Recordando a uno de los fotógrafos más importantes del Pereira del siglo pasado
Manuel García fue un hombre bohemio, cacharrero y artista, que retrató la vida social y urbana de Pereira con su cámara. De igual forma, en su actividad de fotografiarlo todo, su vida familiar quedó registrada en un álbum que aún se conserva en la ciudad.
Sus fotos no solo son importantes porque ahora son patrimonio cultural de la ciudad, sino también por el gran número de retratos que hizo a su familia y conocidos, antes de caer enfermo en el año de 1991.
En el 2006, ya muerto el fotógrafo “cacharrero”, su archivo personal entró en disputa al ser repartido entre sus familiares. Lo que produjo que gran material se perdiera o quedara desperdigado entre muchas personas. Hecho lamentable, ya que toda su obra junta podría considerarse una cartografía social de la ciudad de Pereira.
Hasta hace más de un par de años, Viviana Franco, su sobrina, encontró este archivo que hoy presentamos en parte, para volverlo a ubicar en el álbum familiar, histórico y de la ciudad.
Viviana Franco. Sobrina de Manuel García. Foto por: Diego Val.
Sin darnos cuenta, ya vamos acumulando cierta nostalgia por determinados sabores y aromas.
¡Ah, no hay postre más idóneo que la fruta de estación! No hay mejor sazonador de las delicias que ofrece la naturaleza que los potentes rayos del sol. Si los frutos han madurado lo suficiente en el árbol, seguro que no decepcionarán. La vida así siempre será dulce de devorar.
Se va la estación invernal al sur del continente. He podido disfrutar hasta el hartazgo de los cítricos y, de hecho, me sigo merendando las últimas mandarinas que como siempre se pasan de dulces. Las cosechas finales siempre nos parecen las mejores: o las plantas dan todo de sí antes de entregarse al letargo o descanso, o es que a nosotros nos parece así porque esa fruta va escaseando y posiblemente no la veremos más hasta la temporada siguiente.
Sin darnos cuenta, ya vamos acumulando cierta nostalgia por determinados sabores y aromas.
Imagen extraída de: Facebook.
Como pocas veces, el feriado de las fiestas patrias fue bastante largo porque coincidía con un inicio de semana. Mis parientes aprovecharon para viajar al pueblo de mis ancestros, porque iban en busca de la tranquilidad y otros remedios para el espíritu. Aprovechando la ocasión, yo les encargué que me buscaran algunas paltitas o aguacates, ese suave y suculento vicio que me tranquiliza el espíritu, por mi parte. Nada de viajes al Rancho Relaxo y otras terapias semejantes para sobrellevar la existencia. A mí, pónganme unos frutos sobre la mesa y seré inmensamente feliz, aunque sea por ese momento, lo que ya es mucho.
Con manos vacías casi retornaron los viajeros, un par de aguacates raquíticos llegó hasta mis manos. Peor es nada, me dije resignado, comprendiendo que el mencionado fruto estaba escaseando en el pueblo, además los comerciantes mayoristas tienen la mala costumbre de apoderarse de casi toda la cosecha en las mismísimas huertas o lugares de producción, para transportarla directamente a la ciudad para obtener mayor rentabilidad, lo cual es lógico, dada la codicia de los mercaderes desde tiempos inmemoriales.
Menos mal que los parientes trajeron otras cosas para compensar la desdicha: unas tiernas yucas amarillas que en pocos días me zampé como un niño engolosinado, ideales para acompañar unos asados a la cazuela. Pero sobre todo, el entusiasmo se me recompuso al ver unas subyugantes chirimoyas, tan maduras que había que dar fin en un par de días a lo sumo.
Imagen extraída de: Facebook.
Recordando que la Feria de la Chirimoya siempre se efectúa cada primer domingo de mayo, me parecía un poco extraño que hubiese todavía en el mercadillo del pueblo. “Es que esta no es de Machaca” (paradisíaco valle con huertas fértiles a las orillas de un río), me aclararon, “sino de Las Vegas” (tierra caliente al sureste del pueblo, nada que ver con la desértica urbe del estado de ‘Nevada’, para que vean lo mal puestos que andan los yanquis).
Antaño, solía menospreciar la sabrosura de las chirimoyas. Siendo niño, contradictoriamente, me empalagaba su dulzor que yo consideraba excesivo. No podía comprender que los gringos voluntarios (los otros, del norte de Europa) que llegaban periódicamente a Independencia -el pueblo donde me crié muchos años-, le agarraban tremendo vicio al poco de probarla.
No sé si fueron ellos los que propagaron las virtudes de esta fruta, pero en unos años más cundió la fama de la “Chirimoya de Independencia” en los mercados centrales de Cochabamba, que decían que era más dulce que la otra famosa, la de Mizque (que proviene del quechua misk’i , y que significa ‘dulce’, precisamente) y otros valles aledaños.
Imagen extraída de: Facebook.
Así que no fue difícil que a algún alcalde se le iluminara la testa para institucionalizar la mencionada feria. Como todo el mundo sabe, la moda de las ferias cundió como reguero de pólvora por todos los municipios de Bolivia. Pueblos y ciudades reclamaron para sí alguna característica agrícola, cultural, gastronómica, etc, que los diferenciara del resto. El resultado es que todos estos emprendimientos, andando el tiempo, se han vuelto unos auténticos circuitos de turismo interno y, cómo no, hasta para visitantes extranjeros y ciertos famosillos.
Ya no es novedad, que la primera semana de mayo, oleadas de residentes palqueños y amigos de la ciudad lleguen hasta Independencia para apreciar las primeras cosechas de chirimoya y otras frutas subtropicales.
