Memorias de una adolescente venezolana (Parte II)

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Mis últimos meses en Venezuela fueron como un camino de aprendizaje y armonía en mi alma, que creo que deberá pasar bastante tiempo para volverlo a obtener. Sabía que todo estaba hecho un desastre, que cada vez se iban más amigos de mi país.


Dulce Daniela Lópes Ceballos

 

A veces me quedaba ensimismada en mis pensamientos, viendo a través de la  ventana a la montaña que mis tías colombianas habían puesto por nombre “La bella durmiente” por su singular forma, ya que parece que estuviera una hermosa dama durmiendo de perfil.

Cuando ellas me dijeron eso, creo que nunca volví a ver esa montaña igual.

La veía con un significado místico para mí, creo que ella forma parte de uno de los recuerdos más hermosos que he tenido.

Así como le pasó a Mamá Blanca con el Trapiche, cuando Evelyn les prohibió jugar en ese lugar tan mágico para sus juegos de la niñez. Si ella nunca hubiera puesto objeción, el Trapiche se habría vuelto un lugar más, olvidado con el tiempo.

Así mismito me pasó. Creo que si mis tías nunca me hubieran puesto a ver la montaña con otros ojos, jamás la hubiera escrito en estas líneas.

 

 

Cuando llovía (algo muy eventual, pues en San Diego hace muchísimo calor), las nubes se posaban en la parte más alta del cerro, y se veía tan poética.

Según mi papá, mi abuelo le dijo que esta obra de Dios era digna para una pintura. Y es una de mis misiones en la vida. Pintar a la bella durmiente.

La bella durmiente me transportaba a los rincones más recónditos de mi mente, y  era como mi conciencia.

En ella reflexionaba, imaginaba, o simplemente la admiraba por su hermosa cabellera verde cuando llovía, y marrón cuando el sol salía.

Ella fue testigo de mis temores y alegrías. Hace poquito, antes de que mi vida cambiara, la miraba con ansiedad y preocupación.

Ella escuchaba también los enfrentamientos entre los libertadores y los traidores. Ella me vio llorar muchas veces en mi soledad y silencio, al igual que me vio reír en mis momentos más felices con mis seres más queridos.

 

Dulce Daniela - Memoria venezuela

Mis amigos, que llegaron a convertirse en mi familia, y yo nos burlábamos de la tristeza, de la melancolía, de la miseria.

Le decíamos que nunca nos iba a quitar la felicidad de nuestros corazones. Que a pesar de que la ambición de un grupo de personas nos quitaran muchas cosas, no iban a poder quitarnos las esperanzas de sonreír el día de mañana, las ganas de vivir más alegres que ayer.

Mis últimos meses en Venezuela fueron como un camino de aprendizaje y armonía en mi alma que creo que deberá pasar bastante tiempo para volverlo a obtener. Sabía que todo estaba hecho un desastre, que cada vez se iban más amigos del país.

Sin embargo, Dios me daba aunque sea una mínima razón para sonreír todos los días. ¿Qué cómo lo hacía? No tengo ni la menor idea. Que tu país se desmorone y que a pesar de ello puedas tener la capacidad de ser feliz es algo curioso que aprendí en Venezuela.

Aprendí que debo sonreír a lo malo y seguir adelante. Creo que fue Dios el que no permitió que me diera una crisis ante tanto zaperoco.

Hasta que todo volvió a explotar.

 

Memorias Venezuela - Foto por Carlos BecerraFoto por Carlos Becerra

Antes de Semana Santa, recuerdo que en la Universidad de Carabobo entraron los policías y comenzaron a golpear a los estudiantes y a hacer allanamientos.

De hecho, hasta uno de mis amigos de la iglesia que estudia allí ingeniería mecánica me lo confirmó: –“Dulce, yo estaba en un examen y de repente todo el mundo comenzó a correr y la policía comenzó a sacarnos a todos”.

A ellos no les importó nada. Golpeaban hasta a las mujeres. Eso me llenaba de ira, impotencia, frustración.

¿Por qué mi país estaba dominado por gente tan imbécil? Porque para no decir otras palabras, déjenme decir que eran esto y muchísimas cosas más.

¿Qué clase de venezolano agrede a sus hermanos? No merecen ni ser hijos de esta tierra, a la cual han despellejado y dejado en la ruina.

La gente despertó, y hasta los sacerdotes denunciaban en sus homilías las atrocidades de nuestros gobernantes.

 

 

¿En qué momento perdimos al país?

¿Cuándo íbamos a pensar que la felicidad en nuestro país iba a ser tan inalcanzable?

¿Por qué esas personas son tan despiadadas, tan malas?

¿Es que todavía no ven a cuántas madres dejan sin hijos?

¿A cuántos ancianos dejan morir por falta de medicinas?

¿A cuántas personas dejan sin trabajo?

¿A cuántas familias separadas?

¿A cuánta gente sufriendo?

¿Cuándo la ambición de poder les ennegreció el alma, el corazón?

¿Por qué no paran esto de una vez?

¿Qué más quieren de Venezuela?

¿O acaso no ven que ya no nos queda nada más que el arriesgar nuestras vidas porque no tenemos nada?

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