Los pueblos de Santander o el sabor de la tierra roja

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Se pueden degustar con la mirada, como si nos fuese dado recorrerlos con la lengua y llegar a captar el sabor exacto de esa arcilla de colores cobrizos que se exhibe en toda su dimensión en tapias y muros, que resaltan aún más cuando se muestran en combinación perfecta con el blanco que recubre algunas de las superficies.

Iglesias, residencias de uno o dos pisos, balcones, los tradicionales tejados color marrón, el empedrado de las calles, y hasta la mirada arrojada al infinito de sus cañones, hechos de geografía abrupta que escasamente se deja tocar por algunos reductos de verde, están hechos de barro seco.

Por momentos un pequeño vergel, sustraído a la escasez del suelo semidesértico, anima el paisaje y agrega belleza y alegría a fachadas y recorridos. Una mezcla compuesta de cactus de diversas especies que ofrecen dadivosos su floración de tonos bermejos profundos, combinados con otros arbustos cuya exuberancia tiene la ventaja de poder nutrirse de una austera demanda de humedad.

De todos, mis favoritos son los cactus, pues sus formas erguidas y proyectadas al intenso azul del firmamento, se me antojan una metáfora de la dignidad, o de la ilusión, todo depende del estado de ánimo del observador.

Barichara es el pueblo más afamado de Santander, y ostenta sobradas razones para ocupar esta posición. Sus calles y edificaciones parecen ubicadas en otro tiempo, en la incerteza de un estado indefinido entre la época colonial y la patria boba. Se encuentra en la actualidad, como toda villa turística, bajo la presión de ciertas élites deseosas de su propia versión de la autenticidad, y por ello sujeto a no pocas excentricidades.

Entre ellas un taller de oficios creado por el ex presidente Belisario Betancur que hoy sigue siendo dirigido por sus hijas, en el que se hacen hermosas figuras procedentes de todo tipo de plantas del desierto: fique, yute, y otras fibras extraídas y cocidas por las manos de mujeres madres cabeza de hogar que aprendieron la técnica de un español que alguna vez anduvo por esos lares. Con esos hilos tejen papel, figuras, joyas, lámparas, y muchas otras versiones de objetos plenos de creatividad que parten de un principio simple de supervivencia: en zonas como estas la ausencia de agua hace que las plantas almacenen en su interior lo necesario para sobrevivir.

En aquel pueblo al que sin duda es mejor visitar en temporada baja, se encuentra un taller de pintura con greda, en donde es posible realizar diseños sobre un pequeño tablón usando pinceles y mezclando varios tipos de arcillas extraídas a estos suelos que son de tonalidades diversas. La mujer que dirige el taller nos contó que su esposo estudió en Francia una especialización en cálculo estructural para construcciones en tierra armada.

Pero en Colombia no es legal realizar esta actividad formalmente, porque esta técnica constructiva no está reconocida en el código nacional de construcciones sismo resistentes y estructuras. Ella, de quién no retuve su nombre, también nos dijo que la especulación inmobiliaria es muy fuerte en el pueblo y que, incluso, muchos de los multimillonarios que tienen casas de recreo arriban en avionetas para evitarse la fatiga de la carretera que de Bucaramanga remonta el cañón del Chicamocha hasta llegar a San Gil, Curití, Barichara, Guane.

Razones no les falta para querer evitar el trayecto de esa vía que es además de congestionada imposible para adelantar, pues su trazado es cerrado y pendiente como pocos.

Hoteles formales, hostales, glampings (lugares de carpas que son, en realidad, habitaciones opulentas con servicios comunales de lujo), restaurantes, comercios de artesanías, panaderías gourmet, todos estos establecimientos forman un paisaje en el que conviven como extraños en su tierra los habitantes propios del lugar. Las tiendas elegantes se alternan con ventas de queso, víveres o abarrotes, billares, cafés y algunos estancos que en las noches se convierten en improvisadas tabernas.

Tanto en los lugares como en el perfil de los visitantes de estos establecimientos la mezcla es la norma.

Se podría concluir sobre Barichara que es una aldea ordenada que parece resistir a los embates de la especulación inmobiliaria desatada por su belleza. Un lugar seductor para el visitante, sobre todo en la temporada en que se encuentra vacío de turistas.

Curití es otra cosa, es un pequeño pueblo más auténtico. Allí es posible visitar diversos almacenes de artesanías. En uno de ellos una joven nos atendió para vender los objetos que hacía su papá. Muy desenvuelta, debido a su condición de estudiante de ingeniería en Bucaramanga, nos ofreció los artículos, nos cuadró los despachos, organizando rápidamente todas las cuentas. Es posible comprar en Curití y pagar el envío hasta cualquier ciudad de Colombia. solo es necesario hacer algo que a los colombianos nos cuesta trabajo: confiar en que lo que se ha pagado efectivamente va a ser enviado.

