Forasteros en el Chocó

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Pasada la semana Santa les quedaba a los aficionados y a los forasteros diferentes inquietudes. Dudas que después de visitar las húmedas tierras del departamento del Chocó divagaban entre percepciones y consideraciones alrededor de las diversas dinámicas de la comunidad chocoana.


 

Especificamente en relación a su estilo de vida y por supuesto, la innegable violencia estatal que han sufrido dicha comunidad a través del tiempo.

 

Jueves santo (Triduo Pascual)

Los forasteros descargaron sus maletas tras un largo viaje que duró cerca de 3 horas desde la ciudad de Pereira hasta este municipio. Las flotas de autobuses más comunes son Occidental y Arauca llegando por tierra.  Un desdén para quienes tengan problemas lumbares, pues, la carretera solo está pavimentada, en su mayoría, por tramos con riesgo de caída de piedras e infinidad de letreros que dicen “terreno inestable”. El punto de llegada fue el barrrio Piedras, en Santa Cecilia, Pueblo Rico, en donde tradicionalmente la economía se basa en el comercio y ancestralmente en la minería. Este sector es básicamente un casco urbano con casas en ambos extremos de la carretera que conecta, en efecto, al corregimiento de Guarato, Tadó con Santa Cecilia.

Santa Cecilia es territorio chocoano, aunque los límites y los mapas digan otra cosa y sin importar que el río Guarato separe los departamentos de Risaralda y Chocó, allí se habla, se piensa y se respira la tradición de la comunidad negra. Ejemplo de esto es la abuela de la forastera, que habla a tambor, o por lo menos en esta explicación casi abstracta, diríamos que hablar a tambor es hablar a lo que suena el río; ese que está tras su casa, un río grande y caudaloso llamado San Juan, de grandes piedras y árboles frondosos por donde se filtra. Las aguas de este río corren del nororiente hacia el suroccidente, en dirección opuesta al Atrato  por el Chocó.

 

Foto: Diego Val.

 

Así mismo, desde el tambor suena el acervo cultural de una gran comunidad. Es una zona en donde confluye la población indígena y negra. Las relaciones con los Embera Chamií y Katío vislumbran un panorama de aciertos y desaciertos, pues, durante la toma de Santa Cecilia por el frente Aurelio Rodríguez en el año 2000 y los disparates del ejército y paramilitares, hizo que la población migrara, prioritariamente hacia el municipio de Pueblo Rico, en resignificación del territorio. Lo que para los forasteros respecta, como el proceso de reterritorialización, en las nuevas prácticas sociales, comerciales y agricultoras los fue acercando un poco más al centro del departamento de Risaralda. Un acierto, quizá, por estar cobijados por una rica geografía andina, pero un desacierto cuando de “choques” culturales hablamos.

Es un choque forzado e históricamente impuesto por las élites blancas de la colonia que usurparon las tierras, pues para el indígena, los hombres y mujeres negras, era el instrumento de dominación del hombre blanco; por lo mismo, después del 18 de febrero de 1728 tras la ejecución de 40 personas esclavizadas, la población negra en su mayoría migra formando pequeños palenques en Guarato, Jamarraya y Santa Rita.

 

Foto: Diego Val.

 

Queda entonces recorrer la pequeña cabecera municipal,  en dónde se ven jóvenes y niños en el parque haciendo diferentes actividades. Unos juegan con canicas intentando encestarlas en un pequeño orificio, otros con tapas, unos venden fruta, mientras otros cortejan a su compañera más admirada.

La noche llega con el tributo de la famosa eucaristía católica de jueves santo. La comunidad sube hasta el colegio Agroambiental Pío XII para bajar en procesión hasta la iglesia del pequeño caserío en el parque.

Más tarde, lo que se escucha es una lluvia torrencial.  El río San Juan ruge a pocos metros de la casa de la abuela. Uno de los forasteros temía que el río creciera exponencialmente, pero, aún así, la casa estaba lo suficientemente alta como para que esto ocurriera. Las imágenes alternas a esta casa revelaban un pequeño cementerio y la famosa morada de la bruja, ya caída y con aspecto de haber sido quemada. Se cree que su hijo camina ahora por las calles 19 y 20 en Pereira vendiendo dulces a los transeúntes.