Yo no voy, porque no caigo en la trampa mercadotécnica de las ferias. Prefiero aguantarme las ganas y disfrutar luego. Sin prisa, esperando la plena sazón de la temporada. Como tengo la suerte de tener tantos parientes viajeros, siempre habrá en mi mesa unas cremosas paltas, unas perfumosas mandarinas y unas sacrosantas chirimoyas. Para merendarlas después del almuerzo, o embriagarse de deleite con unos helados caseros que se elaboran con su exótica pulpa. El fruto del Edén, no debería ser la manzana, sino la chirimoya con todo merecimiento. Por lo menos en tierra caliente.
Esto del desarraigo, que pasa por la incomprensión y después por la adopción incompleta de una lengua extranjera, es tratado por Tzvetan Todorov en su libro “El hombre desplazado”.
Las cajeras de los supermercados en Ginebra y Zúrich eran latinas: colombiana la primera y venezolana la segunda.
Olga Lucía, de Armenia, se vino hace veinte años a Suiza a “buscarse la vida”.
Cuando le pregunté si finalmente la encontró, me respondió con una sonrisa nostálgica: “la vida ya me dejó”. No obstante, al comentar con esta “cuyabra” sobre lo costoso que nos parece Suiza, me dice: “No se puede comparar con nada porque da un infarto, pero, nosotros aquí ganamos muy bien”.
Vive en Ginebra, trabaja como cajera en la cadena de supermercados suizos Migros,la primera cooperativa de alimentos del país.
Andrea, la cajera en un “Coop to go”, es venezolana. Coop es, después de Migros, el segundo distribuidor de víveres de carácter cooperativo en Suiza.
Le pregunto si se fue de su país en razón a la situación política y socio económica que se vive por cuenta del régimen de Nicolás Maduro. Me responde que no. Vino a Suiza, según dijo, “detrás del amor”: su pareja, un suizo venezolano. Vive con su familia en esta ciudad desde hace seis años. Al preguntarle si hablaba bien alemán nos respondió: “es imprescindible, sin él no te defiendes aquí”
En las calles de Berna nos vimos cruzando un mercado de barrio instalado en los andenes enfrente de la estación del tranvía cera a nuestro hotel.
Foto por Martha Alzate
Productos frescos, frutas y verduras, y, en una esquina, una mesa en la que un italiano compartía el pan, humedecido con mermeladas, tomates deshidratados, pimientos y otros productos de una región de su país que, según nos contó, es territorio de la mafia.
La producción y distribución de estas confituras hace parte de un programa de generación de ingresos que busca alejar a la población de los mafiosos como única fuente de recursos.
La mafia, decimos -y al hacerlo se nos sale un suspiro-, es un destino que compartimos. Nos preguntan de dónde somos. Al oír nuestra respuesta uno de ellos nos dice que está casado con una bogotana, con la que viven allí, en Berna; mientras el italiano sentencia: “Comercializar estas mermeladas y conservas caseras no será la revolución, pero por lo menos estás ayudando a cien familias a comer”.
En Munich, Gereon, nacido alemán, está casado con Irina, venezolana de Puerto de la Cruz. Con ella aprendió a hablar el español. Nos transportó en su bicitaxi, entre la calle peatonal del centro de Munich (la calle Kaufinger, entre Carlsplatz y la Marienplatz) hacia el Englischer Garten, un espacio público que a mí se me antoja como el Jardín del Edén, masivamente frecuentado por bañistas que se arrojan a las playas y corrientes de los dos canales de agua que lo cruzan.
Cuando le decimos que somos colombianos nos responde: “chévere”.
El español es casi inexistente como idioma en estos países. Por eso la cabeza gira autónoma cuando, así sea en la lejanía, se perciben sus frases pronunciadas con cadencia, como moviendo las caderas.
En Berna, Zúrich y Múnich, lo que predomina es el alemán; se habla poco inglés, apenas lo necesario para hacerse entender acerca de las cuestiones mínimas: ordenar en un restaurante o una cafetería, pagar la cuenta, preguntar por el lugar donde quedan los baños.
Aunque abundan los turistas españoles, reconocibles por el acento, el tono, siempre elevado, y sus expresiones particulares como “hostias”, “tío”, o “joder”; podría decirse que hablan otra lengua distinta a la nuestra. Nos comprendemos, pero españoles y latinoamericanos hablamos lenguajes distintos.
El castellano (español de España) es frío, agrio, despótico. La nuestra es una forma dulce del español, es un caramelo en el que se paladean trazas a caña de azúcar.
Al detectarla, los sentidos se agudizan y las sonrisas van y vienen, en un gesto de complicidad de quienes se reconocen pertenecientes a un mundo, geográfico y mental, un “algo” instalado en nuestras fibras tropicales.
En las miradas de Olga Lucía y Andrea hay una mezcla, una delicada receta hecha de un poco de orgullo y mucho de nostalgia; atizada por la frialdad necesaria para asumir el propio destino en un lugar lejano y hostil.
Nos saben turistas, y la manera cómo nos hablan marca una diferencia entre ellas y nosotros. Su desafío consiste en ganarse la vida en un país extranjero, en tener la fortaleza de iniciar cada día desde la certeza de ser perpetuas “desplazadas”.
Conocen bien el lugar que nosotros apenas intentamos divisar, razón por la cual en la conversación juegan de locales, pero a diferencia de nuestros holgados días vacacionales, ellas sobreviven en él a pulso, trabajando duro, abriéndose espacio con un gran esfuerzo en el cual aprender la lengua local es el primer paso.