Pero la bondad innata de los habitantes de este pueblo conduce con facilidad a la formación de esa confianza.

San Gil es ya una aglomeración de tamaño importante, a medio camino entre ciudad y pueblo. Atrapada un día completo en ese lugar, puesto que por restricciones médicas no me fue permitido ir a hacer la actividad programada (rafting), tuve que pasarme las horas entre los diversos cafés y cafeterías disponibles. Antes, busqué una librería. A pesar de la buena disposición de los habitantes del lugar para darme indicaciones, solo pude hallar una papelería donde escasamente se ofrecían textos escolares. No obstante, una suerte de “agáchese”, al que llegué por azar, vino a socorrerme. Entre la interminable sucesión de libros inútiles de recetas de cocina, contenidos de superación, cursos de idiomas o contabilidad, hallé solo dos opciones posibles. Una, “El Ensayo Sobre La Ceguera” de Saramago. La otra, un libro poco conocido pero llamativo, “Madama Sui” de Augusto Roa Bastos.

Así que me interné en los arenales habitados por la pequeña lechuza que fue Sui para Roa Bastos, y embrujada por esa lectura deambulé por los lugares céntricos de San Gil, probando cuanto café y agua aromática estuvieron a mi alcance, un poco para justificar mi presencia y poder ocupar una silla que me permitiera continuar leyendo.

Para finalizar quisiera hablar de Guane. Este pueblo es como la hija virgen de ciertos núcleos campesinos que la madre prefiere llevar con ella a todas partes, aún a costa de dejar temporalmente abandonados a los demás miembros de la familia, incluso los más pequeños. En la plenitud de la belleza que corresponde a su estado de hembra en edad fértil, Guane es un lugar aún inexplorado, auténtico, una mezcla entre aldea indígena y villa colonial incipiente. Este es un territorio aferrado a las montañas, al cual se llega descendiendo desde Barichara por una carretera pegada al perfil de una topografía riscosa haciendo uso de un medio de transporte particular, los “tuc tuc” (o lo que aquí conocemos como motocicletas tipo Piaggio).

La quietud es su característica, que lo define todo, hasta la escasa circulación del aire. Es posible ir a la iglesia, y existen ventas de algunas artesanías, pero este pueblo parece más bien una metáfora de la espera.

Lo que aguarda Guane en sus atardeceres somnolientos, es que llegue la horda desbordada que se deja caer desde Barichara, y, cómo no, en un futuro no muy lejano, la especulación inmobiliaria, la transformación radical de su ser aún intocado en lugar vacacional para gente acaudalada.

Algo de eso se puede ver ya. Nos encontramos a unas dos cuadras de la plaza central, guiadas por la insistencia obsequiosa de la propietaria de uno de los escasos comercios ubicados en los alrededores del parque central, un hostal. Instaladas en una antigua casa, algo transformada y adaptada para su nuevo uso con un aire hippie chic, dos belgas sonrientes nos ofrecieron no sólo las tres habitaciones disponibles sino el menú de comidas y bebidas. Dueñas de un español aceptable, nos contaron que creían que íbamos a traerles suerte, pues ese era precisamente el día de la apertura de su pequeño emprendimiento.

Señales que empiezan a verse, incipientes pero inequívocas, de cómo el deseo humano por arrasarlo todo va copando los espacios más diversos, hasta dejarnos convertidos en una sola masa informe que todo lo codicia, que todo lo depreda.

Aunque lo aquí narrado puede cambiar a partir de la pandemia que por estos días azota a la humanidad, no lo veo probable. Más bien creo que el ansia por la villa chica, por el aire de campo, terminará de arrasar la precaria autenticidad de estos poblados, y que como en los mejores tiempos de Bocaccio los señores acaudalados se apertrecharán en las comarcas y tal vez hasta les alcance el tiempo para contarse historias los unos a los otros, si es que el uso intensivo de los dispositivos móviles les deja algún reducto de imaginación para darse cuenta del lugar cierto en el que se encuentran y reconocer a sus compañeros de temporada, en esta suerte de exilio auto elegido que el Covid-19 ha venido, vaya  paradoja, a imponer como el destino de los  humanos contemporáneos.

#lacebraenimagenes

GUANE

CURITÍ

GIRÓN

SAN GIL


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