Un sueño interiorizado

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Por lo pequeño, y ante el mar de inocencia, decía para mis adentros “Algún día viviré en Pereira” así sea pronto o muy lejos


 

 

A eso de las dos de la mañana, llegaba don Campo Elías y en el botalón del corral apegaba el cachilapo; era un novillo orejano de un hato vecino. Campo Elías tenía sus mañas y con uno que otro rezo le tendía el rejo por el macho. Los viejos se despertaban a ver cómo estaba la vaina. La matrona a atizar el fogón, a preparar el tinto cerrero para quitar el sueño, para coger buena monta, al mismo tiempo los agregados del hato viejo sabanero “Remolinos”, afilaban los mata ganados para tajar el cachilapo, echarle sal y pa’ la cerca.

 

Yo afinaba la vista como gavilán en gallera, ayudaba en el corral y también la cerca, luego al despuntar el alba, iba a traer las vacas pa’l mamanto y otras pa’l ordeño, y entre camino y tonada uno que otro venado espantaba al barajuste por la punta de la mata; recogíamos buen queso, plátano y unos buenos bultos de yuca pa`l trueque.

 

La vida continuaba entre lagunas y esteros, entre amaneceres con canto de loros y pavas chenchenas, entre corral y bosta seca, entre caballos mansos y otros con rienda suelta; tenía unos nueve años, pero ya era un muchacho baquiano, revoloteaba en la manga y para otros ni le cuento.

 

 

Extraída de: Caracol.

 

 

En busca de otros horizontes, presagiaba con nostalgia dejar mi fundo, mi hato, los trabajos del llano, porque ya era hora de llegar a la civilización, educarme en la escuela y conocer otro ritmo de vida.

 

Radicado en Puerto López, me sentía extraño, ya no madrugaba tanto ni comía cachilapo ni ordeñaba ni llevaba las vacas pa´l mamanto; trabajaba en el matadero pero ya no matando cachilapo, entre tanto que estudiaba sonreía con golpe bajo, el pueblo no era lo que yo creía, los fines de semana salía a pasear en la plaza, degustaba un café en la esquina pero no sabía tan bueno como el tinto cerrero de la matrona del hato “Remolinos”

 

Entre la gente adulta que en la plaza se sentaba, estaban los de Ecopetrol, otros del DAS y trabajadores públicos; garlaban con tonos bruscos y risueños, a veces se carcajeaban diciendo “camará, llegó material nuevo y son puras Pereiranas”, unas están donde “Chila”, otras donde “Nicolasa” y se sobaban las manos, tal vez eran agrandados; dentro de mí, pensaba, ¿serán de otro país o de qué mujeres estarán hablando?, era terrible el asunto porque para conocerlas había que ir a “Charraspin” la zona de tolerancia, y yo estaba muy mediano para esos asuntos de adultos.

 

 

Extraída de: Pereira.gov.co

 

 

Así, entre dudas y uno que otro cuento con mis amigos, paladiaba lo que escuché en aquél cuento que decían en la plaza, aquellos señores sonriendo “las pereiranas, se les dice que se sienten y se acuestan”. Por lo pequeño, y ante el mar de inocencia, decía para mis adentros “Algún día viviré en Pereira” así sea pronto o muy lejos. Pasé el tiempo en mi pueblo entre tareas y creciendo, al cumplir los 17 me llevaron pa’l cuartel al servicio del gobierno, acabándome de formar allí como un hombrecito completo.

 

Ya quería volar más alto, ya no quería devolverme, me sentía un ciudadano, ya no calzaba cotiza, sino bota puntuda de cuero, paseaba por Bogotá, mirando pa`l firmamento: “Mira que edificios tan altos cuñao, ¿cómo harían pa’ hacer esto?”

 

Ya buscando trabajo, llegué a una prestigiosa empresa, hablé con don Almonacid, para un puestico, por cierto le dije:

-Yo sé matar cachilapo y no estudié sino hasta sexto, quiero ganarme el sustento, yo soy capaz le comento.

 

-Usted es el que yo necesito– me dijo el viejo Almonacid en su asiento –venga para acá camará, explíqueme cómo es eso.

 

Pasaron tres años de un trabajo de resultados abundantes y de conocimientos; se presentó un concurso para laborar en Pereira, mi jefe decía “camarita, usted es bien macho, preséntese para ese concurso, usted puede ganárselo”. Recordaba para mis adentros lo que los adultos en mi pueblo decían “llegaron las pereiranas…” Así fue como concursé y ocupé el primer lugar, contando con la fortuna de aquel pensamiento de niño de vivir algún día en Pereira.

 

 

 

 

En estos tiempos, ahora sé que el ramillete de mujeres bellas que a diario conviven en mi entorno, son esas pereiranas que quisieron desprestigiar aquellos caballeros venidos de otra galaxia; puedo en cambio decir, que todo esto es sólo un susurro callejero.

 

¡Amo a Pereira!

¡Vivo en Pereira!

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