 

Foto: Diego Val.

 

Viernes Santo (Crucifixión)

Los forasteros toman el bus a las 9:00 a.m rumbo a Quibdó, adentrándose a uno de los departamentos más lluviosos del país. Una vez más se deben enfrentar a la inestabilidad de las carreteras que, por tramos, exponen vestigios de accidentes pasados. Los municipios tienen diferentes nombres: Tadó, Ánimas, la Y, y en cada lugar, un puñado de gente caminando en procesión; reconstruyendo simbólicamente la crucifixión de un dios colonial a consideración de los forasteros, pero resignificado por la población en algunas ocasiones. Aquí se hace difícil determinar en términos morales, filosóficos, biológicos y/o políticos, las cuestiones por las cuales una población históricamente oprimida cree en un dios que ha significado en muchos momentos la opresión para los mismos.

Por otra parte, ante las constantes manifestaciones en contra de la vulneración de derechos de los habitantes de los diferentes municipios y corregimientos en el Chocó, específicamente de su capital Quibdó y que a su mayoría les cobijaría un supuesto periodo de pos-acuerdo en relación a reparación y restitución de tierras, no cabe más que pensar en la innegable violencia estatal  y las grandes heridas que ha dejado el abandono y desprestigio sistemático que históricamente ha permeado a la comunidad negra en Colombia y eso sí, es un hecho contundente.

 

Fotos de los forasteros en el Chocó

 

 

En fin, siguen siendo muchas las percepciones que los forasteros tienen pero el camino es largo y Quibdó espera.

Después de un viaje de más de 5 horas, los forasteros entraron a la capital chocoana. Los carteles de publicidad política están por todos lados. Es curioso que uno de los forasteros se percatara del cartel fariano que estaba pegado en una de las tiendas comerciales. Es poco común, o casi nulo un cartel así dentro de las ciudades centrales  de Colombia: Cali, Pereira, Medellín, Bogotá.

El terminal es una media torta techada.  No está dotada de tecnología de punta como pantallas o artefactos complejos de seguridad. De hecho, para ese viernes, estaba completamente cerrado y el bus de los forasteros era el único en lo que se podría llamar una fila.

 

Foto: Diego Val.

 

Tomando un taxi, se atraviesa un largo tramo casi rural, sin carretera construida. Esto ya es un leitmotiv para todos. Siguen, sin falta, las vallas publicitarias y las infraestructuras inconclusas. Hasta la Universidad Tecnológica del Chocó tiene secciones en reconstrucción.

Así, en este viernes, pareciera que sí hubo crucifixión. Unos cuantos hombres pasaban azotando a otro a latigazos, mientras grafiteaban sobre las puertas cerradas de los locales comerciales la palabra “esclavos”.  Hecho que dejó un rastro atónito y frío sobre las calles y las miradas de unos cuantos curiosos desde sus ventanas.

 

Foto: Diego Val.

 

Sábado santo (Jesús en el sepulcro)

Por lo demás, hay algo que no es tan evidente y no por esto menos importante. Justamente los forasteros podrían llegar a pensar que los “símbolos patrios” de la comunidad se fundaron o fundan en otros hombros. Diversos bustos de Diego Luis Córdoba,  fundador del departamento; las esculturas de una barequera restaurada; de una mujer negra pescadora; de una familia negra liberando sus cadenas, hacen parte de la indumentaria. Son piezas de una historia política y una lucha muy diferente a la construida desde la historia blanco mestiza. ¿Mostrando las cualidades del trabajo en una mujer y además negra? Una plaza que podría ser el centro de un Bolívar, es el centro para un busto de un líder negro.

De esta manera, son líderes en el sepulcro que, a orillas del calmo río Atrato, que pasa por el malecón, observan a sus descendientes vivir. A pesar de la violencia, el racismo y la misoginia levantan cantos, tejen relaciones y construyen la vida de la resurrección.

 

Foto: Diego Val.

 

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