Pasado y presente de la Torre Eiffel: una sombra ya pronto serás

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Poco importa que actualmente estas ciudades parezcan estar perdiendo su carácter como cunas de la modernidad para convertirse en una mala réplica de Disneyland, una copia abierta y sin guardias de seguridad que puedan retirar a los venteros ambulantes, por ejemplo.


 

Como en sus mejores tiempos, la Torre Eiffel ha vuelto a tener resonancia pública: los medios de comunicación globales han registrado hasta la saciedad las recientes revueltas protagonizadas en su vecindario por los llamados Chalecos Amarillos

Pero otra guerra silenciosa se libra en las proximidades de este monumento, uno de cuyos escenarios más combativos es, precisamente, los Campos de Mars, parque público que constituye la antesala a la Torre Eiffel.

Pero no sólo allí, en los jardines de Las Tullerías, en el Louvre, en el Sacré-Coeur, en Montparnasse, se libra esta batalla que no ocupa titulares y cuyos efectos son de tracto sucesivo, lentos pero demoledores.

 

Las Tullerías está ubicado junto al Louvre. Al fondo se encuentra el Arco de Triunfo de Carrousel, arco más pequeño que el Arco del Triunfo ubicado en los Campos Elíseos. Foto por Martha Alzate

 

En ella luchan, de un lado el comercio ambulante, del otro las reglas ciudadanas establecidas en la modernidad: el estado de derecho, la contribución fiscal, la protección del espacio público, contra la total informalidad y la anarquía.

La diversidad de mercancías que se ofrecen en coloridas mantas extendidas en el suelo no logra disimular el entramado oculto detrás del fenómeno social: son las mafias del contrabando las que se aprovechan de los protagonistas de estas escaramuzas callejeras.

Multitud de venteros ofrecen sus productos en las salidas del metro, calles y parques, actividad que se desarrolla a plena luz del día, sin aparente control, y cuyo número va en aumento; todos ellos de tonos oscuros, no sólo porque en las pieles de los vendedores callejeros es predominante el color negro, sino porque la miseria que los obliga a sobrevivir de actividades ilegales puede percibirse a simple vista.

 

Ventas ambulantes en Las Tullerías. Foto por Martha Alzate

 

Por lo menos esa fue la situación que contemplé, un poco atribulada, el pasado verano.

Entre julio del 2015, fecha de mi última visita a París, y julio del 2018, tuve la impresión de que los ambulantes se habían multiplicado exponencialmente.  Y también la inseguridad.

Las cifras de seguridad que es posible consultar en un informe del Observatorio Nacional de la Delincuencia y las Responsabilidades Penales (ONDRP por sus siglas en francés), sobre crímenes y delitos cometidos en la gran comuna de París en el 2015, así lo confirman.

Allí se lee que los hurtos registrados ese año por La Direction de sécurité de proximité de l’agglomération parisienne (DSPAP), fueron 113.869. Señala igualmente el informe, que la tasa promedio de este tipo de eventos se estabilizó en 16,9 por cada 1.000 habitantes, correspondiendo los valores más elevados a los veinte distritos de París.

 

Foto por Martha Alzate

 

Estos son precisamente, aquellos en los que está instalada la ciudad turística: Louvre, Luxembourg, Panthéon, Élysée, Ópera, Montmartre, entre los más reconocibles.

Los números lo evidencian, pero es una realidad palpable, visible en las mismas calles, parques, estaciones de metro, y andenes de las grandes ciudades europeas, en donde la seguridad se deteriora a pasos agigantados, al tiempo que aumentan la desigualdad y los marginados.

Muchos culpan de ello a la inmigración masiva que recibe anualmente el país galo, aunque las estadísticas muestran que es un fenómeno compartido en grandes números con por lo menos otros cinco países miembros de la UE. 

De acuerdo con lo consignado por Eurostat (oficina de estadísticas de la Unión Europea con sede en Luxembourg), en la UE residían 21, 6 millones de personas foráneas según su país de nacimiento a 1 de enero de 2017.

 

Foto por Martha Alzate

 

Los países para los que este  hecho resultaba más relevante en los estados europeos, a la fecha, eran: Alemania (12,1 millones), United Kingdom (9,2 millones), Francia (8,1 millones), Italia (6,05 millones), España (6,02 millones) y Netherlands (2,1 millones). En Europa, aunque por fuera de la Unión Europea, el puntero era Suiza (2,3 millones).