Esto del desarraigo, que pasa por la incomprensión y después por la adopción incompleta de una lengua extranjera, es tratado por Tzvetan Todorov en su libro “El hombre desplazado”. El lenguaje es una morada cultural en la que habitamos desde que abrimos los ojos, al ritmo de las palabras susurradas por nuestras madres, pero compartir ese hecho fundante no es suficiente para comprender la realidad del exiliado.
Foto por Martha Alzate
Apenas si podemos atisbarla desde nuestros breves intercambios, la intuimos, pero estamos muy lejos de llegar a comprenderla.
Como les sucede a estos latinoamericanos que intentan inventarse otra vida a miles de kilómetros de casa.
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Les tenemos la segunda parte del “Tardeando” recomendado del mes. En esta ocasión la voz de la entrevistada en el video es de Teresa Arango, hija del poeta antioqueño José Manuel Arango.
Bienvenidos
Información del lugar: Dirección, Horario y Atención al público
Lugar: Restaurante Con Gusto. ¿Qué es?: Alimentación saludable, deliciosa y nutritiva. ¿Dónde?:Calle 19 No 11-10 , Pereira Risaralda
¿Cuándo?: De domingo a domingo de de 8:00 am a 7:00 pm ¿Por qué ir?: Por su ambientación y diseño interior que hace sentir en casa al visitante. Por el mural arte que contiene unos versos de un poeta colombianos conocido y efectivamente por el sabor de sus productos y la atención.
Producto estrella: Los combos familiar y mega familiar.
A medida que el Otún se abre paso hacia su desembocadura, el aroma a hierba fresca empieza a escasear
Como espejos de agua
A las siete de la mañana el cielo azul metálico se refleja en las aguas semicongeladas de la Laguna del Otún, ubicada a casi cuatro mil metros de altitud en territorios limítrofes entre Pereira y Dosquebradas.
El vuelo de un ave de presa al acecho de pájaros pequeños se dibuja sobre el espejo de agua sostenido por los setenta metros de profundidad que tiene en promedio este embalse natural donde nace el río Otún, fuente de abastecimiento para la ciudad de Pereira.
Son 78 kilómetros los recorridos por este camino de agua entre su nacimiento y su desembocadura.
Pero esos son apenas datos, cifras. Porque lo importante son las historias que se han tejido en sus orillas a lo largo de los siglos desde que los primeros habitantes lo recorrieran en busca de peces y animales que llegaban a abrevar en sus aguas, mucho antes del arribo de los europeos.
Los campesinos de La Laguna y algunos arrieros llegados de Antioquia a prestar servicios de transporte, cuentan historias acerca de una mujer indígena muy bella, que salía del bosque a seducir con la desnudez de sus pechos a pescadores y cazadores que se aventuraban en la zona. Era La madre del río, que después de satisfacer sus deseos extraviaba a sus enamorados en el bosque. Los que encontraban el camino a casa jamás podían volver a comunicarse con los suyos, porque los sortilegios de la mujer los dejaban sumidos en un mutismo sin remedio.
Foto por: Felipe Ospina.
De tal desmesura era la belleza de La madre del río que dedicaba días enteros a contemplarse en esos espejos de agua, hasta que el calor del sol los descongelaba y entonces se sumía en un sueño sin sobresaltos, vigilada por la constante presencia de sus búhos tutelares.
Eso dicen.
¡Arre mulas hijueputas!
Y los arrieros conocen muchas historias sobre el río. De hace siglos. De hace años y de ahora.
Al fin y al cabo han recorrido toda su vida este sendero de piedras que una vez fuera el lecho del río y ahora les sirve para subir con mercados transportados en buses de escalera hasta El Cedral y bajar con las mulas cargadas con bultos de papa, leche y quesos producidos en La Laguna.
Osiel Cardona es uno de esos arrieros. Ahora está jubilado en compañía de sus cuatro mulas: Rucia, Retranca, Sonsa y Fabiola, bautizada así en honor a una antigua novia aguadeña que se traía sus mañas. Sentado a una mesa en el sector de Libaré, evoca sus orígenes mientras apura un aguardiente doble anclado en las nostalgias lanzadas a los cuatro vientos por una canción de Nano Molina.
“Esto de los páramos me viene por herencia familiar. Mi abuelo Nicanor tuvo una recua de más de cien mulas en Sonsón, el municipio del oriente de Antioquia donde nací. Desde niño, el viejo aprendió a meterse por unos andurriales a los que les tenían miedo hasta los espantos. Todavía recuerdo esos recorridos desde el sector de La Paloma, con las bestias cargadas de higos y papas. Creo que una de las primeras cosas que aprendí a decir en mi vida fue eso: ¡Arre mulas hijueputas! Esa era como una cosa mágica para hacer mover animales ranchados o atrancados en los pantaneros durante los días de invierno. En esa época la máxima aspiración de uno en la vida era ser arriero, con al menos unas diez mulas para prestarles el servicio a los finqueros y a los dueños de tiendas y almacenes en el pueblo. Por eso cuando, hace unos cuarenta años, oí hablar de que en el camino hacia la Laguna del Otún todavía utilizaban mulas para movilizarse enlacé la recua, agarré a mi mujer y a mis cinco hijos y me vine pa estas tierras. La verdad es que ninguno está arrepentido. Esta es una tierra sana y fértil; el aire es puro y nunca falta gente que por alguna razón necesita nuestro servicio”.
Foto extraída de: s3.amazonaws.com/
Y nunca le faltaron clientes a Osiel: viajeros nacionales y extranjeros, estudiantes, investigadores, ambientalistas, parejas en luna de miel, aficionados a las emociones fuertes y otros especímenes descendían del bus escalera y lo primero que hacían era preguntar por un arriero. Entonces el hombre se presentaba: Osiel Cardona, para servirles.
