Un viaje a una montaña mágica en Perú

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Desde pequeño sentí atracción por la arqueología. Presencié algunas excavaciones indias, conocí aventureros que hoy pertenecen al panteón de la historia, y soñé con viajar, conocer y descubrir todo lo que fuera posible. He aquí una experiencia narrada en primera persona de un viaje a una montaña mágica.


 

Mi viaje, según recuerdo, nació en mi cabeza, luego mi curiosidad se encargó de darle forma y terminó por adquirir pies al encontrar en la Internet una vieja y misteriosa montaña que estimulaba mi imaginación. Claro, no era una cima cualquiera, sino una que exhalaba un aíre mágico y que ejercía una atracción irresistible para cualquier espíritu humano.

Debido a mi naturaleza inquieta, no dudé ni un instante en atender la sugerente invitación a esta aventura. No había rechazado otras como ir a conocer al desierto de Atacama en Chile, los Llanganatis en Ecuador, o los poblados alemanes en la selva del Brasil, y seguro, esta montaña, no sería la excepción.

Pero este espíritu viajero, lo confieso, no me fue dado como un don natural. No. Había sido formado en mi infancia cuando mamá me dejaba horas enteras en casa frente a mi nodriza: el televisor;  y delante de un tutor: los programas de animales salvajes, y las series de aventura y hallazgos arqueológicos, específicamente de un personaje que me insufló el vértigo y la emoción: Indiana Jones y sus viajes por el mundo.

Fue este estímulo el que me embarcó 15 años después para el Perú (sin mirar atrás), motivado por recorrer la ruta de Orellana; pisar la ciudadela de Chan Chan; escalar la imponente fortaleza de Sacsayhuamán y acostarme de noche en el sólido bosque de piedra de Huayllay.

 

Fotografía extraída de: img.europapress.es

 

Lugares como dosis de adrenalina que excitaban mi juventud y que aplacaban mi sed de conocer el mundo como en otro tiempo lo había hecho mi héroe favorito: Henry Walton Jones Jr.

En esas correrías por los países andinos, presencié algunas excavaciones científicas y arqueológicas, conocí románticos europeos que perseguían el mito del coronel Percy Fawcett o el Paititi, y estuve en los lugares más inhóspitos e insospechadas de América buscando mi verdad en medio de la historia.

No puedo dejar de confesar que admiraba figuras como el doctor David Livingstone, Lawrence de Arabia, el espía László Ede Almásy, El arqueólogo Otto Rahn y otros, que no solo eran grandes exploradores, sino también, hombres que aprendían artes como los sabios para sobrevivir en cada cultura igual que los discípulos de Loyola.

Sería imitando a estos hombres (e influenciado por personajes de ficción) que aprendería el gusto por la geografía, el dibujo, los idiomas, la gastronomía, los condimentos y una afición intensa por la comida andina, que en búsqueda de una receta milenaria, me llevaría a  vivir en la cuna de la papa en Perú: Huancayo, a 3.259  m.s.n.m.

 

Fotografía extraída de: kaditours.com.pe

 

Me hospedé en un pequeño apartamento ubicado curiosamente en una calle llamada Gabriel García Márquez. Desde allí  podía divisar uno de los ríos más altos, El Mantaro, que atravesaba la nervadura de los Andes y nutría la costa del litoral peruano llevando aguas salutíferas a la gente de abajo.

Vivía a gusto allá, o mejor, debido a mi actitud viajera y mi deseo de escribir, cualquier lugar me era útil para habitar, porque la patria es lo que uno ama y para el que no tiene patria, escribir es su lugar de residencia.

En Huancayo nació toda esta idea de salir a domeñar esa montaña o elefante dormido e Internet fue solo un estímulo para salir de casa ese jueves brumoso, gris y húmedo del mes de septiembre hasta San Jerónimo de Tunán, un poblado a quince minutos desde mi apartamento al que solo se llegaba enrutado en una Mini Van llamado la Combi y donde estaba el objetivo de mi viaje.

Embarcado en el transporte, no llevaba más que una simple suposición en mi cabeza de lo que podía ser el lugar, una cámara fotográfica y una libreta. El arribo fue simple, sin embargo, para mi extrañeza, no era un monumento el que me indicaba cuál era la tradición del lugar (en los países andinos es típico esto), sino que solo vi una pintura estampada en una pared donde había hombres con máscaras coloridas danzando la Tunantada. Un baile de los pobladores locales con el que imitaban a los conquistadores españoles satirizándolos. En una imagen diría: una comunidad de hombres libres que rebosaban alegría, entonaban flautas y libaban Shacta (Aguardiente) en medio de un parangón jubiloso.

