Una visita a la capital del mundo en pleno verano

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Nueva York tiene esa facultad de presentar en cada calle una mezcla radical entre pasado, presente y futuro. Una de las ciudades más particulares  que existe. En este recorrido les contamos por qué. 


 

Fotografías: Martha Alzate

 

Es tiempo de verano. Y así, plena de luz, nos recibe Nueva York.

Un regreso largo tiempo ansiado, en compañía de mis dos pequeños hijos. Mi fascinación sería ver esta mega ciudad a través del brillo de sus ojos. Las expresiones de asombro y maravilla, el goce de vivir a la capital del mundo en pleno verano.

Iniciamos en un recorrido rápido por las calles de Manhattan en donde la iglesia de Saint Patrick es la primera referencia obligada.

 

 

Enfrente de esta iglesia neogótica de gran tamaño se ubica el Rockefeller Center, más exactamente la escultura de Atlas.

 

 

El interior de la iglesia es iluminado pero frío. Su estructura en concreto añade de manera importante a la sensación de majestuosidad, pero el material marca una distancia con la vida y lo terreno.  

 

 

Debido a las presiones que en materia de seguridad vive Nueva York, están instalados en la iglesia severos controles al ingreso.  Aburrida de verme nuevamente inspeccionada (estado recurrente en la capital del mundo que limita el acceso a muchas de sus edificaciones y atractivos), decidí esperar observando el ir y venir de los visitantes.

Algunos, fervorosos creyentes, otros simplemente turistas entusiastas que intentaban sumar un atractivo más en su lista de chequeo.

Enfrente de la iglesia un edificio con alma. Lo miré largamente. Porque Nueva York tiene esa facultad de presentar en cada calle una mezcla radical entre pasado, presente y futuro. De repente, puedes ver estas pequeñas construcciones, testigos obstinados de un pasado no tan remoto, al lado de construcciones consolidadas y de gran altura, que se ven disminuidas ante la promesa abierta al infinito de los nuevos rascacielos, cuyos pisos superiores dan la impresión de habitar en otras atmósferas.

 

 

En la imagen puede verse un local de Le Pain Quotidien. Una delicada panadería de estilo francés. Esta cadena internacional de panaderías, fundada en Bruselas en 1990, está presente en la ciudad con una buena cantidad de locales. Y es una gran alternativa a la hora de tomar desayunos y refrigerios.

Su propuesta de comida orgánica, caracterizada por el servicio en “mesa comunal”, combina la posibilidad de tomar preparaciones muy frescas con una excelente calidad de panadería y bebidas calientes. Su ambientación es familiar, y esa mesa compartida hace de la experiencia una mezcla entre cálida acogida y obligada socialización, que aportan algo de sosiego a la experiencia de desarraigo que se siente al estar de visita en ciudades tan distantes, frías e impersonales, como NYC.

FOTO New York 150: Mesa comunal en alguno de los locales de Le Pain Quotidiane. 

De este primer recorrido, siguió el obligado tour por la ciudad en el bus turístico.  Fuimos a tomar nuestro transporte en la zona de Times Square que se mezcla con los alrededores de Broadway.

  

 

Mientras esperábamos la llegada del articulado, haciendo una interminable fila, pude detenerme a observar a una chica que, mientras se encargaba de repartir publicidad de algún show teatral o musical, hacía ella misma su propia representación en los andenes de este sector.

 

 

Iniciaba, se acercaba con actitud de mimo a los transeúntes, evaluaba la respuesta, se decepcionaba, tomaba aire, volvía a iniciar.  Todo un ritual de la representación y de su propia vida, poblada vaya a saberse por qué frustraciones y anhelos.

 

 

Por fin, a bordo del bus, iniciamos el recorrido.

Las calles, los edificios, las referencias a lugares históricos o de interés, todo se conjuga para que la expedición esté llena de atractivo.

