Tres lugares para conocer en Lima (Perú) si eres amante del urbanismo

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Se trata de San Isidro, Miraflores y Barranco. Diversas opciones para el visitante, casonas de otras épocas, generosos espacios verdes, balcones, comida típica, paseos coloridos al lado del mar, parques, ciclorutas.
Conózcalos en estos recorridos que hacemos para ustedes por diferentes lugares del mundo.  


Fotografías: Martha Alzate.

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Una extraña temporada, extraviada en esta ciudad, intentando llevarme  de ella lo máximo posible.

Tomo un taxi, rentado por horas en el hotel, y le pido que me lleve a los distritos de San Isidro, Miraflores y Barranco.

Una vez desembarcada en las calles amplias del distrito de San Isidro, con sus magníficos antejardines y arborización, empiezo a caminar dejándome guiar por el instinto y por las sensaciones que puedo ir percibiendo.

 

 

Recorro y mis ojos se llenan de esas casonas, hoy amenazadas por el avance de las edificaciones de varios pisos, que parecen resistir pese a saberse sentenciadas.  Pocas son aún ocupadas por familias.  Esas mismas que a comienzos del siglo pasado las habitaron y se dejaron seducir por sus fachadas, soñadas por buenos arquitectos. 

 

 

En esos balcones, detrás de esos portones, en sus escaleras, cuántos amores se habrán perdido.  Cuántos secretos, dramas familiares, rivalidades, ilusiones soltadas a volar por encima de estas colinas que, en los distritos cercanos, descienden al mar.

 

Foto archivo particular.
Foto archivo particular.

 

Me encantaron sus parques, concebidos en un balance entre senderos peatonales hechos de concretos sin color  y jardines distribuidos a los pies de los árboles que aspiran al cielo.  Por secciones.  Unas son rojas, las otras rosas, y más allá amarillas o lilas.

 

 

Todo tan cuidado, tan apacible, sin obstáculos que impidan el pleno disfrute del espacio público que acompaña a los residentes de los edificios vecinos.  Sosiego de verde en medio de un agite que aumenta día a día, distrito convertido en corazón financiero de la capital limeña.

Sin embargo, las diferentes actividades parecen convivir.  Más cerca de la Avenida denominada el Zanjón, se nota un incremento del vértigo propio de los centros de negocios, economía en ebullición.

 

 

Pero este frenesí va disminuyendo, digamos en el sentido norte, hacia lo que fuera antaño el Country Club (hoy convertido en un lujoso hotel), y las calles se vuelven disfrutables, respirables, apacibles.  No hay ruidos. Y el vecindario se ve limpio y ordenado.

 

Foto archivo particular.
Foto archivo particular.

 

Se dice que su Alcalde es estricto, y según lo que puede apreciarse, seguro lo es.  En mi recorrido pude contemplar cómo los agentes de tránsito amonestaban a conductores que, desconsiderados, ocupaban aceras y antejardines.  No fueron muchos los que vi en tal situación, porque, en general, la red peatonal es amplia y bien conectada, y se encuentra despejada para el uso de los peatones.  

 

 

Perdida por estas calles llegué a El Olivar.  Recordé que GHL, la más grande empresa hotelera de origen colombiano, administra un hotel allí, en pleno parque.  Efectivamente, la edificación enmarca este espacio público, que toma su nombre del cultivo de árboles de olivo que, peculiarmente, adorna buena parte de su extensión.

 

 

En la página web del distrito de San Isidro puede leerse: “Fue declarado Monumento Nacional el 16 de diciembre de 1959, bajo Resolución Suprema N° 577. Actualmente existen 1600 olivos aproximadamente y 200 árboles de diferentes tipos dentro del Bosque”.

 

 

Para llegar allí, tomé el camino que conecta con la iglesia de la Virgen del Pilar, otro de los edificios icónicos del distrito de San Isidro.  Allí, confluyen una serie de vías, que se relacionan justo enfrente de la iglesia a través de una glorieta, elemento vial al que concurren siete caminos.

 

Iglesia de la Virgen del Pilar. Foto archivo particular.
Iglesia de la Virgen del Pilar. Foto archivo particular.

 

En el bosque El Olivar, también se puede visitar el centro cultural, en el que se ofrecen constantemente actividades culturales y sociales, destinadas a la población que habita el distrito.  Diferentes servicios de salud, psicológicos o simplemente de integración comunitaria, pueden disfrutarse en varios de estos centros de desarrollo ubicados en el distrito.

 

 

En el lugar desembocan callejuelas, en las cuales es posible internarse para disfrutar de la arquitectura de las construcciones, las casas y los edificios, que en general es de una factura estética considerable.  A horas de almuerzo, pueden verse muchas personas que toman su tiempo  de descanso  allí, usándolo también como lugar de alimentación.

 

 

Saliendo de San Isidro, tomo un taxi que habría de llevarme al distrito contiguo de Miraflores. Me voy con la belleza de su ambiente aún barrial, pegada a mis ojos. No sin antes entrar a una tienda vecina al centro cultural. En ella, al lado de rollos de papel higiénico, verduras y víveres de todo tipo, se ofrecen productos de panadería recién elaborados, y pude tomarme una bebida caliente acompañada de dos besos de moza. Imperdibles.

 

 

Miraflores es otra cosa.  Más turístico, menos auténtico, con más edificaciones de una arquitectura importada, tipo Miami.  Muchos edificios de espejos, hoteles  y lugares hechos para los visitantes.  Nada propio, más bien un lugar fabricado cuya oferta satisface el gusto de quienes arriban a la capital peruana en busca de sus leyendas gastronómicas.  