 

Fotografía extraída de: cde.3.elcomercio.pe/

 

Al acercarme y leer en esa pared lo que parecía una justificación de aquel festín, me enteré de que estaba frente a la memoria gráfica de los llamados “Avelinos”, viejos y harapientos guerrilleros que habían atravesado las montañas entre fiesta y gozo hasta llegar a la sierra peruana, huyendo de una guerra interna sin cuartel.

Era un mural que retrataba una epopeya histórica encabezada por Andrés Avelino Cáceres, presidente varias veces del Perú en el siglo XIX, apodado “El brujo de los Andes”, quien había dirigido la batalla de Concepción, Pucará y Marcavalle contra los enemigos del país alcanzando éxito en su estrategia de guerra desde las colinas andinas.

En la calle principal de San Jerónimo de Tunán, el olor a cabras, a chicha, a Shacta (aguardiente) era natural por las características de la comarca, pero el vapor de plata quemada era el aroma comercial del lugar, pues estaba pisando el lugar que tenía una iglesia con una campana de oro y plata, además de llegar  a la cuna donde nació la legendaria Catalina Huanca, la acaudalada mujer que nadie sabía (ni sabe) de dónde extraía el oro que llevaba a Lima a lomo de mula y que entregaba a los españoles como símbolo de su extrema opulencia.

Ya conocía la leyenda por algunos libros que había leído en Lima al respecto y sabía que la historia databa de 1642, cuando un fraile dominico, quien debía recibir un alto dignatario eclesiástico, se encontró sin dinero para atender al ministro enviado por el Vaticano. La leyenda asegura que su ayudante, el campanero de la iglesia, quien además afirmó ser descendiente directo de Catalina Huanca, se ofreció ayudar al fraile dándole “más que suficiente” para atender a su invitado con una sola condición: el religioso debía ser conducido por él a un subterráneo con los ojos vendados. En esencia, un acto de confianza.

 

Imagen extraída de: i.ytimg.com

 

Sin otra opción, se dejó guiar por su ayudante y al llegar al lugar misterioso le fue descubierto los ojos, quien, para su sorpresa, encontró un lugar repleto de barras de oro y plata. Diligentemente tomó lo necesario, y al regresar, el campanero lo despistó dándole vueltas por varios lugares antes de llevarlo de nuevo a su cofradía.

El fraile sospechaba que el hombre en cuestión era el diablo en persona que lo había hecho caer en la tentación de la ambición y la soberbia. Y así, luego de ver tal lugar, el religioso no sería el mismo y posteriormente perdería la cordura, para cuestión de años morir en el total olvido.

Luego se supo que el campanero había desaparecido como por arte de magia para nunca más volver a ser visto ni en San Jerónimo de Tunán, ni en Huancayo, ni en ningún lugar.

Con esta leyenda o mito en mi mente (aunque sin la ambición ni la soberbia), di varias vueltas por el pueblo, antes de subir a la vieja montaña, el cerro llamado  Kusi-Patak cuya cima era coronada por una fortaleza Huanca de piedra sólida, las ruinas de Uniskn Kuto.

 

Fotografía extraída de: munisanjeronimodetunan.gob.pe

 

Así fue que rondando por el lugar, vi una iglesia derruida, quizá construida por la compañía de Jesús, y olvidada que robó mi atención, pues parecía tener un doble fondo abovedado y taponado por la maleza. Divagué. Pero hice una comprobación que me arrobó. Con los bocetos y lo garabateado en una libreta verde, até cabos sobre si aquella ruina no sería acaso el lugar mencionado por la vieja leyenda del campanero y el fraile. El subterráneo del tesoro.

Hice anotaciones en mi libreta y cerré el asunto, pues no era el día ni el lugar para averiguar más.

Dispuesto, subí la montaña, y desde lo alto, pude ver una gran meseta que dibujaba el alto Perú con una majestuosidad nunca antes vista. Desde ahí vi el camino trazado por los Avelinos, el cruce del río Mantaro y el río santa Cruz; los bordes de Huancayo; y al otro lado, parte de la sierra del llamado Alto Perú oculto entre nubarrones grises y cortinas de lluvia fluvial.

La montaña era mágica por ese paisaje tan deslumbrante, por ese mirador y extenso valle fluvial desde donde se podía apreciar un bello mundo, pero más que eso, por ser un lugar que incitaba a soñar, porque en la cima, para más sorpresa, aún descansaba virgen e impoluta el último reducto de lo que fue el imperio poderoso de los llamados Huankas. Cultura preincaica y milenaria, absorbida por la codicia de Francisco Pizarro, y relegada al olvido por la indiferencia de los historiadores, exceptuando los escritos de don Ricardo Palma, quien menciona esta montaña, y a su vez habla de otra latitud aún más mágica llamada Jauja, el pueblo que esconde una ciudad de oro debajo de un lago.

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