Un paso rápido por la ciudad donde murió el Libertador

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Abandonamos la última morada de Bolívar, el museo que lo evoca en todas sus dimensiones, y pronto dejamos también atrás Santa Marta. Un buen destino desde el que se pueden emprender muchos otros caminos


 

Este año he tenido la oportunidad de regresar a lugares a los que no iba hacía muchos años.  Sucedió con Quito, la capital del Ecuador. Y, brevemente, con Santa Marta.

La capital del Magdalena me hospedó por última vez a finales del año 1995 comienzos de 1996.

En ese momento, mi estadía se concentró en un hospedaje para backpackers en el centro de la ciudad, y una larga estancia en el parque Tayrona.  Todavía recuerdo el hostal. Un ala de la construcción estaba sin terminar, y era allí, desde las placas de concreto a la vista, de donde colgaban la larga hilera de hamacas que eran alquiladas por turistas, casi todos extranjeros, al módico precio de $2.000 pesos la noche.  Nuestra suerte estuvo un poco más acomodada, y la nuestra fue una habitación privada pero sin baño. El servicio sanitario estaba ubicado al final del corredor y debía ser compartido con los demás ocupantes del piso.

No obstante, la ciudad me pareció, en ese entonces, colorida y amable. Con sus parques y el recorrido sobre el mar, que en ese entonces no era aún un bulevar como el que encontré en este viaje de regreso.

Había turismo, pero concentrado en el tradicional sector de El Rodadero. Y el centro no era, como hoy, un epicentro de actividad, lleno de hostales, restaurantes y lugares con ofertas de productos autóctonos, orgánicos, de cocina de autor, entre otras muchas maravillas que pueden hallarse actualmente en sus alrededores.

 

Foto: Archivos personales de Martha Alzate

 

Playa Dormida

En este viaje, nos alojamos en el condominio Playa Dormida (Ver) , un moderno conjunto de edificios con un diseño arquitectónico sobresaliente. Diseñados por el arquitecto cartagenero, egresado de la Universidad de Los Andes, Fernando De La Vega, las edificaciones se distribuyen alrededor de una zona social central, compuesta por varias piscinas, corredores y terrazas; y su disposición vertical es en forma de sucesivas terrazas, lo que brinda la oportunidad de conservar en todos los niveles amplias vistas al mar y a la playa.

En esta misma playa llamada “Pozos Colorados”, de acelerado crecimiento turístico, se encuentran hoteles tradicionales como el Irotama y el Suana, y muchos otros hoteles y edificios.  Igualmente, en medio de todo este complejo turístico se encuentra un moderno centro comercial, el Zazué, que a su vez está complementado por un complejo habitacional (Ver) .  Allí, hay una variada oferta de restaurantes, locales comerciales y un supermercado de la cadena Carulla-Éxito.  Muy apropiado para brindar servicios a todas las unidades hoteleras y de residencia que rodean este sector.

El crecimiento acelerado de la oferta hotelera en este lugar se dio a partir de la década de los años noventa del siglo pasado, cuando fue declarada Zona Franca Turística. Entonces, según se asegura en un documento de El Tiempo del año 1995 (Ver) se empezaron a dar toda suerte de extraños movimientos en la compra venta de los terrenos de esta zona que antaño fue una salina y que, a todas luces, favorecieron la apropiación de particulares en detrimento de las propiedades ancestrales o tradicionales de campesinos e indígenas de la sierra nevada.

La cercanía al aeropuerto de todo este desarrollo turístico, así como la facilidad de desplazamiento a la ciudad, lo hacen un lugar muy apropiado para tomarse un descanso o hacer una inversión en segunda vivienda.

Ubicados en este alojamiento de lujo, disfrutando de la oferta de servicios, diversión y esparcimiento que el mismo lugar ofrece, emprendimos dos cortas expediciones a la ciudad. Una para recorrer el centro histórico y el bulevar peatonal contra el mar. Y otra para reconocer la Quinta de San Pedro Alejandrino, lugar en el que falleció el Libertador Simón Bolívar.