 

 

También, desde mi perspectiva, observar el funcionamiento de esta ciudad desde la altura de un vehículo de dos pisos, con la posibilidad de comparar el hormigueo de los transeúntes en las calles, el orden al momento de abordar los cruces peatonales o cebras, y la proyección de esa misma vida que asciende por las fachadas de edificaciones a las que, permanentemente, es imposible seguirlos con las capacidades del ojo humano, porque se pierden en la inmensidad de su proyección hacia el espacio superior, hacia un submundo poblado por nubes y otras perspectivas del cielo.

 

 

Imposible no conmoverse con las imágenes que van quedando impresas en nuestra mente, de la prolongación sutil de estas estructuras y sus fachadas en vidrios azulosos hacia el firmamento.

 

 

Ambos celestes se superponen hasta confundirse y crear la sensación de una habitación más próxima a los vecindarios celestes que terrenos. 

 

 

Pasos por vecindarios exclusivos, históricos, elegantes, en donde se han tomado seguramente decisiones importantes para este mundo en el que habitamos pero que solo unos cuantos parecen gobernar.  

 

 

Los alrededores de la Biblioteca Pública de Nueva York y el Bryant Park. Con sus espacios repletos de gentes disfrutando de las bondades del clima.  Todo un espectáculo de lo público en el uso y disfrute de las infraestructuras comunes.

 

De repente, un hombre que lustra zapatos, oficio extraño para estos confines del mundo. Alza su mirada, sentado como está, al pie de su extraordinario mueble de lustrar, una mirada increpadora a estos turistas que lo miran desde lo alto, desconocedores de sus luchas y de su trabajo, de la dignidad de su labor en medio de tanta opulencia.


 

Los audífonos apenas parecen protegerlo del agite a su alrededor, y, sin embargo, su mirada es elocuente, enfrenta y no niega un dolor, un cierto resentimiento de la vida.


 

Los vehículos se aglomeran y las calles se abren extensas, una detrás de otra, en una uniformidad pintoresca y ordenada a la vez.  Hasta lo temporal, como es el caso de las reparaciones locativas en algún edificio, es controlado, limpio, pulcro. Se lleva a cabo sin perturbar.


 

Nuevas edificaciones se abren a nuestro paso. Estructuras en materiales diversos, fachadas decoradas que dan cuenta de épocas en las que ser diferente se lograba a partir de gestos artísticos y dramáticos, de la superposición de pequeñas piezas, herencia de inmigrantes árabes o de otras latitudes que dejaron, también, su impronta en las construcciones de la mega urbe.

 

Locales comerciales, institucionales y demás, todos en perfecto orden y armonía. Gestos de una vegetación programada para convivir con lo edificado en materiales inertes.  Perfecta alineación de las fachadas. Coordinación para no perturbar el tráfico aún cuando se estén realizando descargues y otras operaciones propias de la vida normal de la ciudad.

Respeto por los peatones y sus cebras. Los infaltables buses turísticos, invadiendo una cotidianidad que no se da por aludida. Que prosigue, aún, en la certeza de ser permanentemente observada, fotografiada.

 

 

La ciudad y sus lógicas continúan aún con la agitada presencia de multitud de visitantes, sobre todo en el verano. No sucede lo mismo que con otras ciudades turísticas como Paris, en donde, los residentes se ven desplazados por las escenografías y actividades dispuestas exclusivamente para la horda turística.

Debe ser molesto ser parisino en verano e intentar tener algo de vida cotidiana cuando en las calles se prepara toda una puesta en escena para ser disfrutada por los invasores que devoran ansiosos cada rincón de la ciudad.


 

No es el caso de Nueva York. A pesar de la evidente presencia de turistas, la ciudad continúa con sus lógicas. Se acomoda. Parece más bien ignorar, de manera displicente, a estos advenedizos. No repara en ellos ni se detiene en consideraciones especiales.

En medio del recorrido reparo en las señales. Esas tan ligadas a la existencia urbana, tan interiorizadas por nosotros, tanto que actuamos y respondemos a ellas de manera automática y casi universal.

