Un oficio al filo de la extinción

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Entretanto gira la rueda.


 

Encontrarlos es más difícil que buscar una aguja en un pajar. Ni en los mercados más populosos donde se supone que existen no es fácil dar con su presencia. Son como criaturas míticas de las cuales sólo se sabe de oídas. Tantas veces habré atravesado a pie mi ciudad tras sus pasos invisibles en las aceras. Ni señales, solamente el rastro sonoro de su silbato que se deja oír en alguna parte. ‘Por ahí andan, por ahí andan’, me susurra el viento en contra como queriendo ocultarlos a ojos profanos.

A veces es preciso no buscarlos. Ellos te encontrarán en sitios y momentos inesperados. Es el instante oportuno para cazarlos, atraparlos en el tiempo a través de una fotografía. Porque seguro se extinguirán y se harán recuerdos borrosos como los cacharros inútiles de un museo.

Entretanto gira la rueda que pule filos como pule vidas, desde los utensilios más necesarios hasta los instrumentos más locos. Una tijera para cortar los días en retacitos, un machete para herir el orgullo del monte, un cuchillo para pasar a degüello las circunstancias amargas.

Cabe detenerse ante ese despliegue de ingenio popular al construir tales artilugios, y admirarse de que con objetos simples el mundo también gira. Adaptaciones curiosas de otros artefactos: los ciclos desechados de una bicicleta, los radios inoxidables de una moto, los aceros firmes de una antigua carreta. Girar, rodar, dar vueltas, se dice que es la única forma de engañar al destino. O pretenderlo.

Entretanto gira la rueda. Las cosas giratorias son fascinantes en esta vida, como el instante feliz de un trompo observado por un niño, como la cintura infinita de una muchacha, como el tronco inabarcable de un árbol.

P.S. He aquí la banda sonora de esta evocación

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