“Y la verdad es que nadie se quejaba por la tarifa: un promedio de treinta mil pesos de ahora por la ruta completa. Pruebe usted a subir por esa trocha voleando pata con un morral al hombro y verá que eso es poquita plata. Aunque están los que por puras ganas de aventura prefieren subir a pie. Pero el otro asunto es que uno les brinda seguridad. Muchas personas se meten solas por estos lados y terminan perdidas y hasta muertas. Recuerdo que hace muchos años una parejita de novios hizo este recorrido a pie. Se veían muy enamoraditos. El asunto es que la muchacha ya iba enferma de gripa y arriba la agarró una pulmonía y la mató. Al pobre novio le tocó bajar con el cuerpo a lomo de mula, sin más consuelo que la compañía del arriero y su mujer. Esa vez sí que estos montes oyeron repetir la frase: ¡Arre mulas hijueputas!
Cierto olor a podrido
A medida que el Otún se abre paso hacia su desembocadura, el aroma a hierba fresca empieza a escasear. A la altura de La Suiza, en la zona de las cascadas, los reflujos de viento golpean la nariz con un olor a cebolla y mierda de gallina. El viajero se aproxima a medianas y grandes plantaciones de ese condimento tan caro a la cocina de este lado del mundo. El olor y las moscas nos anuncian que al río no le augura nada bueno de aquí en adelante.
Llegados al corregimiento de La Florida, lugar de peregrinación para ambientalistas y neojipis, se advierte una invasión: una docena de restaurantes y eco hoteles que a todas luces se saltan las normas sobre intervención en los bosques y sobre construcción en zonas solo en teoría protegidas. ¿Hacia dónde estarían mirando las autoridades cuando se construyeron estas obras? Se pregunta el viajero mirando unos eriales que apenas ayer fueron bosques. Como si no bastara con eso, las granjas avícolas también aportan lo suyo al deterioro de unas aguas tan cristalinas apenas dos kilómetros atrás ¿Será esto lo que llaman “resignificación” de los ríos?
Destino la ciudad
Un poco más y el viajero se encuentra con los célebres charcos de San José. Un recodo donde la quebrada La Cristalina se junta con el Otún. Es el balneario de los sectores populares. El club social de los obreros. En domingos luminosos algunas muchachas de barrio se dejan invitar a nadar y a besarse en estas aguas no contaminadas. Dicen que en sus meandros todavía se tejen y destejen historias de amor, alimentadas con tamal y gaseosa. Dicen.
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De aquí hasta Libaré… Ah, el legendario Libaré donde el Deportivo Pereira forjara su mitología de equipo guerrero… las aguas discurren bordeadas por una carretera asfaltada tomada por la creciente moda de montar en bicicleta. Dentro de los programas de recuperación se han pintado murales en lo que pretende ser un malecón. Es el último tributo al río nacido en lo alto de la montaña, antes de que la ciudad- es decir, quienes la habitamos- le paguemos los favores recibidos con un inmisericorde baño de mierda y residuos de toda clase. Barriadas precarias. Otras que no lo son tanto. Bares. Restaurantes. Fábricas. Colegios. Putiaderos. Almacenes. Bodegas. Granjas. Moteles. Fincas: todos aportan lo suyo para la agonía de estas aguas en otra época tan milagrosas que hasta engendraron a la Virgen de Nuestra Señora de La Pobreza.
Día internacional del Zurdo: ¿Por qué se celebra el 13 de agosto?
Tuvo su origen en 1976 pero se festeja globalmente desde 1992. Mitos y verdades sobre una particularidad que tiene el 10% de la población mundial.
Las estadísticas lo sentencian: se vive en un mundo de diestros. Apenas el 10% de la población del planeta es zurda, o sea, la gran minoría. Por eso, para concientizar sobre las dificultades que pueden llegar a tener estas personas en un mundo diseñado para diestros, cada 13 de agosto se celebra el Día internacional del Zurdo.
El origen de este festejo se remonta a 1976, cuando el estadounidense Dean Campbell eligió esta fecha para destacar la unicidad de todas las personas zurdas. La fecha no fue elegida aleatoriamente: Campbell escogió el 13 -un número generalmente asociado a la mala suerte- para precisamente quitar este prejuicio y cualquier tipo de superstición, ya que a lo largo de la historia muchas generaciones de niños zurdos fueron obligados a utilizar la mano derecha para adaptarse al resto de la mayoría.
¡Diego! Miré pavoroso. ¿Usted por qué está escribiendo con la izquierda, es que no le enseñaron en la casa que eso es del diablo?
No solía ser muy amplio el lugar en el que vivíamos. Era mi casa unos pequeños bajos construidos con el esfuerzo de mis padres en la calle 7ª entre las carreras 6ª y 7ª en Chinchiná, Caldas. Esa misma calle era angosta, igual a la casa gris que nos cubría, acogedora y tibia. De ventana a ventana no habían si quiera, un metro de distancia. No tenía corredores, por lo que los cuartos ocupaban gran parte del espacio para el baño. Espacio suficiente para el inodoro abajo y la ducha arriba y la cocina, bueno, para la cocina solo faltaba que fuera integral. Con el fregador de platos y una nevera, bastaba. Siempre fueron ausentes para mí los grandes espacios.
Mi abuela, Aliria, quien para ese entonces era la propietaria del recinto, les permitiría vivir allí un tiempo mientras lograban estabilizarse con el trabajo que tenían a favor de su sostenimiento y el de sus hijos David, Danny y yo, Diego.