 

 

Y en el trasfondo de esta visión totalmente urbana, un gesto que me llama.  Un edificio de viejas escaleras de emergencia exhibidas con desparpajo en la fachada.  Un llamado a pensar en otros momentos, de ciudad vieja que puede incendiarse (y de hecho se incendió muchas veces), en la fogosidad y el agite de la ebullición de una inmigración constante y prolífica. Es, con toda certeza, la historia de Nueva York.

Al fondo se observa el edificio Flatiron . Todo un ícono arquitectónico de comienzos del siglo pasado, innovador en su ubicación (un lote triangular), fue desarrollado con una estructura de tipo aerodinámica que causó inquietud entre los neoyorkinos de la época quienes apostaban a su colapso,  derrumbado por los fuertes vientos.


 

Concebido por un arquitecto de la escuela de Chicago, Daniel Burnham, se conserva como una de las construcciones más emblemáticas de la ciudad.  


 

En cercanías a este vecindario, esta linda torre de iglesia con reloj, cuyo nombre no puedo recordar.


 

Y, los fantásticos espacios públicos, abiertos y dispuestos para el disfrute permanente.

Me encantan esas calles a las que el juego de luz y sombra, propios de la híper urbanización de la isla, dan ese toque peculiar, que despierta emociones e instiga la imaginación.


 

Recuerdo entonces las voces múltiples, el azar de la vida cotidiana, puesta en escena a través de las palabras de John Dos Passos y su Manhattan Transfer.

 

A la vista, otro edificio emblemático. Esta vez se trata del edificio The New School University Center. Un edificio contemporáneo, inaugurado no hace más de tres años, cuya construcción está completamente certificada en las prácticas de arquitectura bioclimática LEED.

 

En este mismo vecindario, un letrero intrigante. Un mercado que promete vender comida para humanos reales, denigrando de la soya, el azúcar, la canola y el trigo.  


 

Nueva York es, junto a Londres, tal vez de las pocas ciudades en donde los que padecemos algún tipo de alergia alimentaria no tenemos por qué preocuparnos. En todos los lugares es posible encontrar cartas separadas, alimentos dispuestos para prevenir todo tipo de alergias.

Se puede solicitar las cartas de gluten free y lactosa free (tal vez las más comunes), pero también vi sugar free, soy free, y hasta garlic free.

 

 

Nuestro recorrido termina en el vecindario cercano a Washington Square y a los múltiples edificios que ocupan como sede la Universidad de New York.  Por los audios del bus turístico me enteré que NYU es la universidad de carácter privado más grande en el mundo. 

Y a fe que tiene un campus dispuesto en un lugar de ensueño, girando alrededor de este magnífico espacio público que es la plaza Washington.

 

 

Caminar por estas aceras contemplando las fachadas de los edificios, ambiente que se percibe residencial (no ya turístico), pensando cómo podría ser vivir allí, y ver la vida desde el balcón de cualquiera de estos edificios, cultivando plantas en macetas para no perder la sensación de ser parte de algo natural.

Recorrimos nuestro camino hacia Washington Square, no sin antes detenernos en esta especie de surtidor de productos frescos, comidas saludables, batidos energéticos, que es Fresh &Co.

Hay una verdadera obsesión en la capital del mundo por la comida saludable, y casi en cada cuadra es posible encontrar supermercados, tiendas, cafés, o restaurantes cuya propuesta está basada en smoothies, batidos de frutas, cereales y verduras, y ensaladas de todo tipo.

Consultando su página web, veo que su promesa de venta está basada en la inclusión de productos locales. “We are local” reza su slogan, y es que con la comida como una súper industria, el pánico se ha tomado las tendencias de consumo de quienes tienen con qué decidir y pagar por sus decisiones.

Termina así el recorrido por las calles de Manhattan y nos aprestamos a internarnos en el mundo de su espacio público, a toda luz, en Washington Square.

 

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