 

Foto: Archivos personales de Martha Alzate

 

El centro de la ciudad

El centro de Santa Marta tiene hoy en día varias de sus calles adoquinadas, sobre las cuales se sitúan los servicios de varios locales de comestibles, cafés, restaurantes, y también aquellos dedicados a la rumba nocturna.  Algunas de las casonas conservan su estructura atesorando frescos patios interiores, alrededor de los cuales se organizan los diferentes locales de comercio. Hay de todo: desde alojamientos boutique, hasta hosterías, pasando por restaurantes muy elegantes o aquellos que, siendo más informales, tienen propuestas innovadoras y creativas.

De manera pintoresca, las callejas se llenan con los muebles, sillas y mesas, dispuestas para la atención de los transeúntes, que acuden masivamente, sobre todo en las horas de la noche.  Hay mucho ruido, eso sí, en cercanías al parque de Los Novios. Parece que, a pesar de que las intervenciones arquitectónicas de las antiguas viviendas ya acogen el aire internacional que atrapa a turistas de todas las procedencias, aún el bullicio costero impide que se armonicen las diferentes propuestas en oferta, y cada una pretenden imponerse sobre la vecina, elevando hasta la locura los niveles de sus respectivos aparatos de sonido.

Un punto negativo en medio de un paseo muy agradable, en donde además de la buena comida, puede disfrutarse tranquilamente del espacio público (calles adoquinadas y parques), y de la misma intervención arquitectónica de las fachadas e interiores de las viviendas remodeladas, que se han hecho con gusto y siguiendo patrones de diseño muy contemporáneos.

Esta visita al centro estuvo acompañada por un recorrido por el bulevar peatonal que da contra el mar.  Esta es una zona que se percibe menos segura, y, por momentos, tuve la sensación que podían atracarnos.  Aunque había algo de presencia policial, el ambiente se percibía hostil, y mucho más popular que el de los sectores más próximos donde están ubicadas las casas remodeladas que ofrecen servicios de comercio y alojamientos.

En el paseo Rodrigo de Bastidas, así se llama el circuito peatonal frente al mar de Santa Marta (Ver), hay dispuesto un mirador en donde hay una estatua del fundador de la ciudad. La mezcla de materiales es armoniosa, y a la caída de la tarde las piedras coralinas, que tapizan la plazoleta central y el mirador, entran en perfecto juego con los tonos ocres que ofrece la pequeña muerte del sol en las aguas del mar.  La bahía se ofrece en todas sus dimensiones, y puede observarse desde allí la formación rocosa denominada “El Morro”, el espectáculo de las pequeñas embarcaciones de vela, o de los cargueros repletos de contenedores que se resisten a ser abrazados por las grúas.

 

Foto: Archivos personales de Martha Alzate

 

La otra visita: Quinta de San Pedro Alejandrino y Museo Bolivariano de arte contemporáneo

Quisimos acudir a reconocer, mi esposo y yo, la Quinta,  en compañía de mis dos hijos pequeños. Yo había visitado la hacienda en al que murió Bolívar en el año 1992. Estábamos de vacaciones en Santa Marta junto con mis padres, y yo solo deseaba quedarme de rumba en las playas del Rodadero. Pero, la voz imperativa de mi padre de “va o va”, me “animó” forzosamente a acudir a aquel lugar, del cual, guardaba hasta ahora una viva impresión sobre la basta sombra de sus árboles.

Al llegar encontré todo distinto. Hay una muralla que separa el lugar de la vía exterior. Y, en general, todo se ve mucho más cuidado. Tal vez los años transcurridos me dieron la posibilidad de apreciar mejor el conjunto, quizá el hecho de que haya estudiado afanosamente la figura de Bolívar, leyendo novelas, biografías y otros documentos respecto de él, incidió para que mi apreciación fuera más amplia y considerada.  Intenté respirar la atmósfera de la casa quinta.  Atesorar en mi la frescura de los jardines exteriores.

Recreé en mi mente esas últimas horas del Libertador. Las miradas que pudo haber dirigido a esos árboles centenarios, conducido como fue a ese lugar en su litera de moribundo.  Por una larga avenida en la que ondean banderas de los países de toda América, se llega a una amplia plazoleta en la que se emplaza el Altar de la Patria.  Monumento construido en mármol, en su interior se encuentran esculturas entre las que destaca una del Libertador.  La guía turística nos dijo que, pensado para inaugurarse en el año 1930 (para conmemorar el primer centenario de su muerte) solo pudo ser abierto oficialmente hasta unos años después, puesto que las esculturas encargadas a artistas europeos naufragaron en el viaje a América, y fue menester volverlas a hacer completamente.