Mi madre trabajaba en “La Locura” una pequeña empresa vallecaucana cuyo propósito y nueva propuesta innovadora era la de vender pasteles en hojaldre. Empezó a tener fuerza en el mercado en el año de 1986, su nombre se lo deben a un cliente, al decir que estos pasteles eran la locura. Inicialmente estaban hechos al estilo pizza hawaiana, y otros rellenos de carne de pavo y de pollo, y después se diversificó su producción en pasteles de múltiples carnes. Actualmente, los hacen vegetarianos.
Por otro lado, mi padre, antes de empezar su trabajo para la emisora local, laboraba como perifonista (publicista sonoro) en lo que le resultara dentro del pueblo. Se hacía algunos clientes asegurándoles que lo que necesitaba su tienda comercial o pequeño negocio, era publicidad, una escena parecida a lo que hacía Ronald (Francisco Bolívar) en la película “Silencio en el paraíso” cuando justificaba su trabajo desde el argumento de que los negocios se les debía dar a conocer.
Mi hermano Danny y yo, estudiábamos en instituciones locales. En ese entonces, el mayor de los tres, David, hacía poco tiempo había terminado el bachillerato y repartía cartas para los pueblerinos, desde los recados que le otorgaba el sistema de mensajería local. Era él quien iba por mí al Kinder Divino Niño de la carrera 5ª entre calles 7ª y 8ª. Flaco, de cabello abundante y callado, se desplazaba entre las calzadas del pueblo distribuyendo los sobres por sectores, algunos peligrosos, otros no, aún así lo hacía conmigo al lado.
Danny estudiaba en el colegio, que se vio interrumpido (afectado) académicamente en grado noveno por múltiples factores, a mencionar, el accidente de mi madre, una situación económica inestable y bueno, la adolescencia. Flaco, el de la tez más oscura, el cabello más corto de los tres y un tanto malhumorado, disimulaba sus tribulaciones escuchando el Metal que colocaba mi hermano mayor en las mañanas y en las tardes- noche cuando ya estaban casi todos en casa.
Así, quedé yo. Los más de 70 días que mi madre pasó en el hospital entre el año 1999 y 2000, hicieron que las ausencias se hicieran más frecuentes. La concentración de todos, en ese momento estuvo en mi, porque era el menor y lo más seguro es que asimilaran que no lograba entender la dimensión de lo que podía estar sucediendo. En definitiva, me dedicaba a pasar tiempo en el Kinder, a acompañar a mi hermano a repartir cartas y a jugar videojuegos cuando él, me invitaba a los jugaderos de la carrera 5ª.
Foto por: Diego Val.
En las mañanas, mi papá lograba juntar el pan con el chocolate y el huevo para despachar a todo el mundo. Tomaba un poco de tiempo darme el desayuno y ponerme listo para el Kinder. No recuerdo con exactitud porque yo no veía la mayor parte del tiempo a mis hermanos. Estoy seguro de que se quedaban en casa de mi abuela o en otras casas vecinas que los pudieran cuidar, en esencia, los tres necesitábamos de algún tipo de esparcimiento.
La bis del barrio popular Las Milpas estaba compuesta por una droguería, una casa que funcionaba en residencia, una chatarrería, que a propósito, era lo único grande en esa pequeña calle, una miscelánea y dos casas más de vivienda familiar. Atravesábamos la carrera 4a y doblábamos en la 5ª por la calle seis para dar justo en frente del Kinder Divino Niño.
De este Kinder traigo a colación algo sustancialmente significativo, que para estas circunstancias, me lo han pedido como una tarea a relatar. La fachada de este Kinder estaba pintada de verde con una especie de jardín en los que había dibujados mariposas, aves y un caballo. Eso ha cambiado ahora. Está pintado de blanco con algunas flores y unos niños haciendo diferentes actividades. Admito que esta remembranza ha logrado tocar fibras en mí y por supuesto, ha fortalecido mi posición política.
Con exactitud, no recuerdo si fue el segundo o tercer día de clases cuando sucedió, sin embargo, tengo presente y con detalle mis nervios y mis lágrimas. Cada uno de los niños allí presentes, en esa pequeña aula, tenía como tarea escribir una planilla de vocales, según como pensáramos la manera en la que se hiciera su trazo. Ahora, podría discernir que era una especie de ejercicio fonético para poner en diagnóstico nuestra capacidad de abstracción y medir de una u otra manera lo que nos enseñaban en casa.
Dos profesoras estaban a cargo del grupo de 17 niños que componían la jornada matutina y de la tarde. Algunos de mis compañeros llevaban 3 o 4 letras. La niña que me antecedía en orden vertical. Por filas de atrás hacia adelante llevaba cinco y me preguntaba qué cómo sabía cuál era la D. Con duda, mi mejor manera de responderle fue hacérsela con mi mano izquierda sobre su hoja de cuaderno doble línea. Volteé para mi puesto y continué con la séptima letra, la “G”. Estaba ansioso porque no había notado que una de las profesoras, la más adulta en el Kinder, estaba un puesto adelante del mío, revisando.
Entusiasmado, seguí escribiendo, porque sabía que llevaba algunas letras más que los demás y en suma, quería decirle que le había ayudado a mi compañerita a hacer la D. No pasó mucho tiempo en cuanto a la reacción de la profesora al verme escribir con la mano izquierda desde el otro puesto, pues yo, lo hacía porque mi madre siempre me lo había enseñado. A patear con la pierna zurda y a escribir con la mano izquierda, a cepillarme los dientes y a lanzar, todo, desde mi izquierda.
