo Perú).

 

 

Otro aspecto llamativo presente en los objetos exhibidos es la manera de llegar al sacrificio ritual. A él se accedía por medio del combate, en el enfrentamiento de los guerreros armados con sus porras y escudos. La lucha era cuerpo a cuerpo en espacios abiertos, y terminaba cuando un guerrero le quitaba su casco y su indumentaria al otro. El vencido era conducido hacia el sacrificio, y en los vasos rituales se vertía su sangre para presentarla ante los dioses como ofrenda.  

 

 

Terminando el recorrido por las salas, en otra ala de la casona, se accede a una galería muy particular. Es aquella dedicada al arte de contenido erótico. En ella, abundan cerámicas en las cuales se representan la fertilidad, la concepción, el parto, el intercambio sexual entre parejas de opuesto e igual sexo, y algo muy particular, la figuración de la cópula de seres vivos con los muertos, y entre seres con rasgos sobrenaturales (divinidades).  

 

 

En la cultura Mochica, estas figuras están vinculadas a las prácticas funerarias y a los sacrificios.  Masturbaciones, felaciones, penetraciones anales, o manipulación mutua de genitales, constituyen las imágenes presentadas por esta extensa colección de carácter sensual.  

 

 

En muchas de ellas lo figurado no es la procreación, y la relación con los muertos se concibe como un riego hacia el mundo de abajo, a partir de la emisión de semen, para que los muertos puedan cumplir la labor de fecundar el suelo del mundo de en medio.

 

 

Por su variedad representativa de numerosas tradiciones y períodos del mundo precolombino, por su magnífica casona colonial de muros de tapias, corredores de baldosas hechas en piedra, profusos helechos colgantes, jardines espléndidos, el museo Larco es una joya de la arqueología, hecho para el disfrute, que ningún visitante al país de los incas se debe perder.  

 

 

La casa me enamoró igual o más que los artefactos precolombinos.  Sus jardines, su cuidadoso diseño, la mezcla de materiales de pisos y paredes, sus pérgolas repletas de enredaderas, árboles,  materas, bancas, espacios, circulaciones, y sus particulares y coloridas mezclas de buganvilias que crecen soberbias sobre sus muros de tapias muy blancas.

Para rematar, un restaurante estupendo, en el que se come de manera exquisita en un ambiente de belleza y armonía colonial, evocación del pasado señorial en el que está inscrita la tradición peruana.  

 

 

 

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