 

 

Por recomendación de algunos limeños, acudí al restaurante Panchita. Una puesta en escena de comidas típicas al mejor estilo de las fusiones contemporáneas.  Pregunté al mesero (puede haber sido un error) cuál plato me recomendaba. En general, las personas que prestan el servicio en hoteles y restaurantes me parecieron sumisas y tuve la impresión de que se marcan aún mucho las diferencias de clases en esta ciudad, puesto que hay una distancia con tufillo aristocrático entre quienes “sirven” y aquellos que son “servidos”.

 

 

Como era evidente, el mozo me recomendó platos de su apetencia, una especie de tamalito para picar, y de plato fuerte un guisado: comida típica gourmet.  El restaurante es muy bien puesto, con una decoración atractiva y una concurrencia abundante.

 

 

Esta adaptación de los platos típicos a una propuesta de alto estándar, obviamente, es acompañada por un valor considerable de los precios de los platos. No obstante, fue una buena alternativa, y de allí partí al centro comercial Larcomar.  

 

 

Este es un shopping mall típico, con sus tiendas de marcas extranjeras y restaurantes proyectados al mar.  Tiene como única virtud, a mi juicio, el estar enclavado en la roca, especie de muralla, que sostiene a la ciudad  y la proyecta desde sus alturas hacia el mar.

 

 

Una distancia considerable, que no puedo calcular y cuyo dato me fue imposible encontrar, lo separa del denominado circuito de playas o vía de la Costa Verde.  Antes de su construcción, a las playas de Lima se accedía por escaleras que se descolgaban desde este acantilado, conocidas con el nombre popular de “bajadas de los baños”.  

 

 

El circuito de playas circunda hoy varios distritos: Chorrillos, Barranco, Miraflores, San Isidro, Magdalena, San Miguel y Callao. Fue concebido a mediados del siglo pasado como una vía rápida de conexión entre los diferentes poblados que, con el tiempo, fue absorbiendo el área metropolitana de Lima.  

 

 

Lo recorre, por el borde superior del acantilado, un paseo peatonal y de cicloruta bastante interesante. Espacio público que permite disfrutar de las vistas al mar, y que es en sí mismo un importante lugar de encuentro y disfrute ciudadano.

 

 

Caminando por él, se pueden observar a la vez los grandes edificios y las que fueron villas de recreo, igual de sentenciadas a desaparecer que sus vecinas de San Isidro.  Aunque menos conservadas, más bien escasas, permiten evocar un pasado que se escapa, como el vapor de las nubes bajas que cubren a Lima en este período del año.

 

 

No pude evitar la ensoñación de lo que pudo haber sido habitarlas, y conciliar sueños arrullados por el estallido de las olas, que, aunque mucho más abajo, se escuchan con toda nitidez.  

Me detuve a pensar que habría sido de mi sí al frente de mi propia casa, en la infancia o la adolescencia, hubiese estado allí. ¿Cuál habría sido mi instalación en el mundo, cuáles mis recuerdos de juegos y rondas en compañía de otros, esporádicos vecinos?  

 

 

El tránsito de los poblados aledaños a la gran Lima, que esta fue devorando en su expansión, debe estar instalado en los recuerdos de muchos limeños, y esas bellas construcciones son, aún, las guardianas del eco de lo que alguna vez fue.

 

 

Hoy, por el contrario, Miraflores es un distrito para turistas.  Y quienes viven allí, en edificios de relativa buena factura arquitectónica (los que pueden verse sobre la vía que circunda al boulevard peatonal, a orillas del acantilado), seguramente se ven sometidos a soportar en su cotidianidad la invasión de la horda que nada entiende de lo que guarda como memoria este distrito, que antaño fue una joya de recreo, vacacional exclusivo para los lugareños.

 

 

Parto de allí a la velocidad de mi conductor de taxi, quien emocionado me lleva a dar una vuelta por el Parque Kennedy.  Mostrándome como una gran novedad la calle en donde pueden visitarse no sé cuántas pizzerías.  

Es para mí una especie de decepción, ese gran espacio público, deteriorado y repleto de ventas, circundado por establecimientos de comercio, que no tiene ni de asomo el alma de los parques de San Isidro.  

 

Foto archivo particular.
Foto archivo particular.

 

Pero, así es el gran turismo, depreda y degenera lo que se encuentra a su paso, le roba el alma y lo convierte en algo totalmente inauténtico.

Para finalizar este día, soy llevada por Juan (así se llama mi conductor) al distrito de Barranco. Este se conoce como el distrito bohemio de Lima. Apenas si me detengo en él.  

 

Foto archivo particular.
Foto archivo particular.

 

Todavía es temprano en la tarde, y como allí lo que se desarrolla es una gran actividad nocturna, en bares, discotecas y restaurantes, que han poblado lo que antaño fueron coloridas casonas de recreo, a mis ojos parece un paisaje  muerto. O más bien, somnoliento.

En la tarde Barranco parece dormir la curda, y yo ya estoy agotada de tanto recorrer. Hubiera querido ir también a La Molina, pero no sólo está tarde y este suburbio queda lejos de donde nos encontramos, sino que sus condominios privados están vedados para la observación de visitantes, extranjeros como yo.  

 

Foto archivo particular.
Foto archivo particular.

 

Decido que ha llegado el fin de la jornada y es hora de que Juan me regrese al hotel. Fin del recorrido por los distritos de Lima.

 

Foto archivo particular.
Foto archivo particular.

 

 


 

 

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