Lo que decía mi madre era que
“todo el mundo escribe con la derecha, yo quería que mis hijos escribieran con la izquierda porque a mí de chiquita no me dejaron en la escuela”.
Foto por: Diego Val.
La profesora, de cabello cano, su piel un tanto arrugada, de voz suave, cariñosa y sensible, me sorprende al soltar un grito, mencionando mi nombre ¡Diego! Miré pavoroso. ¿Usted por qué está escribiendo con la izquierda, es que no le enseñaron en la casa que eso es del diablo?
Me tomó la mano fuertemente y me levantó, ¡venga y verá papí yo le enseño con la derecha! La otra profesora, más joven, parecía atónita. Era un poco robusta, alta y de cara alargada, se le alargó más, cuando vio la escena.
Estaba parado en frente de los niños. La profesora del cabello cano me acababa de pasar un papel con una especie de bandeja hecha en cartón que puso a mi lado. La compañerita de la letra D me miraba y yo sentí vergüenza, miedo y rabia. Se combinaron las emociones.¡Papi, corte papelito ahí con la mano derecha! En frente de todos hacía un esfuerzo por cortar pequeños trozos de papel con esa mano del centro democrático. La profe se molestaba porque no eran lo suficientemente pequeños para ella. Rompí a llorar. Los demás niños también parecían asustados, la otra profesora de cara alargada había abandonado el aula, sólo quedábamos los niños, la profesora del cabello cano y yo.
-Corte estas tres hojitas y no llore más- dijo con un aire falsamente elocuente.
Le respondí asintiendo mi cabeza.
Me volteé para no ver la cara de mis compañeros, seguí cortando papel e intenté secarme las lágrimas.
Han pasado cerca de veinte años, escribo y lanzo con la derecha pero me cepillo con la mano izquierda y pateo con la pierna zurda.
Cerca de veinte años en los que me he dado cuenta que para el sistema, la izquierda, siempre será un sinónimo de rebeldía.
El Che empezó a interesarme a fines de la década de los ochenta.
Texto extraído del libro: Che Guevara – Una Vida Revolucionaria.
Por: Jon Lee Anderson
La revelación salió a la luz de manera casi fortuita durante una larga conversación mientras bebíamos café una mañana de noviembre de 1995. Sentado en el jardín de su finca amurallada en las afueras de la ciudad boliviana de Santa Cruz, el general retirado Mario Vargas Salinas divulgó su papel en el entierro secreto del hombre a quien había ayudado a perseguir veintiocho años antes: el revolucionario nacido en la Argentina Ernesto Che Guevara.
La confesión del general rompió el silencio en torno a uno de los misterios más perdurables de América Latina. Después de su captura y asesinato a manos de militares bolivianos y en presencia de un agente de la CIA en octubre de 1967, el cadáver del hombre que fuera la mano derecha de Fidel Castro se había desvanecido. En su jardín de Santa Cruz, el general Vargas Salinas reveló que había integrado un pelotón encargado de un entierro nocturno, que los cadáveres del Che y varios de sus camaradas estaban enterrados en una tumba colectiva cerca de la pista de aterrizaje de tierra en las afueras de la aldea de Vallegrande, en las montañas del centro de Bolivia.
Los oficiales que derrotaron al guerrillero más carismático del mundo quisieron negarle una tumba que se convirtiera en un lugar de homenajes públicos. Esperaban que la desaparición pusiera fin al mito del Che Guevara.
Sucedió lo contrario: el mito del Che se difundió y extendió sin que nadie pudiera controlarlo. Millones lloraron su muerte. Poetas y filósofos escribieron elegías exaltadas, músicos le dedicaron obras, pintores lo retrataron en diversas poses heroicas. Guerrilleros marxistas de Asia, África y América Latina ávidos de «revolucionar» sus sociedades alzaban su bandera en el combate.
Y cuando la juventud de Estados Unidos y Europa occidental se sublevó contra el orden establecido denunciando la guerra de Vietnam, sus prejuicios raciales y su ortodoxia social, la mirada desafiante del Che se convirtió en el icono definitivo de su revuelta entusiasta, aunque en gran medida vana. Si el cuerpo del Che había desaparecido, su espíritu estaba vivo; estaba en ninguna parte y en todas.
Foto extraída de: media.cubadebate.cu/
¿Quién era ese hombre que a los treinta y seis años había abandonado a su esposa y cinco hijos, su ciudadanía honoraria, su puesto de ministro y grado de comandante en la Cuba revolucionaria con la esperanza de iniciar una «revolución continental»? ¿Qué había impulsado a este hijo de una familia aristocrática argentina, con título de médico, a tratar de cambiar el mundo?
Hacía tiempo que el autor de estas líneas intentaba desentrañar estos interrogantes. El Che empezó a interesarme a fines de la década de los ochenta, cuando realizaba investigaciones para un libro sobre las guerrillas de la era moderna. En campos de batalla de Birmania, El Salvador, el Sahara Occidental y aun del Afganistán musulmán descubrí que guerrilleros de todas clases veneraban al Che. Sus escritos sobre la guerra de guerrillas, pero más aún los principios revolucionarios que parecía encarnar —abnegación, honestidad y dedicación a la causa—, habían trascendido el tiempo y la ideología para formar e inspirar a nuevas generaciones de combatientes y soñadores.
Fascinado, busqué libros sobre el Che Guevara. Hallé pocos que no estuvieran agotados y ninguna biografía que se pudiera llamar perdurable; la mayoría eran hagiografías oficiales cubanas o brulotes igualmente tediosos escritos por sus adversarios ideológicos.
