Ruedas sueltas

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Cuando ruedo en ella me siento una Hermes moderna, erguida, ligera, que entrega el mensaje a tiempo


 

A veces me pregunto si me estaré volviendo alemana. Hace un par de días sentí un placer infinito por despinchar el neumático de mi bicicleta.

 

Mi primer encuentro entre la rueda, el compresor de aire y yo, un día de invierno en Berlín. Foto por Juliana González

 

Cuando ruedo en ella me siento una Hermes moderna, erguida, ligera, que entrega el mensaje a tiempo.

Hay una fascinación por esa bicicleta de nombre de animal ligero.

Y pienso si acaso me estaré convirtiendo en alemana. Aunque he de admitir que me faltan las dos alforjas de lona a los costados de la bicicleta para cargar todas mis pertenencias, al igual que unos pantalones impermeables y un poncho con protección de manos para no mojarme en los días lluviosos, mientras ruedo la bicicleta.

 

 

Ser alemán de bicicleta es ir a toda prisa y bien protegido ante las inclemencias meteorológicas de este país (que no son pocas).

Ahí es cuando recuerdo que no, que en efecto no soy alemana. Que tengo un cariño ocasional por mi bicicleta, que no me gusta pedalear en los días de mucho viento y que intento dejarla en casa cuando sé que va a llover.

Y no está mal no ser alemana, aunque ame la bicicleta. Tal vez soy una escarabajo citadina, que adquiere nuevas capas de patina mientras cambian las geografías debajo de sus dos ruedas.

 

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