Esto significa que, para el país galo, en el 2017 el número de migrantes con respecto a la población era de un 12,2%.

Es innegable que el fenómeno es  muy importante, no sólo por sus consecuencias con relación a las mayores demandas sobre el presupuesto público, las dificultades de la integración de la población foránea al sistema social y político del país receptor, sino por la proporción creciente en cuanto a la sustitución de los residentes nativos por otros provenientes de diferentes tradiciones culturales, lo cual podría cambiar en el largo plazo el carácter claramente definido de la nación francesa desde los tiempos de la revolución.

Debe ser por ello que los franceses perciben esta situación de manera particularmente problemática.

 

Foto por Martha Alzate

 

En un reciente sondeo de opinión realizado por la Fundación Jean Jaurès y el observatorio Conspiracy Watch en diciembre de 2018, a la pregunta sobre el fenómeno de la inmigración, el 46% de los franceses eran adherentes a la teoría de “grand remplacement” que considera que la inmigración es organizada deliberadamente por las élites locales para abatir o reemplazar a la población europea.

Algunas respuestas a las preguntas planteadas en el estudio mencionado eran atemorizantes. Por ejemplo, el 44% de los encuestados dijeron estar de acuerdo con la idea según la cual existe un complot sionista a escala mundial.

El mismo estudio asociaba a las personas que se declararon como miembros del movimiento Gilets Jaunes o Chalecos Amarillos (62% de los encuestados), como usuarios asiduos de las redes sociales y especialmente consumidores de los videos en línea en los cuales se difunden este tipo de teorías.

Y mostraba la condición de permeabilidad de esta clase de contenidos en la población asociada a este movimiento social.

 

 

Lo cierto es que, para un país con un fuerte carácter identitario, cuyos símbolos más representativos se encuentran expuestos precisamente en París, aquella mítica villa de belleza inigualable en donde se disputan la admiración de propios y extraños construcciones emblemáticas como El Arco del Triunfo, la Torre Eiffel, o el Museo del Louvre.

Hoy todo parece estar cambiando. 

El significado que antaño entrañaron estos edificios se ha transformado en una presencia fría y distante. Han dejado de ser testigos vivientes de las gestas de una nación orgullosa de sus igualdades sociales para convertirse en un elemento de merchandising: su magia se ha perdido y banalizado al estar rodeados de la basura que produce el sistema, ofrecida sin control por miles de foráneos que intentan sobrevivir en el país de los derechos del hombre.

Si nos atenemos a lo establecido por la reciente encuesta de la Fundación Jean Jaurès y el observatorio Conspiracy Watch, parece que a la decadencia de la ciudad, la ciudadanía y la nacionalidad, todos conceptos de la modernidad, cuya primacía como exponentes más representativo se han disputado frecuentemente Londres y París, contribuyen tanto los movimientos sociales de los nacionales con sus atentados contra los monumentos y el espacio público, especialmente en París, como la presencia masiva de extranjeros que intentan sobrevivir en la informalidad, contrariando con ello todas las reglas establecidas en el sistema social y de derecho nacional francés.

 

Entre el prestigioso Museo del Louvre y la famosísima plaza de la Concordia, en el distrito I de París, se extiende el majestuoso jardín de las Tullerías. Foto por Martha Alzate

 

La sola presencia de esta miseria enfrente de la exuberante riqueza de la capital francesa debería servir de cuestionamiento profundo para propios y visitantes.

No obstante, esto parece rebasar por mucho las ambiciones de los turistas, que la visitan en la búsqueda ansiosa de la selfie que certifique ante sus amigos virtuales su presencia en el lugar.

Poco importa que actualmente estas ciudades parezcan estar perdiendo su carácter como cunas de la modernidad para convertirse en una mala réplica de Disneyland, una copia abierta y sin guardias de seguridad que puedan retirar a los venteros ambulantes, por ejemplo.

Y para los locales, su antigua magnificencia se ha tornado en depositaria de la cólera que estalla como un odio de clases en el más preciso de los términos políticos: son los empobrecidos franceses que airados reclaman por el Pouvoir d’achat.

Que las cosas están cambiando es posible evidenciarlo por todas las ciudades europeas, de Berlín a Barcelona, de París a Londres. Para verificarlo, sólo es necesario descender de la condición alienada del turista, abrir los ojos y echar un vistazo a todo lo que se cuece actualmente en las principales urbes del centro del mundo occidental.


Galería Jardín de las Tullerías y Torre Eiffel

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