No tardé en comprender que la vida del Che estaba por escribirse porque en buena medida estaba oculta en el misterio. Las lagunas en su vida planteaban enigmas fascinantes, y me pareció evidente que si uno podía desentrañar los misterios de la vida del Che, también podría echar luz sobre ciertos aspectos clave —y escasamente conocidos— de la era de la guerra fría: el apoyo cubano a los movimientos guerrilleros y la generación de guerras por agentes tanto del Este como de Occidente en el Tercer Mundo.
Pensé que las respuestas a la mayoría de estas preguntas se encontrarían en Cuba, y viajé allá con la esperanza de hallarlas. Era 1992 y Cuba vivía una época de confusión porque la Unión Soviética, que había apadrinado a Fidel Castro durante treinta años, acababa de caer. Golpeado pero no humillado, de pie y firme en su isla caribeña, Castro aún se atrevía a levantar el estandarte socialista en momentos en que la nave del Estado parecía hundirse bajo sus pies.
Foto extraída de: olacom.org
Durante un segundo viaje, ese mismo año, conocí a la viuda del Che, Aleida March, quien me prometió su «cooperación» para escribir una biografía de su difunto esposo. Fue un golpe de suerte porque poco después, el apparatchik revolucionario que había «aprobado» mi permanencia y debía ser mi mentor oficial se descerrajó dos balazos en el pecho.
A principios de 1993 me instalé en La Habana con mi familia; la estancia duró tres años. Con ayuda de su viuda y con investigaciones adicionales en la Argentina, Paraguay, Bolivia, México, Rusia, Suecia, España y Estados Unidos traté de descubrir quién era el Che Guevara y qué había sucedido en su vida. Sobre todo traté de comprender al hombre detrás de la imagen pública mítica. Este libro es fruto de cinco años de trabajo.
Por curioso que parezca, el mito del Che sigue siendo tan poderoso que atrapa a la gente, genera polémicas y provoca tormentas políticas. Los detalles póstumos que me reveló el general Vargas Salinas actuaron como un catalizador para que se produjera un torrente de información inédita sobre la muerte del Che Guevara, pero también sobre su vida.
Acosado por la prensa, el presidente civil de Bolivia decretó que los militares debían buscar el cadáver del Che, así como los de dos docenas de camaradas suyos «desaparecidos» en las mismas circunstancias, hasta hallarlos y exhumarlos. El consiguiente espectáculo público de los exguerrilleros, soldados y peritos forenses que abrían pozos en las afueras de Vallegrande a la vista de multitudes de curiosos y de periodistas que merodeaban en busca de testimonios reabrió viejas heridas en el país y amenazó con sacar a la luz los detalles más escabrosos de antiguos secretos de Estado.
Las fuerzas armadas bolivianas cumplieron la orden presidencial, pero enfurecidas por la «traición» de Vargas Salinas, lo conminaron a cuidar la lengua. Fue a Vallegrande, dijo que no recordaba «exactamente» dónde estaba enterrado el Che y volvió a su casa, donde quedó bajo arresto domiciliario. Después realizó un viaje largo por el extranjero y desde entonces guardó absoluta reserva. La búsqueda en Vallegrande continuó, pero con extrema dificultad debido a la falta de referencias precisas. Sin embargo, tras varias semanas de excavaciones salieron a la luz cuatro cadáveres de guerrilleros, pero luego la pista se enfrió nuevamente.
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Siguió la búsqueda, pero no fue hasta julio de 1997, tras dieciséis largos meses de pesquisas, cuando, dentro de una fosa común, los investigadores dieron con el objetivo principal de su búsqueda: el esqueleto de un hombre sin manos.
“Es un lector voraz. Nadie se explica cómo le alcanza el tiempo ni de qué método se sirve para leer tanto y con tanta rapidez”, escribió Márquez sobre Fidel.
Texto extraído de: Telesur.TV
Su visión de América Latina en el porvenir, es la misma de Bolívar y Martí, una comunidad integral y autónoma, capaz de mover el destino del mundo.
Su devoción por la palabra. Su poder de seducción. Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la amplitud de sus gustos. Dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo.
Le gusta preparar las recetas de cocina con una especie de fervor científico. Se mantiene en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente. Paciencia invencible. Disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistos. Tan importante como aprender a trabajar es aprender a descansar.
Fatigado de conversar, descansa conversando. Escribe bien y le gusta hacerlo. El mayor estímulo de su vida es la emoción al riesgo. La tribuna de improvisador parece ser su medio ecológico perfecto. Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración: el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo. Es el antidogmático por excelencia.
José Martí es su autor de cabecera y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguíneo de una revolución marxista. La esencia de su propio pensamiento podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los individuos.
Esto podría explicar su confianza absoluta en el contacto directo. Tiene un idioma para cada ocasión y un modo distinto de persuasión según los distintos interlocutores. Sabe situarse en el nivel de cada uno y dispone de una información vasta y variada que le permite moverse con facilidad en cualquier medio. Una cosa se sabe con seguridad: esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel Castro está allí para ganar. Su actitud ante la derrota, aun en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece obedecer a una lógica privada: ni siquiera la admite, y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir los términos y convertirla en victoria.
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Nadie puede ser más obsesivo que él cuando se ha propuesto llegar a fondo a cualquier cosa. No hay un proyecto colosal o milimétrico, en el que no se empeñe con una pasión encarnizada. Y en especial si tiene que enfrentarse a la adversidad. Nunca como entonces parece de mejor talante, de mejor humor. Alguien que cree conocerlo bien le dijo: Las cosas deben andar muy mal, porque usted está rozagante.
