“Uno tiene que aprender a morir para aprender a vivir…”: Ana Dominga, una cantaora chocoana en el barrio Tokio de Pereira.

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Conserva la cocina del Pacífico haciendo  arepa de calentado, mazamorra, arroz de maíz,  masa frita, aborrajado y pescado. Además tiene una huerta en casa en donde siembra orégano, albahaca, cilantro y cebolla.


 

Yo no sé porque la muerte,

no se apiadará de mí,

yo no sé porque la muerte,

no me deja a mí dormir.

La muerte viene a llevarme

yo no me puedo quedar

me saludan a mis hijos,

a mi papá y mi mamá

Ayy, Audá, ay Audá

y misericordia…

 

Porque… “él que no sabe vivir, no sabe morir”. Así es la expresión de Ana Dominga. Una cantaora chocoana vívida y opaca, cálida y fría, gorda y flaca, una expresión ambivalente, como la vida, como la muerte.

 

Foto: Diego Val.

 

Hace 26 años que se fue de su tierra natal, Piedra Honda – Bagadó – Chocó, hija de María Reinarda Córdoba Rentería y un papá costeño. Llegó al corregimiento de Santa Cecilia en el Municipio de Pueblo Rico Risaralda en el año 91,  ya cuando uno de sus hijos tenía un año de nacido.

En el 2002, por cuestiones de violencia, llega  al barrio  Plumón Alto de la ciudad de Pereira. Allí dejó a sus hijas “instaladas”, para luego, con la fuerza y aliento de su dualidad, construirse la casa en la que vive ahora en Tokio, un barrio entre incertidumbres y certezas.

 

Foto: Diego Val.

 

Si, como ella lo hace saber, por la incertidumbre de la vida y la certeza sobre la muerte.

Vive sola y tiene sobrinos que  la visitan constantemente. Se sienta bajo el marco de la puerta, en la entrada, para vender  cervezas. Con un peine forza un poco su ensortijado cabello para trenzarlo, pues ya tiene media cabeza en zigzag, habla de sus resiliencias, de sus premoniciones,  y también deja palabras  de la “arrechera” que la hace vívida  como una foto en blanco y negro.

 

Foto: Diego Val.

 

Conserva la cocina Pacífico haciendo  arepa de calentado, mazamorra, arroz de maíz,  masa frita, aborrajado y pescado. Además tiene una huerta en casa en donde siembra orégano, albahaca, cilantro y cebolla.

 

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Foto: Diego Val.

 

Con esto, llega un plato fuerte compuesto por versos. Cuenta que aprendió los “alabaos” de libros que leía, sucesos que le acontecían, y unos cuantos que le enseñó su abuela, pues, en la tradición oral de su gente al igual que en la escrita, cualquier cosa es posible.

 

Foto: Diego Val.

 

Cree en el dios católico tradicional, sin embargo, los dioses de su cultura siempre están presentes. Por esto, afirma que los hombres y mujeres negras tienen un corazón blanco. Se siente orgullosa de ser negra, chocolate.

Su risa acoge a todos quienes estén presentes, y además, es pegajosa. Afirma que siente “una satisfacción en el corazón, una emoción y una alegría”  cuando entona un alaba´o, porque recuerda a sus ancestros.

 

Foto: Diego Val.

 

Lo que logra significar un alaba´o para Dominga, seguramente es como lo que significó un hospital para la cantante negra Bessie Smith, momentos antes de morir. Quizá,  le hubiese gustado que Dominga estuviera ahí para ayudarle, y evitar el dolor a su  familia también.

El cantar y el bailar son su alegría. Después de comer y echarse bendiciones acostada, entona un canto. Ya sea un Salve, un Romance o un Alaba´o.

Este año fue invitada nuevamente al Festival de Raíces Pacíficas Tokiomanía en su quinta edición para cantar algunos de sus versos. El día anterior había expresado uno, que excombatientes de las  FARC le pedían frecuentemente entonar.

 

Foto: Diego Val.

 

Cada día llegan cuatro,

cada día llegan tres

y esa gente no conozco,

ni quisiera conocer.  (Bis)

Buenos días señor Sargento,

voy a poner una demanda,

ay que el señor Afranio,

no deja pasar la barca. (Bis)

Y el Sargento me contesta,

con su voz disimulada,

ay esta es la voz del pueblo

y yo no puedo hacer nada. (Bis)

 

Qué es lo que les pasa a ustedes,

que en todo me señalan,

ay hoy estoy aquí

y mañana en la montaña.  (Bis)

 

Foto: Diego Val.

Ése mismo día había cantado para un colectivo que tenía como objetivo la pedagogía alrededor del territorio, participaron niños, niñas, jóvenes y adultos. También hubo actividades  que  no se perdió por nada del mundo, “bailando con uno que otro muchacho”.

Después del festival, bundeado y de cantos fúnebres, Dominga está dispuesta a la dualidad, a su condición, y a la alegría que le convergen tan inquietantes premisas.

 

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