De visita en la casa de la hacienda, recorriendo en compañía de nuestra guía y sus relatos cada uno de sus espacios, la nostalgia me invadió y no pude reprimir un sentimiento de orfandad y el mismo anhelo de haber contemplado en tiempo presente los acontecimientos que allí sucedieron.  La casa tiene una arquitectura de muros de tapias y arcillas en los pisos, fresca y acondicionada con corredores y patios exteriores e interiores.  Las habitaciones se encuentran amobladas con los muebles y utensilios usados en el momento del arribo de Bolívar al lugar.  Está el cuarto en el que descansó sus últimos días, y la cama en la que murió cubierta por una bandera patria.

Igualmente, el detalle dramático del reloj, cuya cuerda fue arrancada por uno de sus oficiales, preso de dolor, quien consideró, según se nos contó, que no era posible que ese reloj siguiera su curso después de la muerte de aquel hombre excepcional.  Están también abiertas al público las salas de estar y de lectura, la cocina, los baños, el comedor, la repostería y el área de las caballerizas. En la sala bolivariana, se puede contemplar una escultura de tamaño real cuyo rostro, a decir de la guía, fue una impresión que se tomó al cadáver en el momento justo de su deceso.  En este cuadro se encuentran documentos, pinturas, y objetos personales que completan la atmósfera de tributo permanente a este personaje único en nuestra historia.

 

Galería de fotos de Santa Martha

 

Como en todos mis recorridos, la arquitectura misma de la casa y sus exteriores, la historia de la hacienda y sus formas de habitar, de las cuales aún es posible visitar el espacio del antiguo trapiche, la destilería y la bodega de los licores, entre otras instalaciones que correspondieron a las labores propias de la propiedad, hicieron parte del deleite de esta visita.

En los jardines exteriores aún se conservan algunos de los árboles que ya eran especies grandes y desarrolladas en las épocas en que Bolívar estuvo allí. Incluso, se nos comentó que, en esos días finales, él se hacía llevar a unas hamacas, ubicadas al abrigo de esas ceibas y samanes.

Finalizada la visita a la casa, regresamos a la plazoleta, en cuyo costado está ubicado, enfrente del Altar de la Patria, el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo (Ver) . En épocas del presidente Belisario Betancourt se gestionó la donación del terreno para la construcción de las instalaciones de este museo, cuya edificación es de una arquitectura sobresaliente.

La colección allí exhibida pretende ser un compendio de las diferentes expresiones plásticas de artistas bolivarianos.  Hay pintura, escultura, fotografía, y dibujos.  No es fácil hallar un hilo conductor o unidad en la exposición, pero en general, es un lugar con atractivo al cual, a mi juicio, la casa le aporta una porción importante.

Los materiales de la casa que son, fundamentalmente piedra y madera, se distribuyen armónicamente entre los corredores, los espacios internos de las salas de exhibición, y dos magníficos patios interiores.   La vegetación dispuesta en los jardines es fresca, y hace juego con las fuentes (dispuestas una en cada patio), en donde destacan los árboles, las palmas y los helechos colgantes.

 

Foto: Archivos personales de Martha Alzate

 

A un costado, se puede apreciar el teatro al aire libre Joaquín de Mier y Benítez. Es una estructura blanca, cuyo escenario central se prolonga por un corredor conformado por un buen número de columnas.  En él, se llevan a cabo representaciones culturales al igual que matrimonios, recepciones y otro tipo de eventos sociales.

Finalmente, damos un paseo corto por algunos de los espacios que hacen parte del extenso jardín botánico que rodea la Quinta. Fuentes y un pequeño lago adornan el recorrido.

Abandonamos la última morada de Bolívar, el museo que lo evoca en todas sus dimensiones, y pronto dejamos también atrás Santa Marta. Un buen destino desde el que se pueden emprender muchos otros caminos, pues su ubicación la relaciona con lugares tan fascinantes como La Guajira o la Sierra Nevada, y todo lo que a ellos rodea.  Nos vamos con la inquietud de regresar para profundizar más en todas estas maravillas.

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