Las reiteraciones son uno de sus modos de trabajar. Ej.: El tema de la deuda externa de América Latina, había aparecido por primera vez en sus conversaciones desde hacía unos dos años, y había ido evolucionando, ramificándose, profundizándose. Lo primero que dijo, como una simple conclusión aritmética, era que la deuda era impagable.
Después aparecieron los hallazgos escalonados: Las repercusiones de la deuda en la economía de los países, su impacto político y social, su influencia decisiva en las relaciones internacionales, su importancia providencial para una política unitaria de América Latina… hasta lograr una visión totalizadora, la que expuso en una reunión internacional convocada al efecto y que el tiempo se ha encargado de demostrar.
Su más rara virtud de político es esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas… pero esa facultad no la ejerce por iluminación, sino como resultado de un raciocinio arduo y tenaz. Su auxiliar supremo es la memoria y la usa hasta el abuso para sustentar discursos o charlas privadas con raciocinios abrumadores y operaciones aritméticas de una rapidez increíble.
Requiere el auxilio de una información incesante, bien masticada y digerida. Su tarea de acumulación informativa principia desde que despierta. Desayuna con no menos de 200 páginas de noticias del mundo entero. Durante el día le hacen llegar informaciones urgentes donde esté, calcula que cada día tiene que leer unos 50 documentos, a eso hay que agregar los informes de los servicios oficiales y de sus visitantes y todo cuanto pueda interesar a su curiosidad infinita.
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Las respuestas tienen que ser exactas, pues es capaz de descubrir la mínima contradicción de una frase casual. Otra fuente de vital información son los libros. Es un lector voraz. Nadie se explica cómo le alcanza el tiempo ni de qué método se sirve para leer tanto y con tanta rapidez, aunque él insiste en que no tiene ninguno en especial. Muchas veces se ha llevado un libro en la madrugada y a la mañana siguiente lo comenta. Lee el inglés pero no lo habla.
Prefiere leer en castellano y a cualquier hora está dispuesto a leer un papel con letra que le caiga en las manos. Es lector habitual de temas económicos e históricos. Es un buen lector de literatura y la sigue con atención.
Tiene la costumbre de los interrogatorios rápidos. Preguntas sucesivas que él hace en ráfagas instantáneas hasta descubrir el por qué del por qué del por qué final. Cuando un visitante de América Latina le dio un dato apresurado sobre el consumo de arroz de sus compatriotas, él hizo sus cálculos mentales y dijo: Qué raro, que cada uno se come cuatro libras de arroz al día. Su táctica maestra es preguntar sobre cosas que sabe, para confirmar sus datos. Y en algunos casos para medir el calibre de su interlocutor, y tratarlo en consecuencia.
No pierde ocasión de informarse. Durante la guerra de Angola describió una batalla con tal minuciosidad en una recepción oficial, que costó trabajo convencer a un diplomático europeo de que Fidel Castro no había participado en ella. El relato que hizo de la captura y asesinato del Che, el que hizo del asalto de la Moneda y de la muerte de Salvador Allende o el que hizo de los estragos del ciclón Flora, eran grandes reportajes hablados.
Su visión de América Latina en el porvenir, es la misma de Bolívar y Martí, una comunidad integral y autónoma, capaz de mover el destino del mundo. El país del cual sabe más después de Cuba, es Estados Unidos. Conoce a fondo la índole de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones de sus gobiernos, y esto le ha ayudado a sortear la tormenta incesante del bloqueo.
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En una entrevista de varias horas, se detiene en cada tema, se aventura por sus vericuetos menos pensados sin descuidar jamás la precisión, consciente de que una sola palabra mal usada puede causar estragos irreparables. Jamás ha rehusado contestar ninguna pregunta, por provocadora que sea, ni ha perdido nunca la paciencia. Sobre los que le escamotean la verdad por no causarle más preocupaciones de las que tiene: El lo sabe.
A un funcionario que lo hizo le dijo: Me ocultan verdades por no inquietarme, pero cuando por fin las descubra me moriré por la impresión de enfrentarme a tantas verdades que han dejado de decirme. Las más graves, sin embargo, son las verdades que se le ocultan para encubrir deficiencias, pues al lado de los enormes logros que sustentan la Revolución los logros políticos, científicos, deportivos, culturales, hay una incompetencia burocrática colosal que afecta a casi todos los órdenes de la vida diaria, y en especial a la felicidad doméstica.
Cuando habla con la gente de la calle, la conversación recobra la expresividad y la franqueza cruda de los afectos reales. Lo llaman: Fidel. Lo rodean sin riesgos, lo tutean, le discuten, lo contradicen, le reclaman, con un canal de transmisión inmediata por donde circula la verdad a borbotones. Es entonces que se descubre al ser humano insólito, que el resplandor de su propia imagen no deja ver. Este es el Fidel Castro que creo conocer: Un hombre de costumbres austeras e ilusiones insaciables, con una educación formal a la antigua, de palabras cautelosas y modales tenues e incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal.
Sueña con que sus científicos encuentren la medicina final contra el cáncer y ha creado una política exterior de potencia mundial, en una isla 84 veces más pequeña que su enemigo principal. Tiene la convicción de que el logro mayor del ser humano es la buena formación de su conciencia y que los estímulos morales, más que los materiales, son capaces de cambiar el mundo y empujar la historia.
Lo he oído en sus escasas horas de añoranza a la vida, evocar las cosas que hubiera podido hacer de otro modo para ganarle más tiempo a la vida. Al verlo muy abrumado por el peso de tantos destinos ajenos, le pregunté qué era lo que más quisiera hacer en este mundo, y me contestó de inmediato: pararme en una esquina.